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Relatos Ardientes

La costurera que dejaba la puerta sin llave

3.2 (13)

Carmenza tenía cincuenta y seis años y llevaba nueve sola en la casa de paredes blancas al final de la calle empedrada. Su marido había muerto de un derrame cerebral una mañana de invierno, sin aviso, y desde entonces ella había reorganizado su vida alrededor de la máquina de coser y del jardín pequeño que daba al callejón. Trabajaba de modista para las vecinas del barrio: vestidos de fiesta, pantalones de trabajo, blusas que había que ajustar después de los embarazos o los inviernos largos. No ganaba mucho, pero le alcanzaba.

La casa, sin embargo, llevaba años pidiéndole mantenimiento. El tejado de la terraza trasera tenía una grieta por donde el agua entraba con cada tormenta y mojaba el pasillo hasta las baldosas del dormitorio. Carmenza la tapaba con trapos y ponía baldes, pero ya no era suficiente. Le había preguntado a varios vecinos si conocían a alguien de confianza.

Una mañana de octubre, golpearon a la puerta.

Era un muchacho alto, de hombros anchos y pelo muy corto. Traía una escalera sobre el hombro y una caja de herramientas en la mano. Se llamaba Marcos, tenía unos veintiún años y lo había mandado un vecino del barrio.

—Buenos días. Vengo por lo del tejado —dijo.

Carmenza lo miró un momento antes de contestar. Camisa de trabajo abierta en el primer botón, botas con barro seco, cara limpia.

—Pasá. Te muestro el problema desde adentro primero.

Lo llevó al pasillo. Le señaló la mancha oscura en el techo, el borde húmedo de las baldosas. Marcos asintió, no dijo mucho, subió a revisar desde afuera. Carmenza volvió a la cocina a preparar café.

Desde la ventana sobre la pileta lo observó trabajar. El sol de la mañana ya pegaba fuerte y Marcos se sacó la camisa después de media hora. Tenía el torso formado por el trabajo, los hombros anchos, las manos callosas. Carmenza lo miraba más de lo que se permitía cuando tenía visitas. Sintió algo que no sentía desde hacía mucho: un calor quieto, casi olvidado, que empezaba en el pecho y no subía.

Hace demasiado tiempo, pensó, y apartó la vista.

Marcos bajó cerca del mediodía. Tenía la frente sudada y los brazos manchados de polvo claro.

—Necesito volver mañana con un par de tejas nuevas. Hoy sellé las fisuras más grandes, pero el trabajo queda para mañana.

—Quedáte a almorzar —dijo Carmenza antes de pensarlo—. Ya está puesto el arroz.

Marcos dudó un momento.

—No hace falta, señora.

—No es molestia.

Comieron en la cocina con la ventana abierta. Carmenza había puesto la mesa sin apuro, con la misma atención que le ponía a las puntadas finas. Marcos era tranquilo y hablaba poco, pero la miraba. No de una manera obvia ni molesta. La miraba como si le prestara atención de verdad, que era algo diferente.

Ella llevaba una blusa floreada algo escotada y una pollera de algodón liviana. Hacía calor y no había querido ponerse más ropa de la necesaria. No lo había pensado demasiado cuando se vistió esa mañana, pero ahora era consciente de ello.

Después del almuerzo, Marcos se levantó para lavarse las manos en la pileta. Carmenza recogió los platos, los dejó en la rejilla, y se quedó parada cerca. La distancia entre los dos era pequeña. El silencio cambió de textura.

Carmenza puso una mano sobre el antebrazo de él. Solo eso. Marcos se quedó quieto y la miró.

—Hace mucho que estoy sola —dijo ella en voz baja—. Y vos sos joven. Si querés quedarte un rato, no tengo problema.

Marcos tardó unos segundos. La miró a los ojos, después a la boca, después otra vez a los ojos.

—¿Está segura? —dijo, con la voz ligeramente ronca.

—Completamente —respondió ella.

Se besaron ahí mismo, de pie junto a la pileta, con olor a jabón y a almuerzo todavía en el aire. Marcos la tomó por la cintura con cuidado, como midiendo. Carmenza le puso las manos abiertas sobre el pecho y sintió el corazón latirle fuerte.

***

La llevó de la mano al dormitorio, aunque fue ella quien empujó la puerta. Se sentó al borde de la cama y empezó a desabrocharse la blusa despacio, sin apuro. Marcos la miraba de pie, a medio metro.

—Venís o te quedás ahí —dijo ella.

Él se acercó y se arrodilló en el suelo delante de ella. Le quitó la blusa con cuidado, le desabrochó el corpiño. Carmenza tenía el cuerpo de una mujer que había vivido sus años: las caderas anchas, el vientre suave, los senos llenos y pesados. Marcos los sostuvo en las manos un momento y la miró a la cara.

—Sos muy linda —dijo.

—No lo digas si no lo pensás.

—Lo pienso.

La recostó sobre la cama y le subió la pollera. Le bajó la ropa interior con las dos manos y la dejó a un lado. Carmenza cerró los ojos cuando él le separó las piernas y empezó a besarle el interior del muslo, primero uno, después el otro, sin apurarse. Cuando por fin le pasó la lengua, despacio y con atención, Carmenza abrió la boca y el sonido que salió no fue voluntario.

—No pares —dijo.

Marcos no paró. Siguió con paciencia y constancia hasta que los muslos de ella empezaron a temblar. Carmenza le apretó la cabeza con las manos sin darse cuenta. Cuando llegó, se mordió el labio y soltó el aire lentamente, como quien suelta algo que llevaba tiempo cargando.

—Dios —susurró.

Marcos se incorporó y se sacó la ropa. Carmenza extendió la mano hacia él. Estaba muy excitado y eso la hizo sentir algo que no esperaba: poder. Una especie de orgullo tranquilo.

Lo hicieron despacio al principio. Él encima de ella, mirándola, con embestidas lentas y profundas. Carmenza lo guiaba con las caderas hacia el ritmo que quería. Era algo que recordaba de memoria y sin embargo se sentía completamente nuevo.

—Así —dijo—. Así está bien.

Después ella se puso encima, con las manos apoyadas en el pecho de él, marcando el tempo. Marcos le sostenía las caderas y la miraba como si no quisiera perderse ningún detalle. Cuando llegaron los dos casi al mismo tiempo, Carmenza dejó caer la cabeza hacia atrás y se quedó inmóvil un momento antes de bajar.

Se quedaron sin hablar. La luz de la tarde entraba sesgada por la persiana entreabierta.

—Mañana vuelvo a terminar el tejado —dijo él finalmente.

—Ya sé —dijo ella.

***

Volvió al día siguiente. Y al otro. El tejado quedó listo esa segunda mañana, pero las visitas no se detuvieron. Marcos aparecía a veces a última hora de la tarde, con la ropa de trabajo todavía puesta. Carmenza siempre tenía mate listo y nada en el día que no pudiera esperar.

La dinámica era simple. Sin negociaciones ni expectativas que ninguno de los dos había declarado en voz alta. A veces hablaban bastante: él le contaba de un hermano que vivía en otra ciudad, de un perro que había tenido de chico, de un trabajo de obra que había salido mal. Ella escuchaba y a veces contaba también. No era solo sexo. Era también compañía. Pero era principalmente sexo.

Una tarde él la hizo boca abajo sobre la cama y le masajeó la espalda con las dos manos durante un buen rato, sin apuro, antes de seguir. Carmenza cerró los ojos y se dejó. Había olvidado lo que era que alguien le prestara esa clase de atención al cuerpo entero, no solo a algunas partes.

Cuando por fin la dio vuelta y siguieron, fue diferente. Más lento, más cercano.

—¿Tenés amigos de tu edad? —preguntó Carmenza después, mirando el techo.

—Sí, varios.

—¿Alguno que le gusten las mujeres mayores?

Marcos se apoyó sobre un codo y la miró.

—¿Por qué?

Carmenza no apartó la vista del techo.

—Porque me pregunto cómo sería. Nunca lo hice con dos al mismo tiempo. Si a vos no te molesta, me gustaría que traigas a uno.

Hubo un silencio.

—¿En serio? —preguntó Marcos.

—Solo si a vos te parece bien. Si no, no pasa nada.

—Tengo un amigo, Felipe. Tiene veintidós. Siempre dice que las mujeres maduras le gustan más que las chicas de su edad.

—Traélo —dijo Carmenza—. Cuando quieras.

***

Felipe llegó tres días después, a media tarde. Era más bajo que Marcos pero más ancho de hombros, con una sonrisa que tardaba un poco en aparecer pero que cuando llegaba era generosa. Carmenza los recibió en la cocina, sirvió café, dejó que el silencio se instalara el tiempo justo y después los tomó a los dos de la mano y los llevó al dormitorio sin más trámite.

—Bienvenido, Felipe —dijo mientras cerraba la puerta.

Lo que siguió fue diferente a todo lo anterior. No más intenso necesariamente, pero sí distinto: tener dos pares de manos, dos bocas, dos cuerpos atentos al suyo al mismo tiempo. Carmenza se dejó llevar. Marcos sabía cómo tocarla. Felipe no la conocía y eso tenía su propio atractivo, la incertidumbre de lo nuevo.

Estuvieron cerca de dos horas. Cambiaron de posiciones varias veces. Hubo momentos en que Carmenza tenía que apretar los ojos porque la sensación era demasiada para procesar. Llegó al orgasmo dos veces, la segunda más larga que la primera, y siguió mucho después de que su cuerpo hubiera querido detenerse.

Cuando terminaron los tres, quedaron tendidos sobre la cama en silencio. Felipe tenía el brazo sobre los ojos. Marcos le pasó una mano por el pelo a Carmenza.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Muy bien —respondió ella.

Y era verdad.

***

Desde esa tarde, las visitas se volvieron menos predecibles pero más variadas. A veces Marcos venía solo. A veces venían los dos. Carmenza dejó de intentar anticipar y simplemente vivía los días. Cosía, escuchaba la radio, regaba el jardín, y cuando la camioneta de Marcos frenaba frente a la casa, dejaba la costura sobre la mesa y se levantaba a abrir antes de que tocaran.

Una noche de verano, con el ventilador de techo girando despacio y la persiana a medio cerrar, Marcos se quedó a dormir. Fue la primera vez. Carmenza no lo había invitado explícitamente; cuando terminaron, ninguno de los dos hizo el movimiento de levantarse, y ella dijo en voz baja:

—Quedáte si querés.

—¿No te molesta?

—No.

La luz de la calle dibujaba líneas sobre las sábanas. Carmenza tenía el brazo apoyado sobre el pecho de él y escuchaba su respiración volverse más lenta, más regular. Hacía mucho que no dormía acompañada. Era una sensación diferente a todo lo demás: más tranquila, más parecida a algo que había creído olvidado para siempre.

—Marcos —dijo, cuando él ya casi estaba dormido.

—¿Qué.

—Gracias por el tejado.

Una pausa larga.

—De nada, señora Carmenza.

Los dos se rieron en voz baja en la oscuridad. Después se quedaron dormidos.

***

El barrio siguió su ritmo. Carmenza siguió cosiendo. Las vecinas le traían pantalones rotos y vestidos para ajustar y ella los recibía y trabajaba junto a la ventana con la misma constancia de siempre. Nadie preguntó nada ni comentó nada. Las visitas seguían siendo discretas.

Felipe desapareció unos meses después. Se fue a trabajar a otra ciudad y no volvió. Carmenza no lo extrañó especialmente, aunque sí recordaba con claridad aquella tarde y lo que había sentido.

Lo que sí guardó fue algo más amplio: la certeza de que todavía podía querer, de que su cuerpo todavía respondía, de que la soledad era una circunstancia y no una condena. Tenía cincuenta y seis años y eso no significaba nada que ella no hubiera decidido.

Seguía cosiendo con la misma máquina de siempre. Seguía tomando mate en la cocina mientras entraba el sol de la mañana. Y a veces, cuando el ruido de una camioneta frenaba despacio frente a la casa, sonreía sin querer antes de levantarse a abrir la puerta.

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3.2 (13)

Comentarios (10)

Luisa_M

Dios mio que relato!!! me quede sin palabras

RubiaPicara

Necesito la segunda parte si o si, Carmenza es un personaje increible

Marta_B

Me recordo a una vecina que tuve de chica, ese tipo de mujeres que saben exactamente lo que quieren jaja. Muy bueno!

curiosa87

buenisimo!! sigue escribiendo por favor

GerardoValero

La tension del principio esta muy bien lograda, se nota que saben construir bien un personaje

TiagomDP

Y Marcos volvio despues??? jaja me quede con la intriga

Claudia_Mdz

Se hizo cortisimo, que ganas de mas. Muy bien escrito

AnitaMedrano

Las maduras siempre tan seguras de lo que quieren, eso se disfruta mucho mas. Excelente

pepon78

alto relato, tremendo!!

LeonardoSv

Carmenza me recordo a alguien que conoci hace años... que tiempos jaja. Muy buen relato, espero el proximo

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