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Relatos Ardientes

Los miré coquetear y supe que los quería a los dos

El café tenía esa luz dorada de las cinco de la tarde que vuelve guapa hasta la peor cara de cansancio. Lucía y Sebastián estaban frente a mí, separados por una mesa pequeña, dos cafés casi vacíos y una tensión que yo era la única que veía con todas sus letras.

—Pero ¿en serio nunca has ido a Cartagena? —le decía ella, inclinándose hacia adelante.

—En serio. Siempre lo posponía —contestó él, con esa media sonrisa que yo conocía demasiado bien.

Bebía mi café con leche en silencio, sentada al lado de Lucía pero mirándolos a los dos como quien mira un partido. Había sido idea mía juntarlos. Una salida casual entre amigos, ahora que con Sebastián habíamos terminado en buenos términos, ahora que Lucía y yo nos contábamos casi todo. Pensé que harían buenas migas. No esperaba que se gustaran tanto, tan rápido.

Lucía se rio de algo que él dijo y le tocó el antebrazo. Una vez. Tres segundos. Suficiente.

Aquí vamos, pensé.

Lucía es de esas mujeres que no se dan cuenta del efecto que causan. Tiene el pelo castaño hasta los hombros, los ojos enormes y una forma de morderse el labio cuando se ríe que vuelve loco a cualquiera. Esa noche llevaba un suéter color crema con cuello en V y unos vaqueros que le marcaban las caderas. Yo lo sabía bien. Yo había visto esos vaqueros caer al suelo de su habitación una madrugada de noviembre, y debajo un tanga negro empapado que le arranqué con los dientes.

Sebastián tampoco era inmune. Lo conocía mejor que a mí misma. Sé exactamente cómo se le marcan los hombros cuando se inclina, cómo se le tensa la mandíbula cuando está conteniendo algo. Y esa noche, mirando a Lucía, contenía mucho. Yo sabía perfectamente qué tenía debajo de esos vaqueros. Sabía la forma exacta de su polla, el peso de sus huevos en mi mano, el sabor de su semen cuando se corría en mi boca.

—¿Y tú qué piensas? —me preguntó Lucía de pronto, girándose hacia mí—. Marcos dice que la playa de noche está sobrevalorada.

—Sebastián —corregí, sonriendo—. Y dile lo que opino: que no entiende nada.

Él levantó las cejas, fingiendo ofensa. Lucía soltó una carcajada. Volvieron a meterse en su conversación. Yo seguí bebiendo.

Ay, qué torpes son los dos. Si se tocan tres veces más, ya está.

Lo curioso era que la idea no me daba celos. No del todo. Me daba algo más raro y más caliente. Una cosquilla en el bajo vientre que llevaba media hora intentando ignorar y que ya me tenía el coño húmedo pegado a la costura de las bragas.

Yo había estado con los dos. Por separado. En momentos diferentes, por razones diferentes, con resultados diferentes. Y ahora que los veía a punto de estarlo entre ellos, lo único que pensaba era: quiero estar ahí cuando pase, quiero verle la polla entrando en su coño, quiero oírla gemir cuando él la parta en dos.

***

Con Lucía fue un accidente. O eso me digo cuando me lo cuento a mí misma para que suene menos voluntario.

Había sido la fiesta de cumpleaños de una compañera de la oficina. Habíamos bebido demasiado y, sobre la una de la madrugada, ella me dijo que su casa estaba más cerca, que no me molestara en pedir un taxi, que tenía sofá. Acepté.

No dormí en el sofá.

Empezó porque me ofreció una camiseta para dormir y, cuando me la pasó, se quedó parada en el marco de la puerta del baño, mirándome cambiarme. No apartó la mirada. Yo tampoco hice nada por taparme. Recuerdo el silencio espeso, la electricidad que no era de la borrachera. Me quedé en sujetador y bragas y la vi tragar saliva, la vi bajarme los ojos a las tetas, al pubis, y subírmelos otra vez a la cara con las mejillas ardiendo.

—¿Qué? —pregunté, con la camiseta a medio poner.

—Nada —dijo ella, sin moverse.

Caminé hasta donde estaba. Le puse una mano en la cintura. Ella me besó primero, antes de que yo me decidiera a hacerlo, y supe en ese segundo que llevaba meses imaginándolo. Fue un beso hambriento, de lengua desde el primer instante, con los dientes chocando y las respiraciones entrecortadas. Me metió las manos por debajo del sujetador y me apretó las tetas con una avidez que no esperaba de ella.

Nos fuimos a su cama sin hablar, tropezándonos con la ropa. Le quité aquel suéter color crema —sí, el mismo que llevaba esta tarde en el café— y me detuve un momento solo a mirarla. Tiene los pechos pequeños, perfectos, con los pezones rosados y muy sensibles. Aprendí esa primera noche que basta pasarles la lengua un par de veces para que su espalda se arquee de una manera escandalosa. Se los chupé despacio, uno y luego el otro, mordisqueando la punta hasta que empezó a jadear y a agarrarme del pelo. «Más fuerte», me pidió, y yo le mordí el pezón hasta que gritó.

Bajé despacio. Le besé el vientre, las caderas, el interior de los muslos. Cuando le aparté la última prenda, descubrí que estaba completamente afeitada y muy mojada. Tenía el coño hinchado, los labios menores asomando rosados y brillantes, y una gota de flujo bajándole hacia el ano. La abrí con dos dedos y me quedé un segundo mirándola así, expuesta, antes de bajar la boca.

La probé sin prisa, anotando mentalmente qué le gustaba: la lengua plana sobre el clítoris, mejor que la punta. La mano en su cintura, sujetándola, mejor que dejarla suelta. Le lamí de abajo arriba, del ano al clítoris, en una sola pasada larga que la hizo maullar. Después me concentré en el capullo, chupándoselo entre los labios como si fuera un caramelo pequeño, mientras le metía dos dedos en el coño y le buscaba ese punto rugoso de la pared de arriba. Se lo encontré. Empezó a temblarle la barriga.

—No pares, no pares, no pares —repetía, con los muslos apretándome la cabeza.

Tardó poco. Se vino con un grito ahogado contra la almohada, apretándome los dedos con el coño en espasmos que sentí uno por uno, y cuando intentó devolverme el favor, le dije que no, que esa noche era para ella. Mentira. Al final me la devolvió igual. Me pidió que me pusiera a cuatro patas, se colocó detrás y me lamió desde el clítoris hasta el ano con una lentitud que me hizo llorar, y no paró hasta que me corrí dos veces seguidas sobre su lengua.

A la mañana siguiente me tuvo entre sus piernas casi una hora antes de que ninguna de las dos quisiéramos hacer café. Me follaba con tres dedos mientras yo le comía el coño, y nos vinimos casi a la vez, con la luz del sol entrando por la ventana y las sábanas hechas un desastre pegajoso.

Desde entonces nunca lo hablamos. Nunca volvió a pasar. Nos seguimos viendo como amigas, como antes, como si aquella noche no hubiera existido. Pero existía. Y yo lo recordaba cada vez que la veía morderse el labio.

***

Con Sebastián fue otra cosa. Sebastián fue meses, no una noche. Fue ir aprendiendo de a poco lo que le gustaba a él y lo que me gustaba a mí, y cómo se cruzaban esos dos mapas.

Lo que más recuerdo de Sebastián es su forma de tomarse el tiempo. Nunca tenía prisa. Empezaba siempre besándome detrás de la oreja, en ese punto exacto del cuello donde a casi nadie se le ocurre buscar, y yo me deshacía antes de que me hubiera quitado siquiera la primera prenda.

Tenía las manos grandes y sabía usarlas. Sabía cuándo apretar y cuándo apenas rozar. Cuando estábamos juntos podía pasarse veinte minutos solo con sus dedos, mirándome la cara, midiendo cada respiración mía como si estuviera estudiando un instrumento. Me metía dos dedos gordos hasta el fondo, con el pulgar apoyado en el clítoris, y me hacía correr sin cambiar el ritmo ni una sola vez.

Y luego estaba lo otro. Sebastián tiene una polla gruesa, larga, ligeramente curvada hacia la izquierda. Se nota la diferencia. La primera vez que me la sacó de los calzoncillos me quedé un segundo mirándola, calculando si iba a caber. La punta era gorda, morada, con esa vena marcada por debajo que a mí siempre me daba ganas de recorrer con la lengua. Y eso hice: la agarré con las dos manos y me la metí en la boca lo más adentro que pude, tragando saliva, sintiéndola llegarme al fondo de la garganta hasta que me lloraron los ojos.

—Joder, así, así —gruñó él, con las manos en mi nuca sin apretar del todo.

Aprendí rápido a mamársela como a él le gustaba: despacio al principio, con mucha saliva, dedicándole tiempo a la punta y a los huevos, y después a rematar con la boca hasta la base y la mano girando en la mitad. Le encantaba que le mirara a los ojos mientras se la chupaba. Le encantaba correrse en mi boca y que yo me lo tragara y le enseñara la lengua vacía después. Todo eso lo aprendí en las primeras semanas.

La primera vez que me la metió tardé en acostumbrarme, en entender el ángulo, pero una vez aprendido el truco, era una experiencia muy particular. La curva le pegaba a la pared delantera del coño con cada embestida, justo en el punto donde una se vuelve loca, y a los diez minutos yo ya no sabía cómo se llamaba. Le gustaba entrar despacio al principio, dándole pequeños golpecitos a la entrada de mi coño con la punta antes de hundirse del todo, como si me preguntara «¿estás segura?» con cada uno. Me abría con la punta, me la pasaba entre los labios mojados, y solo cuando yo ya estaba levantando las caderas rogándole, se metía entero de una sola estocada.

—¿Cómo lo quieres? —preguntaba siempre, las primeras veces.

—Como tú quieras —contestaba yo, que aún no me atrevía a pedir.

Después aprendí a pedir. Aprendí a decirle «más fuerte», «rómpeme», «a cuatro patas», «tírame del pelo». Aprendí que él cumplía. Aprendí que le gustaba escupirme en el coño antes de metérmela, que le gustaba mirarse a sí mismo entrando y saliendo, que le gustaba sacármela justo antes de correrse y vaciarse entero sobre mis tetas o mi cara. Aprendí también que era casi imposible que él se viniera antes que yo, y que esa era una ventaja injusta a su favor que nunca dejé de agradecer. Me hacía correr con la boca, con los dedos, con la polla, a veces con las tres cosas seguidas la misma noche.

Lo dejamos por motivos aburridos. Carreras distintas, ciudades distintas, la edad rara en la que uno no quiere atarse a nada. No hubo drama. Llevábamos seis meses sin vernos cuando me llamó para tomar café y ponerse al día. Y se me ocurrió: Lucía debería conocerlo. Le caería bien.

A veces una idea es solo una idea. A veces es una excusa que te pones a ti misma porque sabes lo que en realidad estás buscando.

***

Volví al café, al presente. Sebastián estaba contando una anécdota de su trabajo y Lucía se reía con la cabeza echada hacia atrás, dejando ver el cuello largo, las clavículas. Sus rodillas, debajo de la mesa, se rozaban con las de él. No era un accidente. Llevaban quince minutos rozándose y nadie se apartaba.

Cerré los ojos un segundo. Me los imaginé.

Me imaginé a Sebastián acostado boca arriba en la cama de Lucía, esa misma donde una vez estuve yo, y a ella encima de él, montándolo despacio, con los pechos pequeños temblándole con cada movimiento y esa polla gruesa entrándole hasta el fondo. Me imaginé sus jadeos —los conocía los dos, sabía exactamente cómo sonaban— mezclándose. Me imaginé a Sebastián sujetándola por la cintura como me sujetaba a mí, con los pulgares clavados en las caderas, marcándola. Me imaginé la cara de Lucía cuando él entrara más fuerte de abajo, esa cara de sorpresa que sé que pone porque la he visto, la boca abierta y los ojos entornados.

Me imaginé la polla de él saliendo brillante del coño de ella, con hilos de flujo blanco pegados. Me imaginé a Lucía bajándose y chupándosela, probándose a sí misma en la punta, y a Sebastián con la mandíbula tensa mirándola. Me imaginé el momento en que él le diera la vuelta, le pusiera a cuatro patas y le metiera la polla hasta el fondo mientras le apretaba las nalgas con las manos.

Y me imaginé a mí ahí, de rodillas a un lado de la cama, mirando. Solo mirando, al principio. Después no. Después con mi propia mano metida entre los muslos, frotándome el clítoris al ritmo de las embestidas de él, mordiéndome el labio para no gemir.

Apreté los muslos debajo de la mesa. Estaba mojada. Estaba absurdamente mojada en un café de barrio a las cinco y media de la tarde, viendo a mi exnovio coquetear con mi mejor amiga, notando cómo las bragas se me pegaban al coño hinchado.

—Voy al baño —dije, levantándome.

Ninguno de los dos protestó. Apenas se enteraron.

En el espejo del baño me miré la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos algo idos. Me lavé las manos despacio, pensando. Me metí una mano por debajo de la falda un segundo, solo un segundo, y me toqué por encima de las bragas. Estaban empapadas. Aparté la tela y me pasé el dedo por el coño abierto, de arriba abajo, y casi me tuve que morder la mano para no jadear en el baño de un café.

Podía dejarlos. Podía pagar mi café, despedirme, volver a casa y dejar que ellos resolvieran lo suyo, si es que se atrevían. Era lo razonable. Lo correcto.

Pero llevaba media hora notando un tirón en el bajo vientre que no se iba a apagar solo. Y los conocía a los dos. Sabía lo que cada uno daba. Sabía cómo mamaba ella y sabía cómo follaba él. Sabía también, con una certeza extraña, lo que iba a dar yo si esa tarde se torcía como yo quería.

Me sequé las manos. Salí del baño.

Cuando llegué a la mesa, estaban más cerca todavía. Lucía tenía la mejilla apoyada en la mano y lo miraba como una cría de quince años. Sebastián jugaba con la cucharilla del café, fingiendo que no se había dado cuenta del efecto que causaba.

Me senté. Carraspeé. Los dos giraron la cabeza a la vez.

—Os voy a decir una cosa —empecé, con la voz más serena de la que en ese momento me sentía capaz—. No os ofendáis.

—Dispara —dijo Lucía, todavía sonriendo.

—Os estáis gustando —continué—. Lo veo desde hace una hora. Y me parece bien.

Sebastián abrió la boca para protestar, esa cara fingida de quien ha sido pillado en algo. Lucía se puso roja hasta las orejas.

—No, no os pongáis nerviosos —seguí—. No me importa. De verdad. Pero ya que estamos siendo sinceros…

Me incliné un poco hacia adelante. Bajé la voz.

—Os voy a contar algo. Sebastián fue mi novio dos años, Lucía, eso ya lo sabes. Lo que no sabes —dije, mirándola a los ojos— es que tú y yo follamos la noche del cumpleaños de Cris. Me comí tu coño hasta que gritaste contra la almohada y a la mañana siguiente tú te comiste el mío.

Lucía abrió mucho los ojos. La cucharilla de Sebastián se quedó quieta a medio camino.

—Y lo que tú no sabes —seguí, mirando ahora a él— es que conozco el coño de Lucía mejor que la mayoría de la gente que la conoce. Sé cómo se corre, sé qué le gusta y sé lo bien que sabe.

Hubo un silencio raro, denso, de varios segundos. Después Lucía sonrió. Una sonrisa lenta, despacio, como si fuera entendiendo. Sebastián se movió en la silla y yo vi de reojo el bulto que se le estaba marcando en los vaqueros.

—¿Adónde vas? —preguntó ella, con la voz un poco ronca.

—A mi casa —dije—. Vivo a tres calles. Tengo vino. Y una cama bastante grande.

Sebastián miró a Lucía. Lucía me miró a mí. Yo los miré a los dos.

Pagamos el café sin hablar.

***

Lucía me besó nada más entrar por la puerta, antes incluso de que se quitara el abrigo, mientras Sebastián cerraba con llave. Me empujó contra la pared del recibidor, me metió la lengua en la boca y me apretó una teta por encima del suéter con la mano abierta. Yo le desabroché los vaqueros ahí mismo, en el pasillo, y le metí la mano dentro. La encontré ya mojada, con las bragas pegadas al coño afeitado que me sabía de memoria.

Sebastián se quedó mirándonos un momento desde el pasillo, sin decir nada, con la mano encima del bulto de los pantalones. Yo le tendí la otra mano para que se acercara. Vino. Se puso detrás de mí, me apartó el pelo del cuello y empezó a besarme justo en aquel punto detrás de la oreja mientras Lucía me seguía comiendo la boca. Sentí su polla dura clavándome en la espalda baja a través de los vaqueros y se me escapó un gemido dentro de la boca de ella.

Nos desnudamos en el pasillo, riéndonos a ratos, tropezando con la ropa. Le bajé los vaqueros a Sebastián de un tirón y le saqué la polla del calzoncillo. Ahí estaba, tal cual la recordaba: gruesa, larga, con esa curva a la izquierda y la punta ya brillante de líquido preseminal. Lucía la miró como quien se encuentra un regalo. Se puso de rodillas ahí mismo, en el suelo del recibidor, y se la metió entera en la boca de una sola vez.

—Joder —soltó él, con las dos manos apoyadas en la pared por encima de mi hombro.

Yo me arrodillé al lado de Lucía. Le miré. Sonreímos las dos. Me acerqué y le lamí la polla desde la base hasta la punta, justo cuando ella la sacaba de su boca. La compartimos así un rato, lamiéndosela las dos a la vez, chocando las lenguas en el glande, mamándole los huevos por turnos. Sebastián respiraba con la boca abierta y nos miraba con los ojos entornados, sujetándose contra la pared para no caerse.

—Parad, parad, que me corro —dijo, con la voz rota.

—Todavía no —le contesté yo, levantándome.

Terminamos los tres en mi habitación, con la luz baja. Lucía me tumbó de espaldas en la cama y me abrió las piernas con las rodillas. Me miró un segundo el coño abierto y sonrió.

—Está igual de rico que la última vez —dijo, y bajó la cabeza.

Me lamió despacio, con esa lengua puntiaguda que yo recordaba, pasándomela por los labios menores, entrando y saliendo del coño, subiendo hasta el clítoris para chupármelo con los labios. Yo me arqueé enseguida. Ella se sabía el camino de vuelta.

Sebastián se subió a la cama y se arrodilló al lado de mi cara. Le agarré la polla con la mano y me la metí en la boca de lado, torciendo el cuello, sin dejar de sentir la lengua de Lucía trabajándome el coño. Se la mamé mientras ella me comía. Sentía la punta gorda golpearme contra el paladar y notaba cómo Lucía me metía dos dedos y me los curvaba hacia arriba, buscándome el punto que Sebastián se sabía tan bien.

—Tú lo conoces —me susurró ella en un momento, apartándose de mi coño y subiendo a mi oreja—. Enséñame.

Y yo la guie. Le agarré la mano y se la llevé a la polla de él. Le mostré cómo le gustaba que lo tocaran, con la muñeca girando un poco en cada subida, apretándole más la base y aflojándole en la punta. Le indiqué dónde besarlo: la vena de por debajo, el frenillo, los huevos. Le marqué con qué ritmo mamársela, lento al principio y acelerando solo cuando él empezara a levantar las caderas por sí solo.

Lucía aprendía rápido. Se lo llevó a la boca con las dos manos en la base y empezó a chupársela como yo le había enseñado, mirándome a mí de reojo, buscando aprobación con los ojos. Yo asentí. Sebastián dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido largo.

Mientras ella se lo comía, su boca me recorría el cuello, los pechos, el vientre, recordándome de memoria. Me chupaba los pezones uno por uno, mordiéndomelos justo en el punto en que empezaba a doler, y me metía la mano entre las piernas para frotarme el clítoris con dos dedos húmedos de mi propio flujo.

Un rato después, los papeles cambiaron. Me pidió él a mí que le mostrara a su vez cómo se tocaba a Lucía. Ella estaba tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y el coño reluciente. Yo le bajé la mano a Sebastián y se la puse encima. Le enseñé el ángulo: dos dedos entrando de abajo hacia arriba, no de frente, buscándole el punto rugoso del techo del coño. Le enseñé la presión: firme en el clítoris pero con la yema, no con la uña, y en pequeños círculos, no arriba y abajo. Le enseñé la diferencia entre lo que la dejaba indiferente y lo que la hacía arquearse.

—Así, mira —le dije, guiándole los dedos yo misma, mientras Lucía cerraba los ojos y empezaba a jadear.

Sebastián aprendió a la primera. En dos minutos la tenía retorciéndose, con la mano agarrada a las sábanas y la otra en su propio pezón, apretándoselo. Yo me tumbé a su lado y le empecé a lamer el otro pezón mientras él seguía trabajándole el coño con los dedos.

—Métesela —le dije al oído a Sebastián—. Ya está lista. Métesela.

Se puso entre las piernas de Lucía. Le agarró la polla con la mano y le pasó la punta por los labios del coño, arriba y abajo, exactamente el mismo movimiento con el que a mí me volvía loca. Le dio dos golpecitos suaves en la entrada. Ella levantó las caderas, buscándolo.

Y entró.

La cara de Lucía cuando él se hundió hasta el fondo fue exactamente como la había imaginado en el café: la boca abierta, los ojos muy abiertos y luego cerrados de golpe, un jadeo largo que se le escapó del pecho. La curva de la polla de Sebastián le pegó a la pared del coño justo donde tenía que pegarle. Yo lo sabía. Vi cómo se le contorsionaba la cara y supe exactamente qué estaba sintiendo.

Sebastián empezó a moverse despacio, entrando y saliendo entero, mirándose a sí mismo salir brillante del coño de Lucía. Ella le clavó las uñas en la espalda y le pidió más fuerte. Él aceleró. Yo me arrodillé al lado de la cama y me quedé mirando, tal cual me había imaginado, con una mano entre mis propios muslos.

Después no me quedé mirando. Me subí a la cama y me senté sobre la cara de Lucía. Ella me agarró de las nalgas y me hundió su boca en el coño sin pedir permiso, comiéndomelo con la misma hambre que aquella primera noche, mientras Sebastián seguía embistiéndola desde abajo. Yo me incliné hacia adelante, apoyándome en el cabecero, y me quedé viendo desde arriba cómo la polla de él entraba y salía de ella, brillante de flujo, mientras la lengua de ella me barría el clítoris.

Los tres jadeos se mezclaron. Los tres olores. El sudor, el sexo, el vino del café que aún llevábamos en el aliento. Lucía se corrió primero, con un grito ahogado contra mi coño, temblándole las piernas alrededor de las caderas de Sebastián. Yo me vine casi enseguida, apretándole la cara con los muslos, sintiendo cómo me chupaba el clítoris entre dos convulsiones.

Sebastián aguantó, como aguantaba siempre. Salió de Lucía con la polla dura, brillante, embadurnada de flujo blanco. Se giró hacia mí y dijo:

—Ven.

Y vine.

Me bajé de encima de Lucía y me puse a cuatro patas al borde de la cama. Él se colocó detrás. Me pasó la punta por el coño abierto un par de veces, empapándola, y luego se metió entero de una sola estocada. Solté un grito. La curva volvió a pegar donde tenía que pegar, esta vez en mí, y en tres embestidas ya la tenía casi corriéndome otra vez.

Lucía se puso debajo de mí, boca arriba, con la cabeza entre mis piernas colgando del borde de la cama. Me lamió el clítoris mientras Sebastián me follaba desde atrás. Le lamía a él también los huevos cada vez que él se retiraba. Yo no sabía dónde meter la cara. Bajé la boca y le empecé a chupar los pezones a ella, y luego a comerle el coño una vez más, con la cara hundida entre sus muslos mientras la polla de Sebastián me partía en dos por detrás.

Me corrí otra vez. Y otra. Sebastián aguantó hasta que se lo pedí yo, con la voz rota: «córrete, córrete ya, dentro», y él soltó un gruñido largo y se vino en el fondo de mi coño, empujando hasta el final. Se salió despacio, con la polla todavía dura, y yo sentí un hilo caliente de semen bajándome por el muslo hasta la cara de Lucía, que abrió la boca y lo recibió sin apartarse.

Nos derrumbamos los tres. Piernas cruzadas, manos donde caían, respiraciones lentas. Al rato empezamos otra vez. No voy a contar todo. Hay cosas que prefiero guardarme para mí.

***

Amaneció antes de que ninguno de los tres durmiera. Lucía estaba en medio, con la cabeza apoyada en mi hombro y la mano de Sebastián en la cintura. Olíamos a sudor, a sexo, a vino del bueno y del malo. Nadie hablaba.

—¿Café? —dije, al rato.

Lucía soltó una risa baja, sin abrir los ojos.

—Café —dijo—. Otra vez café.

Sebastián se rio también. Me levanté, me puse una camiseta vieja y bajé descalza a la cocina. Mientras la cafetera empezaba a borbotear, me apoyé contra la encimera y miré por la ventana. Era domingo. Eran casi las siete. El cielo tenía ese color rosa pálido que solo dura cinco minutos.

Pensé en cómo había empezado la tarde anterior. En cómo habían sido tan torpes en el café que daban risa. En cómo, al final, había tenido que ser yo la que dijera lo evidente.

Pensé también que, probablemente, no volvería a pasar. O quizás sí. Quizás dentro de un mes, o de dos, uno de los tres mandaría un mensaje al grupo y los otros dos contestarían «sí». Eso era cosa del futuro.

Por ahora, había café. Y dos personas en mi cama. Y yo había sido, por fin, el puente entre dos orillas que llevaban mucho tiempo pidiendo cruzarse.

Subí con tres tazas humeantes en una bandeja. Lucía me miró desde la cama, despeinada y sin maquillar, tan hermosa que dolía.

—Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —dijo.

Sebastián sonrió.

—A mí también —dije yo, dejando la bandeja.

Y volví a meterme entre los dos.

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Comentarios(8)

PatriciaLectora

Buenisimo!!! de los mejores que lei en esta categoria

Carlota_BA

me recordó a algo que viví hace años, esa sensacion de saber algo que los otros no saben tiene algo muy adictivo jaja

Melina_sur

Necesito la segunda parte!! no me puedo quedar con esa tension sin resolver

juancho88

jajaja pobrecitos que no saben nada, el arranque del cafe me mató

nochedeluna77

La descripcion del inicio me atrapo desde la primera linea. Esa tension silenciosa esta muy bien lograda, espero mas relatos

PabloSur

Muy original el planteo, el narrador tiene mucha personalidad. Como se te ocurrió este enfoque?

MarisolB

Gran relato, sigue asi!

FanaticoNocturno

Me encanto como empieza, se hizo corto queria mas :)

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