Lo que le confesé en la playa cambió todo entre nosotros
Andrés es de esos hombres que crecieron con reglas claras: trabaja, sé leal, no cuentes lo que no se debe contar. Estudió administración de empresas, terminó con honores y, con la red de contactos que heredó de su padre —contador público con treinta años de carrera—, montó una consultora de comercio internacional antes de los treinta. Le fue bien desde el principio. Viajaba solo por trabajo, y con Valeria cuando podía, que era bastante seguido.
Valeria la conoció en la universidad, en tercer año, en un seminario optativo sobre negociación intercultural que los dos eligieron casi por descarte. Era morena, con una risa que llenaba la sala y la costumbre de llegar tarde sin disculparse. Se casaron a los veintisiete. Andrés nunca se arrepintió.
Con los años descubrieron que el sexo entre los dos era bueno, pero que los dos querían más. No fue una conversación planificada: fue una acumulación de miradas en fiestas de amigos, de silencios compartidos viendo a otras parejas, de pequeñas confesiones de madrugada que iban dejando pistas. Una noche, en el departamento de Buenos Aires, mientras apagaban las luces, Valeria dijo sin girarse:
—¿Y si probamos algo distinto?
Andrés sabía exactamente a qué se refería.
***
El primer paso fue en Barcelona. Encontraron el spa en un folleto que estaba dentro del cajón de la mesita de noche del hotel. Fotografías de parejas sonriendo con esa distensión que no es de spa común: masajistas con físicos de gimnasio, luz cálida, una promesa de discreción escrita en tres idiomas. Andrés se lo pasó a Valeria sin decir nada. Ella lo leyó, lo dejó sobre la cama y dijo:
—Llamá vos.
Los recibieron en una sala con olor a eucalipto y música sin letra. Dos camillas paralelas, luz muy tenue, un silencio cómodo. Los masajistas eran un hombre rubio y alto con manos grandes, y una mujer de rasgos asiáticos que apenas hablaba pero que desde el primer contacto demostró saber exactamente dónde estaba cada músculo del cuerpo humano.
El masaje empezó convencional. Espalda, hombros, pantorrillas. Fue avanzando con una lentitud calculada al milímetro hacia territorios que Andrés nunca había explorado con manos que no fueran las suyas o las de Valeria. Cuando el rubio le separó ligeramente los glúteos y presionó con un dedo en el centro, Andrés sintió que le fallaba la respiración. No pidió que parara. Respiró hondo, cerró los ojos y se entregó al peso de esas manos.
Desde la camilla de al lado, Valeria seguía de reojo lo que ocurría. La mujer asiática le había tomado los pechos con una seguridad que Valeria no anticipó, y estaba a punto de perderse en sus propias sensaciones cuando oyó a Andrés soltar un gemido bajo, casi sorprendido. Lo miró de reojo. Él tenía los ojos cerrados y las manos apretadas contra el borde de la camilla.
Lo que siguió no estaba en el folleto, pero era exactamente lo que buscaban. Los cuatro terminaron en posiciones que ninguno había acordado y que nadie, después, lamentó.
***
De ese viaje volvieron distintos. No peores ni mejores: distintos. Con los meses encontraron a un tercero que encajó bien en su dinámica, y conocieron dos parejas —una en Montevideo, otra en Córdoba— con quienes cada tanto compartían una cena larga y una noche todavía más larga. Todo con reserva, con reglas no escritas que ambos respetaban sin necesidad de nombrarlas.
Andrés había aprendido a distinguir la calentura pasajera de la que deja huella. La que deja huella es la que no se va sola aunque uno quiera.
***
Rodrigo era uno de esos hombres que ocupan el espacio sin pedirlo. Alto, con los hombros anchos de quien en algún momento hizo deporte en serio y que todavía lo lleva en la postura, vientre plano, mandíbula fuerte con dos días de barba oscura con vetas grises. Ojos claros —verdes o grises, según la hora y la luz— y una manera de hablar pausada que lo hacía parecer siempre más seguro de lo que quizás estaba por dentro.
Empresario del sector logístico, con operaciones en Colombia, Perú y Chile. Andrés lo había cruzado en tres congresos latinoamericanos durante los últimos dos años, y en los tres habían terminado en el bar conversando hasta tarde, con esa facilidad que tienen los hombres que se respetan mutuamente sin necesitar demasiado tiempo para comprobarlo.
***
Esta vez el congreso era en Cartagena de Indias. Andrés tenía dos ponencias programadas, una por día. La primera había ido bien: sala llena, preguntas concretas, nada que reprocharle al micrófono ni a la audiencia. Esa tarde, después de la última sesión, se cruzó con Rodrigo por azar en el bar de la piscina del hotel y los dos se acomodaron en unos sillones amplios con vista directa al Caribe.
Era temprano. No tenían compromisos. Rodrigo pidió whisky con soda; Andrés, gin con hielo y una rodaja de naranja. Hablaron de logística, de los cambios en las rutas de importación, de un proveedor chino en el que ninguno de los dos terminaba de confiar del todo. A medida que caían los tragos, la conversación fue perdiendo la formalidad de los congresos y ganando la franqueza de dos hombres que ya no necesitan impresionarse.
Habían estado picando distintas cosas durante horas, así que no tenían hambre real. En determinado momento, dos parejas cruzaron la terraza en dirección a la playa con esa manera de caminar que no requiere explicación: manos entrelazadas, risas bajas, el cuerpo del otro gravitando cerca sin esfuerzo aparente. Rodrigo las siguió con la mirada un instante y dijo, con media sonrisa:
—Esos son de los nuestros.
No era una pregunta.
—Valeria y yo también —respondió Andrés, en voz baja.
Rodrigo asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya intuía.
***
Decidieron bajar a la orilla. La noche caribeña tenía ese calor blando que no pesa, unos veintiocho grados que hacen que cualquier ropa sobre la piel parezca casi un exceso. Caminaban descalzos, copa en mano, el ruido suave del mar llenando los silencios. Las palmeras al borde de la playa proyectaban sombras largas sobre la arena mojada. El ambiente tenía esa cualidad particular de los lugares lejos de casa que desinhibe sin que uno lo decida conscientemente.
Fue ahí, sin girarse, con los ojos puestos en la línea de espuma que avanzaba y retrocedía, cuando Andrés preguntó:
—¿Alguna vez estuviste con un hombre?
Rodrigo no se detuvo. Bebió un trago. Siguió caminando.
—En un intercambio, una vez, alguien me la chupó mientras su mujer miraba. Y en otra ocasión le entré a un marido. El tipo lo pidió, y yo tenía suficiente calentura y suficiente confianza como para no pensar demasiado. ¿Vos?
—Me la han chupado un par de veces, en situaciones de intercambio. Pero tengo asignaturas pendientes.
Se quedaron en silencio unos segundos. El mar sonaba. Una gaviota pasó muy bajo, rozando el agua oscura.
—Me quedaste intrigado —dijo Rodrigo—. ¿Qué asignaturas?
Andrés tardó en responder. Eligió las palabras como quien sabe que lo que diga no tiene vuelta atrás.
—Mi fantasía es estar con un hombre como vos. No tibio, no afeminado. Un tipo con presencia, con peso. Tomarme el tiempo para calentarlo desde cero, recorrerle el cuerpo entero, lamerle la nuca, hablarle al oído hasta que lo vea aflojarse. Después darlo vuelta y cogerlo despacio, en cucharita, susurrándole lo que le voy a hacer antes de hacerlo.
Rodrigo caminó unos metros más en silencio. Después se detuvo. Se quedó mirando el agua oscura.
—Nunca imaginé —dijo, con la voz más baja— que escuchar algo así me iba a afectar de esta manera.
Andrés lo miró de costado. Rodrigo tenía los ojos en el horizonte, la copa casi sin tocar, una quietud en el cuerpo que no era indiferencia. Era lo contrario exacto.
—Acabo de entender, en tiempo real, qué es querer ser pasivo —continuó—. No lo anticipé. Pero acá estoy.
Dieron la vuelta y emprendieron el regreso al hotel sin apurarse. El oleaje seguía el mismo ritmo indiferente de siempre. Andrés sentía el calor del alcohol y algo más: esa tensión limpia que antecede a lo que todavía no ocurrió pero que ya es inevitable.
***
Se sentaron de nuevo en los mismos sillones. Pidieron un postre que no terminaron y café que bebieron despacio. La conversación había cambiado de registro sin que ninguno lo hubiera forzado. Ya no había comentarios sobre logística ni sobre el mercado exportador. Había otra cosa en el espacio entre los dos: más densa y, al mismo tiempo, más clara que todo lo que habían dicho antes.
—Hay algo que dijiste antes —empezó Rodrigo, dejando la taza sobre la mesa— que no me salió de la cabeza. Lo de chupar.
Lo dijo sin bajar la voz, tranquilo, como si estuviera comentando el partido de esa tarde.
—Una noche en Medellín, hace un par de años, pagué para que viniera una pareja al hotel. El hombre tenía unos quince años más que yo, y su mujer pidió que se dejara atender mientras ella miraba. Yo lo hice. Me gustó bastante más de lo que esperaba.
—¿Y después? —dijo Andrés.
—Después nada. Quedó ahí, guardado. Pero no lo olvidé. Pienso en eso cuando Valeria —perdón, cuando mi mujer— le hace eso a alguien con más edad. Me caliento como loco y no sé bien por qué. Supongo que algo de todo esto tiene que ver con entregarse, con querer ver al otro entregado.
—Yo creo que sí —dijo Andrés—. Me lo dijeron hace tiempo y no quise escucharlo: todos los que disfrutamos entregando a nuestras mujeres tenemos algo de bisexuales. Lo fui comprobando de a poco.
Rodrigo asintió despacio.
—No lo había pensado así. Pero tiene mucho sentido. Sí, algo de eso hay.
Andrés lo miraba. Rodrigo tenía esa expresión de los hombres que acaban de ordenar en voz alta algo que llevaban tiempo sin forma, y que al escucharlo dicho descubren que encaja.
—Una cosa más —dijo Rodrigo, después de un momento—. Esto tiene todos los ingredientes para que ocurra: estamos lejos, nos conocemos lo suficiente, ninguno de los dos va a complicar las cosas después. No le encuentro la contra por ningún lado.
El bar casi estaba vacío. Desde la terraza llegaba el ruido suave del mar y el de algún huésped que todavía no se decidía entre irse a dormir o pedir otro trago. Rodrigo dejó los billetes sobre la mesa sin contarlos. Se puso de pie.
—¿Tu habitación o la mía?