Vicky volvió con los dos y ya no hubo frenos
Vicky llegó a mi departamento un miércoles a la noche sin avisar, como siempre que tenía algo importante que contar. La conocía de memoria: el flequillo oscuro apartado hacia un lado, los ojos que miraban de reojo antes de hablar, esa manera de cerrar la puerta despacito, como si el ruido pudiera arruinar lo que estaba a punto de soltar.
Se sentó en el borde de mi cama. Yo apagué la serie que estaba mirando y la esperé en silencio.
—Caro… pasó otra vez —dijo.
Fui honesta conmigo misma: no me sorprendió tanto como debería haberme sorprendido.
—¿Otro trío? —pregunté.
Asintió. Se mordió el labio de ese modo tan suyo, mitad culpable, mitad orgullosa.
—Con el mismo Nico. Pero esta vez fue más lejos.
Le puse el mate en la mano y le dije lo único que correspondía decir en ese momento:
—Arrancá desde el principio. Sin saltarte nada.
***
Era un martes a la noche en el departamento de Marcos. Habían cogido hacía un rato y los dos seguían en la cama, desnudos, sin ganas de moverse. Él le acariciaba el hombro. Ella miraba el techo.
De pronto, sin que nada lo anunciara, Marcos preguntó:
—¿Querés repetir con Nico?
Me quedé quieta. Lo miré y él tenía esa expresión de siempre: tranquila, segura, como si lo que estaba proponiendo fuera la cosa más razonable del mundo.
—Pensé que había sido una sola vez —murmuré.
—Fue buenísimo, Vic. Estabas hermosa con los dos. Y vi lo que te pasaba cuando los dos te teníamos. —Hizo una pausa—. ¿No querés volver a sentir eso?
Guardé silencio. En mi cabeza giraban demasiadas cosas al mismo tiempo: que la primera vez lo había hecho más por él que por mí misma, que después me había sentido extraña varios días seguidos, que no estaba del todo segura de querer repetirlo. Pero también recordaba, con una precisión que me avergonzaba, lo encendida que me había puesto cuando los tenía a los dos. Esa sensación de estar completamente presente en el cuerpo, sin espacio para ningún otro pensamiento.
—Me da miedo —admití—. La primera vez fue muy intenso.
—Si en algún momento no querés seguir, paramos. Sin drama. —Me besó la sien—. Solo una vez más, ¿sí?
Me quedé mirando el techo otro rato largo. Solo una vez más. Esa frase sonaba convincente y tramposa al mismo tiempo.
—Está bien —dije al final—. Pero solo una.
Marcos agarró el celular esa misma noche. Nico respondió al toque.
***
El sábado llegó antes de que me diera cuenta. Me preparé con más cuidado del que me hubiera gustado admitir. Un vestido negro sencillo, debajo lencería de encaje color vino que tenía guardada desde hacía meses. Me recogí el pelo, lo solté, lo volví a recoger. Marcos me pasó a buscar a las nueve.
—Estás increíble —me dijo al verme.
—Estoy nerviosa —le respondí.
El trayecto hasta el departamento de Nico, en Belgrano, duró veinte minutos que se sintieron como veinte horas. Cuando Nico nos abrió la puerta, sonriendo y en jeans, el nudo del estómago se me aflojó un poco. Se lo veía relajado, sin urgencia. Nos hizo pasar al living como si fuéramos a una cena de amigos.
—Pedí pizza —anunció—. Pensé que podíamos comer algo tranquilos primero, charlar un rato. Total no hay apuro.
Fue exactamente lo que necesitaba escuchar.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa baja. Vino tinto, pizza de mozzarella, conversación sin forzar nada. Nico y Marcos hablaban de trabajo, yo iba sumando comentarios cada tanto. La tensión se fue diluyendo con cada copa. Cuando terminamos de comer y Nico recogió los platos, me di cuenta de que podía respirar normal.
Fue ahí cuando el ambiente cambió.
—¿Pasamos al cuarto? —preguntó Nico. La voz había bajado un tono, más grave, más directa.
Marcos me dio la mano. Los tres caminamos al dormitorio.
***
La habitación estaba igual que la primera vez: luz baja, cama grande con la ropa de cama prolija. Nico cerró la puerta y se plantó frente a mí. Esta vez no esperó.
—Arrodíllate, Vicky. Empezá por los dos.
Me ardió la cara. Pero obedecí sin decir una palabra.
Me arrodillé en la alfombra. Nico y Marcos se pusieron de pie frente a mí, ya medio duros. Empecé por Marcos, despacio, con la boca caliente, tomándome el tiempo. Después pasé a Nico, que tenía más, que me seguía impresionando. Iba y venía entre los dos, los mojaba con la lengua, los miraba desde abajo. Los dos respiraban más fuerte.
Nico apoyó una mano sobre mi cabeza con suavidad, marcando el ritmo.
—Así. Chupanos bien a los dos.
Seguí. Me gustaba tenerlos ahí, a los dos, esa sensación de estar haciendo algo que importaba. De estar en el centro.
—Ahora sacate el vestido —dijo Nico—. Quedáte en ropa interior mientras seguís.
Me levanté, me quité el vestido y lo dejé caer. Quedé en el encaje vino, las tetas marcadas adentro del corpiño. Me arrodillé de nuevo y continué.
Los dos se desnudaron sin apuro. Cuando Nico señaló la cama con la cabeza, los tres pasamos.
***
Me quedé en el centro. Marcos a mi derecha, Nico a mi izquierda. Empezaron a besarme al mismo tiempo: el cuello, la boca, la clavícula. Primero besos suaves, después más serios, con lengua y con peso. Me sacaron el corpiño. Nico se quedó con una teta, Marcos con la otra. Lengua, dientes suaves, calor por todos lados. Cerré los ojos y me entregué.
Nico fue el primero en ponerse el preservativo. Se colocó encima de mí despacio, me abrió las piernas, y entró con paciencia, sintiendo cómo el cuerpo cedía. Me quedé quieta un momento, acostumbrándome.
Marcos me besaba mientras Nico se movía. Después cambiaron: Marcos entró mientras Nico me sostenía la cara y me miraba fijo. Fueron alternando así un buen rato, sin apuro, con esa coordinación tranquila que solo aparece cuando hay confianza entre todos.
Yo estaba en el medio. Completamente en el medio. El pelo suelto sobre la almohada, el cuerpo mojado, la cabeza en blanco. No pensaba en nada que no fuera ese momento.
***
En algún momento, Marcos preguntó en voz baja:
—¿Probamos la doble?
Me tensé. Ya habíamos hablado antes de llegar: anal solo con Marcos, y solo si yo quería. Los dos lo sabían.
Respiré hondo y asentí despacito.
Marcos se acostó boca arriba. Me lubrifiqué yo misma, con calma, y me puse encima mirando hacia adelante. Bajé muy lento hasta sentirlo adentro, en la parte de atrás. Empecé a moverme suave, en pequeños círculos, buscando el ritmo.
Nico se acercó desde adelante, lubricado, apuntando a la penetración simultánea. Apenas sentí la presión de su entrada todo el cuerpo se me cerró de golpe. Las piernas me fallaron, me levanté sin querer. La pija de Marcos se salió con un ruido seco.
—No puedo —murmuré, colorada hasta las orejas, los ojos a punto de llenarse—. Es demasiado.
—No pasa nada —dijo Nico, dando un paso atrás—. No lo intentamos más.
Respiré. Marcos me apretó el muslo con suavidad. Ya está, me dijo sin palabras.
***
Pasamos directamente a otra posición. Me puse en cuatro al borde de la cama. Marcos entró por atrás, agarrándome fuerte de las caderas. Nico se paró adelante y yo lo metí en la boca. Recibía a uno y chupaba al otro, los gemidos salían mezclados con el ruido del cuerpo, de la cama, de la saliva.
Después intercambiaron. Nico entró mientras Marcos me abría la boca. Yo me apoyaba en los brazos, concentrada en no desplomarme, sintiéndome llena desde dos lados al mismo tiempo, completamente usada en el mejor sentido de esa palabra.
Al final de esa vuelta, los dos se pusieron de pie delante de mí. Me arrodillé otra vez en la alfombra y se pajearon apuntando a mis tetas. Primero acabó Marcos, después Nico con más fuerza. Quedé cubierta, brillante, con el encaje mojado.
Descansamos. Tomé agua. Me limpié un poco. Los tres nos tiramos en la cama en silencio, escuchando cómo la respiración se iba acomodando.
***
A los veinte minutos, los dos volvieron a estar duros. Entraron de nuevo, alternando, despacio esta vez, sin ninguna urgencia. No era otra performance. Era algo más tranquilo, más real.
El orgasmo llegó sin que lo buscara. El cuerpo entero se me contrajo, grité más de lo que pretendía, me aferré a la sábana con las dos manos. Los dos me sostuvieron mientras el temblor cedía, sin moverse, sin apuro.
Cuando me calmé, Nico estaba al borde.
—Quiero acabarte en la boca —dijo, con la voz ronca de toda la noche.
Me arrodillé. Abrí la boca y lo dejé terminar adentro. No lo tragué. Me quedé quieta, con todo ahí.
Entonces pasó lo más extraño de la noche.
Marcos se acercó rápido, me tomó la cara con las dos manos y me besó. Profundo, largo, con lengua. Tomó directamente de mi boca lo que Nico había dejado. Lo saboreó. No lo esquivó ni un segundo.
El beso duró más de lo que esperaba. Cuando Marcos se separó todavía tenía restos en los labios.
—Abrí la boca otra vez —me dijo en voz muy baja.
Se pajeó los últimos segundos y acabó en mi cara: en la mejilla, en la nariz, en los labios, un poco en el pelo. Me quedé quieta, sintiendo el calor, con el sabor de los dos mezclado todavía en la lengua. Nico miraba todo con una sonrisa tranquila desde atrás.
***
—Caro, fue rarísimo —me dijo Vicky, apretando el mate con las dos manos—. Me sentí usada, pero no de una forma que me doliera. Y ese beso de Marcos… no sé qué fue eso. No me lo esperaba para nada. Fue como si de repente yo no estuviera ahí, como si fuera solo el medio de algo que pasaba entre ellos dos.
La miré. Había algo en su cara que no era culpa ni orgullo. Era más complicado que eso.
—¿Cómo quedaste después? —le pregunté.
—Rara, varios días. No arrepentida exactamente, pero distante. Como si ese beso hubiera cruzado una línea que yo no sabía que existía hasta que ya estaba del otro lado.
Nos quedamos en silencio un momento. El mate se enfrió.
No me sorprendió demasiado cuando, unas semanas después, me contó que se había separado de Marcos. No me dio razones y yo no insistí. Hay cosas que se rompen sin que haya un instante exacto en que se rompieron.