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Relatos Ardientes

Mi amiga me confesó lo del trío en Búzios

3.3(7)

Camila me lo contó un viernes de enero, cuando ya llevábamos media botella de vino blanco entre las dos. Estábamos en mi cuarto: ella tirada en el sillón con una remera enorme que le cubría hasta los muslos, yo sentada en la cama con las piernas cruzadas y un vasito de vino en la mano. Afuera el calor hacía que todo se moviera despacio, y YouTube sonaba de fondo sin que ninguna de las dos le prestara atención.

De repente Camila se enderezó, me miró con esa expresión que le conozco de hace años —la de quien tiene algo enorme guardado y ya no puede aguantarse más— y preguntó:

—¿Te acordás que te dije que en Búzios «pasó algo»? Nunca te di los detalles completos.

Me senté más derecha en la cama.

—Dame todo desde el principio —dije—. Con lujo de detalles.

Ella tomó un sorbo largo, se tapó la cara un segundo con las manos, y arrancó.

***

Hacía más de un año de eso. Ella y su mamá, Nora, habían viajado en auto desde Córdoba hasta Búzios: tres días de ruta, cruzar la frontera, el calor brasileño subiendo de a poco a medida que se acercaban a la costa. Camila tenía diecinueve años y llevaba meses sintiéndose incómoda con su cuerpo: ropa que no le cerraba bien, espejos que evitaba, esa bronca sorda que viene de saberse en un cuerpo que no terminás de reconocer como tuyo.

Búzios la conquistó de todos modos. Playas largas, agua clara, ese ritmo que tienen las ciudades turísticas brasileñas donde nadie parece tener apuro. Pero había algo que la irritaba desde el primer día: su mamá.

Nora, a los cuarenta y dos años, era lo que Camila llamaba «una injusticia ambulante». Pelo oscuro hasta los hombros, cintura que todavía se marcaba, esa forma natural de pararse que hace que la gente se dé vuelta sin saber muy bien por qué. En la playa, con una malla entera negra y anteojos de sol, parecía sacada de una película de los noventa. Los hombres se lo hacían saber sin reparos. Brasileños, argentinos, un uruguayo con barco propio que se ofreció a llevarlas a una isla privada: todos encontraban algún motivo para acercarse.

—«Você é muito bonita, senhora» —imitaba Camila con acento—. Y ella se reía con esa elegancia que tiene, como si genuinamente le sorprendiera. Como si no supiera perfectamente lo que hacía.

Camila, mientras tanto, caminaba a su lado en bikini y contaba los segundos hasta que alguien la mirara a ella. Los que la miraban no eran los que hubiera elegido: el borracho del quiosco, el tipo con una remera con agujeros que le tiraba onda con frases de dudoso gusto. Los despachaba con media sonrisa y seguía caminando con la cabeza alta, los hombros hacia atrás.

Como diciéndoles: sí, éstas son mis tetas. Contemplen y márchense.

Pero por dentro le hervía la sangre.

***

La tarde que conoció a los tres fue en la playa de Geribá, cuando el sol ya bajaba y el agua se ponía más oscura. Camila estaba sentada sola cerca del agua, mirando los veleros en el horizonte, cuando escuchó voces en español detrás de ella. Tres tipos jugando paleta más lejos. Los miró sin intención especial.

El morocho fue el primero en acercarse. Le preguntó si tenía hora. Una excusa transparente que ella aceptó porque la sonrisa del tipo era genuina y no venía acompañada de nada que la hiciera querer levantarse e irse.

Se llamaba Rodrigo. Tenía veintitrés años, era de Buenos Aires y trabajaba en algo de finanzas que Camila no recordaba bien. Los otros eran Mateo —el rubio, porteño, de esos que hablan rápido y hacen reír sin proponérselo— y Rafael, el brasileño, de piel clara y ojos negros, que mezclaba castellano y portugués con una naturalidad que hacía imposible saber cuándo cambiaba de idioma.

Terminaron los cuatro en un quiosco tomando caipirinha mientras el sol desaparecía. Después caminaron por la orilla. Después se sentaron en la arena a hablar de nada: de dónde venían, cuánto tiempo se quedaban, si valía la pena ir a la playa de João Fernandes o quedarse en Geribá. Rodrigo le hablaba bajito, cerca, como si lo que decía fuera exclusivo para ella. Camila notó que no le quitaba los ojos de encima, y que no era el tipo de mirada que la hacía sentir observada. Era la que la hacía sentir elegida.

Esa diferencia importaba.

Al tercer día de encontrarse en la misma playa, Rodrigo la invitó a la casa que alquilaban los tres en el barrio de Manguinhos, a diez minutos caminando del agua.

—Venís, tomamos algo, te llevo de vuelta cuando quieras —le dijo—. Sin apuro.

Su mamá esa noche estaba cenando con el brasileño del lobby —un hombre elegante de unos cuarenta y cinco que la había invitado a un restaurante con vista al mar—, así que Camila fue.

***

La casa era chica: paredes blancas, ventilador de techo que giraba sin hacer mucho, una mesa con botellas de vodka y jugo de naranja. Los tres estaban ahí cuando llegó. Pusieron música, abrieron el vodka y empezaron a charlar de cosas sin importancia.

A la segunda copa, Mateo propuso un juego.

—«Yo nunca». Las reglas las conocen todos.

Arrancaron suave. El tipo de preguntas que son una excusa para medir hasta dónde llega el otro. Camila tomó varias veces. Ellos también. Hubo risas, alguna revelación más o menos escandalosa, el ambiente relajándose de a poco. Después pasaron a verdad o consecuencia: el juego de los doce años que de alguna manera seguía siendo efectivo a cualquier edad.

Las consecuencias fueron escalando despacio, con esa lógica inevitable de las noches que saben hacia dónde van aunque nadie lo diga en voz alta.

Camila se sacó la remera y se quedó en bikini. Rodrigo y ella se besaron treinta segundos ante los otros dos, que miraban con esa mezcla de expectativa e incomodidad de quien no sabe muy bien qué está presenciando. Después le tocó una consecuencia peor: tocarles la pija a los tres por encima del short. Se arrodilló en el piso, fue pasando de uno a otro, apretándolos con la palma abierta. Los tres estaban durísimos, la tela del short estirada, la punta de la verga marcándose contra el algodón. Rafael dejó escapar un suspiro cuando lo apretó más fuerte. A Mateo se le humedeció la tela adelante en una manchita oscura. Rodrigo la miró desde arriba con los dientes apretados.

Fue Mateo quien lo puso sobre la mesa.

—Consecuencia final. Camila se queda con los tres esta noche.

Hubo un silencio breve.

Podía irse. Tenía el número del remise. Era una decisión simple.

—Con forro —dijo Camila—. Todo con forro. ¿Tienen?

Los tres asintieron.

***

Se levantó del piso, se llevó el pelo hacia atrás con las dos manos y caminó al cuarto seguida por los tres. La cama era chica, cubrecama blanco, un ventilador zumbando en el techo. Camila se paró al lado del colchón, se desató la parte de arriba de la bikini y la dejó caer. Las tetas le rebotaron un poco al soltarse. Los tres se quedaron mirándola en silencio, como si acabaran de acordarse de que era real.

—A ver —dijo ella, bajito—. ¿Quién primero?

Rodrigo dio un paso adelante. La besó con la boca abierta, la lengua metida ya sin cortesía, mientras las manos le buscaban las tetas y le apretaban los pezones entre los dedos hasta que ella soltó un gemido dentro del beso. Mateo, atrás, se le pegó a la espalda y le mordió el cuello, con las manos bajándole por la panza hasta meterse dentro de la bikini de abajo. Los dedos de Mateo le encontraron el coño y ella se abrió de piernas casi por reflejo. Estaba empapada. Rafael, sentado en el borde de la cama, ya se había bajado el short y se acariciaba la pija despacio, mirándolos.

—Está toda mojada —dijo Mateo con la boca contra su oreja—. Mirá cómo chorrea.

Le sacó los dedos brillantes y se los pasó por los labios a Rodrigo, que los chupó sin dejar de besarla. Camila se rió con la boca ocupada. Le bajaron la parte de abajo de la bikini de un tirón. Se la sacaron entre los dos, tirándola a un rincón.

La empujaron a la cama de espaldas. Se le abrieron las piernas solas. Rodrigo se metió entre sus muslos y le bajó la cara al coño sin preámbulo, con la lengua ancha lamiéndola de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo con los labios. Camila arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos. Rafael se subió a la cama del otro lado y le acercó la pija a la cara. Camila giró la cabeza y abrió la boca. Se la metió toda de una, hasta el fondo, sintiendo la punta pegarle en el paladar. Le chorreaban los labios de saliva casi enseguida.

—Así, boluda, chupala así —le decía Rafael, medio en portugués medio en castellano, con la mano en la nuca marcándole el ritmo—. Sacala afuera, mostrame la lengua.

Ella la sacaba, se la pasaba por debajo, le lamía las bolas con la boca abierta, volvía a chupársela entera. Mateo estaba parado al lado de la cama pajeándose y esperando turno, con la pija roja apuntándole a la cara. Camila estiró la mano, se la agarró y empezó a hacerle la paja mientras a Rafael le seguía comiendo la pija. Los tenía a los dos en las manos, uno en la boca, y a Rodrigo abajo lamiéndole el coño hasta hacerla temblar. Cuando se vino la primera vez fue con la boca llena, gimiendo alrededor de la verga de Rafael, con los muslos apretados contra la cara de Rodrigo.

—Ay, la puta madre —dijo, cuando pudo hablar.

Rodrigo se enderezó, brillándole toda la boca. Se puso un forro en la punta, se lo bajó de un movimiento, y le agarró las piernas por atrás de las rodillas para abrírselas todo lo que daban. Se la metió despacio, empujando de a poco, mirándole la cara. Camila sintió cómo la iba llenando de a un centímetro y le clavó las uñas en los brazos.

—Todo, metémela toda —le dijo entre dientes.

Rodrigo empujó hasta el fondo. Se quedó ahí un segundo, sacó, volvió a entrar entero. Empezó a cogerla de arriba con embestidas largas, secas, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta las bolas. La cama crujía a lo bestia con cada golpe. Rafael le seguía cogiendo la boca al lado, con la pija enforrada ya, entrando y saliendo entre sus labios mientras ella se dejaba hacer. Mateo se puso del otro lado y le agarró la mano derecha para que le hiciera la paja al mismo ritmo. Camila estaba entera ocupada: coño, boca, mano. Y con la mano libre se toqueteaba los pezones ella misma, tirándoselos con dos dedos.

—Miren cómo la partimos —dijo Mateo, mirando a los otros—. Miren cómo le entra.

Rodrigo tenía la mandíbula apretada. La agarró de la cintura y la giró de costado sin sacársela. Le levantó una pierna y la siguió cogiendo así, de cuchara, más profundo. Rafael aprovechó, se paró en la cama y le puso la pija otra vez en la boca desde arriba. Camila abría la garganta todo lo que podía y él le apoyaba las bolas en la nariz.

Después la pusieron en cuatro. Fue Mateo el que se metió atrás de ella esta vez, cambiando de forro con las manos temblando por la ansiedad. Le agarró las caderas con las dos manos y le clavó la pija de un solo empujón. Camila soltó un grito ahogado y se aferró a las sábanas. Mateo la cogía rápido, dando golpes que se escuchaban en toda la casa, palmadas de piel contra piel, y le pegó un cachetazo en el culo que le dejó la marca de la mano roja. Rodrigo y Rafael se le pusieron adelante, uno a cada lado de la cabeza, y ella les pasó la lengua alternando de uno a otro, chupándoles la punta a los dos, mientras Mateo la seguía partiendo por atrás.

—Mirá cómo se le mueve el culo —dijo Rafael—. Meteselá más fuerte.

Mateo apretó más. La cogió sacándola casi entera y clavándosela hasta el fondo, con las bolas rebotándole contra el coño. Camila se vino otra vez, con la cara apoyada en el colchón, gritando contra la sábana con la pija de Rodrigo en la boca. Le temblaban las piernas. Le temblaba todo.

Hubo un cambio, un cortocircuito. Rafael pidió aceite. Se levantó desnudo, la pija tiesa balanceándose, y fue a la cocina. Volvió con una botellita chica de aceite de cocina y se rió él solo del absurdo. Se echó un poco en la mano y le empapó las tetas a Camila. Le agarró las dos y se puso entre ellas, la pija bien lubricada, cogiéndole las tetas cerradas alrededor de la verga mientras ella sacaba la lengua para lamerle la punta cada vez que asomaba.

—Ay, Deus, que gostosa —murmuraba Rafael, con los ojos entrecerrados.

Después él mismo se acomodó y se puso en el lugar de Mateo, atrás de ella. Le echó más aceite en las nalgas y le pasó los pulgares entre las mejillas. Camila se tensó un segundo pero él le metió la pija en el coño otra vez, no en el culo, y ella se relajó. La cogió duro también, brasileño y todo, hablándole en portugués al oído cosas que ella entendía a medias pero que igual la calentaban.

—Você tá tão apertada. Toma tudo, vai, toma.

Rodrigo se metió abajo de ella. La agarró por las caderas y la sentó encima suyo. Camila quedó sentada a horcajadas con Rodrigo dentro, saltándole encima, y Rafael se le acomodó detrás dándole a las tetas otra vez, mordiéndole la nuca. Mateo se le paró adelante y ella le comió la pija así, sentada, con los ojos cerrados y los tres cuerpos moviéndose contra el suyo. En algún momento perdió la cuenta de qué mano era de quién y dónde estaba cada boca. Solo sabía que estaba llena, que la estaban usando entre los tres y que se estaba viniendo otra vez, seguido, con espasmos largos que le corrían desde el coño hasta las puntas de los pies.

Duró casi dos horas, con pausas para reírse, para acomodarse, para beber agua del vaso que alguien había dejado en la mesita de noche. Camila gemía y a veces se reía al mismo tiempo, y esa combinación le parecía la más honesta de las dos reacciones posibles. Estaba transpirada, las sábanas empujadas a los costados, completamente presente en algo que sabía que no iba a repetirse.

Al final los tres se sacaron los forros al mismo tiempo, se pusieron alrededor de ella, y se hicieron la paja rápido con la punta apuntándole a la cara. Camila se arrodilló en la cama, sacó la lengua, cerró los ojos. Rodrigo fue el primero: le acabó en la boca, chorros calientes que ella tragó a medias, con lo que sobraba escurriéndole por el mentón. Rafael acabó al segundo, en la boca también, más espeso, y Camila abrió los labios enteros para que le entrara todo. Mateo terminó último, sobre las tetas, largos chorros blancos que le cayeron desde los pezones hasta el ombligo. Le quedó la cara embadurnada, la boca llena, las tetas empapadas. Se pasó dos dedos por la mejilla, se los metió en la boca y se los chupó mirando a Rodrigo.

—Listo —dijo, tragando—. Estoy hecha un desastre.

Rodrigo fue a buscarle una toalla sin que ella lo pidiera. Se la alcanzó sin decir nada especial. Eso también contó.

***

Los días siguientes fueron distintos.

Rodrigo dejó de compartirla. O quizás fue ella quien dejó de querer ser compartida: era difícil saber dónde empezaba una cosa y terminaba la otra. Volvió a la casa dos veces más, y las dos veces estuvieron solos. La cama crujía igual, pero ya no les importaba a ninguno de los dos.

Él se tomaba su tiempo. La desnudaba despacio, la besaba entera empezando por la boca y bajando por el cuello, por las tetas —donde se quedaba largo, chupándole los pezones hasta ponérselos duros como piedritas—, por la panza, hasta meter la cara entre sus piernas y comerle el coño con paciencia, sin apuro, chupándole el clítoris con los labios cerrados y metiéndole dos dedos al mismo tiempo hasta que Camila se venía apretándole la cabeza contra los muslos. Después subía y se la metía despacio, apoyándose en los codos, mirándola de cerca. La cogía largo, moviendo las caderas contra las de ella con un ritmo que no cambiaba mucho, esperando que ella se viniera otra vez, y otra, antes de dejarse ir él. Cuando acababa lo hacía dentro del forro con un gemido corto y se quedaba adentro un rato, besándole el cuello, sin salirse.

Una tarde la llevó a un mirador sobre la Orla Bardot, donde el Atlántico se veía desde arriba con toda esa luz que tiene el final del día en la costa de Río. Se sentaron en el borde y estuvieron callados un rato largo, sin que el silencio incomodara a ninguno de los dos.

Los miradores al atardecer son una trampa. Lo sabía y se dejó atrapar igual.

Después hablaron. Él le contó de su trabajo en Buenos Aires, de sus amigos, de un viaje que quería hacer a Colombia. Ella le habló de la facultad, de sus amigas, de las cosas que quería y todavía no sabía muy bien cómo pedirlas. Tenían demasiadas cosas en común para lo poco que se conocían, o al menos eso parecía esa tarde, con el sol cayendo y el viento viniendo del mar.

Antes de que Camila volviera a Córdoba, Rodrigo le pidió el número.

—Cuando estés en Buenos Aires, nos vemos. Quiero seguir viéndote —le dijo.

Ella le creyó.

***

Pero el penúltimo día también hubo otra cosa.

Salió sola a caminar por Geribá a la mañana, después de despedirse de Rodrigo en la puerta de la casa. Necesitaba despejarse, o eso se dijo. En la playa apareció un brasileño grandote, de unos veinticinco años, con los brazos cubiertos de tatuajes y una manera directa de hablar que no dejaba mucho espacio para la interpretación. Le dijo dónde vivía. Le preguntó si quería ir.

Camila fue. No porque le gustara especialmente. Sino porque esa mañana necesitaba algo diferente a la ternura: algo más directo, sin la amortiguación de la amistad ni el alcohol que suavizara las aristas.

El departamento era un ambiente único, cama sin hacer, olor a cigarrillo. No le ofreció nada de tomar. La cerró contra la puerta apenas entraron, la besó fuerte, con dientes, y le metió la mano dentro del short de una. Le apretó el coño por encima de la bombacha, después la hizo a un lado y le metió dos dedos secos. Camila abrió la boca contra la boca de él y le mordió el labio.

—Vem cá —le dijo. La agarró del pelo, con el puño cerrado contra el cuero cabelludo, y la empujó hasta ponerla de rodillas. Se bajó el pantalón. Tenía la pija dura, gorda, sin cortar. Se la puso contra los labios sin decir nada más.

Camila abrió la boca. Él la agarró de la nuca con las dos manos y le metió la verga hasta el fondo, sin cortesía. Le clavó la punta en la garganta y la mantuvo ahí unos segundos hasta que ella tuvo arcadas. Se la sacó, le pasó la punta por la cara, se la volvió a meter. La cogió de la boca así, con las dos manos en la cabeza, moviéndosela él. A Camila le corrían las lágrimas y la saliva le chorreaba por el mentón y le caía sobre las tetas. Le gustó. Le gustó de una manera que no supo cómo justificar después.

La levantó del pelo, la dio vuelta contra la pared, le bajó el short y la bombacha de un tirón hasta los tobillos. Le abrió las nalgas con una mano, se puso el forro rápido —eso al menos lo hizo—, y se la metió por atrás, de parada, sin preguntar. Le agarró las muñecas y se las juntó atrás de la espalda, sosteniéndoselas con una mano mientras la cogía de pie con la otra libre agarrándole la cadera.

—Você gosta assim, né. Vadia. Diz que sim.

—Sí —dijo ella, con la cara aplastada contra la pared—. Sí, así.

La cogió duro, dando golpes secos que la levantaban del piso. Le tiró del pelo hacia atrás para arquearla, la mordió en el hombro dejándole marca. Camila apoyaba las manos abiertas contra la pared y empujaba el culo hacia atrás para recibirlo entero. Se vino así, contra la pared, con la pija de ese tipo entrándole hasta el fondo y su propia mano derecha bajada entre las piernas frotándose el clítoris con dos dedos.

Después la tiró en la cama, boca arriba. Le abrió las piernas empujándole las rodillas hacia el pecho y volvió a metérsela así, doblada, cogiéndola profundo mientras le apretaba el cuello con una mano —no fuerte, apenas, lo justo para que ella sintiera el peso de la palma—. Le habló todo el tiempo en portugués, cosas sucias, cosas que ella entendía perfectamente aunque no supiera todas las palabras. Cuando acabó, se sacó el forro tirando, se lo hizo saltar con dos golpes de mano sobre las tetas y la cara de Camila hasta acabarle encima, chorros de leche caliente que le cayeron en la boca abierta, en el mentón, en los pezones.

Se quedó parado un segundo, respirando fuerte, mirándola tirada así. Después le dijo dónde estaba el baño.

Salió de ahí con arena pegada en las sandalias y una sensación que no sabía del todo cómo nombrar. Viva, sí. Usada, también. Las dos cosas al mismo tiempo, sin que una cancelara la otra.

***

El último día volvió con Rodrigo.

Cogieron despacio, con la persiana baja y música que ninguno había elegido sonando de fondo. Él la desnudó tomándose su tiempo, la besó entera, se la comió abajo hasta hacerla venir dos veces con la lengua antes de metérsela. La cogió boca arriba, mirándola, con las piernas de ella enroscadas alrededor de la cintura de él, moviéndose contra su pubis para que el clítoris le rozara con cada empuje. Se vinieron los dos casi al mismo tiempo, ella temblando debajo, él vaciándose adentro del forro con la boca contra su cuello. Después se quedaron en la cama charlando, con las piernas enredadas y él pasándole los dedos por el pelo. Camila le contó lo del brasileño sin pensarlo del todo, casi como si fuera una anécdota sin importancia.

Él se quedó callado.

No dijo nada malo. Asintió, dijo «ah, qué loco» y cambió el tema. Pero algo en su cara cambió también: una tensión alrededor de los ojos, una sonrisa que llegó tarde. Camila lo vio y supo que había arruinado algo, aunque no terminaba de entender exactamente qué ni por qué. Se despidieron con un beso seco en la mejilla.

Rodrigo nunca le escribió. Ni un mensaje cuando ella volvió a Córdoba. Nada.

***

Camila terminó el relato mirando su copa. El vino estaba casi vacío.

—Lo raro no es que no me haya escrito —dijo—. Lo raro es que él fue el que me compartió con sus dos amigos. Y después se ofendió porque estuve con alguien más. No cierra.

Hizo una pausa.

—Mi mamá, en todo ese viaje, no se acostó con nadie. Ese brasileño que conoció la llevó a cenar tres veces, la paseó por la Rua das Pedras, le trajo flores el último día. Ella volvió a Córdoba radiante, diciendo «fue tan caballero». Y quedaron en verse cuando él viniera por trabajo a Argentina.

Levantó la copa vacía.

—Yo cogí con cuatro tipos distintos, me sentí deseada durante cuatro días y volví exactamente al mismo lugar de siempre. Ella no se acostó con nadie y consiguió que alguien la llamara linda en serio, que la tratara bien, que la quisiera volver a ver. No sé qué dice eso de ninguna de las dos, pero dice algo.

Se rio bajito, con los ojos un poco húmedos.

—¿Me servís más? —preguntó, extendiendo la copa hacia mí.

Le serví. Era lo menos que podía hacer.

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3.3(7)

Comentarios(9)

CarlitosBA

jajaja Búzios y vodka, combinacion perfecta para que pase de todo. Muy bueno!

Renata_Sur

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas. Que noche la de Camila 😅

Meli95

Me recordo a unas vacaciones que tuve en el norte, esas noches de verano son unicas. Excelente relato!

TomasLector

Engancha desde la primera linea, muy buen ritmo. Seguí publicando

DiegoPaz

Que buena historia, se siente real y eso es lo mejor. Saludos desde cordoba

Sofi_net

Dios mio que noche se mando jaja. Mas relatos asi por favor!!!

PatoLect

Muy bien contado, no se hace pesado en ningun momento. Sigue asi :)

andrespaz22

El detalle de la casa alquilada le da mucha credibilidad a todo. Me gusto bastante

LuciaRdP

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, esperando el proximo

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