Los miré coquetear y supe que los quería a los dos
El café tenía esa luz dorada de las cinco de la tarde que vuelve guapa hasta la peor cara de cansancio. Lucía y Sebastián estaban frente a mí, separados por una mesa pequeña, dos cafés casi vacíos y una tensión que yo era la única que veía con todas sus letras.
—Pero ¿en serio nunca has ido a Cartagena? —le decía ella, inclinándose hacia adelante.
—En serio. Siempre lo posponía —contestó él, con esa media sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Bebía mi café con leche en silencio, sentada al lado de Lucía pero mirándolos a los dos como quien mira un partido. Había sido idea mía juntarlos. Una salida casual entre amigos, ahora que con Sebastián habíamos terminado en buenos términos, ahora que Lucía y yo nos contábamos casi todo. Pensé que harían buenas migas. No esperaba que se gustaran tanto, tan rápido.
Lucía se rio de algo que él dijo y le tocó el antebrazo. Una vez. Tres segundos. Suficiente.
Aquí vamos, pensé.
Lucía es de esas mujeres que no se dan cuenta del efecto que causan. Tiene el pelo castaño hasta los hombros, los ojos enormes y una forma de morderse el labio cuando se ríe que vuelve loco a cualquiera. Esa noche llevaba un suéter color crema con cuello en V y unos vaqueros que le marcaban las caderas. Yo lo sabía bien. Yo había visto esos vaqueros caer al suelo de su habitación una madrugada de noviembre.
Sebastián tampoco era inmune. Lo conocía mejor que a mí misma. Sé exactamente cómo se le marcan los hombros cuando se inclina, cómo se le tensa la mandíbula cuando está conteniendo algo. Y esa noche, mirando a Lucía, contenía mucho.
—¿Y tú qué piensas? —me preguntó Lucía de pronto, girándose hacia mí—. Marcos dice que la playa de noche está sobrevalorada.
—Sebastián —corregí, sonriendo—. Y dile lo que opino: que no entiende nada.
Él levantó las cejas, fingiendo ofensa. Lucía soltó una carcajada. Volvieron a meterse en su conversación. Yo seguí bebiendo.
Ay, qué torpes son los dos. Si se tocan tres veces más, ya está.
Lo curioso era que la idea no me daba celos. No del todo. Me daba algo más raro y más caliente. Una cosquilla en el bajo vientre que llevaba media hora intentando ignorar.
Yo había estado con los dos. Por separado. En momentos diferentes, por razones diferentes, con resultados diferentes. Y ahora que los veía a punto de estarlo entre ellos, lo único que pensaba era: quiero estar ahí cuando pase.
***
Con Lucía fue un accidente. O eso me digo cuando me lo cuento a mí misma para que suene menos voluntario.
Había sido la fiesta de cumpleaños de una compañera de la oficina. Habíamos bebido demasiado y, sobre la una de la madrugada, ella me dijo que su casa estaba más cerca, que no me molestara en pedir un taxi, que tenía sofá. Acepté.
No dormí en el sofá.
Empezó porque me ofreció una camiseta para dormir y, cuando me la pasó, se quedó parada en el marco de la puerta del baño, mirándome cambiarme. No apartó la mirada. Yo tampoco hice nada por taparme. Recuerdo el silencio espeso, la electricidad que no era de la borrachera.
—¿Qué? —pregunté, con la camiseta a medio poner.
—Nada —dijo ella, sin moverse.
Caminé hasta donde estaba. Le puse una mano en la cintura. Ella me besó primero, antes de que yo me decidiera a hacerlo, y supe en ese segundo que llevaba meses imaginándolo.
Nos fuimos a su cama sin hablar. Le quité aquel suéter color crema —sí, el mismo que llevaba esta tarde en el café— y me detuve un momento solo a mirarla. Tiene los pechos pequeños, perfectos, con los pezones rosados y muy sensibles. Aprendí esa primera noche que basta pasarles la lengua un par de veces para que su espalda se arquee de una manera escandalosa.
Bajé despacio. Le besé el vientre, las caderas, el interior de los muslos. Cuando le aparté la última prenda, descubrí que estaba completamente afeitada y muy mojada. La probé sin prisa, anotando mentalmente qué le gustaba: la lengua plana sobre el clítoris, mejor que la punta. La mano en su cintura, sujetándola, mejor que dejarla suelta.
Tardó poco. Se vino con un grito ahogado contra la almohada y, cuando intentó devolverme el favor, le dije que no, que esa noche era para ella. Pero a la mañana siguiente sí. A la mañana siguiente me tuvo entre sus piernas casi una hora antes de que ninguna de las dos quisiéramos hacer café.
Desde entonces nunca lo hablamos. Nunca volvió a pasar. Nos seguimos viendo como amigas, como antes, como si aquella noche no hubiera existido. Pero existía. Y yo lo recordaba cada vez que la veía morderse el labio.
***
Con Sebastián fue otra cosa. Sebastián fue meses, no una noche. Fue ir aprendiendo de a poco lo que le gustaba a él y lo que me gustaba a mí, y cómo se cruzaban esos dos mapas.
Lo que más recuerdo de Sebastián es su forma de tomarse el tiempo. Nunca tenía prisa. Empezaba siempre besándome detrás de la oreja, en ese punto exacto del cuello donde a casi nadie se le ocurre buscar, y yo me deshacía antes de que me hubiera quitado siquiera la primera prenda.
Tenía las manos grandes y sabía usarlas. Sabía cuándo apretar y cuándo apenas rozar. Cuando estábamos juntos podía pasarse veinte minutos solo con sus dedos, mirándome la cara, midiendo cada respiración mía como si estuviera estudiando un instrumento.
Y luego estaba lo otro. Sebastián tiene un miembro grueso, largo, ligeramente curvado hacia la izquierda. Se nota la diferencia. La primera vez tardé en acostumbrarme, en entender el ángulo, pero una vez aprendido el truco, era una experiencia muy particular. Le gustaba entrar despacio al principio, dándole pequeños golpecitos a la entrada antes de hundirse del todo, como si me preguntara «¿estás segura?» con cada uno.
—¿Cómo lo quieres? —preguntaba siempre, las primeras veces.
—Como tú quieras —contestaba yo, que aún no me atrevía a pedir.
Después aprendí a pedir. Aprendí que él cumplía. Aprendí también que era casi imposible que él se viniera antes que yo, y que esa era una ventaja injusta a su favor que nunca dejé de agradecer.
Lo dejamos por motivos aburridos. Carreras distintas, ciudades distintas, la edad rara en la que uno no quiere atarse a nada. No hubo drama. Llevábamos seis meses sin vernos cuando me llamó para tomar café y ponerse al día. Y se me ocurrió: Lucía debería conocerlo. Le caería bien.
A veces una idea es solo una idea. A veces es una excusa que te pones a ti misma porque sabes lo que en realidad estás buscando.
***
Volví al café, al presente. Sebastián estaba contando una anécdota de su trabajo y Lucía se reía con la cabeza echada hacia atrás, dejando ver el cuello largo, las clavículas. Sus rodillas, debajo de la mesa, se rozaban con las de él. No era un accidente. Llevaban quince minutos rozándose y nadie se apartaba.
Cerré los ojos un segundo. Me los imaginé.
Me imaginé a Sebastián acostado boca arriba en la cama de Lucía, esa misma donde una vez estuve yo, y a ella encima de él, montándolo despacio, con los pechos pequeños temblándole con cada movimiento. Me imaginé sus jadeos —los conocía los dos, sabía exactamente cómo sonaban— mezclándose. Me imaginé a Sebastián sujetándola por la cintura como me sujetaba a mí. Me imaginé la cara de Lucía cuando él entrara más fuerte, esa cara de sorpresa que sé que pone porque la he visto.
Y me imaginé a mí ahí, de rodillas a un lado de la cama, mirando. Solo mirando, al principio. Después no.
Apreté los muslos debajo de la mesa. Estaba mojada. Estaba absurdamente mojada en un café de barrio a las cinco y media de la tarde, viendo a mi exnovio coquetear con mi mejor amiga.
—Voy al baño —dije, levantándome.
Ninguno de los dos protestó. Apenas se enteraron.
En el espejo del baño me miré la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos algo idos. Me lavé las manos despacio, pensando.
Podía dejarlos. Podía pagar mi café, despedirme, volver a casa y dejar que ellos resolvieran lo suyo, si es que se atrevían. Era lo razonable. Lo correcto.
Pero llevaba media hora notando un tirón en el bajo vientre que no se iba a apagar solo. Y los conocía a los dos. Sabía lo que cada uno daba. Sabía también, con una certeza extraña, lo que iba a dar yo si esa tarde se torcía como yo quería.
Me sequé las manos. Salí del baño.
Cuando llegué a la mesa, estaban más cerca todavía. Lucía tenía la mejilla apoyada en la mano y lo miraba como una cría de quince años. Sebastián jugaba con la cucharilla del café, fingiendo que no se había dado cuenta del efecto que causaba.
Me senté. Carraspeé. Los dos giraron la cabeza a la vez.
—Os voy a decir una cosa —empecé, con la voz más serena de la que en ese momento me sentía capaz—. No os ofendáis.
—Dispara —dijo Lucía, todavía sonriendo.
—Os estáis gustando —continué—. Lo veo desde hace una hora. Y me parece bien.
Sebastián abrió la boca para protestar, esa cara fingida de quien ha sido pillado en algo. Lucía se puso roja hasta las orejas.
—No, no os pongáis nerviosos —seguí—. No me importa. De verdad. Pero ya que estamos siendo sinceros…
Me incliné un poco hacia adelante. Bajé la voz.
—Os voy a contar algo. Sebastián fue mi novio dos años, Lucía, eso ya lo sabes. Lo que no sabes —dije, mirándola a los ojos— es que tú y yo dormimos juntas la noche del cumpleaños de Cris.
Lucía abrió mucho los ojos. La cucharilla de Sebastián se quedó quieta a medio camino.
—Y lo que tú no sabes —seguí, mirando ahora a él— es que conozco a Lucía mejor que la mayoría de la gente que la conoce.
Hubo un silencio raro, denso, de varios segundos. Después Lucía sonrió. Una sonrisa lenta, despacio, como si fuera entendiendo.
—¿Adónde vas? —preguntó, con la voz un poco ronca.
—A mi casa —dije—. Vivo a tres calles. Tengo vino. Y una cama bastante grande.
Sebastián miró a Lucía. Lucía me miró a mí. Yo los miré a los dos.
Pagamos el café sin hablar.
***
No voy a contar todo lo que pasó esa noche. Hay cosas que prefiero guardarme para mí. Pero sí algunas.
Sí cómo Lucía me besó nada más entrar por la puerta, antes incluso de que se quitara el abrigo, mientras Sebastián cerraba con llave. Cómo él se quedó mirándonos un momento desde el pasillo, sin decir nada, y cómo yo le tendí la mano para que se acercara.
Sí cómo lo desnudé yo a él mientras Lucía me desnudaba a mí. Cómo terminamos los tres en mi habitación, con la luz baja, riéndonos un poco al principio porque ninguno había hecho aquello antes.
Sí cómo, en un momento dado, ella me pidió al oído que la guiara. «Tú lo conoces», me susurró. Y yo la guie. Le mostré con la mano cómo le gustaba a él que lo tocaran, le indiqué dónde besarlo, le marqué con qué ritmo. Y mientras lo hacía, sentía la boca de Sebastián recorriéndome el cuello, los pechos, el vientre, recordándome de memoria.
Sí cómo, un rato después, los papeles cambiaron. Cómo me pidió él a mí que le mostrara a su vez cómo se tocaba a Lucía. Y yo se lo mostré. Le bajé la mano. Le enseñé el ángulo, la presión, la diferencia entre lo que la dejaba indiferente y lo que la hacía arquearse.
Sí los tres jadeos mezclados. Sí los tres olores. Sí la cara de Lucía cuando él entró en ella por primera vez, esa cara de sorpresa que yo había imaginado en el café y que resultó ser exactamente como la había imaginado.
Y sí, también, mi propia cara. Cuando Sebastián, después de un buen rato dentro de Lucía, se giró hacia mí y dijo:
—Ven.
Y vine.
***
Amaneció antes de que ninguno de los tres durmiera. Lucía estaba en medio, con la cabeza apoyada en mi hombro y la mano de Sebastián en la cintura. Olíamos a sudor, a sexo, a vino del bueno y del malo. Nadie hablaba.
—¿Café? —dije, al rato.
Lucía soltó una risa baja, sin abrir los ojos.
—Café —dijo—. Otra vez café.
Sebastián se rio también. Me levanté, me puse una camiseta vieja y bajé descalza a la cocina. Mientras la cafetera empezaba a borbotear, me apoyé contra la encimera y miré por la ventana. Era domingo. Eran casi las siete. El cielo tenía ese color rosa pálido que solo dura cinco minutos.
Pensé en cómo había empezado la tarde anterior. En cómo habían sido tan torpes en el café que daban risa. En cómo, al final, había tenido que ser yo la que dijera lo evidente.
Pensé también que, probablemente, no volvería a pasar. O quizás sí. Quizás dentro de un mes, o de dos, uno de los tres mandaría un mensaje al grupo y los otros dos contestarían «sí». Eso era cosa del futuro.
Por ahora, había café. Y dos personas en mi cama. Y yo había sido, por fin, el puente entre dos orillas que llevaban mucho tiempo pidiendo cruzarse.
Subí con tres tazas humeantes en una bandeja. Lucía me miró desde la cama, despeinada y sin maquillar, tan hermosa que dolía.
—Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —dijo.
Sebastián sonrió.
—A mí también —dije yo, dejando la bandeja.
Y volví a meterme entre los dos.