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Relatos Ardientes

El trío que empezó en un club de intercambio

Me llamo Daniel y trabajo en una empresa de distribución en Zaragoza. Somos varios cientos de empleados y yo llevo la zona de logística: recibo la mercancía y coordino a un grupo de gente que mantiene la fábrica funcionando. Mi mujer, Carla, da clases de educación física en un instituto de la ciudad. El trabajo la mantiene en una forma envidiable, y a sus cuarenta y tres años tiene un cuerpo que todavía me corta la respiración cuando se desnuda delante de mí.

Yo intento seguirle el ritmo, aunque me sobra algún kilo. Tengo dos debilidades en esta vida: comer demasiado bien y hacer que Carla se corra varias veces antes de dormir. La segunda se me da mejor que la primera.

Vivimos a unos veinte kilómetros de Zaragoza, en una casa de campo que heredamos de sus padres. Nos dejaron la finca y algo de dinero para reformarla, pero no lo suficiente como para dejar de trabajar. Así que cada mañana nos repartimos las carreteras, ella hacia el instituto y yo hacia la nave.

A mi sección llegó un chico nuevo para cubrir las vacaciones del verano. Se llamaba Bruno, argentino, y desde el primer día me cayó bien. Nunca había pisado un almacén, pero quería aprenderlo todo y no se quejaba de nada. Tenía un cuerpo trabajado en el gimnasio y una sonrisa que desarmaba a cualquiera.

Lo que no supe hasta más tarde fue que Bruno no vivía con una mujer, sino con dos. Sofía, rubia, de Almería, y Renata, morena y callada, con unos ojos que parecían reírse antes que la boca. Los tres formaban una pareja de tres, una trieja, como la llamaban ellos, y vivían juntos sin esconderlo de nadie.

***

Después de un par de meses, varios del almacén organizamos una cena para que vinieran las parejas. Todos nos presentamos de dos en dos, salvo Bruno, que apareció con Sofía y con Renata, una a cada lado. Al principio la situación fue un poco rara, miradas de reojo y silencios incómodos, pero al segundo vino ya estábamos todos charlando como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo que más me llamó la atención fue cómo las trataba él. No daba preferencia a ninguna. Un beso para una, una caricia en la nuca para la otra, una broma compartida entre los tres. No había celos, no había competencia. Carla lo notó también; me apretó la rodilla por debajo de la mesa y se inclinó hacia mi oído.

Durante toda la cena no pude dejar de observarlos. Sofía reía con la cabeza echada hacia atrás y la mano apoyada en el muslo de Bruno; Renata, más reservada, escuchaba con una media sonrisa y le buscaba los dedos por debajo del mantel. Había algo en esa naturalidad que me revolvía por dentro, una mezcla de envidia y curiosidad que llevaba años fingiendo no sentir.

—Mira cómo las mira —murmuró—. Me da una envidia que no te imaginas.

Sí me lo imaginaba. Y me ponía más de lo que estaba dispuesto a admitir esa noche.

Cuando terminó la cena y el grupo se fue dispersando, Bruno se acercó con sus dos chicas y nos propuso seguir la fiesta en un local que conocía a las afueras. Un club de intercambio. Lo dijo con naturalidad, como quien invita a tomar la penúltima. Carla me buscó la mano y me la apretó. No hizo falta hablarlo.

—Vamos —dijo ella por los dos.

***

El club era discreto por fuera y cálido por dentro: luz baja, música suave, sofás de cuero y gente que hablaba en voz baja con una copa en la mano. Carla y yo nos sentamos en un rincón y pedimos algo de beber. Llevábamos años fantaseando con un sitio así, pero nunca nos habíamos atrevido a cruzar la puerta.

No tardaron en aparecer Bruno, Sofía y Renata. Nos vieron y vinieron directos hacia nosotros. Pedimos otra ronda y nos acomodamos los cinco alrededor de una mesa baja, en una esquina apartada del bullicio. La conversación fluyó enseguida, pero las miradas decían más que las palabras.

Renata se había sentado a mi lado y, cada vez que se reía de algo, dejaba caer la mano sobre mi rodilla y la retiraba un segundo después, como sin querer. No era casual y los dos lo sabíamos. Yo le seguía el juego, rozándole el dorso de la mano cuando alcanzaba su copa, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso con cada contacto mínimo.

Sofía y Carla congeniaron al instante; se reían de cualquier cosa y se tocaban el brazo al hablar. A mí, en cambio, era Renata quien me atraía como una luz atrae a la polilla. Hablaba poco, pero cuando lo hacía me miraba fijo, sin pestañear, hasta que era yo quien apartaba la vista.

Después de un par de copas, Carla ya no disimulaba. Se pegó a mi oído y me clavó las uñas en el muslo.

—Me muero por estar con Bruno —confesó, con la voz ronca—. ¿Me dejas?

—Esta noche puedes hacer lo que quieras —le respondí.

Me levanté y los miré a los cinco.

—Hay salas privadas atrás. ¿Vamos?

***

La sala tenía una cama redonda en el centro y poco más. La puerta se cerró y, de golpe, el ruido del bar quedó al otro lado del mundo. Sentí el corazón en la garganta. Decidí tomar las riendas antes de que los nervios me ganaran.

—Carla, desnúdate y túmbate boca arriba en el centro —dije—. Sofía, Renata, preparadla para nosotros.

Mi mujer obedeció despacio, dejando que la ropa cayera al suelo mientras las otras dos la observaban. En cuanto se tendió sobre las sábanas, Sofía se inclinó sobre ella y empezó a besarla, primero la boca, luego el cuello, descendiendo hasta los pechos. Renata se deslizó entre sus piernas con una calma que me puso la piel de gallina.

Empezó por los muslos. Los mordía con suavidad, los lamía, subía y bajaba sin prisa, alargando el momento hasta que Carla arqueó la espalda pidiendo más. Solo entonces llevó la lengua hasta el centro, lenta, recorriéndola entera, mientras Sofía seguía atormentándole los pezones con los dientes y una mano perdida entre sus propias piernas.

Cuando Carla se corrió por primera vez, lo hizo con un gemido largo que se cortó en seco. Renata no le dio tregua: subió por el cuerpo de mi mujer y Sofía ocupó su lugar, sentándose sobre la cara de Carla. Eso la volvió loca. La oí ahogarse contra el cuerpo de Sofía y devolverle el favor con la lengua, las dos meciéndose en un ritmo que no necesitaba dirección.

***

Le hice un gesto a Bruno y nos sumamos. Yo me coloqué detrás de Renata, que se había quedado de rodillas a un lado de la cama observándolo todo. Le aparté el pelo del cuello, le besé la nuca y, cuando la sentí empujar hacia atrás contra mí, entré despacio. Estaba caliente y apretada, y soltó un suspiro que me recorrió la espalda entera.

Bruno, mientras tanto, se hundía en Carla. Empezamos los dos con un ritmo lento, dejando que ellas se acostumbraran, pero los gemidos de las cuatro nos encendieron y muy pronto perdimos cualquier compostura. Ya no había paciencia, solo cuerpos buscándose y la sala llena de jadeos.

Mis embestidas hicieron que Renata se subiera sobre el cuerpo de Carla, y aproveché para cambiar, pasando de una a otra sin salir del todo, deteniéndome un instante en cada una. Sofía gritaba como si no le importara que la oyeran, con Bruno dentro y la lengua de Carla todavía buscándola entre las piernas.

Mientras embestía a Carla, mis dedos seguían trabajando a Renata, que se deshizo contra mi mano con un temblor que la dejó sin fuerzas. Cuando la solté, se apartó hacia un lado de la cama, agotada, con una sonrisa floja en los labios. Sofía bajó entonces a recorrer el vientre de mi mujer con la lengua, despacio, como si quisiera quedarse a vivir ahí.

No aguanté mucho más. Me corrí entre la cara de Carla y su estómago, ese punto que me vuelve loco, y le pinté la piel mientras ella me miraba desde abajo con los ojos entornados. Un par de minutos después fue el turno de Bruno, que terminó con un gruñido sordo entre Sofía y mi mujer.

Nos quedamos los cinco enredados sobre la cama redonda, sin hablar, escuchando solo nuestra propia respiración volver poco a poco a la normalidad.

***

Más tarde nos duchamos juntos, entre risas y manos que ya no tenían prisa por nada. Al salir, volvimos al bar a tomar algo y a dejar que la noche bajara de revoluciones. Fue entonces cuando Bruno se puso serio por primera vez.

—Quiero pedirte un favor, Daniel —dijo—. ¿Conoces algún sitio cerca de la fábrica donde podamos vivir los tres?

—¿Por qué? Tenéis el piso en el centro, ¿no? —pregunté.

—Sí, en Zaragoza. Pero los vecinos se enteraron de cómo vivíamos y llamaron al dueño para exigirle que nos echara. Tenemos hasta fin de mes.

—Eso es una injusticia —saltó Carla, indignada.

—Lo es —repitieron Sofía y Renata casi a la vez.

Me quedé pensando un momento. La verdad es que no se me ocurría ningún sitio… a no ser que.

—¿Qué se te ha pasado por la cabeza? —preguntó Carla, que me conoce demasiado bien.

—En nuestra casa sobra espacio. Tenemos habitaciones vacías desde que reformamos. Podríais quedaros una temporada, hasta que encontréis algo que os guste de verdad.

Carla se levantó de su silla, se sentó en mis piernas y me besó delante de todos.

—¿Vas a dejar que me lo follen cuando quieran? —me susurró al oído.

—Solo si tú quieres.

—Quiero —dijo, sin pensarlo un segundo.

Y así fue como Bruno, Sofía y Renata se mudaron a nuestra casa de campo. Esa primera noche en el club fue solo el principio. Pero esa, como suele decirse, es otra historia.

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Comentarios (5)

PamperoNocturno

buenisimo!!! me dejo con ganas de saber como sigue todo eso

CristinaLectora

Muy bien escrito, se siente autentico y no se hace largo en ningún momento. Espero una segunda parte pronto!

LectorCurioso_ar

me quede pensando en como arranco todo aquello. esos clubs de intercambio son otro mundo, hay mucho material para seguir contando

JuanPA_1985

El ritmo esta muy bien llevado. No apura nada y eso se agradece. Felicitaciones

NicolasMdq

jajaja esas situaciones que empiezan de lo mas casual y terminan siendo algo que nunca imaginabas... muy bueno

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