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Relatos Ardientes

Provoqué a los obreros del depósito y me entregué a todos

Me llamo Marisol, aunque casi todos me dicen Mari. Tengo treinta y un años, soy divorciada, sin hijos, y desde hace unos meses vivo sola en un departamento pequeño al borde de la zona industrial. Trabajo de asistente contable en una agencia y, como mi coche sigue en el taller, dependo del transporte público. El camión me deja a varias cuadras de la oficina, en un tramo de calle largo y solitario: terrenos baldíos, bardas viejas y, justo a la mitad, un depósito de materiales con un portón de lámina que siempre está abierto.

Desde el primer día noté a los hombres que trabajaban ahí. Eran seis, todos rondando los cuarenta y tantos, curtidos por el sol, sin camisa, con el torso polvoso de cemento y los cinturones de cuero gastados. Cargaban bultos hacia un camión y se movían como quien ya no tiene nada que demostrarle a nadie. Esa primera tarde crucé a la otra banqueta para no ensuciarme, convencida de que ni siquiera me habían visto.

Me equivoqué. Al salir de la oficina, ya con el sol bajo, pasé de vuelta y los escuché silbar. Dijeron cosas, las dijeron en voz alta, sin pudor, y yo apuré el paso con el corazón golpeándome el pecho. Pero esa noche no pude dormir. No por miedo. Cada vez que recordaba sus palabras sentía un calor incómodo entre las piernas, esa mezcla rara de vergüenza y deseo. Desde el divorcio me había convencido de que ya no le gustaba a nadie. Y de pronto seis desconocidos me miraban como si fuera lo único interesante de esa calle muerta.

Decidí dejar de tenerles miedo. Decidí, mejor, jugar.

***

Al día siguiente elegí con cuidado lo que me ponía: una blusa negra de tirantes muy ajustada, unos jeans rotos que se me pegaban a las caderas y unas sandalias de tacón. Sabía que con esa ropa no podría correr aunque quisiera, y eso era exactamente lo que buscaba. Me maquillé igual que siempre, labial rojo y unas arracadas grandes de plata, y me eché un perfume dulce. Mientras me vestía no pensaba en la oficina. Pensaba en ellos.

Esta vez no crucé la calle. Pasé justo por delante del portón, despacio. Sentí sus miradas bajar por mi cuello, mis pechos, mi entrepierna, como manos que todavía no se atrevían a tocar.

—Buenas tardes, señorita —dijo uno, el mayor, un hombre fornido con un tatuaje en el brazo.

—Buenas tardes —contesté, y seguí caminando.

A mis espaldas los oí murmurar entre ellos. Lo que decían no era nada delicado, y a mí se me aflojaron las rodillas. Pasé el día entero en la oficina mirando el reloj, húmeda, distraída, imaginando lo que pasaría si un día me detenía.

***

Esa tarde me detuve. Antes de llegar al portón me escondí detrás de unos matorrales que crecían en el terreno baldío, me quité el sostén y lo guardé en el bolso. Me acaricié los pechos hasta que los pezones se me pusieron duros y se marcaron en la tela. Bajé un poco la blusa, lo justo. Cuando me asomé a la entrada, el mayor —Ramón, supe después— me vio y le hizo una seña a los demás. En segundos los seis estaban en la banqueta, cervezas en mano, mirándome como si yo fuera el final de su jornada.

—¿Apenas empezó a pasar por aquí, verdad? —preguntó uno.

—Hace poco —dije—. Me llamo Mari.

Fueron diciendo sus nombres. Ramón, el del tatuaje. Beto, de risa fácil. Damián, el más callado y el más grande de todos. Los saludé de beso en la mejilla, y al inclinarme la blusa cedió un poco más de la cuenta. Vi cómo a Ramón se le iba la mano al pantalón, apenas un roce, y sentí que el suelo se movía.

—Ya se hace de noche y me da miedo el camino —dije, fingiendo más nervios de los que tenía.

—Aquí nadie le hace nada, señorita. Si quiere un día se toma una cerveza con nosotros —ofreció Beto.

—¿Y el patrón no se enoja?

—Anda de viaje. Casi nunca viene. Solo estamos nosotros.

Sonreí. La idea de quedarme ahí, sola, con esos seis hombres, me prendió por dentro. Acordamos que volvería al día siguiente, a esa misma hora. Me acomodé el tirante con torpeza estudiada y me despedí. Mientras me alejaba los escuché hablar de mí, de mi cuerpo, de lo que querían hacerme. Estuve a punto de volver. Pero quería que fuera perfecto.

***

No fui a trabajar al día siguiente. Pasé el día preparándome como para la cita más importante de mi vida. Me depilé entera, me arreglé las uñas, compré lencería negra que me costó una fortuna. En una tienda discreta compré también lubricante. Sabía perfectamente lo que iba a hacer y aun así no podía parar.

Por la tarde me bañé con jabones aromáticos, me planché el pelo, me pinté los labios de rojo y me puse las arracadas de plata. Elegí un vestido negro de tela elástica, muy corto, con un escote que podía subir o bajar a voluntad. Salí de casa con el vestido a media pierna, como una señorita decente. En el camión, todos los hombres me miraban. Y yo, por dentro, ya estaba en el depósito.

Cuando llegué, ya estaban tomando. Olía a cigarro, a cemento, a sudor de un día entero de trabajo. Justo lo que quería. Ramón se acercó, me tomó de la cintura y me habló al oído.

—Te ves preciosa, Mari.

—Gracias —dije, ruborizada de verdad esta vez.

Me dieron una silla, me abrieron una cerveza, y empezamos a platicar como si fuera lo más normal del mundo. Después salió el tequila. Lo tomamos derecho, en vasos de plástico, y el alcohol me soltó la lengua y el cuerpo.

—A ver, díganme la verdad —dije, con la voz ya cálida—. ¿Qué es lo que más les gusta de mí?

Se rieron, se miraron, dudaron. Después uno soltó que tenía unos pechos preciosos. Otro dijo algo de mi trasero, más crudo. Cada palabra me apretaba el estómago de pura excitación. Me levanté de la silla y fui a sentarme entre ellos, sobre los bultos de cemento, fingiendo que quería ver mejor el tatuaje de Ramón. Le acaricié el brazo con las uñas, le di un beso que le dejó la marca roja de mis labios.

—¿Les gustaría verlos? —pregunté, con la mano sobre el escote.

—Sí, hermosa. Déjanos verlos.

***

Pedí ir un momento al baño. Cuando volví, me había quitado el sostén y subido el vestido hasta la mitad de los muslos. Ellos ya estaban más cerca unos de otros, más callados, más tensos. Pedí más tequila y me lo tomé de un trago.

—¿En qué nos quedamos? Ah, sí. Les iba a enseñar algo.

Les pedí a Ramón que me bajara el cierre de la espalda. Se acercaron todos. Fui deslizando los tirantes muy despacio, sintiendo cómo se me erizaba la piel a medida que iba quedando desnuda hasta la cintura. Nadie hablaba. Solo respiraban.

—Vengan —dije, y abrí los brazos.

Damián fue a bajar la cortina de lámina. La bodega quedó cerrada, a media luz. Por un segundo tuve miedo: estaba sola, encerrada, a merced de seis hombres que nadie sabía que estaban conmigo. Y ese miedo, en lugar de detenerme, me empujó.

—Quiero que me usen entre todos —dije, con la voz temblando—. Hagan conmigo lo que quieran. Solo no me lastimen de verdad.

No terminé de decirlo cuando ya tenía manos por todas partes. Bocas en los pechos, dedos buscándome entre las piernas, alguien jalándome del pelo con suavidad para besarme el cuello. Sacaron un colchón viejo y me recostaron en él. Me quitaron lo que quedaba de ropa de un tirón y me quedé desnuda salvo por los tacones, que pidieron que me dejara puestos.

Se desabrocharon los cinturones. Damián, el más grande, me abrió las piernas y bajó la cabeza, y yo arqueé la espalda contra el colchón. Los demás se turnaban: una boca en un pezón, otra en el otro, una verga rozándome los labios hasta que la recibí. Me sentí desbordada, llena por todos lados, y no quería que parara.

Damián me puso en cuatro. Me tomó de las caderas con esas manos enormes y entró de un solo empujón. Yo estaba tan mojada que no hubo resistencia, solo un golpe profundo que me sacó un grito. Me embistió duro, sin tregua, justo como yo había pedido, mientras los otros me llenaban la boca y me apretaban los pechos. Me corrí casi de inmediato, temblando, y sentí cómo se vaciaba dentro de mí con un gruñido ronco.

—¡Sí! ¡Así, no pares! —gemí, sin reconocer mi propia voz.

Siguieron, uno tras otro. Me llevaron contra unos bultos de cemento, me doblaron sobre ellos, y entonces pedí lo que más me asustaba y más deseaba. Damián entró despacio por atrás, y dolió, dolió como nunca, y se me escaparon las lágrimas y las uñas se me clavaron en los costales. Por un instante quise que se detuviera. Pero después de un rato el dolor fue cediendo, transformándose en otra cosa, en un calor que me subía por la espalda y me hacía empujar yo misma hacia atrás, pidiendo más.

—Ya no hace falta que me sujeten —dije, jadeando—. Lo estoy disfrutando.

Me turnaron durante lo que me parecieron horas. Boca abajo, boca arriba, montada sobre uno mientras otro entraba por detrás, dos a la vez moviéndose dentro de mí hasta que perdí la noción de dónde empezaba uno y terminaba el otro. Lloré, no de dolor, sino de algo que no sé nombrar: me sentía deseada, completa, dueña de todo eso que estaba pasando aunque pareciera lo contrario.

Cuando por fin se cansaron, me quedé tendida en el colchón, mareada por el tequila, con el cuerpo marcado de besos y mordidas suaves. Me dormí un rato. Desperté de madrugada; solo Damián seguía ahí, de guardia. Me limpié, me retoqué el maquillaje sobre los chupetones que llevaría días disimulando, y antes de irme me arrodillé frente a él una última vez, solo porque quise.

***

Salí del depósito adolorida, satisfecha y todavía borracha de esa sensación de poder. La calle estaba vacía, el alumbrado era apenas un parpadeo, y me faltaba un buen tramo a oscuras. Me sentí capaz de cualquier cosa. Tanto, que en plena banqueta me bajé los tirantes y caminé un rato con los pechos al aire, expuesta al riesgo de que alguien pasara y me viera. La idea de que un desconocido me sorprendiera así me ponía más caliente de lo que estaba dispuesta a admitir.

En la esquina paró un taxi. El chofer rondaba los cincuenta, fornido, con barba canosa y manos grandes manchadas de grasa. El coche olía a gasolina y a tabaco, y él entraba justo en ese tipo de hombre rudo que a mí me perdía. Subí atrás, le di mi dirección y me recosté, dejando que el vestido se deslizara como por accidente, fingiendo dormir mientras notaba sus ojos buscándome por el espejo.

No me llevó a casa enseguida. Se desvió por una calle sin luz, se estacionó y se bajó. Yo seguí con los ojos cerrados, el corazón disparado, esa mezcla de miedo y deseo otra vez subiéndome por el pecho. Lo escuché hablar por teléfono. A los pocos minutos llegó otro coche, otro hombre. Cuando abrió mi puerta y empezó a acariciarme las piernas, yo no grité. Me dejé. Y esa noche, entre los dos, terminé lo que los obreros habían empezado, entregada y exhibida en el asiento trasero de un taxi, sintiéndome por fin la mujer que llevaba años creyendo que ya no era.

Mi chofer no me cobró el viaje. Me pidió mi número antes de dejarme en la puerta. Al día siguiente desperté pasado el mediodía, dolorida y marcada por todas partes, y aun así sonreí entre las sábanas. Había descubierto algo de mí esa noche, algo que no pensaba esconder otra vez.

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Comentarios (6)

Florchi_BA

Tremendo relato!!! Me dejaste sin palabras.

Rodrigo_MX

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de leer mas de vos.

NoraCf_07

Que atrevida, me encanto como lo describis. Se siente muy real.

MarisolGdl

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años jaja, aunque mucho mas tranquila. Excelente relato!

Sebasss93

increible!!! de los mejores que lei aca

CuriosaVln

Me pregunto si fue exactamente asi o lo adornaste un poco jaja. De todas formas estuvo buenisimo

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