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Relatos Ardientes

La tarde que los recibí a todos en mi casa

El teléfono sonó dos veces antes de que él contestara. Reconocí su voz al instante, esa mezcla de chulería y curiosidad que tan bien recordaba.

—¿Diga?

—Hola, Mateo. Soy Lucía. ¿Te acuerdas de mí?

Hubo un silencio corto, el de alguien que sonríe del otro lado.

—Cómo no me voy a acordar —dijo despacio—. ¿Te quedaste con ganas de más?

Apreté el teléfono contra la oreja. Llevaba toda la semana pensando en aquella última vez, en cómo me habían dejado el cuerpo y la cabeza dándome vueltas durante días.

—La verdad es que sí. Tú, tus amigos y cualquier otro que tengáis ganas. Podéis venir cuando queráis. Y si venís todos a la vez, mucho mejor.

Lo escuché reírse, sorprendido y excitado al mismo tiempo.

—Eres una viciosa, Lucía. Ya me la has puesto dura. ¿Qué haces esta tarde?

—Espero que venir a follar conmigo —contesté, y mientras lo decía bajé la mano por debajo de la cintura.

—Cuenta con ello. Esta tarde te montamos algo que no vas a olvidar. Vamos a ser unos cuantos. ¿Te atreves?

—Me atrevo a todo —dije, y colgué.

***

El resto de la tarde se me hizo eterno. Me preparé despacio, casi con ceremonia, sintiendo cómo la anticipación me iba abriendo por dentro. Cada vez que pasaba un coche por la carretera el corazón me daba un vuelco. No quería entretenerme en formalidades. No quería conversación. Quería que cruzaran la puerta y supieran exactamente para qué los había llamado.

Cuando por fin escuché los primeros motores aproximándose por el camino de tierra, ya no había nada de educación en mí. Me quité lo poco que llevaba puesto y salí a recibirlos completamente desnuda, plantada en el umbral con la piel erizada por el aire de la tarde.

Fueron bajando uno a uno. Algunos los conocía, a otros los veía por primera vez. Daba igual. Lo único que me importaba era la manera en que me miraban, como si yo fuera lo único que existía en el mundo en ese momento.

—Joder, no perdéis el tiempo —dijo uno, y los demás se rieron.

No esperé a que entraran. Me arrodillé allí mismo, sobre la hierba, frente al primero que se acercó. Le bajé los pantalones con manos impacientes y me lo metí en la boca sin previo aviso. Él me agarró del pelo y empezó a moverse, marcando el ritmo, mientras yo cerraba los ojos y me dejaba llevar.

—Mira cómo se la come —murmuró otro—. Está loca.

Escucharlos hablar de mí me ponía todavía más cachonda. Estiré las dos manos buscando a los que tenía a los lados y empecé a acariciarlos al mismo tiempo, sin soltar al primero. Cuando me sacaba uno de la boca, yo la dejaba abierta, la lengua fuera, esperando al siguiente. Y siempre había un siguiente.

***

Me daba igual que alguien pudiera pasar por el camino. Esa idea, lejos de asustarme, me encendía aún más. Me levanté, me apoyé sobre el capó caliente de uno de los coches y arqueé la espalda.

—¿No vais a darme por detrás? —pregunté mirándolos por encima del hombro.

Uno se acercó enseguida. Me puso la mano en las caderas, descendió un poco más y se detuvo, sorprendido al notar lo que ya llevaba puesto.

—Esta tía viene preparada de casa —dijo, y los demás se acercaron a mirar entre carcajadas.

No retiró nada. Se colocó detrás de mí y me penetró así, llenándome de golpe, y yo grité contra el metal del coche sin poder contenerme. El placer fue tan brusco que se me doblaron las rodillas.

—Más fuerte —pedí—. Por favor, más fuerte.

Y me dieron más fuerte. Mientras uno me embestía por detrás, otro se subió al capó y se colocó frente a mi cara. Lo recibí con la boca abierta y me dejé follar por los dos lados a la vez, al mismo compás, como un instrumento que sabían tocar perfectamente. No aguanté mucho. El primer orgasmo me sacudió entera, intenso y húmedo, y los oí celebrarlo como si fuera un triunfo compartido.

—Y eso que acabamos de empezar —dijo el que me sujetaba—. Vamos dentro. Aquí fuera no cabemos.

***

Dentro de la casa los esperaba la sorpresa que había preparado. Había despejado el salón y montado un columpio resistente en la viga del techo. Sobre la mesa había dejado, ordenados como un pequeño arsenal, varios juguetes: vibradores, cuerdas suaves, un par de esposas forradas.

—Vaya, tú también traes cosas —dijo Mateo levantando una ceja—. Nosotros no veníamos con las manos vacías.

Los últimos en entrar dejaron sobre el sofá una bolsa de la que fueron sacando aparatos que reconocí enseguida. Entre ellos, una máquina con un motor potente y un soporte regulable, capaz de marcar un ritmo que ninguna persona podría sostener tanto tiempo. Recordé lo que esa clase de máquina me había hecho la última vez y se me cortó la respiración.

—Empecemos por ahí —dije, y me puse a cuatro patas en el suelo sin que nadie me lo pidiera.

Colocaron la máquina detrás de mí y la encendieron despacio, dejando que me acostumbrara al primer empuje. Luego subieron la velocidad. En cuestión de segundos yo ya estaba gimiendo contra la alfombra, agarrándome a lo que podía, mientras el placer me subía en oleadas cada vez más rápidas.

—Dadme algo para la boca —supliqué entre jadeos.

Obedecieron al instante. Uno se arrodilló frente a mí y me ofreció lo que pedía, y yo me entregué a él mientras la máquina seguía a su ritmo implacable. Me corrí así, atrapada entre las dos sensaciones, sin poder hacer otra cosa que dejarme arrastrar.

***

Cuando apagaron el motor yo temblaba de pies a cabeza. Dos de ellos me ayudaron a levantarme y me colocaron a horcajadas sobre uno que se había tumbado boca arriba. Otro se acomodó detrás. Sentí cómo me llenaban por los dos lados al mismo tiempo y solté un gemido largo que no reconocí como mío.

Me moví entre ellos con un descaro que no sabía que tenía. Buscaba más, siempre más, animándolos con la voz y con el cuerpo. Cuando notaba que paraban para cambiar de posición me impacientaba.

—No paréis —les exigí—. Os necesito a todos.

—Calla, impaciente —se rió uno, y me silenció con un beso mientras los demás volvían a colocarse.

Las horas siguientes perdieron toda forma. Pasé del suelo a la mesa, de la mesa al sofá, del sofá al columpio. Cada cambio de escenario traía una combinación nueva, una manera distinta de sentirme rodeada. Me dejé atar las manos por encima de la cabeza, me dejé colgar del columpio mientras me hacían girar lentamente, y cada vez que la rotación me dejaba mirando a alguien, ese era el siguiente.

***

Lo que más me volvía loca era el juego de retenerme. Me llevaban hasta el borde una y otra vez, y justo cuando creía que iba a estallar, se detenían. Me daban un respiro mínimo, una palmada en la cadera, una palabra al oído, y volvían a empezar.

—¿Alguna vez has estado horas a punto de correrte sin que te dejen? —me susurró Mateo, y yo solo pude negar con la cabeza, incapaz de hablar.

Sentía el cuerpo en tensión permanente, cada terminación nerviosa despierta, la piel hipersensible al menor roce. Era una tortura deliciosa que me dejaba al límite de la cordura.

—Por favor —rogué al fin, con la voz quebrada—. Dejadme.

—Si quieres correrte, quédate quieta —dijo uno bajándome del columpio y poniéndome de nuevo a cuatro patas.

Esta vez no se contuvieron. Cuando por fin me permitieron llegar, el orgasmo me arrolló con una fuerza que no había sentido nunca. Fue largo, interminable, una descarga tras otra que me dejó gritando contra el suelo, vaciándome por completo mientras ellos me sostenían para que no me derrumbara.

***

Lo bueno de tenerlos a todos era que el ritmo nunca decaía. Mientras uno descansaba, otro tomaba el relevo, y yo no dejaba ni un instante de estar acompañada. Cuando creí que ya no podía más, me equivoqué; siempre quedaba alguien con ganas, y yo siempre encontraba un nuevo deseo del que tirar.

—¿Ya estáis cansados? —les provoqué con una sonrisa, tumbada de espaldas y agotada—. ¿No queríais volverme loca?

—Estás como una cabra —se rió uno, y se tiró encima de mí para callarme con su cuerpo.

Me sujetó por las muñecas y se hundió en mí con fuerza, y yo volví a perderme entre gemidos. El resto se acercó alrededor, atentos, esperando su turno, comentando entre ellos lo insaciable que era. Y tenían razón. Cuanto más me daban, más quería.

***

La tarde se hizo noche sin que ninguno propusiera marcharse. Me dejaron descansar un rato en el sofá, donde me quedé medio dormida, agotada y feliz, con el cuerpo ardiendo y la mente flotando en un estado parecido a la borrachera. Cuando abrí los ojos uno de ellos seguía allí, acariciándome despacio, y todo volvió a empezar con la misma intensidad que al principio.

—Eres insaciable —me dijo al oído mientras me besaba el cuello—. No sé cómo lo haces.

—No quiero que paréis nunca —contesté, y lo decía en serio.

Cuando por fin se fueron, ya entrada la madrugada, me quedé tumbada en mitad del salón mirando el techo, con una sonrisa estúpida en la cara. El cuerpo me dolía en todos los sitios buenos. Cogí el teléfono y le escribí un mensaje a Mateo antes de quedarme dormida.

«Lo de hoy fue increíble. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Cuando reúnas a una buena panda otra vez, avísame. O mejor, no avises: venid cuando queráis. Ya os echo de menos.»

Apagué la luz con el último resto de fuerzas que me quedaba. Sabía que aquello no había sido un capricho de una tarde. Era el principio de algo, una puerta que acababa de abrir y que no tenía ninguna intención de volver a cerrar.

Y mientras me dormía, ya estaba pensando en la próxima vez. En cuántos serían. En lo que me harían. ¿Cuándo te vas a unir tú?, pensé sonriendo. Porque a partir de esa noche, las invitaciones quedaban abiertas para siempre.

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Comentarios (6)

NicolasT87

tremendo relato!! me quedé sin palabras al final

MariLen_21

segunda parte por favor!! se hizo demasiado corto jaja

CarmenRio

Me encantó como lo narrás, tiene algo que se siente muy real. Una de las mejores historias que lei aca

Toño_BA

jaja me recordó a una tarde que yo tambien me animé a algo asi. Esas cosas no se planean, simplemente pasan

DavidNorte

Como termino todo al final? me quedo la curiosidad. Muy bueno igual

Kamile

increible!! seguí escribiendo porfavor

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