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Relatos Ardientes

La noche que fui voyeur en el bar secreto

—¿Vamos por un café?

La pregunta era ya un ritual entre Valeria y yo. Llevábamos casi ocho años trabajando en el mismo departamento y en algún momento esas bajadas al café de la planta baja se habían convertido en la columna vertebral de nuestra amistad. Ella era la persona que sabía casi todo sobre mí, y yo lo mismo sobre ella. Habíamos llorado juntos decepciones amorosas, nos habíamos aconsejado mutuamente en decisiones que no le contaríamos a nadie más, y habíamos hecho de diablito en el hombro del otro cuando la situación lo pedía.

Desde hacía unos meses, Valeria había retomado la relación con Diego, alguien que años atrás había sido importante para ella. Me iba contando los detalles con cuentagotas, como siempre hacía: primero los contextos, luego los matices, y al final la parte que en realidad quería contarme.

Esa semana, la parte importante resultó ser una fantasía de Diego.

—Quiere que alguien los observe —me dijo, removiéndose el café sin levantar la vista.

Le respondí, bromeando, que eso siempre me había parecido excitante. Que hay algo en saber que alguien te puede estar mirando que le añade una capa de tensión a todo. El exhibicionismo como juego, no como necesidad.

—Sí, pero él no quiere que sea alguien espiando desde una ventana —aclaró—. Quiere a alguien en la misma habitación.

Ahí cambié el tono. Le pregunté si eso la incomodaba. Me dijo que bastante, pero que lo que más la complicaba era que Diego ya tenía a alguien en mente para ese papel: una amiga suya en quien confiaba, alguien con quien él también tenía confianza. Valeria la conocía de referencia, pero no lo suficiente como para estar cómoda siendo mirada por ella.

—¿Y tú no tienes a nadie de confianza? —pregunté, sin entender todavía a dónde iba la conversación.

Me miró por encima de su taza.

—Te tengo a ti.

Solté una carcajada que giró algunas cabezas en el local. Le dije que no, que mi papel en todo aquello era de consejero, no de participante. Que éramos amigos de toda la vida y que mezclar eso con una escena así era una idea terrible. Ella no insistió. Me dijo que lo pensara y volvimos a la oficina.

Esa noche le mandé un mensaje proponiéndole una alternativa: videollamada. Así los dos veríamos la pantalla, yo los observaría a ellos, y habría una distancia que lo haría todo más llevadero. Me respondió al día siguiente: Diego y ella habían hablado, y les parecía que eso no era lo mismo. Que la gracia estaba en compartir el mismo espacio, en que la energía fuera real y presente. Tenían razón, por supuesto. Pero yo tenía mi vida más o menos tranquila en ese momento y no quería enredarla.

Pasaron dos semanas sin que retomáramos el tema.

***

La empresa cerró un contrato importante, de esos que llevan meses negociando y que cuando se cierran producen una alegría colectiva desproporcionada. La dirección organizó una cena para el equipo que había trabajado en él: restaurante italiano en el centro, buena mesa, demasiado vino y esa euforia de final de proyecto que lo hace todo más fácil.

Cuando terminamos la cena, un grupo pequeño decidió no volver a casa todavía. Valeria conocía un bar por la zona, un sitio discreto que no estaba en ningún mapa visible. Éramos cuatro: ella, yo y dos compañeros más. Caminamos unas dos manzanas y nos detuvimos frente a un pequeño almacén de barrio que yo conocía de haber pasado por delante mil veces sin entrar.

—¿Aquí? —pregunté.

—Por detrás —dijo ella.

Atravesamos el local hasta una puerta al fondo y bajamos tres escalones. Al otro lado había una barra larga de madera oscura, iluminación tenue de tono rojizo y más gente de la que esperaba para un sitio sin nombre en la fachada. Era de esos lugares que solo existen si alguien te los cuenta.

Me instalé en dos taburetes de la barra para Valeria y para mí. Los otros dos compañeros se quedaron de pie a nuestro lado. El bartender se acercó, saludó a Valeria con la naturalidad de quien la conoce, y tomó nuestros pedidos. La carta de cócteles era buena y fui probando cosas a lo largo de la noche mientras la conversación fluía y los compañeros se iban mezclando con otra gente del local.

Cuando me di cuenta, éramos solo Valeria y yo en la barra.

El bartender se acercó de nuevo, esta vez acompañado de una mujer. Alta, tez oscura, vestido negro que no pretendía llamar la atención pero lo hacía de todas formas. El hombre la presentó como una amiga de quien le había hablado. Aquella naturalidad que me había resultado curiosa desde el principio empezó a tener sentido.

El bartender era Diego.

Y la mujer era, claramente, la persona que él había pensado para completar esa escena. La dueña del local. «La Jefa», como la llamó Diego con una sonrisa de lado. Valeria me miró antes de que yo pudiera decir nada y me anticipó: no era algo premeditado. Ni Diego sabía que yo era el amigo que ella había propuesto, porque Valeria no había revelado mi nombre hasta que yo aceptara, igual que Diego tampoco había dado el nombre de su amiga hasta esa noche.

El hecho de que llegáramos en grupo, y de que los otros dos compañeros siguieran en el bar, hizo que mi identidad quedara oculta un rato más. La dueña del local —Camila, como me dijo que se llamaba— nos invitó una ronda a los que acompañábamos a Valeria y se quedó conversando con nosotros. Era directa, inteligente y con un sentido del humor seco que me cayó bien de inmediato.

***

Pasada una hora, el local se fue vaciando. Los compañeros se despidieron. Diego y Valeria se habían corrido hacia el extremo de la barra y ya no intentaban disimular las muestras de cariño. En un momento Diego le hizo una seña a Camila indicando que saldría un rato, y ella asintió con la cabeza. Los dos desaparecieron por una puerta lateral.

Me quedé con Camila cerrando el local mientras el último cliente pagaba y se iba. Me invitó un trago final y me dijo que le hiciera compañía mientras recogía la barra. La conversación era buena y el whisky era mejor, así que me quedé.

Cuando terminó de recoger, señaló la puerta por donde habían entrado Valeria y Diego.

—¿Quieres despedirte? —preguntó, con un tono que tenía más capas de las que parecía.

La seguí.

Al otro lado había un salón privado que Camila estaba acondicionando para eventos: barra propia, iluminación cálida, un sofá amplio y varias butacas dispuestas en semicírculo. La luz era más tenue que en el salón principal, pero suficiente para ver todo con claridad.

Y había mucho para ver.

Valeria estaba sentada encima de Diego en el sofá, con la blusa abierta y el sostén negro visible. Diego, sin camisa, le apretaba las caderas mientras la besaba. Ninguno de los dos había notado que Camila y yo estábamos parados en la entrada, mirando.

Camila rompió el silencio con calma.

—¿Eso que me propusiste va a pasar esta noche, o no?

Los dos nos miraron. Diego preguntó si Valeria estaba de acuerdo con que Camila se quedara. Valeria dijo que sí, pero que también quería que yo me quedara, porque era a quien ella había invitado. Diego lo entendió enseguida y volvió a besarla.

Camila fue a buscar algo de beber a la barra del salón. Yo me instalé en una de las butacas. Ella me trajo un vaso con whisky, se sentó en la otra butaca y nos quedamos mirando.

***

Diego le quitó la blusa a Valeria y le subió el sostén, dejando sus pechos al aire. Desde donde estábamos solo veíamos su espalda, pero los sonidos que salían de ella eran más que suficientes. Sus gemidos, bajos al principio, se fueron soltando a medida que él la tocaba y apretaba.

Valeria se puso de pie para terminar de quitarse la ropa. Se quedó en ropa interior, con el brazo cruzado sobre los pechos todavía, consciente de que la mirábamos. Después desnudó a Diego. La expresión en la cara de Camila cuando lo vio no necesitó traducción.

Valeria volvió a subirse encima de él y empezó a frotarse despacio sobre su erección, aún con la ropa interior puesta. El roce le arrancó los primeros gemidos serios. Fue en ese momento cuando algo cambió en mí: dejé de verla como mi amiga para verla como lo que estaba siendo delante de mí, y descubrí que su ropa de trabajo nunca le había hecho justicia.

Diego la agarró por la cintura, la levantó y la sentó sobre su cara. Con una mano apartó la tela a un lado. Los gemidos de Valeria llenaron el salón de golpe, fuertes y sin filtro.

Sin pensar demasiado, empecé a frotarme a través del pantalón. Miré a Camila de reojo. Tenía una mano sobre su pecho, por encima del vestido, y la otra en la entrepierna. Su cara estaba completamente concentrada en lo que ocurría al otro lado del salón.

Valeria se corrió encima de la cara de Diego con un sonido que reverberó en las paredes. Su cuerpo se desplomó hacia adelante y él la sostuvo. Cuando levanté los ojos hacia Camila, tenía los ojos entornados y seguía tocándose, esta vez con el escote del vestido abierto. Me miró un segundo y luego volvió a mirar el sofá.

Valeria, ya completamente desnuda, se quedó de pie frente a nosotros con las piernas separadas mientras Diego le pasaba los dedos por el clítoris en círculos lentos y precisos. Sus pechos se movían con cada respiración. Me desabroché el pantalón y me agarré con más libertad. Valeria abrió los ojos, nos vio a los dos y sonrió con una satisfacción que iba más allá de lo físico: aquella fantasía estaba pasando exactamente como la había imaginado.

—No te cortes —me dijo.

Camila, a esas alturas, se había quitado el vestido y se tocaba a sí misma en la butaca con la misma cadencia que Valeria. Los gemidos de las dos empezaron a sincronizarse de una manera que no parecía intencionada, pero que tampoco era casualidad.

***

Diego cambió de posición. Volvió a envolver a Valeria, la penetró desde abajo y ella empezó a moverse encima de él con la cara orientada hacia nosotros. Pude leer en ella exactamente lo que sentía: el placer, la exhibición, la conciencia de que la mirábamos y de que eso multiplicaba todo.

Camila se levantó de su butaca y se acercó a mí despacio. Se paró al lado del asiento, se inclinó un poco y empezó a acariciarme el cuello, casi como un masaje. Luego abrió mi camisa y pasó las manos por mi pecho. Sus pechos quedaron a la altura de mi cara. Los besé, le pasé la lengua por los pezones oscuros y duros. Sus gemidos volvieron, ahora cerca de mi oído.

Se movió detrás de mi butaca y tomó el control de lo que yo estaba haciendo. Yo pasé de tocarme a explorar con los dedos. Empecé con el pulgar en círculos sobre su clítoris mientras introducía dos dedos adentro. Estaba empapada. Sus caderas siguieron el ritmo de mi mano y sus gemidos volvieron a llenarlo todo.

Entonces se dobló hacia adelante y me metió en la boca.

No había apuro. Había ritmo. Presionaba con firmeza, aflojaba, volvía a presionar. Al otro lado del salón los cuerpos de Valeria y Diego chocaban con una frecuencia que iba en aumento, y el sonido de todo aquello —los cuatro respirando, los cuatro con los ojos abiertos, los cuatro empujando hacia el mismo punto— era algo que no supe nombrar en ese momento y que no he sabido nombrar desde entonces.

Valeria fue la primera en llegar. Un orgasmo largo y ruidoso que hizo que Diego la agarrara con fuerza por la cintura. Él siguió casi de inmediato, apretándola contra él.

Avisé cuando estaba cerca. Camila aceleró el ritmo y dejó que terminara en su boca. Yo no solté sus caderas, seguí con los dedos hasta que ella también se corrió, cayendo encima de mí con un jadeo que fue haciéndose más tranquilo poco a poco.

Nos quedamos los cuatro en silencio durante un rato. Sin decir nada. Después nos fuimos vistiendo despacio, como quien vuelve de algún sitio sin nombre.

Camila fue descalza hasta la barra y dijo que iba a preparar algo. Volvió con cuatro vasos y un cóctel que ella y Diego habían estado desarrollando en las últimas semanas. Brindamos sin demasiadas palabras. El sabor era bueno. El silencio también.

***

Unos días después volví al bar para la inauguración oficial de aquel salón privado. Cuando llegué, Diego y Camila me recibieron con una mirada que no necesitaba explicación. Valeria estaba en la barra con algunas personas del trabajo, como si aquella noche hubiera sido lo más normal del mundo.

Camila reunió a los invitados frente a la puerta del salón y descubrió una placa de metal con el nombre grabado: «La Experiencia». Después sirvió el cóctel nuevo en copas para todos. Lo había bautizado «El cuarteto».

No hizo falta explicar el nombre. Y aquella no fue la última vez que los cuatro coincidimos en ese salón, pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (3)

ElVigilante77

que relato!!! me enganchó desde el primer párrafo, no me pude despegar

NicoRdz22

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguió todo despues

Marcos_LN

El morbo de solo mirar sin poder hacer nada... tiene algo muy especial eso. Muy bueno

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