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Relatos Ardientes

Tres extraños y yo en la última fila del cine

Lo cuento ahora que estoy casada, con dos hijos y una vida tan ordenada que a veces me cuesta creer que fui yo. Pero lo fui. Ocurrió hace seis años, un viernes de octubre, cuando todavía era soltera y arrastraba ocho meses sin que nadie me tocara. Esa tarde el deseo no era una idea: era algo físico, una presión que no se iba con nada.

Trabajaba demasiado. Era arquitecta y vivía pegada a los planos, encerrada en una oficina hasta tarde, y de pronto me descubrí pensando en una historia que me había contado una amiga. Decía que la mejor manera de saciar las ganas cuando ya no aguantas más era ir sola a un cine de películas porno, de los buenos, un viernes alrededor de las siete, sentarse atrás y elegir bien el lugar. Que lo demás venía solo. Que el resultado era imposible de predecir.

La idea me dio vueltas toda la tarde. Sabía que era una locura. También sabía que iba a hacerlo.

Me arreglé con cuidado, calculando cada cosa. Una falda corta que se abría a un costado y se cerraba con dos botones en la cintura, una blusa blanca que dejaba entrever más de lo que cubría, zapatos de tacón y nada más. Me miré al espejo y por un segundo dudé. Después agarré el bolso y salí antes de arrepentirme.

El centro estaba lleno de luces y gente apurada. Encontré el cine, miré la cartelera el tiempo justo para confirmar que la función ya había empezado y compré la entrada con las manos algo torpes. Le pedí al acomodador que solo me alumbrara las últimas filas. Quería ver dónde sentarme.

Adentro la sala estaba casi a oscuras, iluminada apenas por el parpadeo de la pantalla. Tardé unos segundos en acostumbrarme, y entonces los vi: tres siluetas en las filas del fondo, juntas, hablando bajo. El corazón se me disparó. Caminé hacia ellos haciéndome la distraída y me senté a un par de butacas, lo bastante cerca como para que la cercanía no fuera casualidad.

Uno de ellos se movió enseguida. Se corrió un asiento, después otro, hasta quedar al lado mío. Los otros dos lo seguían con la mirada y sonreían sin disimular del todo. Yo fingí concentrarme en la película, recliné la butaca, levanté los apoyabrazos y crucé las piernas. En la pantalla una mujer le hacía sexo oral a un hombre, y sentí cómo el primer escalofrío me bajaba por dentro. Estaba empapada antes de que nadie me hubiera rozado.

No hay vuelta atrás, pensé. Y la sola idea me encendió todavía más.

El que estaba a mi derecha fue el primero. Su mano cayó sobre mi rodilla como por accidente y se quedó ahí, quieta, midiendo mi reacción. No la aparté. Despacio empezó a subir, dibujando círculos en la cara interna del muslo, y cuando llegó al borde de la falda hizo una pausa, como pidiendo permiso sin palabras. Yo separé un poco las piernas. Fue toda la respuesta que necesitó.

Por el otro lado el segundo se dio cuenta de que iba perdiendo terreno. Su mano se deslizó hasta mi pecho, encontró el pezón duro a través de la tela y lo apretó con una suavidad que me hizo morder el labio. Empezó a desabotonarme la blusa con dedos pacientes, uno a uno, hasta que la tela cedió y él bajó la cabeza. Sentí su boca cerrarse sobre mi pezón, su lengua, el calor húmedo, y tuve que sujetarme del asiento para no hacer ruido.

—Tranquila —me susurró uno al oído—. No hay nadie más atrás.

No estaba tranquila. Estaba a punto de explotar. Los dedos del de la derecha ya habían encontrado el camino bajo mi ropa interior y me acariciaban con una precisión que me robaba el aire. Yo tampoco me quedé quieta: busqué a ciegas y los encontré a los dos, duros, listos, y empecé a acariciarlos al mismo ritmo con el que ellos me trabajaban a mí. El tercero, un poco más allá, se ocupaba solo y no me sacaba los ojos de encima.

El problema era la postura. Los apoyabrazos, las butacas, todo conspiraba contra lo que los tres queríamos. Me incliné y les dije al oído que iba al baño un momento, que levantaran los brazos de los asientos. Ninguno me creyó del todo, pero obedecieron. Al pasar les rocé a cada uno con una caricia rápida, una promesa, y caminé hacia la salida sintiendo las piernas flojas.

***

En el baño me apoyé en el lavabo y respiré. La mujer del espejo tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes, y no me reconocía del todo. Me quité la ropa interior, la guardé en el bolso, y acomodé la falda de manera que pudiera sentarme sobre ellos sin estorbos. Diez minutos después volví a entrar, decidida.

Los tres se habían reacomodado uno al lado del otro, y a su alrededor no quedaba nadie. La sala se había vaciado. Avancé entre ellos abriéndome paso despacio, y cada uno me rozó al pasar, una caricia húmeda que me dejó temblando. Me detuve frente al del medio, le tomé la verga y la guié hasta donde la quería. Me senté encima con cuidado, sintiéndola abrirse paso centímetro a centímetro, hasta que sus manos me agarraron las caderas y me bajaron de golpe. Tuve que contener un grito.

Empecé a moverme arriba y abajo, lento al principio, ganando confianza. Él me terminó de arrancar la blusa, me sujetó los pechos, hundió la cara entre ellos. Los otros dos se acercaron, uno a cada lado, atendiéndome los pezones con la boca mientras yo cabalgaba. Llegué al orgasmo casi enseguida, y después a otro, y a otro más, mordiéndome la mano para no hacer ruido en la oscuridad de la sala.

—Despacio —jadeé—, despacio o no voy a aguantar.

Pero ninguno quería ir despacio.

Me retiré del primero todavía temblando y me pasé al de la izquierda, el que más me había trabajado desde el principio. Me reclinó sobre el respaldo de la butaca de adelante, me abrió las piernas y bajó la cabeza. Lo que me hizo con la lengua no me lo habían hecho nunca: paciente, exacto, hasta hacerme acabar tres veces seguidas antes de entrar. Y cuando entró, lo hizo despacio, con cuidado, porque era más grande y yo lo sentí en cada milímetro.

—¿Estás bien? —murmuró.

—Sigue —le pedí—. No pares.

Lo hizo. Y en algún punto perdí la cuenta de mis propios orgasmos, encadenados uno tras otro, mientras con la mano libre seguía acariciando al primero para tenerlo listo. Cuando él terminó dentro de mí, en oleadas que me hicieron arquear la espalda, pensé que no podía haber nada mejor. Me equivocaba.

***

Los tres levantaron los apoyabrazos de cinco butacas seguidas y me recostaron sobre sus piernas para que descansara. Pero el descanso duró poco. Yo misma cambié de posición, me giré de lado, y de pronto quedé con la boca frente a uno, el sexo frente a otro y las piernas sobre el tercero. La temperatura volvió a subir de inmediato.

Tomé a uno con la boca mientras el segundo me buscaba por delante y se abría paso entre mis labios, ya resbaladizos, hasta el fondo. El tercero, el único que todavía no me había poseído, me levantó una pierna y se acomodó detrás. Sentí sus dedos masajeándome con la humedad de todo lo anterior, abriéndome camino con cuidado, y entendí lo que quería. Nunca lo había probado.

—Despacio con eso —le advertí.

—Confía —respondió.

Y le creí. Fue cediendo de a poco, lubricado por todo lo que escurría de mí, hasta que el primer dolor se transformó en algo distinto, una corriente que me recorría entera y se mezclaba con el placer de tenerlos a los tres a la vez. Por delante uno, por detrás el otro, y el tercero llenándome la boca. Coordinamos el ritmo casi sin pensarlo, los cuatro respirando al mismo compás en la penumbra.

El que tenía en la boca fue el primero en terminar, y lo recibí entero, sin perder una gota. Los otros dos lo siguieron poco después, uno por delante y otro por detrás, y yo me derrumbé sobre el asiento con el cuerpo deshecho, sintiendo que no me quedaba ni una pizca de tensión guardada en ninguna parte.

Quedamos los cuatro flojos, jadeando, riéndonos bajito de lo que acabábamos de hacer. Había pasado más de hora y media. En algún momento me dijeron sus nombres —Bruno, el primero; Tomás, el segundo; Iván, el tercero—, estudiantes de ingeniería, los tres con menos de veinticuatro años. Me dieron sus teléfonos y me pidieron, medio en broma medio en serio, que les dejara mi ropa interior de recuerdo hasta la próxima vez. Se las entregué en el mismo orden en que me habían tenido. Yo me iría con la falda y poco más.

***

Cuando nos pusimos de pie para vestirnos y me vi desnuda frente a ellos por primera vez con algo de luz, los tres volvieron a reaccionar al mismo tiempo. Y a mí me bastó verlos así para sentir otra vez ese calor bajándome por dentro. No me resistí. Caminamos hasta un rincón apartado de la sala y dejé que Tomás me tomara de pie, contra la pared, las piernas alrededor de su cintura, mientras Bruno me sujetaba desde atrás. Una corrida más, doble, que me dejó sin fuerzas en los brazos de los dos.

Después le tocó a Bruno, en la misma posición, con la misma intensidad. Y al final, cuando creía que ya no me quedaba nada, Iván me recostó y me preparó con la boca otra vez, lento, hasta que volví a estar lista, y me tomó de una sola embestida que me arrancó el último orgasmo de la noche.

Nos vestimos en silencio, todavía aturdidos. Yo me acomodé la falda como pude, consciente de que se notaba demasiado, y salí igual, sin vergüenza, con una satisfacción que me duró días. Me acompañaron hasta un taxi y quedamos en volver a vernos.

No pasaron ni cuatro días cuando ya me estaban escribiendo los tres. Habían quedado fascinados, decían, y cada uno por separado me pidió que lo viera a solas. Yo, que había ido a ese cine buscando saciar una sola noche de deseo, me encontré de pronto con tres jóvenes enamorados y conmigo misma, sorprendida de cuánto me había gustado.

Acordamos repetir. Eligieron un lugar nuevo, me pidieron que fuera vestida exactamente igual que aquella tarde. Pero esa ya es otra historia, una de las muchas que mantuvimos durante casi dos años, hasta poco antes de que yo me casara con el hombre que hoy duerme a mi lado y que no tiene la menor idea de nada. Para él soy la mujer ordenada de la vida ordenada.

Solo yo sé que una vez, un viernes de octubre, entré sola a un cine a oscuras y salí siendo otra.

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Comentarios (5)

DiegoMdq

tremendo relato!!! no pude parar de leer desde el primer parrafo

ChicoNocturno99

Que valentia lo de ella... la tensión que transmite es increible, se siente muy real

PatroBaires

Me encantó como está escrito, nada burdo y sin embargo no podés parar. Sigue así!!!

MarcelaPC

Hace tiempo que no leía algo que me enganchara tanto desde el inicio. Se hizo cortísimo, espero que haya mas!!!

CinemaFan_SP

La ultima fila del cine jaja, hay cosas que siempre seran un clasico. Muy buen relato!

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