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Relatos Ardientes

La banquera que se rindió en las duchas del club

El camarero del local apretó las toallas contra su pecho mientras escuchaba en silencio las órdenes de su jefa. Era un chico flacucho, de rasgos toscos y mirada resentida, y no apartaba los ojos de Bárbara, empapada de sudor y de semen ajeno. Cada gota que resbalaba por sus curvas era un recordatorio: esa era la misma mujer que lo había humillado meses atrás. Y ahora tenía instrucciones precisas sobre lo que debía hacer con ella.

Bárbara fue la única que quiso ducharse. Noelia, con una sonrisa de satisfacción, prefirió seguir empapada de los regalos de los dos hombres, como si llevara trofeos invisibles en la piel. Bárbara, en cambio, se dirigió a las duchas del fondo, donde el agua caliente cayó sobre su cuerpo como un intento de purificación.

Cada chorro parecía llevarse consigo capas de su antigua armadura. Comprendió algo que la sorprendió: esta vez no había huido. A pesar de lo incómodo de la situación, no había sentido arcadas ni repulsión, solo una calma extraña, como si algo dentro de ella hubiera empezado a ceder. Limpió el espejo empañado y se miró como a una desconocida. Tenía claro que no podía seguir viviendo en una burbuja: esa noche, en un lugar que jamás habría elegido, entendió que debía cambiar o acabaría muy mal.

El vacío que había ignorado durante años ya no podía silenciarse. Pero el cambio llegaría más rápido y más violento de lo que esperaba.

El camarero la había observado toda la noche. No soportaba su altanería, la forma en que lo había tratado como si fuera invisible al servirle las copas. Y guardaba otro rencor: era estudiante del Instituto Mediterráneo de Negocios, una escuela de prestigio de Sevilla donde, meses antes, Bárbara había dado una charla con su habitual desdén. Ni siquiera contestó a la pregunta que él le formuló, humillándolo delante de toda la sala. A él, que pagaba las cuotas a duras penas, lo había ridiculizado una niña pija y endiosada. Ahora, tras las instrucciones precisas de su jefa, no pensaba quedarse corto.

***

Se metió sigilosamente en el cubículo. Bárbara no lo escuchó hasta que fue demasiado tarde: abrió los ojos llenos de champú y, al retirárselo, se bloqueó ante aquella imagen surrealista. Un chico escuálido, totalmente empalmado, con un miembro descomunal listo para usarlo. Ni siquiera lo recordaba de la barra; así de despectiva había sido con él. Aprovechó su confusión para presionarla contra la pared fría, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza con una fuerza que esta vez sí la hizo gritar.

—¡Suéltame! —protestó, pero su boca quedó sellada por un beso brusco y exigente. El chico no era delicado; sus labios eran ásperos, su aliento sabía a cerveza barata. Y aun así había una urgencia animal en él que la dejó sin aliento.

Bárbara intentó resistirse, pero el cuerpo enjuto del muchacho estaba lleno de una energía feroz. La giró y la empujó contra la pared mientras el agua caía sobre ambos. Con una mano la sujetaba del pelo; con la otra le apretaba los pechos, estirándole los pezones hasta arrancarle un alarido. Le mordió el cuello y, antes de que pudiera reaccionar, sintió cómo su miembro buscaba la entrada entre sus piernas.

—¡Nooo! —gritó, aterrorizada. Pero su voz se ahogó en un gemido cuando la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. El dolor fue agudo, punzante, como si la desgarraran por dentro.

—Cállate —le susurró al oído, con la voz cargada de desprecio—. Esto es lo que mereces.

Cada embestida era más fuerte que la anterior, con un ritmo frenético que la hacía gritar sin saber si era de dolor o de placer. Intentó liberar las manos, pero seguían atrapadas, y su cuerpo respondía de un modo que la avergonzaba.

—¡Por favor, que alguien me ayude! —chilló. Pero su voz se perdió en el vacío. La música del local estaba altísima; de eso se había encargado la dueña. Y su secretaria estaba demasiado ocupada disfrutando de su propia noche.

***

—Mirad, se ducha para quitarse la leche, qué delicada —comentó Noelia con sorna a los dos hombres, que rieron mientras volvían a recuperar la virilidad.

—Tú no te pareces en nada a esa apática, muñeca —contestó Marcos mientras ella se arrodillaba de nuevo y atendía las dos vergas con una mamada maestra a dúo.

Noelia no quería desperdiciar la noche. A sus cuarenta y un años había aprendido a disfrutar de la vida. Llevaba tiempo acudiendo a clubes liberales como válvula de escape del estrés que le provocaba su jefa. No se consideraba una ninfómana, sino una mujer adulta que sabía lo que quería y, sobre todo, quién mandaba: por muchas dobles penetraciones que recibiera, siempre era ella quien los dejaba secos.

Mientras tanto, Bárbara sentía las lágrimas rodar por sus mejillas, mezclándose con el agua de la ducha. ¿Cómo he llegado a esto? ¿Yo, violada por un camarero escuálido en un club de mala muerte?, se decía mientras la embestían sin descanso.

El chico no se detuvo; se enardeció todavía más cuando ella le ofreció pagarle lo que quisiera con tal de que parara.

—¿Crees que todo se paga con dinero? —gruñó—. No voy a parar hasta que goces. Esto es lo que mereces por arrogante.

Bárbara quiso negarlo, pero las lágrimas que caían por su rostro delataban la verdad. Aquello era brutal, distinto a todo, y la hacía sentir más despreciada y humillada que nunca.

—¡Para, por favor! —suplicó, pero su voz sonaba ya más a susurro que a orden. El chico la dobló contra la pared y la sujetó del cuello, aumentando el ritmo. Solo se le oían los sollozos mezclados con gemidos repentinos mientras él, con la mano libre, le frotaba el clítoris sin tregua.

De pronto Bárbara sintió que su cuerpo se tensaba, que el dolor se mezclaba con algo que se negaba a reconocer y que empezaba a ocurrir dentro de ella.

***

Al mismo tiempo, Noelia había sido tumbada sobre la alfombra mientras Adrián la penetraba con embestidas calculadas, cada una más profunda que la anterior.

—¡Sí, así, más fuerte! —gritó ella, clavándole las uñas en los brazos mientras sus pechos oscilaban al ritmo del encuentro.

Marcos observaba, masturbándose mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón. El espectáculo de Noelia, sumisa y dominante a la vez, lo tenía al borde del delirio.

—Ahora me pongo arriba —ordenó ella. Adrián, gruñendo, la agarró de las caderas y, sin salir de ella, la colocó a horcajadas. Noelia se balanceaba en círculos, pellizcándose los pezones ya hinchados.

—Hijos de puta, ¿a qué esperáis para darme por detrás? —les gritó entre jadeos. No lo tenían previsto, pero ahí estaba la dueña del local, que la conocía bien y sacó un bote de lubricante. Noelia era una experta y nunca acudía sin estar preparada.

***

Bárbara, en cambio, descubría con asombro cómo su cuerpo agotado empezaba a relajarse. No quería admitirlo, pero estaba excitada. Tenía miedo de gemir en alto, porque sabía que el chico podía hacerle más daño, un daño que, al mismo tiempo, la encendía.

La ejecutiva empezó a gozar y a comprender que, pese a estar siendo forzada por un desconocido, quizá aquella era su primera oportunidad para cambiar. Dejó de resistirse y comenzó a mover las caderas, buscando el ritmo salvaje que recibía.

—La gran Bárbara, gozando como una loca con mi polla —gruñó el chico, sorprendido. Sacó el miembro de golpe y la giró para mirarla a los ojos. Con el rímel corrido y la mirada enrojecida, ella le sostuvo la mirada con desafío, demostrándole que no le tenía miedo.

Sin decir palabra, descendió hasta arrodillarse y tomó aquel miembro entre las manos. Era tan grueso que apenas podía rodearlo con los dedos. Le vinieron a la cabeza las lecciones de los acompañantes que había pagado en otra época y, con la misma determinación que aplicaba a sus decisiones financieras, decidió vaciarlo.

Se lo llevó a los labios, jugueteando con la lengua antes de tomarlo con una lentitud deliberada. Sintió que algo importante se desplazaba dentro de ella, y aquello la excitó tanto que llegó a su primer orgasmo verdadero, ahogando el gemido contra la carne que le llenaba la boca.

El chico gimió al notarlo. Había entrado a forzarla y ahora era ella quien empezaba a desarmarlo. Le enredó los dedos en el pelo, marcando un ritmo que lo dejó al borde del clímax.

—¡Qué buena eres! —jadeó—. No me extraña que seas tan déspota si te tragas todo esto.

—¡Zorra! —gritó de pronto, y la levantó del pelo. La empotró contra la pared y la penetró de nuevo con una intensidad que hizo que Bárbara echara la cabeza hacia atrás y gritara, esta vez de auténtico placer.

Sin saber por qué, aquella violencia la excitaba como nunca. Esta vez no hubo resistencia, solo entrega. Le clavó las uñas en la espalda y lo atrapó con las piernas mientras alcanzaban juntos el clímax bajo el agua caliente.

Aun así, le ordenó que no terminara dentro. Pero el chico había entrado a vengarse, y aquella orden lo enardeció más: la sujetó con firmeza mientras la miraba a los ojos y descargaba en su interior. Ella puso los ojos en blanco al sentir por primera vez aquel calor regándola por dentro.

Su cuerpo empezó a convulsionar en una serie de orgasmos incontrolables, como si algo se hubiera roto para siempre. Por primera vez en su vida, Bárbara no podía controlarse: se liberaba de las cadenas de su orgullo.

El chico, apoyado contra la pared, la observaba jadeando. La déspota banquera que tantas veces lo había humillado temblaba ahora en el suelo como una cualquiera, exhausta pero con los ojos brillantes de una excitación que no podía ocultar.

***

Mientras tanto, Noelia llevaba a los dos hombres al límite. Marcos se acercó por detrás, le separó las nalgas y deslizó el pulgar sobre su entrada ya húmeda.

—¿Seguro que quieres esto, princesa? —preguntó.

—¡Claro que sí! Pero no me hagas esperar —jadeó ella.

La dueña le lanzó el bote de lubricante. Marcos se untó y empezó a dibujar círculos hasta hundir el dedo, mientras Adrián, sintiendo cómo se contraía alrededor de su miembro, la empujaba hacia su compañero.

La doble penetración fue lenta pero implacable. Al principio el ritmo era errático, pero Noelia, experta en el placer compartido, pronto tomó el control.

—Más despacio —susurró, guiando a Marcos con una mano—. Así... ahora tú, Adrián... sí, joder, así.

Encontraron un compás sincronizado: cada embestida de uno la empujaba contra el otro, y sus palabras se convirtieron en un mantra de éxtasis. No tardaron en correrse. Adrián descargó en su interior mientras Marcos lo hacía en su boca, y ella tragó cada gota antes de dejarse caer sobre ellos, brillante de sudor.

—Eres una bestia, pequeña —jadeó Adrián, acariciándole las caderas marcadas por sus dedos.

***

Bárbara, entre tanto, empezaba a despertar.

—Mmm, sí, por favor —susurró, arrastrándose hacia el camarero y abrazándose a sus piernas. Con manos temblorosas tomó su miembro aún erecto y se lo llevó a la boca, engulléndolo con una devoción que la sorprendió a ella misma—. Quiero que me llenes otra vez —murmuró.

El camarero no pensaba dejarse dominar. Le dio un par de bofetadas que solo sirvieron para excitarla más.

—Ahora sí me haces caso, ¿eh, profesora? —dijo con sarcasmo, recordando la humillación de aquella conferencia—. ¿Te gusta que te traten como la zorra que eres?

Bárbara, con los labios hinchados y el rímel corrido, asintió sin decir palabra. Había en su mirada una mezcla de sumisión y desafío que lo encendió hasta el límite.

Sabía que algo había cambiado, que esa noche marcaría el inicio de algo distinto. Y, aunque ignoraba lo que le deparaba el futuro, estaba dispuesta a descubrirlo.

Se levantó como pudo, se duchó de nuevo, se secó y se vistió. Salió a recoger a su amiga, que acababa de despedirse de los hombres y pagar la cuenta de ambas: al fin y al cabo, era su regalo de cumpleaños. Cuando Noelia la vio aparecer, intuyó que algo había cambiado en la temible Bárbara. Quizá era el momento de dar un paso más.

***

Al salir, la dueña entregó al camarero su sueldo y un buen extra.

—Veo que te has portado —dijo con una sonrisa fría—. Llevaba años esperando este momento. Esa mujer me arruinó y tuve que empezar de cero.

El chico asintió y recogió el dinero satisfecho. La banquera había salido con pinta de haber pasado por una verdadera tormenta. Caminó hacia la calle sintiéndose como si hubiera conquistado a una diosa.

Pero no fue el único que ganó algo esa noche. Bárbara, aunque seguía siendo desagradable en las distancias cortas, empezaba a sentir su mente invadida por imágenes obscenas que no podía controlar. Aquella experiencia, que en su mundo de lujo habría sido una simple anécdota vergonzosa, había despertado algo oscuro, urgente y adictivo. En las fiestas privadas a las que asistía siempre había sido una espectadora; por primera vez se preguntaba qué se sentiría al ser parte de ese caos.

Días después, en una conferencia en su escuela de negocios, Bárbara elogió públicamente al camarero ante un debate improvisado, destacando su inteligencia. Para él fue un momento de gloria. Pero ella no podía sacarse de la cabeza aquella noche: mientras respondía con su sonrisa falsa, imaginaba que la poseyera allí mismo, delante de todos, con la misma violencia que en las duchas. La gran Bárbara, sin embargo, no podía permitirse un escándalo.

Al llegar a casa se derrumbó en la cama y se masturbó con furia, imaginando al chico dominándola. Pero no era suficiente. Quería más, necesitaba que alguien la usara y la convirtiera en la mujer que sabía que llevaba dentro. Su orgullo tiraba de ella hacia atrás. Tras llorar un buen rato, juró que la próxima vez dejaría salir a esa otra Bárbara, sin importarle las consecuencias.

***

Una de las personas que podían ayudarla era Gonzalo, un vecino de cincuenta y dos años con un físico atlético, pelo corto y una seguridad que lo hacía destacar. Vivían en la misma urbanización y cada vez que se cruzaban en sus caminatas ella lo miraba con un desprecio tan palpable que él terminó devolviéndoselo. Aun así, más de una vez había fantaseado con ella.

Algo, sin embargo, estaba cambiando. Una tarde, Gonzalo se sorprendió al ver a Bárbara salir del modesto gimnasio de barrio al que él iba, con la toalla al hombro y el pelo en una coleta despeinada. ¿Ella, en un gimnasio de clase media? Intrigado, prestó atención los días siguientes y empezó a notar pequeños detalles. Bárbara ya no caminaba con aquella expresión seria; ahora sonreía, llegaba con mallas ajustadas y disfrutaba de las miradas que atraía, dejando que algún hombre le rozara la espalda al corregirle la postura.

Una mañana, mientras caminaba por la urbanización, se cruzó con Gonzalo. Él levantó la mano con una sonrisa desenfadada.

—Hola, preciosa —dijo.

Bárbara, que no lo había oído bien, se quitó los auriculares y arqueó una ceja.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Que hola, preciosa —repitió él, sin perder la sonrisa.

Ella se sorprendió, no tanto por el piropo como por la naturalidad del hombre, y esbozó una sonrisa.

—¿No puedo piropearte? —insistió Gonzalo, acercándose sin invadir su espacio.

—Por supuesto, caballero —respondió ella, secándose el sudor—. Aunque no estoy acostumbrada a que me llamen así.

—Pues tal vez deberías acostumbrarte.

Aquel día, entre risas y conversaciones triviales, nació una amistad que ninguno había visto venir. Por fuera, Bárbara seguía despreciando a todos para mantener su estatus; por dentro, intentaba abrirse para no hundirse en la locura.

***

Una tarde de otoño, el cielo se partió en dos. La tormenta, anunciada todo el día e ignorada por la mayoría, estalló con una furia inusual: el viento ululaba entre los edificios y la lluvia golpeaba el suelo como un ejército de martillos diminutos.

Era domingo, y a Bárbara no se le ocurrió mejor idea que ignorar las alarmas e irse al gimnasio. Eran las ocho de la tarde y el local estaba casi vacío: la mayoría de las mujeres, más precavidas, ya se habían marchado. Solo quedaban cuatro hombres en la sala, y ella destacaba entre ellos como un faro en la penumbra. El entrenamiento la había hecho sudar y la camiseta se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sin darle importancia, se la quitó, revelando un top de tirantes, y se colocó los auriculares. Sabía que tenía la atención de todos, y eso la complacía.

Entre ellos estaba su vecino Gonzalo; también Unai, un empresario de la fontanería de unos cuarenta y siete años, y dos jóvenes de veintipocos, Bruno y Hugo. Y, por último, Tomás, el dueño del gimnasio, un hombre curtido de cincuenta y ocho años que la observaba con un deseo profundo y paciente. Bárbara no era consciente de que aquellos cinco hombres la miraban como depredadores acechando a su presa, ahora que era la única mujer que quedaba. Como siempre, se sentía superior y no prestaba atención a su entorno.

Terminó su sesión de piernas, tomó el bolso y se dirigió a la salida con paso firme.

—Cielo, no seas tonta y espera a que amaine —le advirtió Tomás—. Está cayendo un diluvio y no es momento de salir a la carretera.

Pero su altanería le impidió darle la razón. Salió corriendo con la bolsa sobre la cabeza, lo que no evitó que la lluvia la calara. Al llegar al coche se detuvo en seco: era imposible conducir con aquel temporal. Regresar al gimnasio era su única opción. No le hacía gracia pasar un rato a solas con aquellos cinco tipos; bueno, con Gonzalo no diría lo mismo. Había vuelto la Bárbara déspota, y no era el mejor momento para que reapareciera. Empapada, cruzó de nuevo la entrada del local sin imaginar lo que la esperaba dentro.

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Comentarios (6)

Nico_Sur

excelente, de los mejores que lei en esta categoria!!!

MiriamOsorno

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas de ella jaja

toni_mza

brutal, me dejo sin palabras

EduardoR76

Que bueno que encontre este relato. Lo lei de un tiron y me encanto el personaje principal, se siente muy real. Sigan subiendo cosas asi.

Rox_lectora

Me recordo a alguien que conoci en el trabajo, de esas personas que parecen frias y distantes... uno nunca sabe jaja. Muy buen relato!

Gaston_Vte

Increible como construis el personaje antes de llegar al momento clave. Se disfruta mucho mas cuando hay contexto detras.

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