La reunión donde decidimos jugar con fuego
Cuando Mateo me propuso organizar la reunión, los dos sabíamos que «tranquila» era solo la palabra que usaríamos si alguien nos preguntaba. Teníamos un grupo de amigos que todavía no se conocían bien entre sí, personas que habían llegado a nuestra vida por caminos distintos y que solo habían coincidido en grupos grandes, donde nadie termina siendo nadie. La idea era simple: un apartamento alquilado por el fin de semana, bebida, música y la posibilidad de que las cosas fluyeran.
Las cosas siempre fluyen cuando Mateo y yo estamos de acuerdo en dejarlas fluir.
Llegamos dos horas antes que todos los demás. El apartamento era amplio, bien iluminado, con un sofá grande frente a un televisor y una cocina abierta que dejaba ver el salón desde cualquier ángulo. Mateo puso música mientras yo colocaba las botellas en la nevera y organizaba los vasos. Fue durante esos preparativos cuando empezó el problema. O más bien, el preludio.
No puedo estar sola con Mateo mucho tiempo sin que el cuerpo tome sus propias decisiones.
Me estaba inclinando sobre la nevera cuando lo sentí detrás de mí. Sus manos en mis caderas, su boca cerca de mi cuello. Me giré y nos besamos sin que ninguno de los dos dijera nada. Tenía el pantalón a medio desabrochar antes de que yo terminara el pensamiento que había empezado. Me arrodillé despacio, sin apuro, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.
Su erección ya era completa cuando lo saqué. Me tomé un momento, como siempre. Hay algo en ese instante —justo antes— que vale la pena alargar. Empecé por la base, con la lengua, subiendo despacio hasta la punta. Lo tomé en la boca y sentí cómo su respiración cambiaba de ritmo. Mis manos trabajaban al mismo tiempo, marcando el compás.
—¿Me la trago ahora o la guardamos para después? —le pregunté, con la boca todavía ocupada.
—Tú decides —dijo él, aunque su tono dejaba claro lo que prefería.
Decidí que ahora. Quería ese sabor en la boca cuando abriera la puerta y saludara a sus amigos. Era un secreto que solo Mateo y yo compartiríamos, marcado en el interior de mi mejilla mientras daba besos y fingía charla casual.
Me recompuse frente al espejo del baño. El labial intacto, el cabello suelto y en su lugar, los lentes de aro grueso que cambian mi cara de una manera que a Mateo le vuelve loco. Mi outfit era el que había elegido tres días antes: una falda negra con vuelo que llegaba justo por debajo de las nalgas —y que con cualquier movimiento brusco dejaba de llegar—, una blusa de encaje negro con manga larga que dejaba ver el bra rojo por debajo, y tacones que hacían sonar cada paso.
Por debajo: una tanga de animal print con dos triángulos tan pequeños que su función era más simbólica que práctica.
***
Andrés llegó primero, con una botella de vino y esa incomodidad de quien no conoce bien el espacio. Bruno llegó cinco minutos después. Los saludé a los dos con un beso en la mejilla, sintiendo cómo sus ojos recorrían mi cuerpo antes de que termináramos el saludo. Mateo los abrazó, les señaló el sofá, empezó a hablar de cualquier cosa.
Yo fui a la cocina por las primeras bebidas.
Caminé despacio. Había aprendido hace tiempo que la velocidad del paso importa más que cualquier otra cosa cuando se quiere que alguien te mire. La falda se movía al ritmo de mis caderas, subiendo apenas lo suficiente con cada zancada para sugerir lo que había debajo sin mostrarlo del todo.
Me incliné hacia el cajón inferior de la nevera para sacar las cervezas. Supe que me miraban. Me quedé así unos segundos más de lo necesario, notando cómo la tela se desplazaba hacia arriba. Cuando volví al salón, sus caras tenían esa expresión específica: la de quienes acaban de ver algo que no esperaban y no saben si han de disimularlo.
No disimulé yo tampoco.
Me senté frente a ellos en una silla del comedor, con las piernas cruzadas primero, y luego no tanto. La conversación fue normal durante un rato. Chistes, anécdotas, preguntas de esas que se hacen cuando uno no conoce a alguien todavía. Pero las miradas no eran normales. Las sentía como una temperatura en la piel, constante y en aumento.
—¿Quieren otra? —pregunté cuando vi los vasos vacíos.
Me levanté lentamente. Antes de ir a la cocina, pasé por detrás del sofá con toda la intención. El espacio entre el respaldo y la mesita de centro era estrecho, y al pasar, mi cadera rozó primero el hombro de Andrés y luego el de Bruno. No pedí disculpas. Seguí caminando.
En la cocina, cuando las cervezas empezaron a hacer espuma al abrirlas, tomé la decisión sin pensarlo. Lamí la espuma de cada botella de abajo hacia arriba, lentamente, con un sonido que no era casual. Metí el cuello de la primera en la boca, lo sostuve un segundo, lo saqué limpio. Luego hice lo mismo con la segunda.
Volví al salón. Sus caras valieron cada segundo de esa actuación.
***
Pusimos música y Mateo me sacó a bailar. Me movía con él más bruscamente que de costumbre, con una mano en mi cintura que levantaba la falda con cada giro. Cuando terminó la canción, me la subí yo misma sin disimulo, de espaldas a ellos, y me giré despacio.
—Sé que se mueren de ganas —dije—. Así que mejor vean bien. ¿Les gusta lo que ven?
—Más de lo que deberían —contestó Bruno.
—Convénzanme, entonces.
Lo que siguió fue un juego que duró casi una hora. Yo ponía los límites, yo los movía. Me quité las medias despacio, de espaldas a ellos, dejando que vieran cómo la tanga quedaba más expuesta sin esa capa de nailon. Me bajé las medias hasta los tobillos con el trasero frente a sus caras. Me quité la falda. Me quité la blusa. Me quedé en bra, tanga y tacones, y me senté entre Andrés y Mateo en el sofá, que con los cuatro apretados era una incomodidad muy concreta y muy agradable.
Sentí las manos. Primero discretas. Luego no tanto.
Mateo me miraba con esa expresión que solo yo sé leer. No era celos. Era una mezcla de orgullo y de deseo que lo ponía al límite. Me jaló hacia él, me sentó entre sus piernas, y les dijo a los otros con total naturalidad:
—¿Les gusta? Sin las medias se ve diferente, ¿verdad?
Asintieron. Mateo me abría las caderas suavemente hacia ellos.
—¿Quieren tocarla?
Los detuvo justo antes de que lo hicieran.
—Un momento —dijo, girando la cabeza hacia mí—. Valeria, ¿estás de acuerdo?
Me los quedé mirando por encima del hombro. Los tres esperaban en silencio.
—Son sus amigos —dije—. Y hoy los atiendo bien. Solo respeten mis reglas. Si no lo hacen, se acaba el juego.
***
Seis manos no son cuatro. Es una diferencia que se siente.
Me amasaban las nalgas con cuidado al principio, tentando los límites. Mateo y yo nos besamos mientras yo los dejaba explorar. Sus bocas llegaron después, cuando los invité a pasar la lengua despacio, como si lamieran algo valioso. Lo hicieron mejor de lo que esperaba. Sentí el calor acumularse en la base del estómago y apreté la mano de Mateo sin darme cuenta.
—Suficiente —dije al cabo de un rato.
Regresaron a sus sitios como si les hubieran dado una orden. Sin protestar. Eso también me gustó.
Mateo propuso que me tumbara boca abajo sobre los tres. Quedé con mis pechos apoyados sobre Bruno en un extremo, mis caderas sobre Mateo en el centro y las piernas extendidas sobre Andrés. Pedí un masaje. Lo que recibí fue algo entre masaje y otra cosa, con seis manos recorriéndome la espalda, las nalgas y los muslos mientras sentía, debajo de mí, tres erecciones que no se molestaban en disimularse.
Mateo metió la mano. Apartó la tela a un lado con los dedos. Me miré desde dentro.
Llevaba un buen rato así de mojada.
Gemí con la cara contra el cojín y me dejé ir. Uno, y luego otro, más rápido que el primero, mientras esas manos seguían moviéndose sin parar.
***
Cuando me levanté, todos tenían las caras de quien ha visto demasiado y quiere ver más. Andrés y Bruno miraban a Mateo con una pregunta sin formular. Mateo me miraba a mí.
—¿Quieres enseñarles? —preguntó simplemente.
Bajé el bra. Me sostuve los pechos con las manos y los miré fijo.
—Ahora ustedes —dije.
Se bajaron los bóxers sin que nadie tuviera que repetirlo.
Me arrodillé frente a los tres. No iba a hacérsela a todos —eso lo tenía claro desde el principio—, pero quería que guardaran esa imagen el resto de sus vidas. Me escupí en las manos y los tomé a Andrés y a Bruno, uno en cada mano, marcando el ritmo. Andrés soltó un sonido que no era una palabra. Bruno cerró los ojos.
Entonces la verga de Mateo estaba ahí, a centímetros de mi cara, y no me resistí. Me la metí de golpe hasta el fondo mientras seguía con las manos a los otros dos. Uno de ellos me recogió el cabello sin que yo lo pidiera. El otro apoyó una mano en mi cabeza con más presión de la que esperaba.
Me aparté. Los miré desde abajo, a los tres.
—Eso no va a pasar —dije, refiriéndome a lo que claramente estaban pidiendo—. Son mis reglas. Tomen su foto mental.
Me reí. Ellos también, aunque con menos convicción.
***
Nos arreglamos en diez minutos. Mateo dobló la ropa con una calma absurda. Andrés no encontraba su camiseta. Bruno miraba el techo con expresión de quien intenta recordar exactamente lo que acaba de vivir.
—Este pelo me estorba —dije de pronto, de espaldas a los tres.
Me saqué la tanga de un solo movimiento, abrí las caderas hacia ellos para que vieran bien, y me hice una cola con ella. Luego le pedí a Bruno que fuera a mi bolso por una tanga limpia. Volvió en diez segundos exactos.
Me la puse despacio, subiéndome la falda para mostrarles cómo encajaba en mi cuerpo: los triángulos de animal print acomodándose adelante, el hilo desapareciendo entre mis nalgas por detrás.
—¿Eligió bien Bruno? —le pregunté a Andrés.
—Perfectamente —respondió sin dudar.
El timbre sonó justo entonces.
—Esperen —dije—. Yo abro.
Me puse las medias en treinta segundos y fui a la puerta. Era Camila, sola, sin la amiga que se había comprometido a traer. Se disculpó con esa energía de quien llega tarde pero sabe que la fiesta todavía no empezó de verdad. Entró mirando a los tres hombres con una sonrisa que indicaba que Mateo le había contado algo.
—Me habló mucho de ti —dijo Camila, dirigiéndose a mí.
—Espero que no te haya contado todo —contesté.
Mateo soltó una carcajada desde el sofá.
La noche apenas comenzaba.