Atrapada en el spa del gimnasio con cuatro desconocidos
La tormenta había convertido la calle en un río. Bárbara llegó a la puerta del gimnasio calada hasta los huesos, con el pelo pegado a la cara y una furia que le subía por la garganta. Marcos, el dueño, la vio entrar y no se molestó en disimular la sonrisa.
—Te lo dije, monada —soltó, apoyado en el mostrador como si llevara horas esperando ese momento.
Ella pasó a su lado sin mirarlo, directa hacia la sala de pesas. La luz estaba apagada.
—Enciende eso. Yo pago una cuota, tengo derecho a entrenar —dijo, cortante, con la voz de quien está acostumbrada a que la obedezcan.
—Aquí mando yo, preciosa —contestó él, cruzándose de brazos—. Ya debería estar cerrado. Los que quedan están en el spa esperando a que amaine. O te unes a ellos, o te quedas aquí sola, mojada y muerta de frío.
Bárbara apretó los dientes. A sus cuarenta y ocho años, ejecutiva de una de las mayores aseguradoras del país, no estaba acostumbrada a que un tipo con olor a desinfectante le diera órdenes. Pero la lluvia seguía golpeando los cristales y el coche estaba a tres calles, en una zona inundada.
—No he traído bañador —dijo, como si eso zanjara el asunto.
Marcos abrió una taquilla y le tendió una toalla con un gesto teatral.
—Tranquila. Te presto una. Así puedes taparte… o no —añadió, y cerró la puerta de la calle con un golpe seco.
—¿Por qué cierras?
—Para que no se me cuele nadie mientras hago la ronda. —Se acercó un paso, bajando la voz—. Aunque una mujer tan poderosa como tú no tendrá miedo de cuatro hombrecitos, ¿verdad?
—Imbécil —murmuró ella. Pero esta vez la palabra le salió sin filo.
***
El vestuario estaba vacío y olía a cloro y a colonia barata. Bárbara se desnudó despacio, peleando con la ropa deportiva que la lluvia le había pegado a la piel. Cada prenda era un recordatorio de lo mucho que odiaba aquella situación.
Desnuda frente al espejo empañado, se observó. Los pezones erguidos por el frío, la sombra oscura del vello púbico recortado en un triángulo perfecto. Cogió la toalla y maldijo en voz baja: apenas le cubría desde el pecho hasta el inicio de los muslos. Sentada, sería un espectáculo.
Sacó el móvil y llamó a Carmen, su asistente.
—¿Por dónde paras, cielo? —preguntó, imaginándola en casa, tapada con una manta.
De fondo se oían risas y música.
—¿Dónde crees que está una mujer como yo una noche como esta? —contestó Carmen—. En el club, claro. Estoy con Néstor, el profesor de universidad del que te hablé. Y ha traído a una amiga, Lorena. Te encantaría. Creo que nos lo vamos a pasar muy bien.
—Qué cabrona —dijo Bárbara, y el calor de la envidia le subió por dentro—. Yo, aquí, encerrada con cuatro tarugos por culpa de la tormenta.
—¡Qué suerte la tuya! —rio Carmen—. ¿No querías cambiar? Pues ahí lo tienes. No lo desperdicies.
—Me dan asco estos tíos. Bueno, salvo uno. Mi vecino, que ha venido esta tarde y se ha quedado atrapado igual que yo.
—Esos son justo los que te van. Para eso vas a esos gimnasios, ¿no? —La voz de Carmen sonaba traviesa—. Mañana hablamos. Por cierto, qué rico está el camarero…
—Cabronaaa —contestó Bárbara, pero su asistente ya había colgado entre risas.
***
Volvió a mirarse en el espejo. Curvas perfectas, piel firme, una elegancia que la hacía parecer una diosa entre mortales. Y, sin embargo, sola. Cincuenta años casi, y todos a mi alrededor disfrutan menos yo.
Conocía bien aquella sensación. Era la misma que la empujaba, en suites de hoteles de cinco estrellas, a contratar a hombres jóvenes y bien dotados para que la trataran con el mismo desprecio que ella repartía en las reuniones de dirección. Pagaba una fortuna por una sola cosa: por sentirse usada hasta el límite, por aprender un arte que jamás se atrevería a practicar fuera de aquellas habitaciones. Pero tenía una regla inquebrantable: nada de fluidos sobre su piel. La conexión era técnica, nunca animal.
Hasta la última vez. Semanas atrás, uno de aquellos chicos la había dejado temblando tras un orgasmo que no esperaba. Cuando él se marchó, ella rescató el preservativo de la papelera, todavía caliente, y rompió su propia norma. Se vació el contenido sobre los pechos y se masturbó con una urgencia que nunca había sentido, mordiéndose el brazo para no gritar. Había tocado el fuego y no se había quemado. Se había manchado y, en lugar de vergüenza, sintió poder.
Recordó también aquella fiesta privada de los altos cargos del sector, a la que asistió sin participar. Una compañera recién ascendida, una mujer impecable, madre de cuatro hijos, se había convertido aquella noche en el centro de una orgía a cambio de una apuesta absurda. Bárbara la había observado bebiendo champán, murmurando comentarios sarcásticos. Patética, pensó entonces. Pero no había olvidado la facilidad con la que una mujer respetable se dejaba llevar cuando nadie miraba. Ni la envidia secreta que le mordió las entrañas.
Se llevó el dedo corazón a la boca y lo saboreó despacio. Y si alguien la hubiera estado observando ahora mismo… y si se hubiera excitado al verla…
Se colocó la toalla de una forma deliberadamente descuidada, dejando las aréolas al borde de la tela. Miró hacia la puerta del spa.
—Y si… —se dijo en voz baja, con una cara que ya reconocía.
Y dio el paso.
***
El vapor del spa la envolvió como una neblina cargada. Cuatro hombres, apenas cubiertos por toallas mínimas, se giraron a la vez cuando empujó la puerta. Esta vez no apartó la mirada.
Dani y Tomás, los más jóvenes, intercambiaron miradas mientras se ajustaban las toallas sobre sus erecciones evidentes. Sergio, el más corpulento, se reclinaba contra los azulejos con falsa indiferencia, pero sus ojos no se despegaban de ella. Y en un rincón estaba Adrián, su vecino, fingiendo concentrarse en el chorro de burbujas, con los nudillos blancos de aferrarse al borde.
—¿Vas a quedarte ahí plantada, princesa? —murmuró Sergio, pasándose la lengua por los labios—. El agua está calentita. Y la compañía, también.
Bárbara respiró hondo. Notó el peso de las miradas recorriéndole las curvas como dedos imaginarios. El desprecio de siempre se le enredó en la garganta, ahogado por un calor repentino que le bajaba al vientre. ¿Por qué me late tan fuerte el corazón?
—Yo no tengo miedo de nada —mintió, mientras la toalla se le deslizaba un centímetro más.
Se acomodó entre Sergio y Marcos, que había entrado tras ella. Cada vez que ajustaba la toalla era una ceremonia: al tensarla, los pezones dejaban dos puntitos húmedos en la tela; al subirla, el rizo oscuro de su pubis asomaba un instante. Dani se mordió el labio. Tomás tragó saliva con un sonido audible.
—Vaya silencio —ronroneó ella—. ¿Tan impresionados estáis por una mujer que sabe lo que quiere?
—Es que no sabemos si lo sabes —intervino Marcos, deslizando una mano por su muslo con la excusa de ajustarse la toalla—. O solo estás probando el agua antes de meterte.
Ella rio, grave, y cruzó las piernas con una lentitud calculada que dejó caer la toalla del todo durante un segundo. Cinco pares de ojos siguieron el movimiento.
—El agua ya la he probado —susurró—. Y nado mejor que vosotros. —Hizo una pausa, mirando a Sergio—. Pena que no haya piscina.
—Pues demuéstralo, jefa.
Bárbara se llevó la toalla a la nariz y la olió: sudor, su perfume caro y el aroma dulzón de su propia excitación. Luego volvió a colocársela, justo lo suficiente para dejarlos con hambre.
—¿Os molesta mi toalla? —preguntó, arqueando una ceja—. Pues quitádmela vosotros.
***
Fue Sergio quien reaccionó primero. Se inclinó y le mordió el hombro, suave al principio, luego con fuerza suficiente para dejar marca, mientras sus manos rodeaban la cintura de ella.
—Así me gusta. Una jefa que da órdenes claras —gruñó contra su piel.
El mordisco la hizo arquearse contra el banco. Él le agarró la nuca con una mano áspera y, con la otra, tiró de la toalla hasta que el tejido cedió con un suspiro. La tela cayó al suelo húmedo y un coro de jadeos llenó el spa.
—No os lo creéis, ¿verdad? —murmuró ella, deslizando una mano por su propio vientre hasta el pubis—. Que esté aquí. Dispuesta.
Marcos fue el primero en recuperarse. Le besó el pezón izquierdo, lento, obscenamente húmedo, y arrancó el primer gemido auténtico de Bárbara. Fue como prender una mecha. La tumbó con cuidado sobre la madera caliente y recorrió con la lengua cada centímetro de su piel, desde las aréolas hasta el centro de sus muslos. Empezó a perder los papeles.
Sergio no esperó. Acercó su sexo a la boca de ella y, con una orden susurrada, le pidió que lo tomara. El sabor a sal y piel sin filtros la mareó. Esto era real. Ellos eran reales. Y por primera vez, ella también.
El contraste la volvía loca. Por arriba, la garganta llena, áspera; por abajo, la lengua de Marcos dibujando círculos precisos sobre su clítoris, alternando succiones húmedas con pequeños mordiscos que la hacían retorcerse. El primer orgasmo llegó sin avisar. Bárbara gritó alrededor del sexo de Sergio, los músculos contrayéndose en espasmos.
—Mirad cómo se corre —murmuró Marcos, mostrando a los demás la barba brillante—. Y esto es solo el aperitivo.
Sergio la volteó contra el banco, de rodillas, y la penetró de un golpe. No era enorme, pero era duro como el acero. Bárbara sintió cada centímetro abriéndola y arañó la madera mientras él le sujetaba las caderas. Marcos se colocó frente a ella y le llenó de nuevo la boca, sincronizando las embestidas: cuando uno empujaba, el otro la dejaba respirar solo para volver a hundirse.
Perdió la cuenta de las veces que llegó al borde. El spa entero olía a sexo y a madera caliente. Sergio se retiró de golpe, la volteó otra vez y eyaculó con un rugido sobre su vientre y sus pechos. Ella, jadeando, se restregó el semen por la piel y se llevó un dedo manchado a la boca, regalándole una sonrisa de devoradora de hombres.
***
—Vuestro turno —dijo Marcos, señalando a Dani y Tomás.
Los dos jóvenes se abalanzaron como cachorros hambrientos, pero ella los detuvo con una mano firme en el pecho del más joven.
—Esperad, niños —ronroneó, incorporándose—. ¿Creíais que ibais a follarme como a una cualquiera? Vais a aprender cómo se sirve a una reina.
Se arrodilló frente a Dani y lo envolvió con una técnica que sus amantes pagados le habían enseñado: la mandíbula calculada, los dientes apenas rozando al retroceder, el sonido obsceno de los labios al subir. El chico se desenfocó en segundos.
—No… no voy a aguantar —gimió, las manos enterradas en su pelo.
Ella se separó y lo montó de frente, clavándole las uñas en el pecho. El ritmo fue cruel: subía dejando solo la punta, se dejaba caer de golpe, frenaba justo cuando él iba a estallar. Cuando lo dejó al borde, le agarró el sexo y se lo restregó sobre el pubis hasta que Dani se corrió con un gemido, salpicándole la piel y el pelo.
Tomás, el más tímido, temblaba de pura tensión. Bárbara lo recibió de pie, apoyada contra la pared de mosaicos, y le dedicó una demostración que dejó al grupo boquiabierto.
—Quiero tu leche aquí —le ordenó, señalándose la cara—. Y si derramas fuera, te la bebes.
El chico explotó entre gruñidos. Ella mantuvo los ojos abiertos, saboreando una gota que cayó sobre su labio.
—Mmm… salado —murmuró.
***
—¿Y el vecino? —preguntó Marcos, señalando a Adrián, que seguía en su rincón con el sexo palpitando en la mano.
Bárbara se lamió los labios.
—Adrián merece atención personalizada.
Se arrastró hacia él dejando que el semen le resbalara por la piel. Pero, a un centímetro de su sexo, se detuvo. Sentía algo distinto por ese hombre, algo que nunca había sentido por nadie. Con él no quería ser solo una zorra de una noche. Quería disfrutar, regalarle un encuentro de verdad, llegar al clímax los dos a la vez.
—No me hagas esperar —suplicó él, los dedos clavados en el banco.
Ella sonrió, dulcemente perversa, y deslizó las uñas por sus muslos hasta masajearle con precisión.
—Shhh —susurró, lamiendo solo el frenillo—. Esto no es un rapidito. Es tu consagración.
El sabor de Adrián era diferente: limpio, con un toque de jabón de almendras. Era el único que se había duchado antes. Marcos se colocó detrás de ella, silencioso como un depredador, le mordió el hombro y le agarró las caderas.
—Parece que la jefa necesita ayuda —murmuró contra su nuca.
La penetración fue un ballet de agonía y placer. Adrián entró en su boca primero; Marcos se hundió en ella por detrás, llevando el ritmo como un director de orquesta: embestidas lentas y profundas que se aceleraban poco a poco. Bárbara, atrapada entre los dos, se dejó llevar. Los dedos de Adrián se enredaron en su pelo, no empujando, sino acariciando, como si le estuviera haciendo el amor a su boca.
El clímax llegó en cascada. Adrián fue el primero, y ella sintió el primer chorro golpeándole el paladar, salado, con ese regusto a almendras que la sorprendió. Tragó y abrió la boca para mostrar la lengua antes de limpiar el resto con un gesto obsceno: por primera vez en su vida saboreaba a un hombre por puro deseo, no por contrato. Marcos, al verlo, perdió el control y se vació en pulsaciones interminables que le hicieron arquear la espalda.
Bárbara se derrumbó hacia delante, la mejilla pegada al muslo de Adrián, el semen resbalándole por el cuello y los pechos.
—Creo que os he dejado secos, chicos —dijo, viéndolos derrengados a su alrededor.
Se sentía poderosa. Fuerte, como cuando cerraba el mejor trato del año y aparecía la más déspota de todas las Bárbaras. Y esa, lo sabía, podía ser su perdición.
Aunque, por una vez, prefirió no verlo así.