Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La cena que terminó en trío con un desconocido

3.8 (25)

La llamada de Marco llegó a media tarde, cuando todavía estaba en albornoz con el pelo húmedo. Solo me dijo que esa noche cenaríamos fuera, que nos habían invitado. Sin más detalles. Con Marco aprendí pronto que los detalles llegan cuando tienen que llegar.

Me tomé mi tiempo. Me di una segunda ducha larga, me sequé el pelo con cuidado, me pinté frente al espejo del baño sin prisa. Me gusta salir arreglada. No de manera llamativa, sino de esa forma que hace que la gente se pregunte quién eres sin que tengas que decirlo tú.

Esa noche me decidí por un vestido negro de tirantes, ceñido hasta la cadera, que llevaba meses en el armario esperando una ocasión. Un tanguita de hilo negro debajo. Sin sostén, porque el vestido lo hacía innecesario y el efecto, con los pezones marcándose ligeramente contra la tela, era exactamente el que buscaba.

Cuando Marco entró al dormitorio y me vio lista no dijo nada. Solo sonrió.

Me puse una cazadora de cuero encima para el trayecto y salimos.

El Hotel Mirador estaba a veinte minutos en coche. Aparcamos en el garaje subterráneo y subimos a la cafetería. Marco caminaba con esa tranquilidad que tiene cuando sabe exactamente lo que está haciendo. Yo lo seguía, con los tacones resonando en el mármol del vestíbulo.

El hombre que nos esperaba estaba sentado solo junto a los ventanales que daban a la calle. Al vernos llegar se puso en pie y entonces lo vi de cuerpo completo: alto, de hombros anchos, con piel oscura y esa clase de calma en los ojos que no se aprende, se tiene. Llevaba una camisa azul marino con las mangas remangadas hasta los codos.

—Adrián —me lo presentó Marco—. Mi mujer.

Nos dimos dos besos. Tenía las manos cálidas y olía a algo amaderado y limpio.

Marco me ayudó a quitarme la cazadora antes de sentarme. Adrián no lo disimuló: sus ojos bajaron un momento hacia mi pecho, donde los pezones se marcaban contra el tejido. No fue un gesto obsceno. Fue simplemente honesto, y me gustó.

Cenamos durante casi dos horas. Adrián trabajaba en logística internacional y viajaba constantemente. Esa noche estaba de paso en la ciudad. Hablaba despacio, eligiendo las palabras, con el acento suave de alguien que ha vivido en demasiados sitios como para conservar uno solo. Bebimos vino tinto y hablamos de todo lo que no importa cuando en realidad estás hablando de otra cosa.

A los postres, con la botella ya vacía, Marco me aclaró lo que yo llevaba un rato intuyendo: Adrián era el hombre del club al que habíamos ido el mes anterior.

Lo miré con más atención.

—¿Y cómo acabó usted en un sitio así? —le pregunté.

Se reclinó en la silla.

—Entré a buscar un regalo. El encargado me habló de ustedes y me preguntó si quería quedarme a observar.

—¿Y le gustó lo que vio?

Sonrió sin abrir la boca.

—Aquí estoy.

Marco pagó la cena. Adrián dijo algo en recepción que no alcancé a escuchar, con la llave ya en la mano. Subimos los tres en el ascensor hasta la cuarta planta en silencio. Era un silencio cómodo, de los que no necesitan llenarse.

***

La habitación era amplia, con una cama grande y un ventanal que daba al puerto. Las luces del agua se veían desde lejos, quietas y distantes.

Adrián preparó tres gin-tonics en el mueble bar. Marco y yo nos sentamos en el borde de la cama. Cuando Adrián trajo los vasos se sentó a mi otro lado, de manera que quedé entre los dos.

Estuvimos un momento en silencio, los tres con el vaso en la mano.

Fue Marco quien empezó. Me besó el cuello desde atrás, con esa calma que tiene cuando no tiene prisa. Una mano fue a mi pecho por encima del vestido. Adrián apoyó la suya en mi rodilla y empezó a subirla despacio, centímetro a centímetro. Cuando llegó al tanguita lo rozó con los dedos y noté que ya estaba húmeda.

Tenía una mano en el muslo de cada uno. Los dos se endurecían.

Se bajaron los pantalones casi al mismo tiempo. Me incliné hacia Marco primero: lo tomé en la mano, lo llevé a la boca, empecé despacio. Luego giré hacia Adrián. Fui pasando de uno a otro sin prisa, prestando atención a lo que le gustaba a cada uno: Marco con la mano en mi pelo, Adrián con los dedos en mi nuca, sin presionar, solo dejando el peso ahí.

Después de un rato Adrián me apoyó la palma en la cabeza y empujó un poco más adentro. Lo noté al fondo de la garganta y aguanté el tiempo que pude antes de retirarme a tomar aire.

Los tres nos desnudamos. Me quitaron el vestido entre los dos y yo les ayudé con lo que quedaba. Cuando me arrodillé de nuevo con las dos pollas delante, me tomé un momento: distintas en grosor y longitud, pero las dos duras y cerca de mi boca.

Las junté, pasé la lengua por las dos a la vez, las masturbé con ambas manos. Adrián me daba golpecitos suaves en el labio inferior con la punta. Marco me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados.

***

Me hicieron tumbarme en la cama.

Adrián se colocó entre mis piernas y bajó la cabeza sin pedir permiso. Sabía lo que hacía: primero la lengua plana y lenta sobre todo el coño, para que yo me acostumbrara al ritmo, luego la punta concentrada en el clítoris en pequeños círculos. Un dedo entró despacio mientras seguía con la boca.

Marco se arrodilló junto a mi cabeza y lo tomé sin que me lo pidiera.

Estuvimos así un buen rato. Yo en el centro, recibiendo de los dos, completamente fuera de cualquier otro pensamiento. El orgasmo llegó con el dedo de Adrián adentro y la lengua presionando en el punto exacto. Me aferré a la sábana con la mano libre y gemí alrededor de la polla de Marco.

Necesité un momento antes de poder volver a moverme.

Cambiamos de posición. Me puse a cuatro patas, con la cara a la altura de las caderas de Adrián. Marco se colocó detrás y entró de golpe, sin aviso. El impulso me empujó hacia adelante y metí a Adrián más adentro de lo que había calculado.

Encontramos un ritmo entre los tres casi sin hablar. Marco empujaba, yo me tragaba la polla de Adrián, Adrián me sujetaba la cabeza con cuidado. Me azotó el glúteo derecho una vez con la palma abierta. Me detuve un segundo, sorprendida, y luego volví al ritmo.

Cuando Adrián notó que estaba a punto se retiró.

—Quiero verte encima —dijo, tumbándose en la cama.

Me monté sobre él despacio. Era grueso y el primer tramo costó trabajo: tuve que respirar hondo, dejar que el cuerpo cediera, bajar poco a poco hasta tenerlo todo dentro. Entonces empecé a cabalgar.

Me miraba los pechos mientras me movía. Los tomó con las dos manos, los apretó, los masajeó con los pulgares. Luego me dio un par de palmadas con la mano abierta que me arrancaron un grito. Me encantó.

Noté a Marco acercarse por detrás.

***

Me incliné hacia adelante sobre el pecho de Adrián, que aprovechó para pasarme un pezón por la boca. Detrás, escuché a Marco buscar algo en la mesita de noche. Sus dedos llegaron fríos al ano, lubricando con cuidado. Primero uno, luego dos, dejándome tiempo entre cada movimiento.

Cuando apoyó la punta de su polla contra la entrada, empujé un poco hacia atrás para recibirlo.

Entró muy lento. Adrián no se movió mientras Marco avanzaba. Los tres esperamos en silencio unos segundos, aprendiendo la presión nueva. Luego empezaron: cuando uno entraba el otro salía, alternando sin necesitar hablar.

Era ese tipo de placer que no deja espacio para pensar. Solo cuerpos, respiraciones y el calor de los dos dentro de mí al mismo tiempo. Gemí sin control, primero en voz baja y luego sin importarme el volumen. El orgasmo llegó de repente, como una ola que no ves venir, y los dos lo notaron porque aceleraron al mismo tiempo.

Terminaron casi juntos, dentro de mí.

Nos quedamos los tres inmóviles sobre la cama, respirando fuerte. Nadie habló.

***

Marco fue el primero en levantarse. Se metió en el baño y escuché el agua de la ducha.

Me acerqué al ventanal. El puerto seguía ahí, con las luces reflejadas en el agua oscura. Me quedé mirando sin pensar en nada en particular.

Sentí calor detrás de mí antes de sentir las manos. Adrián me rodeó por la espalda, me tomó los pechos, apoyó la boca en mi hombro. Subió por el cuello, apartó mi pelo hacia un lado y habló en voz baja cerca de mi oído.

—Una vez más —dijo—. Solo nosotros dos.

Eché la mano hacia atrás para comprobarlo. Ya estaba duro de nuevo.

—Si quieres, es tuyo —le dije.

Se colocó despacio. Esta vez entró con más facilidad. Empezó con movimientos suaves y lentos, dejando que yo marcara el ritmo al principio. Una mano mía fue al cristal del ventanal. La otra bajó entre mis piernas.

Fuera las luces del puerto seguían encendidas. Dentro solo se escuchaba nuestra respiración y el golpe suave y regular de su cuerpo contra el mío.

Fue aumentando la intensidad de forma gradual, sin saltos bruscos. Las manos recorrieron mis caderas, mi vientre, mis pechos. En un momento tomó mi coleta y tiró hacia atrás, con firmeza pero sin hacerme daño, y aceleró.

Llegué al orgasmo con la frente apoyada en el cristal frío. Él llegó unos segundos después, con los dedos apretados en mi cadera.

Nos quedamos quietos. Su pecho contra mi espalda. Las dos respiraciones regulándose poco a poco mientras las luces del puerto parpadeaban al fondo.

Nos lavamos y volvimos a la cama, donde Marco ya dormía. Los tres nos quedamos dormidos antes de que amaneciera.

Valora este relato

3.8 (25)

Comentarios (8)

Verano006

Tremendo!!! me quede con ganas de mas

Naxo64

La presentacion del desconocido esta perfecta, con dos lineas ya te imaginaste todo. Muy buen relato

Luisa_M

Como termina??? jaja nos dejaste con el suspenso justo en lo mejor. Esperando la continuacion!

GusJav30

Me recordo a una cena rara que tube hace años jajaja aunque la mia no termino igual de bien. Muy creible la historia

thefloki

buenisimo, de lo mejor que lei aca ultimamente

RosaEterna

Me encanta cuando hay tension antes de que empiece todo. Aqui se siente perfecto. Seguí subiendo mas!

Marito77

y ella sabia de antes o fue sorpresa total? lo pregunto en serio, me genero curiosidad esa parte

MiriamBCN

Muy bien escrito, se nota el cuidado en cada detalle. La escena de la cena especialmente. Gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.