Lo que mi compañero de trabajo nunca me contó en la oficina
La primera vez que hablé de verdad con Marcos fue una tarde de octubre, después de que todos los demás se hubieran ido ya. Llevábamos dos años compartiendo el mismo pasillo, el mismo café de máquina y los mismos correos de empresa, pero nunca habíamos cruzado más de veinte palabras seguidas. Ese día se quedó con la vista fija en la pantalla mucho después de que el último compañero cerrara la puerta.
Yo recogía mis cosas sin prisa cuando levantó la vista.
—¿No tienes prisa esta tarde? —preguntó.
—Hoy no —dije.
Y así empezó todo.
No sé cuánto tiempo estuvimos esa tarde en la sala de reuniones vacía, con las sillas todavía mal puestas después de la última reunión y los vasos de plástico del café de las tres encima de la mesa. Marcos hablaba poco pero con precisión. Contaba las palabras antes de usarlas, lo que en una oficina llena de gente que habla por hablar era un alivio considerable.
Me contó que era de Las Palmas. Que había vivido muchos años en el sur, que se había casado allí y que su mujer había muerto de un cáncer rápido, de los que no dan tiempo a nada. Lo dijo sin dramatismo, como quien narra algo que ya tiene nombre y lugar dentro de su historia personal.
—¿Y qué te trajo aquí? —le pregunté.
—Un traslado. Y ganas de empezar en otro sitio.
Yo entendí eso perfectamente.
Mi historia tenía el mismo fondo aunque los detalles fueran distintos: un matrimonio que se rompió con mucho ruido y poca dignidad, una hija ya mayor y hecha su vida, y después una reconstrucción lenta que nadie ve desde fuera. Cuando salí de ese pozo, me prometí que nadie volvería a ponerme límites. Ni a mis horarios, ni a mis planes, ni a lo que hago con mi cuerpo cuando cierro la puerta.
Esa tarde no le conté nada de eso. Solo escuché.
***
Durante los meses siguientes nos fuimos encontrando más a menudo. Primero en el trabajo, después en los bares del barrio, después en esos domingos de tarde que empiezan por aburrimiento y terminan siendo los mejores planes del año.
Marcos era reservado pero no cerrado. Había una diferencia importante entre las dos cosas. No hablaba de sus asuntos por educación, no por miedo. Y cuando uno se mueve con discreción, suele reconocer esa misma discreción en los demás.
Una noche, en un bar pequeño cerca de mi casa, después de dos cervezas y una conversación que ya había girado hacia terrenos más personales, me preguntó algo que nadie me había preguntado en años.
—¿Qué es lo que más te gusta del sexo? —dijo.
No lo dijo de manera vulgar. Lo dijo como quien pregunta por la música favorita. Con curiosidad genuina, sin trampa.
Me quedé callada un momento.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque llevamos meses hablando de todo y nunca hemos hablado de eso. Y me parece que es una parte importante de las personas.
Tenía razón. Y yo hacía tiempo que había aprendido a no esquivar las preguntas que me incomodan por puro instinto.
Le dije la verdad: que me gustaba que me follaran despacio y también que me follaran fuerte, según el día. Que me gustaba mamar una polla mirando a los ojos del hombre que la tenía. Que había descubierto tarde que me encantaba que me comieran el coño durante mucho rato, hasta perder la noción del tiempo, y que también me gustaba comérselo yo a una mujer. Que después del divorcio había decidido probar todo lo que no había probado antes, y que no me arrepentía de nada.
Marcos escuchó sin moverse, con la copa entre los dedos y esa media sonrisa que le salía cuando algo le interesaba de verdad.
—¿Y tú? —le devolví la pregunta cuando terminé.
Y entonces fue él quien habló.
***
Marcos tenía una historia que yo no esperaba. De joven, antes de casarse, había follado con hombres. Bastantes. No lo presentó como una confesión angustiada sino como un dato dentro de su historia, parte de quién era. Después, con su mujer, habían entrado en el ambiente swinger. Clubs, encuentros con otras parejas, tríos tanto con hombres como con mujeres. Siempre con acuerdo entre los dos, siempre con honestidad.
—Era nuestra manera de mantener viva la curiosidad —dijo—. No la necesidad. La curiosidad.
Esa frase se me quedó grabada.
Me di cuenta de que estaba frente a alguien que entendía exactamente lo que yo entendía: que el sexo es una conversación, no una conquista. Que las fantasías no son vergüenza sino información sobre uno mismo. Que uno puede tener una vida completamente ordenada en la superficie y un interior libre sin que eso sea ninguna contradicción.
Esa noche no pasó nada más que esa conversación. Pero cuando me fui a casa, me metí en la cama con la mano entre las piernas pensando en él, y me corrí dos veces seguidas imaginándome su boca en mi coño. Supe entonces que algo había cambiado entre los dos.
***
Lo nuestro no fue inmediato. Tardamos otro mes en pasar de las palabras a los hechos. Y cuando ocurrió, fue en su piso, un miércoles de lluvia, con una botella de vino a medias en la cocina y la tele encendida en el salón como ruido de fondo.
No hubo seducción elaborada. En un momento de la noche, simplemente, nos miramos de una forma distinta a todas las veces anteriores.
—¿Quieres quedarte? —preguntó.
—Sí —dije.
Así de sencillo. Así de claro.
Me besó de pie en la cocina, apoyándome contra el borde de la encimera. No fue un beso educado. Me metió la lengua hasta el fondo y una mano se me fue directa al culo, apretando por encima de la falda. Yo le noté la polla dura contra la cadera antes de tocarlo, y en cuanto le bajé la mano y se la agarré por encima del pantalón, se le escapó un gruñido corto en mi boca.
—Vamos al dormitorio —susurré.
—No —dijo él—. Aquí primero.
Me subió la falda hasta la cintura, me giró de cara a la encimera y me bajó las bragas de un tirón. Sentí su boca en la nuca, sus manos abriéndome las piernas, y después dos dedos entrando de golpe en mi coño ya empapado. Me arrancó un jadeo que no me esperaba. Me follaba con los dedos despacio y luego rápido, midiendo mis reacciones, tocándome el clítoris con el pulgar mientras me mordía el hombro por encima de la blusa.
—Estás chorreando —dijo bajito, contra mi oído.
—Cállate y sigue —le contesté.
Se rió sin soltarme. Y siguió, hasta que se me empezaron a temblar las piernas y tuve que agarrarme a la encimera con las dos manos para no caerme. Me corrí ahí, de pie, con sus dedos dentro y su boca en mi cuello, mordiéndome un ruido que no quería soltar todavía.
Cuando pude respirar, me giró y me arrodilló. Le abrí el pantalón, se lo bajé hasta las rodillas y le saqué la polla de los calzoncillos. Era gruesa, con la punta ya mojada y una vena marcada por debajo. Se la agarré por la base y le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande, muy despacio, mirándolo desde abajo.
—Joder —dijo él, apoyando una mano contra el mueble.
Me la metí en la boca entera, todo lo que pude, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y me lloraron los ojos. Le chupé la polla con calma primero, saboreando, y después más deprisa, con la mano acompañando lo que la boca no cubría. Marcos me agarró del pelo, no para forzar sino para sujetarse, y empezó a susurrar cosas.
—Así, sigue así, qué bien la chupas, joder...
Le noté el cuerpo tensarse y aparté la boca antes de que se corriera.
—Todavía no —le dije.
Me levantó del suelo, me llevó al dormitorio medio a rastras, medio a besos, y me tiró en la cama. Me arrancó el resto de la ropa con más urgencia que cuidado y se quedó mirándome un segundo, arrodillado entre mis piernas, con la polla dura pegada al vientre.
Después bajó la cabeza y me comió el coño hasta hacerme perder la cuenta. Me lo lamía entero, de arriba abajo, y luego se concentraba en el clítoris, chupándomelo y usando la lengua en círculos mientras me metía dos dedos y los curvaba dentro. Me corrí otra vez, agarrándole el pelo con las dos manos, y todavía siguió un rato más, aprovechando que estaba temblando para llevarme al borde una vez más antes de subir.
Cuando se colocó encima, me miró a los ojos y esperó. No preguntó, no habló. Solo esperó.
—Fóllame ya —le dije.
Me la metió despacio al principio, midiendo, dejándome sentir cada centímetro. Yo estaba tan mojada que entró hasta el fondo de una sola vez y noté cómo se me abría el coño alrededor de su polla. Se quedó quieto un segundo, respirando en mi cuello, y después empezó a moverse. Primero lento, con embestidas largas que me hacían arquear la espalda. Luego, cuando le dije que más, más fuerte, se apoyó en los brazos y empezó a follarme en serio, con golpes secos que me hacían gemir cada vez.
Cambiamos de postura varias veces esa noche. Me montó él, después me monté yo, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho mientras él me miraba las tetas moverse y me pellizcaba los pezones. Después me puso a cuatro patas y me la metió por detrás, agarrándome de las caderas, follándome tan hondo que sentía cómo se me golpeaba dentro con cada embestida. Me escupió en el coño para lubricar más, aunque no hacía falta, y después me pasó el pulgar mojado por el ojo del culo, sin meterlo, solo tanteando.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dije apretando la cara contra la almohada.
Se corrió dentro de mí en esa postura, con un gemido ronco, agarrándome tan fuerte por la cadera que al día siguiente me encontré las marcas de sus dedos en la piel. Sentí los chorros calientes disparándose contra el fondo de mi coño y eso me hizo correrme otra vez, casi sin querer, apretándolo con las paredes por dentro mientras él seguía moviéndose despacio, vaciándose entero.
Nos quedamos hasta tarde. Hablamos más, entre medio y después. De experiencias pasadas, de cosas que nos gustaría probar, de los límites que cada uno tenía claros. Esa conversación en la oscuridad, con las voces bajas y su semen todavía escurriéndoseme entre los muslos, era parte del mismo placer.
—No quiero una pareja —le dije antes de dormirme—. No ahora.
—Yo tampoco —respondió—. Pero esto me parece demasiado bueno para ignorarlo.
Y eso fue lo que decidimos: no ignorarlo.
***
Durante los meses siguientes construimos algo que no tiene nombre exacto en el vocabulario convencional. No éramos pareja. No éramos solo amigos, aunque esa fuera la descripción oficial. Éramos dos personas que se tenían confianza total, que compartían un tipo de honestidad difícil de encontrar, y que cuando querían, follaban como si fuera la última vez.
En el trabajo seguimos igual de profesionales. Si alguien lo notó, no lo dijo.
Pero fuera de la oficina, la cosa era diferente.
Una de las primeras experiencias que tuvimos juntos fue en un club swinger al que Marcos ya había ido antes. Yo nunca había estado en uno. Había tenido encuentros con otras personas, siempre en contextos privados. Esto era distinto, y eso me generaba una mezcla extraña de nervios y curiosidad que no supe del todo separar.
Llegamos un sábado cerca de medianoche. El lugar era discreto por fuera, más amplio por dentro de lo que esperaba. Música tranquila, iluminación baja, gente de toda clase sentada en sofás o de pie en la barra. No había el ambiente de mercado que uno imagina. Era más adulto, más tranquilo.
Marcos me conocía lo suficiente como para saber que necesitaba tiempo para observar antes de participar. Se quedó a mi lado sin presionarme, presentándomelo todo con calma y con cierto humor.
—Aquella pareja de allí lleva dos años viniendo —me dijo señalando discretamente hacia la barra—. Son ingenieros, los dos.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me lo contaron la última vez que vine.
Eso me hizo reír. Y reírme me relajó.
Esa noche acabamos en una de las habitaciones privadas con una pareja que habíamos conocido durante la velada. Él se llamaba Andrés y era tranquilo, ancho de hombros, con la mirada de alguien que no tiene prisa. Ella, Laura, era de las personas que se comunican con los ojos antes de hacerlo con las palabras. Cuando llegamos al cuarto, no hubo torpeza ni incomodidad.
Empezamos las cuatro personas de pie, en el centro de la habitación, desnudándonos entre besos cruzados. Laura me besó a mí antes que a los hombres, con una lengua suave y curiosa que no tenía nada que envidiar a ninguna otra que yo hubiera probado. Sus manos me buscaron los pechos por debajo del vestido mientras Andrés me lo bajaba por los hombros. Marcos, detrás de ella, ya le tenía la falda subida y las bragas por los tobillos.
Nos tumbamos en la cama grande de las cuatro. Yo terminé de espaldas con Laura entre mis piernas, comiéndome el coño con una lentitud que me hizo agarrarme a las sábanas. Ella tenía la lengua fina y sabía usarla. Chupaba, lamía, se detenía justo antes del clímax y volvía a empezar más abajo. Mientras tanto, veía a Marcos arrodillado en el borde, con las manos en el culo de Laura, follándola despacio por detrás, mirándome a los ojos cada vez que ella me arrancaba un gemido.
Andrés se puso a mi lado y me ofreció la polla, ni pidiendo ni imponiendo. Yo giré la cabeza y me la metí en la boca. La tenía más corta que la de Marcos pero muy gruesa, y me llenaba toda la boca de una manera distinta. Le chupé bien, con las dos manos, mientras Laura seguía entre mis piernas y Marcos la seguía follando a ella. Los cuatro conectados en una cadena de bocas y pollas que se movía como una sola cosa.
Cambiamos varias veces. En un momento acabé cabalgando a Andrés mientras Laura se sentaba encima de su cara para que se la comiera, y Marcos se puso detrás de mí para follarme el culo por primera vez, muy despacio, con mucho lubricante, mientras yo tenía a Andrés dentro del coño. Nunca había sentido dos pollas a la vez y por un momento no supe si iba a poder. Marcos me susurraba desde atrás, me acariciaba la espalda, me daba tiempo. Cuando por fin entró del todo, se quedó quieto y Andrés también, dejándome respirar y acostumbrarme.
—Dime cuándo —dijo Marcos.
—Ahora —respondí.
Empezaron a moverse alternados, uno saliendo mientras el otro entraba, y yo dejé de pensar por completo. Laura, encima de la cara de Andrés, se corrió primero, con las manos agarradas a mi pelo. Yo me corrí después, gritando sin importarme nada, sintiéndome llena de las dos maneras a la vez. Marcos se corrió en mi culo con embestidas cortas y profundas, y Andrés casi enseguida dentro de mi coño, empujándome desde abajo con los muslos temblando.
Nos quedamos los cuatro tumbados en la cama después, cubiertos de sudor y de semen, riéndonos bajito de nada en particular.
Lo que más recuerdo de esa noche no es el detalle de lo que pasó sino la sensación de estar completamente presente sin estar pensando en si debería estar allí o no.
***
Con el tiempo, Marcos y yo nos contamos todo.
Sus años en el ambiente swinger con su mujer, los encuentros que habían tenido juntos, las cosas que habían aprendido de esa experiencia. Y también lo de antes, las relaciones que había tenido con hombres de joven, contadas con la misma naturalidad con la que contaba cualquier otra cosa de su vida. Me contó cómo mamaba pollas a los veinte, cómo le gustaba que se la metieran por el culo un domingo por la mañana, cómo había aprendido a distinguir un buen polvo de uno mediocre por la manera en que el otro te miraba mientras te follaba.
Me las contó porque, dijo, era la primera persona con quien sentía que no iba a tener que justificarlas. Eso me gustó. Y también me hizo entender por qué a mí me pasaba exactamente lo mismo con él.
Yo le conté mis propias historias. Las noches con otras mujeres, la primera vez que me comí un coño y descubrí que me encantaba el sabor, algunos encuentros breves de los que guardo buen recuerdo, una amistad que durante un tiempo fue también otra cosa y terminaba con las dos corriéndonos boca abajo sobre la alfombra del salón. La diferencia entre el deseo y el cariño, y cómo a veces uno confunde las dos cosas en el peor momento posible.
Intentamos ser pareja una vez. Lo decidimos una tarde de forma casi espontánea, convencidos de que lo que teníamos ya era suficiente para dar ese paso. Duramos tres semanas. No por falta de cariño sino porque cambiaba algo en la dinámica. Como cuando ajustas demasiado una fotografía y pierdes justo lo que la hacía interesante.
Lo hablamos sin drama, como hablábamos todo.
—Esto funciona mejor así —dijo él.
—Sí —dije yo.
Y seguimos.
***
Mi hija ya tiene su propia vida. Vive lejos, estudia lo que eligió ella, llama los domingos por la mañana. Le he contado algunas cosas de mi vida, no todas. Sabe que estoy bien. Eso es lo que importa.
Marcos sigue en la misma oficina. Esta semana me mandó un mensaje diciendo que había conocido a alguien en uno de sus viajes y que quería contármelo en persona. Ya imagino que habrá vino, una conversación larga y, con suerte, otra vez su polla dentro de mi boca antes de que se vaya a casa.
No tengo celos. Eso también es parte de lo que aprendí en estos años: que el deseo no es un recurso finito que se agota si se reparte. Que querer que la otra persona esté bien, de verdad bien, no es una amenaza para nadie.
Llevo años viviendo así y no cambiaría nada.
Hay gente que cree que estas historias necesitan un final con arrepentimiento o con una lección moral. Yo solo tengo esto: que decidir quién quieres ser en tu vida privada, con quién y cómo follar, es lo mejor que puedes hacer por ti mismo. Y que a veces la persona que mejor te entiende es la que lleva años sentada al otro lado del pasillo.