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Relatos Ardientes

La propuesta que tardé una semana en aceptar

Llevo meses pensando en cómo contar esto. No es fácil explicar algo que todavía no termino de entender del todo, pero si no lo escribo, sé que me va a quedar dando vueltas para siempre.

Los que me leen saben que ya les he contado algunas cosas de mi vida. Esta vez les toca la historia de lo que viví hace unos meses con Ernesto, un amigo de mi papá con quien ya había tenido una aventura tiempo atrás. Un señor de unos sesenta y tantos años, elegante, educado, que sabe muy bien lo que quiere y cómo pedirlo. Después de aquella vez, yo le había dejado claro que no quería que volviera a pasar nada entre nosotros. Él lo aceptó sin drama. Pasaron casi seis meses sin que nos viéramos.

Hasta que un día me llamó para invitarme a comer.

Al principio dije que no. Luego lo pensé mejor y volví a decir que no. Fue su insistencia tranquila, sin presión, lo que terminó por convencerme. Fuimos a un restaurante agradable cerca del centro. La conversación estuvo bien: hablamos de todo un poco, de su trabajo, de mi familia, de cosas sin importancia. Pero cuando llegó el postre, Ernesto se inclinó levemente sobre la mesa y me dijo que quería proponerme algo.

—Tengo una casa fuera de la ciudad —empezó—. Me gustaría invitarte un fin de semana.

—¿Solo tú y yo? —pregunté.

Hubo una pausa breve antes de que respondiera.

—No exactamente.

Me explicó que tenía un grupo de amigos de toda la vida, cinco hombres de su edad, y que la idea era reunirse en esa casa y que yo estuviera con todos ellos. Fue claro. No dio rodeos, no usó eufemismos. La propuesta era exactamente lo que parecía.

En ese momento sentí que me subía una mezcla de vergüenza y enojo que no pude disimular. Le dije que si creía que yo era algún tipo de diversión para él y sus amigos, estaba muy equivocado. Me levanté, le agradecí la comida y salí del restaurante sin mirar atrás.

***

Pero durante la semana siguiente no pude dejar de pensar en eso.

No en Ernesto. No exactamente. Sino en la idea en sí. Seis hombres. Todos mayores. Todos, según me había dicho, muy educados. ¿Qué se sentiría? ¿Cómo sería tener a seis hombres al mismo tiempo? Yo nunca había estado con más de una persona a la vez. La sola imagen me ponía nerviosa, pero no de una manera que me hiciera querer olvidarla. Era más bien lo contrario.

Al séptimo día le escribí un mensaje a Ernesto. Solo le pregunté que me explicara exactamente qué tenían en mente. Sin compromiso. Solo quería saber.

Él me llamó esa misma tarde. Me explicó todo con paciencia. Sus amigos sabían lo básico: que había una mujer que estaba considerando vivir esa experiencia. Nada más. Sin detalles que me comprometieran. Me dijo que todo sería a mi ritmo, que yo podía detener cualquier cosa en cualquier momento, y que si algo me incomodaba, bastaba con decirlo y paraban.

Sus amigos tenían entre sesenta y setenta años. Eso me hizo reír un poco.

—¿Siguen funcionando bien a esas edades? —le pregunté, más en broma que en serio.

—Puedo asegurarte que sí —respondió él, y noté en su voz que le había causado gracia.

Tardé otros dos días. Pero al final le dije que sí.

***

Ernesto pasó por mí un viernes por la tarde. Manejamos algo más de una hora hasta llegar a una propiedad rodeada de árboles, en las afueras de la ciudad. Era una casa grande, bien cuidada, con una terraza amplia que daba a un jardín. El tipo de lugar donde uno se relaja sin querer, sin esfuerzo.

Dentro estaban los cinco. Rodrigo, Félix, Marcos, Luis y Patricio. Ernesto me los fue presentando uno a uno. Todos me dieron la mano con cortesía, me miraron a los ojos. Ninguno hizo ningún comentario fuera de lugar, ninguno me recorrió con la mirada como si fuera una mercancía. Para cuando habíamos dado la vuelta completa, yo ya respiraba con más calma.

Pasamos la tarde en la terraza. Tomamos algo, comimos, conversamos. Me contaron cosas de sus vidas, preguntaron por la mía sin presionarme. Eran hombres con historias, con humor, con esa tranquilidad que a veces tienen las personas que ya han vivido suficiente como para no andar apuradas por nada.

¿En qué momento había dicho que sí a esto.

Pero estaba ahí. Y honestamente, no tenía ningún deseo de irme.

***

Fue Ernesto quien dio el primer paso, como ya era de esperarse. Cuando la conversación se apagó y la noche se puso quieta, me tomó suavemente de la mano y me llevó hacia el interior de la sala. Había un sillón amplio, casi del tamaño de una cama, tapizado en cuero oscuro.

Empezamos a besarnos despacio. Yo tenía el estómago lleno de mariposas, pero era el tipo que te hace quedarte quieta y no salir corriendo. Ernesto sabía besar. Me pasó una mano por la espalda, me acercó a él poco a poco, y fui sintiéndome más segura.

Me quitó los zapatos con calma. Luego me tomó un pie y empezó a besarlo, a pasarle la lengua por la planta. Me recorrió un escalofrío de la punta del pie hasta la nuca. No lo esperaba. No esperaba que me gustara tanto. Me quedé sin palabras.

Me quitó el pantalón con cuidado. Me dejó con la blusa y la ropa interior. Luego me recostó en el sillón y siguió bajando con la boca. Cuando levanté la vista, los otros cinco estaban de pie alrededor, observándonos en silencio. Algunos tenían las manos metidas en los bolsillos. Todos me miraban, pero nadie se movió.

Eso fue lo que me cambió el ánimo por completo. Que nadie avanzó sin mi señal.

Ernesto siguió hasta que yo estuve completamente desnuda. Completamente encendida también. Entonces me incorporé, lo recosté a él en el sillón y le bajé el pantalón. Ya estaba excitado. Lo tomé con la mano, lo besé, y empecé a hacerle sexo oral despacio, sin apuros.

Los otros esperaban.

***

Levanté la vista y los miré. Cinco hombres con sus pantalones a medio bajar, todos excitados, todos con los ojos puestos en mí. Era una imagen que jamás había imaginado en mi vida y que, sin embargo, me estaba poniendo más que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes.

Me hinqué en el suelo y les hice un gesto para que se acercaran. Empecé a turnarme entre ellos, tomando a cada uno con las manos, con la boca, sin apurarme. Iba de uno al otro despacio. Estaba muy mojada, y no me daba vergüenza que lo notaran.

Les pedí que se pusieran condón antes de continuar. Todos lo hicieron sin protestar, sin cara larga, sin hacer un comentario. Eso también me gustó mucho.

***

Ernesto fue el primero. Me subió sobre él, yo quedé sentada encima, y empezamos a movernos juntos. Fue intenso desde el primer segundo, pero de una manera diferente a las otras veces, multiplicado por tener cuatro miradas más puestas en cada movimiento mío. Estuvo unos minutos, luego se detuvo y anunció con una sonrisa tranquila que el siguiente podía acercarse.

Rodrigo se puso de pie. Era el más corpulento del grupo, unos sesenta y cinco años, cabello gris peinado hacia atrás. Se recostó en el sillón y me tendió la mano para que me acomodara debajo de él. Tenía mucho más que ofrecer de lo que yo hubiera esperado. Me sorprendió de una manera muy agradable, de esas que te hacen abrir los ojos aunque los tengas cerrados con fuerza. Fue suave pero firme, y cuando terminó me miró con algo que se parecía al agradecimiento genuino.

Patricio fue el siguiente. Era el mayor del grupo, cerca de setenta años, delgado, con las manos muy cuidadas y la voz baja. Su tamaño era menor al de los otros, pero su manera de moverse sobre mí fue diferente: lenta, muy precisa, como si supiera exactamente qué buscar. Me hablaba al oído con frases cortas que no voy a repetir aquí, pero que me hicieron cerrar los ojos y dejar de pensar en todo lo demás. Con él fue de otra manera. Más profunda, si se puede decir así.

Luis era el más robusto de todos. Me puso boca abajo y estuvo más tiempo que ningún otro. Sus manos sobre mis caderas eran firmes y seguras. Sus amigos le cedieron ese tiempo adicional sin que nadie protestara. A mí tampoco me molestó en absoluto. Todo lo contrario.

Marcos fue el último de ese primer turno. Tenía la piel oscura, unos sesenta y tres años, con una energía tranquila que contrastaba con su cuerpo grande. Me puso de pie frente a él, me abrazó, me levantó un poco, y yo le puse las manos en los hombros y así estuvimos un buen rato, moviéndonos juntos de pie, con su cara muy cerca de la mía. Fue de las pocas veces en toda la noche en que alguien me miró directo a los ojos mientras lo hacíamos.

Félix había esperado pacientemente todo el turno. Cuando llegó su momento, se acercó sin apurarse y me preguntó cómo estaba. Solo eso. Que cómo estaba. Le respondí que muy bien, y él sonrió antes de besarme en el cuello.

***

No voy a intentar contar cada momento de lo que siguió, porque tampoco tengo palabras para todo. Fue un fin de semana entero. Hubo momentos de risas, de descanso, de comida y conversación larga en la terraza. Y hubo momentos en los que retomábamos, en distintas combinaciones, en distintos lugares de la casa, a distintas horas del día y de la noche.

Lo que más me sorprendió no fue la cantidad. Fue la calidad. Ninguno me trató mal. Ninguno me hizo sentir que era solo un objeto pasivo en el centro de algo que no me pertenecía. Cada vez que alguno notaba que yo necesitaba parar o que estaba cansada, parábamos. Había algo en esos hombres mayores que no siempre encuentro en los más jóvenes: paciencia real, no la paciencia forzada de alguien que está esperando su turno.

El domingo por la tarde, antes de que Ernesto me llevara de regreso a la ciudad, Patricio me buscó para despedirse. Me tomó la mano, me dio un beso en la mejilla y me dijo en voz baja:

—Fue un honor, Valeria.

No supe qué responder. Solo sonreí.

***

¿Lo volvería a hacer? No lo creo.

¿Me arrepiento? En absoluto.

Hay experiencias que uno no repite porque no necesita repetirlas. No porque hayan salido mal, sino porque ya están completas en sí mismas. Este fin de semana fue una de esas. Me fui de ahí con algo resuelto que no sabía que necesitaba resolver.

Debo confesar también que el último día, con dos de ellos, decidí no usar protección. No fue descuido. Fue una decisión que tomé en ese momento, sabiendo lo que hacía, eligiéndolo. No estoy segura de poder explicarlo del todo. Solo sé que así fue, y que no lo lamento.

Volví a casa diferente. No transformada de ninguna manera dramática ni teatral. Solo con algo más de mí misma que antes no había visto, o que no me había animado a mirar.

Ya saben dónde encontrarme. Leo todos sus comentarios.

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Comentarios (9)

NightLector91

Increible!!! Me dejo sin palabras, en serio.

Julito_cba

La tension del principio es lo que mas me engancho. Eso de tardar una semana... entendible jaja, yo hubiera dudado tambien.

RolandoKR

No soy de los que comentan seguido pero este relato se lo merecia. Muy bien escrito, te mete en situacion desde la primera oracion. Sigan subiendo asi.

Soledad_BA

Vas a escribir la continuacion? Me quede con ganas de saber como fue el resto del fin de semana completo.

PabloN74

El detalle de que todos pasaran los sesenta le da una vuelta totalmente inesperada. No me lo esperaba para nada, muy bueno.

Turista_lector

Se me hizo cortisimo jajaja. Tremendo.

VeroBA

Me encanto como lo narraste, se siente autentico. La duda inicial y despues la decision... esta muy bien llevado emocionalmente.

CarmenSG

Buenisimo!!! Espero que haya segunda parte con mas del fin de semana.

duncan74

De lo mejor que lei ultimamente por aca. Saludos desde cordoba

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