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Relatos Ardientes

Nunca les conté lo que pasó esa noche con ellos

4.7(22)

La lluvia había empezado a caer antes del mediodía y para la noche era ya un murmullo continuo contra los vidrios de la cabaña. Adentro, la chimenea crepitaba con ese calor denso y dorado que lo llena todo y que hace que el tiempo pase distinto. Sofía estaba recostada en el sofá con una copa de vino tinto a medio terminar, mirándome de esa manera suya que siempre me costaba descifrar. Rodrigo, sentado en el suelo frente al fuego, removía las brasas en silencio.

Llevábamos dos días en esa cabaña. Habíamos llegado el viernes desde la ciudad, con la excusa de escapar de todo por un fin de semana. Era una de esas escapadas que los tres necesitábamos y que nadie se había animado a proponer hasta que Sofía lo hizo, con esa naturalidad suya que siempre me había dado un poco de envidia.

Sofía y Rodrigo eran pareja desde hacía cuatro años. Yo era la amiga de ambos, la tercera en discordia de los planes de fin de semana, la que siempre terminaba durmiendo en el sofá cuando los visitaba. Pero esa noche en la cabaña era diferente. Lo sentía desde que habíamos llegado, en la manera en que se miraban cuando me hablaban, en los silencios que me incluían en lugar de excluirme.

—Natalia —dijo Sofía, dejando la copa sobre la mesa de madera—. Rodrigo y yo te queremos preguntar algo.

La miré. Rodrigo dejó el atizador apoyado contra la piedra y se giró hacia mí.

—Te hemos observado mucho estos meses —continuó ella—. Y... nos gustaría que esta noche fuera diferente.

No necesité que terminara la frase. Lo supe antes de que las palabras llegaran, y sentí algo moverse en el fondo del estómago. No era miedo. Era otra cosa. Era el coño mojándose de golpe, apretándose solo, pidiendo antes de que la cabeza terminara de entender.

—¿Los dos? —pregunté, solo para estar segura.

—Los tres —respondió Rodrigo. Los tres, pensé. Y en ese momento entendí por qué habíamos venido realmente a esa cabaña.

***

Empezó despacio, como tiene que empezar todo lo que vale la pena. Sofía se acercó primero. Se sentó a mi lado en el sofá y me tocó la mejilla con una mano que olía a vino y a madera. Su rostro estaba tan cerca que podía ver las pequeñas pecas que el maquillaje nunca terminaba de cubrir.

—¿Está bien? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí, y era verdad.

Cuando sus labios encontraron los míos, el beso empezó suave, exploratorio, pero se abrió rápido. Su lengua entró en mi boca con hambre, y yo la recibí con la mía, chupándosela despacio. Sentí sus dedos bajar por mi cuello, por el escote, hasta cerrarse sobre una teta por encima de la remera. Me la apretó con firmeza, y yo gemí dentro de su boca. Rodrigo observaba desde el suelo, sin moverse, con esa expresión concentrada que tenía cuando algo lo sorprendía de verdad. Vi cómo se llevaba la mano al bulto que ya le tensaba el pantalón y se lo acomodaba.

Sofía me sacó la remera de un tirón. No traía corpiño. Se quedó mirándome un segundo, con los ojos oscurecidos, y después bajó la boca a mi pezón y lo chupó fuerte, mordisqueándolo con los dientes. Yo arqueé la espalda. Su otra mano ya me estaba desabrochando el jean, metiéndose por debajo de la bombacha, y cuando sus dedos encontraron mi coño empapado se rio bajito contra mi teta.

—Estás chorreando —susurró—. Mirá cómo estás.

Me metió dos dedos de una vez. Los curvó adentro y empezó a moverlos, y yo abrí las piernas todo lo que pude en el sofá, dejándome hacer. Rodrigo se había acercado sin que yo lo notara. Se puso de pie a mi lado, se abrió el pantalón y se sacó la verga afuera. La tenía dura, hinchada, con la punta brillando. Me la puso contra los labios sin decir nada y yo abrí la boca.

Se la chupé despacio al principio, saboreándola, pasándole la lengua por el frenillo mientras Sofía me seguía cogiendo con los dedos. Después me la metí entera, hasta el fondo, hasta sentir cómo me golpeaba la garganta. Rodrigo gruñó y me agarró del pelo. Empezó a moverse él, follándome la boca despacio, y yo me dejé, con los ojos llorosos y la saliva chorreando por el mentón.

Sofía se separó un momento, se sacó el vestido por la cabeza y se quedó desnuda al lado nuestro. Después fue él quien se acercó todavía más, se sentó en el filo del sofá y nos miró a las dos con la verga mojada de mi baba.

—¿Qué quieres hacer, Natalia? —preguntó él, y esa pregunta fue la más honesta que alguien me había hecho en mucho tiempo.

Puse mi mano sobre su pecho y lo empujé con suavidad hacia la alfombra.

***

Me tomé mi tiempo con Rodrigo mientras Sofía nos miraba desde atrás, con la espalda apoyada en el sofá y las rodillas levantadas. Se había abierto de piernas descaradamente. Sus dedos se movían despacio entre sus propios muslos, resbalando por su coño rosado y depilado, dos dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba la cabaña. Esa imagen, ella masturbándose mirándome mamársela al novio, fue lo que terminó de soltarme.

Trabajé despacio. Comencé por su cuello, sus hombros, la curva de sus costillas, bajando con la lengua. Le lamí los pezones uno por uno, se los mordí, y él me apretó la nuca. Tenía un cuerpo que claramente sabía usar, pero que esa noche entregó sin resistencia. Bajé más. Le pasé la lengua por el ombligo, por la línea de vello que le cruzaba el abdomen, y cuando llegué a la base de la verga se la chupé completa desde abajo, con lengua ancha, como si fuera un helado. Después me la metí en la boca de nuevo, hasta el fondo. Me la saqué con un chasquido y le lamí los huevos uno por uno, chupándoselos con cuidado, sintiendo cómo se le tensaban.

—Puta —murmuró él—. Qué manera de mamarla.

Sus manos encontraron mi pelo y se quedaron ahí, sin presionar, solo presentes. Escuché a Sofía gemir detrás de mí. Se estaba cogiendo más rápido con los dedos, mirándonos.

Cuando volví a subir a la punta, ya estaba completamente excitado, tenso de anticipación, con una gota espesa de líquido pre en el glande. La lamí. Después tomé su miembro con la mano y lo sentí latir contra mi palma. Escuché que lanzaba el aire por la nariz, despacio, controlándose.

—Tengo algo que mostrarte —dije.

—¿Qué cosa? —preguntó, con la voz ya cambiada.

—Algo que muy pocos hombres conocen —respondí—. ¿Confías en mí?

Hubo una pausa breve. Luego:

—Sí.

Sofía dejó de moverse. Observaba con atención, su respiración más rápida ahora, los ojos muy abiertos, los dedos todavía metidos hasta el fondo de su coño.

Me había informado mucho sobre placer masculino en los años anteriores, más por curiosidad que por otra cosa. Sabía que había una zona que la mayoría de los hombres ignoraba por completo, no porque no existiera, sino porque nadie les había dicho cómo encontrarla. Fui por el pequeño tubo de lubricante que había traído sin decirle a nadie. Le abrí las piernas, le levanté las rodillas contra el pecho, y le mojé bien el culo con lube frío. Le pasé el dedo por encima del agujero, apenas rozándolo, y sentí cómo el músculo se contraía y después se aflojaba.

—Relajate —dije.

Empujé despacio con el dedo del medio. Entró hasta la primera falange sin resistencia. Después más. Rodrigo no se sobresaltó. Se relajó, despacio, como alguien que decide soltar el control después de cargarlo mucho tiempo. Cuando encontré el punto exacto y empecé a masajearlo con movimientos lentos y precisos, apretando esa nuez firme que tenía adentro, su cuerpo respondió antes que su voz.

Arqueó la espalda. Los tendones de su cuello se marcaron bajo la piel. Su verga dio un salto y una nueva gota espesa le corrió por el tronco.

—Dios —murmuró—. ¿Qué es eso?

—Tu próstata —dije—. Cada hombre la tiene. Casi ninguno sabe lo que siente.

Sofía se había arrodillado a su lado, con una teta contra su brazo. Lo miraba con una mezcla de fascinación y algo que parecía ternura. Extendió la mano y le agarró la verga, empezando a masturbársela despacio, en el mismo ritmo que yo le trabajaba el culo por dentro. Rodrigo giró la cabeza hacia ella y la buscó con los ojos, y en esa mirada había algo que no era solo placer. Era gratitud.

***

Sofía se inclinó sobre él con una lentitud deliberada. Sus labios recorrieron su pecho, su abdomen, la línea de sus caderas. Rodrigo jadeaba en silencio, los ojos cerrados, los puños apretados contra la alfombra, mientras yo seguía cogiéndolo con el dedo despacio, apretándole la próstata cada vez que exhalaba.

Cuando Sofía lo tomó en la boca, el sonido que salió de él fue profundo y sin filtro. Sus caderas se levantaron un centímetro del suelo, instintivamente. Ella lo chupaba con toda la boca, sin apuro, dejando que la saliva le cayera por el tronco y le mojara los huevos. Yo mantuve el ritmo del masaje mientras ella trabajaba, los dos movimientos encontrándose en una cadencia que él no podía controlar. Metí un segundo dedo. Sofía subió y bajó por la verga con un ruido obsceno de garganta llena.

—Para —dijo de pronto, con voz cortada—. Para, o me voy a... ya.

Sofía levantó la cabeza. Yo saqué los dedos del todo. Los dos lo dejamos suspendido en ese borde, respirando con dificultad. Su verga latía sola en el aire, hinchada, roja, un hilo de baba conectándola a los labios de Sofía.

—Todavía no —dije.

Rodrigo me miró con una expresión entre el ruego y la incredulidad. Tenía los labios separados, los hombros tensos, el cuerpo pidiendo lo que nosotras le negábamos.

—Por favor —fue todo lo que dijo.

—Confía —respondí.

Volví a empezar. Esta vez metí los dos dedos de golpe, más adentro, y apreté la próstata con más presión, casi frotándola. Sofía se la volvió a meter en la boca hasta el fondo, ahogándose apenas, y empezó a mamársela más rápido, con las mejillas hundidas. Con la mano libre ella se agarraba un pecho y se retorcía el pezón. Su otra mano bajó entre sus piernas y se puso a tocar el clítoris al ritmo del que yo le hacía a él. Se estaba corriendo mientras se lo mamaba.

El sonido del fuego, la lluvia contra el vidrio, la respiración de los tres mezclada en el aire caliente de la cabaña. Los ruidos húmedos de la boca de Sofía. El chasquido de mis dedos entrando y saliendo de su culo.

Rodrigo llegó al límite con un grito que sonó a rendición total. Su cuerpo se tensó de la cabeza a los pies y luego se soltó de golpe. Le vi la primera contracción por dentro, el músculo del culo apretándome los dedos, y después la verga saltó en la boca de Sofía. Ella no se apartó. Se tragó chorro tras chorro con los ojos cerrados, sin dejar de mamar, mientras él se corría con espasmos largos que le sacudían todo el torso. Un pequeño hilo blanco le bajó por la comisura y que limpió con el dorso de la mano, después se lo llevó a la boca y se lamió el dedo.

Cuando terminó, Rodrigo quedó tendido con los ojos abiertos mirando el techo, como alguien que acaba de ver algo que cambia la forma en que entiende las cosas.

—Nunca —dijo al cabo de un momento—. Nunca había sentido nada así.

Sofía se recostó a su lado, con la boca todavía brillante de semen. Yo me acurruqué contra ella. Los tres bajo el mismo techo de calor que irradiaba la chimenea.

***

El descanso duró lo que dura el silencio antes de que alguien diga lo que está pensando. Sofía giró la cara hacia mí y me besó. Todavía tenía el gusto de él en la lengua. Me lo pasó a mí, y yo tragué.

Fue ella quien se movió primero. Se incorporó con una energía nueva en los ojos, esa chispa que aparece cuando alguien descubre que tiene más poder del que creía. Se puso de rodillas junto a Rodrigo y lo miró de frente.

—Ahora quiero intentarlo yo —dijo—. Pero al revés. Quiero ser yo quien decida cuándo.

Rodrigo sonrió despacio. Era una sonrisa de alguien completamente rendido que ya no tiene nada que defender.

—Adelante —dijo.

Antes de montarlo, Sofía se giró hacia mí. Me agarró de la nuca y me empujó la cara contra su coño. Yo entendí. Me acomodé de rodillas frente a ella y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, del perineo al clítoris. Estaba empapada, hinchada, con un sabor fuerte que se me pegó a los labios. Le chupé el clítoris y le metí dos dedos al mismo tiempo, buscándole el punto adentro con la yema. Ella gimió agudo y me clavó las uñas en el hombro.

—Así, así —dijo—. Preparámelo.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, me apartó. Se montó sobre Rodrigo con una seguridad que me hizo sonreír. Colocó las rodillas a los lados de su cintura y empezó a moverse despacio, frotando su coño contra la verga todavía blanda para despertarlo de nuevo. Sus caderas describían círculos lentos y deliberados, mojándolo, pintándole la panza con lo suyo, los ojos cerrados, completamente concentrada en la sensación.

Yo los observaba desde unos pasos atrás, con una mano recorriendo mi propio cuerpo, dos dedos metidos hasta el fondo de mi coño y el pulgar dándome vueltas al clítoris, dejándome llevar por el espectáculo. Había algo muy particular en mirar, en ser testigo de algo que no estaba destinado a ser secreto. El calor entre mis muslos se volvía imposible de ignorar. Estaba tan mojada que mi mano se resbalaba.

Rodrigo fue respondiendo poco a poco. Cuando estuvo listo, duro otra vez, Sofía se detuvo un momento, lo tomó con la mano y lo posicionó contra la entrada de su coño. Se quedó suspendida sobre él, con la punta apenas apoyada en los labios, jugando. Ambos jadeaban. Luego se dejó caer de golpe, empalándose hasta el fondo.

El sonido que hizo fue involuntario, un grito corto que rebotó en las paredes de madera de la cabaña. Se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados y los labios separados, adaptándose a tenerlo entero adentro. Luego comenzó a moverse.

***

El ritmo fue lento al principio. Cada movimiento de sus caderas era intencional, explorador, subiendo hasta que casi lo dejaba salir y bajando hasta empalarse otra vez completa, como si estuviera dibujando un mapa que solo ella podía ver. Sus manos apoyadas en el pecho de Rodrigo, el pelo rubio cayéndole sobre la cara, el resplandor anaranjado del fuego delineando la curva de su espalda y la línea del culo abierto sobre él.

Rodrigo la miraba desde abajo sin decir nada. Sus manos encontraron sus caderas y se quedaron ahí, sin guiarla, solo acompañando. Después subieron a sus tetas y se las agarró con las dos manos, apretándoselas, retorciéndole los pezones. Sofía echó la cabeza para atrás y se cogió más rápido.

Me acerqué despacio. Me arrodillé detrás de Sofía y empecé a besarle la nuca, los hombros, la columna. Sentí cómo su ritmo se alteró apenas al contacto, cómo una pequeña sacudida recorrió su espalda. Llevé mis manos hacia adelante, tapando las de Rodrigo, y encontré sus pechos, los tomé con suavidad y apreté los pezones entre los dedos, torciéndoselos hasta que ella jadeó de dolor y de gusto al mismo tiempo.

—Dios —dijo, y su ritmo se rompió un momento antes de volver más fuerte.

Llevé una mano hacia abajo, encontré la zona entre su cuerpo y el de Rodrigo. Ahí, con los dedos, sentí la verga entrando y saliendo del coño, empapada, brillante, y a Sofía abierta alrededor. Le pasé dos dedos por el clítoris hinchado y empecé a moverme en círculos sobre su punto más sensible, al mismo ritmo en que ella se cogía. La estimulación se multiplicó. Sofía dejó de pensar. Sus caderas tomaron un ritmo propio, más rápido, más entregado, cogiéndoselo con desesperación, y sus palabras se convirtieron en sonidos sin forma.

—Cogémelo —le susurré al oído, sin dejar de trabajarle el clítoris—. Cogételo bien.

Se me ocurrió otra cosa. Bajé más la mano, pasé el dedo del medio por el jugo de ella, lo empapé bien, y le busqué el otro agujero. Se lo apoyé en el culo y empecé a empujar despacio, al ritmo que la verga de Rodrigo entraba en su coño. El dedo entró liso. Sofía dio un grito ahogado y se quedó quieta un segundo, con los dos agujeros llenos, y después se puso a moverse todavía más rápido, como si algo se hubiera roto adentro.

—Me voy a correr —dijo con los dientes apretados—. Me voy a correr, no paren.

Rodrigo aguantó todo lo que pudo. Empezó a embestir desde abajo, chocándole las caderas con las nalgas cada vez que ella bajaba, un aplauso de piel contra piel que se mezclaba con el crepitar del fuego. Cuando ya no pudo más, lo dijo con una palabra cortada y luego dejó de hablar. Su cuerpo entero se contrajo debajo de ella y sentí, con el dedo que le tenía a Sofía en el culo, cómo la verga latía adentro descargándose. Sofía sintió cada pulsación de semen caliente llenándola y eso la llevó con él, con un grito largo que se perdió en el crepitar del fuego, con el coño apretándose en espasmos alrededor de él mientras se le mezclaba todo adentro.

Se desplomó sobre él, agotada y brillante, con un hilo de semen escapándosele por entre los muslos y goteando sobre la panza de Rodrigo. Yo saqué el dedo del culo y me lo lamí sin pensarlo. Después bajé la boca al coño de Sofía, todavía abierto encima de él, y la limpié con la lengua, tragándome lo que se le escapaba mientras ella temblaba con las réplicas del orgasmo. Rodrigo miraba desde abajo, con los ojos entrecerrados, sin poder creer lo que veía.

Me aparté despacio, con la boca mojada, recostándome en la alfombra al lado de ellos. Los tres quedamos quietos un buen rato. La lluvia seguía. El fuego seguía. Nuestras respiraciones se fueron calmando de a poco.

***

Sofía fue la primera en hablar, con la mejilla apoyada en el pecho de Rodrigo y los ojos entreabiertos.

—Esto cambia todo —dijo.

—Sí —respondió él con voz ronca.

Me giré para mirarlos. Rodrigo tenía un brazo alrededor de Sofía y el otro extendido hacia mí, una invitación sin palabras. Me acerqué y me recosté contra su costado. Los tres formamos un nudo de cuerpos tibios, pegajosos, bajo la luz del fuego.

No hablamos más en un rato. No había nada que decir que la piel no estuviera diciendo ya.

Afuera, la lluvia seguía lavando la noche. Adentro, los tres ardíamos despacio, sin prisa, sin necesidad de nada más que ese calor compartido y la certeza de que lo que acababa de pasar era solo el principio.

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4.7(22)

Comentarios(8)

TabooWolf

increible!!! que bien contado, se me paso volando

Liberal45

por favor continuá esta historia, quede enganchado y con ganas de saber que paso despues

Marcos_72

sin palabras. de verdad.

Luisma_84

me recordo a una noche que tambien viví algo parecido con personas de confianza... esas cosas no se olvidan

PepaRivera

Me gusto mucho el tono, se siente autentico y eso es raro de encontrar. No es exagerado ni forzado. Seguí subiendo!

curiosoLector

hay segunda parte? espero que si jaja

Rolando_BsAs

Tremendo!!! de los mejores que lei ultimamente en este sitio

noche_loca22

se me hizo cortisimo, quiero mas por favor :)

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