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Relatos Ardientes

La reunión donde decidimos jugar con fuego

4.9(11)

Cuando Mateo me propuso organizar la reunión, los dos sabíamos que «tranquila» era solo la palabra que usaríamos si alguien nos preguntaba. Teníamos un grupo de amigos que todavía no se conocían bien entre sí, personas que habían llegado a nuestra vida por caminos distintos y que solo habían coincidido en grupos grandes, donde nadie termina siendo nadie. La idea era simple: un apartamento alquilado por el fin de semana, bebida, música y la posibilidad de que las cosas fluyeran.

Las cosas siempre fluyen cuando Mateo y yo estamos de acuerdo en dejarlas fluir.

Llegamos dos horas antes que todos los demás. El apartamento era amplio, bien iluminado, con un sofá grande frente a un televisor y una cocina abierta que dejaba ver el salón desde cualquier ángulo. Mateo puso música mientras yo colocaba las botellas en la nevera y organizaba los vasos. Fue durante esos preparativos cuando empezó el problema. O más bien, el preludio.

No puedo estar sola con Mateo mucho tiempo sin que el coño tome sus propias decisiones.

Me estaba inclinando sobre la nevera cuando lo sentí detrás de mí. Sus manos en mis caderas, su boca cerca de mi cuello, y la polla ya dura empujándome entre las nalgas por encima de la falda. Me giré y nos besamos con la lengua adentro desde el primer segundo. Tenía el pantalón a medio desabrochar antes de que yo terminara el pensamiento que había empezado, y cuando metí la mano dentro del bóxer lo encontré caliente, grueso, latiéndome contra la palma. Me arrodillé despacio, sin apuro, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

Su erección salió golpeándome la mejilla cuando bajé la tela. Me tomé un momento, como siempre. Hay algo en ese instante —justo antes— que vale la pena alargar. Le pasé la lengua plana por los huevos, de abajo hacia arriba, hasta la base de la polla, y seguí subiendo hasta la punta con la boca entreabierta. Le lamí el glande en círculos, sintiendo la primera gota salada, y le abrí la uretra con la punta de la lengua para chuparla directamente. Recién ahí me la metí entera. La primera embestida hacia dentro me llegó al fondo de la garganta y me hizo lagrimear, pero no la solté. La saqué con un hilo de saliva y volví a empujarla dentro, marcándome el ritmo con la mano que le apretaba la base.

—Mírame —le dije, con la boca llena—. Quiero que me veas mientras te la mamo.

Mateo me agarró del pelo. No para forzarme, sino para verme mejor la cara. Le trabajé la polla con las dos manos y la boca a la vez: una mano en la base subiendo y bajando en espiral, la otra masajeándole los huevos, y la lengua envolviéndole el glande cada vez que salía. Le escuché la respiración quebrarse cuando le metí un dedo mojado entre las nalgas, apenas presionando la entrada, sin llegar a meterlo. Se le contrajo todo el vientre.

—¿Me la trago ahora o la guardamos para después? —le pregunté, con la boca todavía ocupada, la punta rozándome los labios.

—Tú decides —dijo él, aunque su tono dejaba claro lo que prefería.

Decidí que ahora. Le hundí la polla hasta el fondo tres veces seguidas, sin respirar entre una y otra, y cuando lo sentí temblar la saqué justo lo suficiente para que la corrida me llenara la boca y no se perdiera nada. Fueron chorros gruesos, largos, calientes, uno detrás de otro, y me quedé quieta hasta que dejó de latir. Después tragué despacio, mirándolo, para que viera cómo bajaba. Le limpié la punta con un último lametón y le di un beso en el glande antes de guardársela dentro del pantalón.

Quería ese sabor en la boca cuando abriera la puerta y saludara a sus amigos. Era un secreto que solo Mateo y yo compartiríamos, marcado en el interior de mi mejilla mientras daba besos y fingía charla casual.

Me recompuse frente al espejo del baño. El labial intacto, el cabello suelto y en su lugar, los lentes de aro grueso que cambian mi cara de una manera que a Mateo le vuelve loco. Mi outfit era el que había elegido tres días antes: una falda negra con vuelo que llegaba justo por debajo de las nalgas —y que con cualquier movimiento brusco dejaba de llegar—, una blusa de encaje negro con manga larga que dejaba ver el bra rojo por debajo, y tacones que hacían sonar cada paso.

Por debajo: una tanga de animal print con dos triángulos tan pequeños que su función era más simbólica que práctica.

***

Andrés llegó primero, con una botella de vino y esa incomodidad de quien no conoce bien el espacio. Bruno llegó cinco minutos después. Los saludé a los dos con un beso en la mejilla, sintiendo cómo sus ojos recorrían mi cuerpo antes de que termináramos el saludo. Mateo los abrazó, les señaló el sofá, empezó a hablar de cualquier cosa.

Yo fui a la cocina por las primeras bebidas.

Caminé despacio. Había aprendido hace tiempo que la velocidad del paso importa más que cualquier otra cosa cuando se quiere que alguien te mire. La falda se movía al ritmo de mis caderas, subiendo apenas lo suficiente con cada zancada para sugerir lo que había debajo sin mostrarlo del todo.

Me incliné hacia el cajón inferior de la nevera para sacar las cervezas. Supe que me miraban. Me quedé así unos segundos más de lo necesario, notando cómo la tela se desplazaba hacia arriba, cómo los triángulos de la tanga dejaban ver la curva completa de las nalgas y probablemente algo más. Cuando volví al salón, sus caras tenían esa expresión específica: la de quienes acaban de ver algo que no esperaban y no saben si han de disimularlo.

No disimulé yo tampoco.

Me senté frente a ellos en una silla del comedor, con las piernas cruzadas primero, y luego no tanto. La conversación fue normal durante un rato. Chistes, anécdotas, preguntas de esas que se hacen cuando uno no conoce a alguien todavía. Pero las miradas no eran normales. Las sentía como una temperatura en la piel, constante y en aumento, y me sentía cada vez más mojada bajo la tanga solo de saber que me estaban mirando el coño cada vez que abría un poco las rodillas.

—¿Quieren otra? —pregunté cuando vi los vasos vacíos.

Me levanté lentamente. Antes de ir a la cocina, pasé por detrás del sofá con toda la intención. El espacio entre el respaldo y la mesita de centro era estrecho, y al pasar, mi cadera rozó primero el hombro de Andrés y luego el de Bruno. No pedí disculpas. Seguí caminando.

En la cocina, cuando las cervezas empezaron a hacer espuma al abrirlas, tomé la decisión sin pensarlo. Lamí la espuma de cada botella de abajo hacia arriba, lentamente, con un sonido que no era casual. Metí el cuello de la primera en la boca, lo sostuve un segundo, lo saqué limpio, con la lengua trabajándole el vidrio como si fuera un glande. Luego hice lo mismo con la segunda, más profundo, dejando que el pico me llegara a la garganta y sacándolo con saliva.

Volví al salón. Sus caras valieron cada segundo de esa actuación.

***

Pusimos música y Mateo me sacó a bailar. Me movía con él más bruscamente que de costumbre, con una mano en mi cintura que levantaba la falda con cada giro. Cuando terminó la canción, me la subí yo misma sin disimulo, de espaldas a ellos, y me giré despacio.

—Sé que se mueren de ganas —dije—. Así que mejor vean bien. ¿Les gusta lo que ven?

—Más de lo que deberían —contestó Bruno.

—Convénzanme, entonces.

Lo que siguió fue un juego que duró casi una hora. Yo ponía los límites, yo los movía. Me quité las medias despacio, de espaldas a ellos, dejando que vieran cómo la tanga quedaba más expuesta sin esa capa de nailon. Me bajé las medias hasta los tobillos con el trasero frente a sus caras, tan cerca que podían olerme el coño mojado a través de la tela. Me quité la falda. Me quité la blusa. Me quedé en bra, tanga y tacones, y me senté entre Andrés y Mateo en el sofá, que con los cuatro apretados era una incomodidad muy concreta y muy agradable.

Sentí las manos. Primero discretas, un dedo en el muslo, una palma en la rodilla. Luego no tanto. Bruno se estiró desde el otro lado y me pasó la mano por dentro del muslo hasta rozarme la tela de la tanga, y ahí se quedó, sintiendo el calor. Andrés me bajó la copa del bra y me sacó una teta entera, la sopesó y me apretó el pezón entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido.

Mateo me miraba con esa expresión que solo yo sé leer. No era celos. Era una mezcla de orgullo y de deseo que lo ponía al límite, con la polla otra vez dura y marcándose en el pantalón. Me jaló hacia él, me sentó entre sus piernas de espaldas a su pecho, con las mías abiertas sobre las suyas, y les dijo a los otros con total naturalidad:

—¿Les gusta? Sin las medias se ve diferente, ¿verdad?

Asintieron. Mateo me abría las caderas suavemente hacia ellos, exponiéndome el bulto de tela mojada entre las piernas.

—¿Quieren tocarla?

Los detuvo justo antes de que lo hicieran.

—Un momento —dijo, girando la cabeza hacia mí—. Valeria, ¿estás de acuerdo?

Me los quedé mirando por encima del hombro. Los tres esperaban en silencio, con los pantalones marcados.

—Son sus amigos —dije—. Y hoy los atiendo bien. Solo respeten mis reglas. Nada de metérmela, nada de correrse en mi cara. Todo lo demás se puede negociar. Si no lo hacen, se acaba el juego.

***

Seis manos no son cuatro. Es una diferencia que se siente.

Me amasaban las nalgas con cuidado al principio, tentando los límites. Mateo y yo nos besamos mientras yo los dejaba explorar. Bruno me apartó la tela de la tanga con dos dedos y me pasó la yema por los labios del coño, de arriba abajo, sin meterla, solo comprobando lo mojada que estaba. Cuando la sacó, la levantó a la altura de sus ojos, brillante, y se la chupó despacio delante de los otros. Andrés le siguió el gesto: metió un dedo entero, hasta los nudillos, y me lo curvó adentro buscando el punto. Lo encontró en dos movimientos y se me arqueó la espalda contra el pecho de Mateo.

Sus bocas llegaron después, cuando los invité a pasar la lengua despacio, como si lamieran algo valioso. Lo hicieron mejor de lo que esperaba. Mateo me tenía las piernas abiertas contra las suyas, sujetándomelas por detrás de las rodillas, mientras Andrés se arrodillaba en el suelo entre las mías y me chupaba el clítoris con los labios cerrados, tirando suave, soltando, volviendo a chupar. Bruno se ocupó de las tetas: me sacó la otra copa del bra, me juntó los pechos con las manos y me pasó la lengua de un pezón al otro sin darles descanso, mordiendo apenas.

Sentí el calor acumularse en la base del estómago y apreté la mano de Mateo sin darme cuenta. Andrés me metió dos dedos mientras seguía chupándome, y los movió con un ritmo que se acompasaba con la lengua. Estaba a segundos de correrme cuando abrí los ojos.

—Suficiente —dije al cabo de un rato.

Regresaron a sus sitios como si les hubieran dado una orden. Sin protestar. Eso también me gustó.

Mateo propuso que me tumbara boca abajo sobre los tres. Quedé con mis pechos apoyados sobre Bruno en un extremo, mis caderas sobre Mateo en el centro y las piernas extendidas sobre Andrés. Pedí un masaje. Lo que recibí fue algo entre masaje y otra cosa, con seis manos recorriéndome la espalda, las nalgas y los muslos mientras sentía, debajo de mí, tres pollas duras que no se molestaban en disimularse. Andrés me abría y cerraba las nalgas con las dos manos, mirándome todo desde atrás sin ningún pudor. Bruno me colaba la mano por debajo del pecho y me pellizcaba los pezones cada vez que dejaba de gemir.

Mateo metió la mano. Apartó la tela a un lado con los dedos, me clavó dos hasta el fondo y me los sacó chorreando. Se los llevó a la boca, chupó, volvió a meterlos. Me miré desde dentro.

Llevaba un buen rato así de mojada.

—Miren cómo está —les dijo Mateo a los otros dos, con la voz ronca, mientras me abría el coño con los dedos en V para que le vieran bien el interior—. Chorreando por ustedes.

Andrés se agachó y me pasó la lengua desde el clítoris hasta el culo, lenta, plana, sin cortar el recorrido. Bruno me metió un dedo desde el otro lado y lo movió en círculos. Mateo seguía trabajándome adentro con dos, después tres, mientras me presionaba el clítoris con el pulgar en un movimiento constante.

Gemí con la cara contra el cojín y me dejé ir. El primero me llegó como una descarga que me hizo apretar las nalgas contra sus manos, con el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Mateo. Uno, y luego otro, más rápido que el primero, mientras esas manos seguían moviéndose sin parar y yo mordía el cojín para no gritar más fuerte de lo que la vecindad permitía.

***

Cuando me levanté, todos tenían las caras de quien ha visto demasiado y quiere ver más. Andrés y Bruno miraban a Mateo con una pregunta sin formular. Mateo me miraba a mí.

—¿Quieres enseñarles? —preguntó simplemente.

Bajé el bra del todo, me lo saqué por los brazos y lo tiré al suelo. Me sostuve los pechos con las manos, los junté, los ofrecí, y los miré fijo.

—Ahora ustedes —dije.

Se bajaron los bóxers sin que nadie tuviera que repetirlo. Tres pollas duras a mi altura, las tres distintas. La de Andrés más larga y curva; la de Bruno más gruesa, con la punta ya mojada; la de Mateo, la que me conocía de memoria.

Me arrodillé frente a los tres. No iba a metérmela adentro —eso lo tenía claro desde el principio—, pero quería que guardaran esa imagen el resto de sus vidas. Me escupí en las manos y los tomé a Andrés y a Bruno, uno en cada mano, marcando el ritmo. Empecé lento, apretándoles la base y subiendo despacio hasta el glande, girando la muñeca al llegar arriba. Andrés soltó un sonido que no era una palabra. Bruno cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

Entonces la verga de Mateo estaba ahí, a centímetros de mi cara, y no me resistí. Me la metí de golpe hasta el fondo mientras seguía con las manos a los otros dos. Se la mamé profundo, con arcadas, escupiéndole encima para que las manos resbalaran mejor sobre las otras dos pollas. La saqué, se la pasé por la cara, por los pómulos, por los labios, y me la volví a meter. Uno de ellos me recogió el cabello sin que yo lo pidiera. El otro apoyó una mano en mi cabeza con más presión de la que esperaba.

Cambié. Solté la de Mateo con un chasquido y me giré hacia Bruno. Se la chupé mientras seguía trabajándole la polla a Andrés con la mano izquierda, y le pasé la lengua por los huevos con la otra a Mateo. Después Andrés. Cada uno tuvo su turno en mi boca, y cada vez que soltaba a uno los otros dos seguían recibiendo mano. Tenía saliva bajándome por el mentón, por el cuello, por entre los pechos. No me importaba en absoluto.

Sentí que Andrés empujaba las caderas queriendo más. La mano en mi nuca aumentó la presión, y por un segundo entendí lo que estaban pidiendo.

Me aparté. Me limpié la boca con el dorso de la mano y los miré desde abajo, a los tres, con las tetas al aire y los tres glandes brillándome delante de la cara.

—Eso no va a pasar —dije, refiriéndome a lo que claramente estaban pidiendo—. Son mis reglas. Tomen su foto mental.

Me reí. Ellos también, aunque con menos convicción, y con las pollas todavía duras apuntándome.

***

Nos arreglamos en diez minutos. Mateo dobló la ropa con una calma absurda. Andrés no encontraba su camiseta. Bruno miraba el techo con expresión de quien intenta recordar exactamente lo que acaba de vivir.

—Este pelo me estorba —dije de pronto, de espaldas a los tres.

Me saqué la tanga de un solo movimiento, abrí las caderas hacia ellos para que vieran bien el coño hinchado y todavía brillante, y me hice una cola con ella. Luego le pedí a Bruno que fuera a mi bolso por una tanga limpia. Volvió en diez segundos exactos.

Me la puse despacio, subiéndome la falda para mostrarles cómo encajaba en mi cuerpo: los triángulos de animal print acomodándose adelante, el hilo desapareciendo entre mis nalgas por detrás.

—¿Eligió bien Bruno? —le pregunté a Andrés.

—Perfectamente —respondió sin dudar.

El timbre sonó justo entonces.

—Esperen —dije—. Yo abro.

Me puse las medias en treinta segundos y fui a la puerta. Era Camila, sola, sin la amiga que se había comprometido a traer. Se disculpó con esa energía de quien llega tarde pero sabe que la fiesta todavía no empezó de verdad. Entró mirando a los tres hombres con una sonrisa que indicaba que Mateo le había contado algo.

—Me habló mucho de ti —dijo Camila, dirigiéndose a mí.

—Espero que no te haya contado todo —contesté.

Mateo soltó una carcajada desde el sofá.

La noche apenas comenzaba.

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4.9(11)

Comentarios(8)

Pato_76

excelente!!! se me hizo cortisimo, quiero mas

LucianaC

Que ritmo tiene este relato, no lo pude soltar hasta el final. Por favor continua!

FerNocturno

La introduccion me engancho desde el primer parrafo. Muy bien narrado

parejaBsAs

Lo leimos en pareja y nos encanto, gracias por compartirlo. Seguí así!!

tania_m

jaja me recordo a una situacion parecida que viví... uff los recuerdos. Buenisimo

SolDelVerano

Desde la primera linea ya sabia que iba a ser bueno. No decepciono :)

Marcos86

Saludos desde Chile! muy entretenido, con ganas de leer mas

Valentina_91

Se nota el cuidado que ponés en lo que escribís. El arranque es increíble, muy provocador. Ojalá haya segunda parte!

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