Trío y voyerismo en el ático del centro
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Cuando se quitó el bikini delante de desconocidos, supe que no iba a conformarme con mirar el mar.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Ella abrió el video sola al mediodía, pensando en una simple fantasía, y terminó mojada, celosa y con ganas de probarlo todo en persona.
Solo iba a venderle un tanga mojado, pero cuando me dio la primera orden ya estaba abierta de piernas, temblando y deseando obedecer.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Solo quería mirar desde lejos, como siempre. Lo que no esperaba era que él me descubriera con los ojos clavados donde no debía.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Cuando bajó la voz para confesármelo, pensé en mil traiciones. Ninguna era esto: quería verme en la cama con su mejor amigo mientras él, sentado, no perdía detalle.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Diez años después del último adiós, él la observó por encima del café y supo exactamente cómo iba a ayudarla. Y lo que pediría a cambio.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.