Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Seis amigos, una botella y el verano que lo cambió

Nos conocimos de la manera habitual: los chicos del trabajo, ellas de una fiesta. Rodrigo, Adrián y yo éramos del mismo departamento; Sofía, Valeria y Clara se conocían de antes, del mismo barrio de siempre. Empezamos a salir los seis juntos antes de que se formaran las parejas, en esa época en que todo es posible porque nada está decidido todavía.

Clara era pequeña y precisa en cada detalle: gafas grandes de pasta, manos diminutas, un cuerpo compacto que hacía que todo lo que llevaba le quedara bien. Sofía era diferente: ojos verdes muy claros, labios carnosos, pelo largo y algo rizado que cuando se lo echaba hacia delante le tapaba el pecho. Y Valeria tenía algún antepasado caribeño que le daba una mezcla difícil de ignorar: piel cálida, ojos muy oscuros y un culo que no dejaba indiferente a nadie que pasara a su lado.

En aquella época jugábamos a la botella. Una versión más casta de lo que el nombre implica: besos en la comisura, besos en los labios, después con lengua y abrazo. Lo suficiente para conocer la boca de cada una de ellas y sentir sus cuerpos apretarse contra el nuestro. Fue en una de esas rondas cuando alguien propuso que en el abrazo se apretaran nalga contra nalga para que el contacto fuera más completo. Con eso, los tres sabíamos lo que ellas intuían de nosotros: que estábamos excitados. Que lo habíamos estado desde el primer juego.

Entre los chicos hablábamos sin tapujos. Rodrigo me contó que se había puesto duro con las tres sin distinción; Adrián lo mismo. No había crítica en eso, solo el reconocimiento honesto de que éramos jóvenes y nuestros cuerpos no distinguían entre amistad y deseo. Tiempo después, cuando Clara y yo nos hicimos pareja, me lo contó ella también: que salían calientes de esos juegos, que más de una tarde se habían masturbado juntas hablando de lo que sentían al notar nuestros penes contra sus vientres. Éramos bastante ingenuos. Pero tampoco tanto.

Poco a poco nos emparejamos, con la suerte de que nadie quiso a la misma persona. Pasaron varios meses sin jugar a la botella, sin que nadie lo dijera explícitamente. Lo reemplazó la vida en pareja, las cenas, los planes a seis, el confort de saber que esas personas estarían ahí sin importar nada.

Hasta que una noche de invierno, con lluvia al otro lado de la ventana y varias cervezas en la mesa, Adrián dijo lo que llevaba tiempo pensando:

—Echo de menos el juego.

Silencio breve. Rodrigo miró a Sofía. Yo miré a Clara.

—Ya lo hemos hecho antes —continuó Adrián—. Un beso es solo un beso entre amigos. Y seríamos mentirosos si dijéramos que no lo disfrutamos todos.

Propuso que deliberáramos por separado: los chicos en un rincón, las chicas en el otro. En el nuestro, Rodrigo dijo que estaba a favor sin dudarlo. Yo dije que también, aunque ya imaginaba los celos que se me vendrían encima en cuanto viera a Adrián o a Rodrigo besando a Clara durante tres minutos. Cuando volvimos a los asientos, Valeria anunció por las tres: también a favor. Alguien sacó una botella vacía y la puso en el centro de la mesa.

La retomamos con la misma progresión de siempre, pero con una diferencia: ya no éramos desconocidos. Sabíamos qué esperar, y por eso cada ronda llegaba más cargada. Beso en la comisura diez segundos. Beso en los labios sujetando la mejilla del otro. Beso con lengua, tres minutos. Me tocó con Sofía en esa última ronda. Esos ojos verdes a diez centímetros de los míos, esa boca que había besado brevemente años atrás pero nunca así, con calma y con tiempo. Le dije al oído que tenía los labios preciosos. Ella sonrió sin separarse.

Lo que costaba más era mirar. Ver a Adrián besando a Clara durante tres minutos me generó una mezcla incómoda de celos y excitación que no supe ordenar del todo. Clara no fingió que no lo disfrutaba: sacó la lengua para rozar la de él, cerró los ojos, y cuando terminaron los tres minutos tardó un momento en abrirlos. Poco podía decirle yo.

En la última ronda —abrazo completo, manos en el culo ajeno— decidí anticiparme a los celos y me planté delante de Valeria antes de que nadie más se moviera. Tenía exactamente el culo que los juegos de años atrás me habían prometido: lleno, caliente, y ella dejó que mis dedos se acercaran más de lo que la ropa permitía disimular. Cuando terminaron los tres minutos, todos teníamos el cuerpo hablando más fuerte que la cabeza. Esa noche, en casa, Clara y yo follamos con una intensidad que no habíamos tenido en meses.

Repetimos el juego varias veces ese invierno y esa primavera. Funcionaba como una válvula de presión que luego resolvíamos cada pareja en privado. Cuando llegó el verano y la familia de Rodrigo ofreció su casa en Cádiz una semana, nadie dudó.

***

La casa era blanca, grande y estaba a cincuenta metros del mar. Los primeros días fueron de playas largas y cenas que se alargaban hasta las dos de la mañana. El segundo día las chicas decidieron hacer topless. Se quitaron los sujetadores girándose hacia nosotros, casi como dedicándonoslo, y sonrieron al ver nuestras caras.

Clara tenía pechos pequeños y redondos con pezones que se endurecían ante cualquier brisa. Sofía los tenía más grandes, con una firmeza que pocas tienen, y los pezones rosados y prominentes. Valeria los tenía pequeños como Clara pero con los pezones casi negros, intensos, que hacían muy difícil apartar la vista. Los tres las mirábamos sin fingir que no lo hacíamos, y ellas sonreían satisfechas.

El jueves alguien propuso la playa nudista que había a unos kilómetros. Era un lugar tranquilo, con poca gente y mucha duna. Las chicas se quitaron la parte de abajo del biquini con la misma seguridad con que habían hecho el topless. Nosotros tardamos más, porque los tres estábamos algo excitados y no había manera elegante de disimularlo.

—Todos iguales —dijo Valeria riendo—. Quitáoslo de una vez, nos lo merecemos.

Corrimos al agua. Jugamos a batallas, a subirnos a hombros, a salpicarnos. En ese caos los cuerpos rozaban sin que nadie pusiera nombre a los roces. Yo toqué el pecho de Sofía al atraparla por la espalda, y la sensación me quedó grabada en la palma. Adrián no soltó a Clara cuando ganó la batalla. Clara no pareció querer que la soltara.

Tumbados en la arena, boca abajo, con el sol todavía alto, fue Clara quien lo dijo. Quizás por eso me impactó más que si lo hubiera dicho cualquier otro.

—Creo que todos queremos lo mismo —dijo sin levantar la vista de la arena—. Y creo que todos lo sabemos hace tiempo.

—¿Qué propones? —preguntó Rodrigo.

—Que esta tarde, en la casa, no haya límites. Que cada uno esté con quien quiera. Y que luego volvamos a ser exactamente lo que somos.

Nadie levantó la mano para votar en contra. Nos levantamos, nos vestimos en silencio y cogimos el coche de vuelta. En los cincuenta kilómetros de carretera nadie habló gran cosa.

***

Cuando entramos en la casa, las chicas ya estaban desnudas. Clara cogió la mano de Rodrigo.

—Empiezo yo —dijo.

Lo besó con una decisión que me sorprendió y me excitó a partes iguales. Le puso la mano en el pecho, Rodrigo la acarició despacio, y luego ella le bajó la mano hasta su cadera y se apretó contra él. Cuando entró en ella de pie, contra la pared, Clara exhaló lentamente y apoyó la frente en su hombro.

—No te corras —le dijo con calma—. Aún te falta Sofía.

Mientras los miraba, Valeria vino hacia mí sin decir nada. Me besó directamente y yo bajé las manos a su culo, que era exactamente como lo había imaginado durante años: suave, lleno, con ese calor que acumula la piel al sol. La tumbé en el sofá y la besé por el cuello, por el pecho, por el vientre, hasta que llegué donde ella esperaba. Me cogió del pelo cuando lo hice bien. Cuando subí y entré en ella, los dos emitimos un sonido parecido, incontrolable y honesto.

Alguien contaba tres minutos en voz baja. Pensé en cosas distintas para no terminar antes de tiempo, pero Valeria se arqueó sola, con las caderas moviéndose sin control y la boca entreabierta, y se corrió con una intensidad que no esperaba. Sentirlo desde dentro fue un placer completamente distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

Luego le tocó a Adrián con Sofía. Esa parte la recuerdo menos, porque miraba más a Clara, que había terminado con Rodrigo y estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en el sofá, observando la escena con una calma que me desconcertó un poco. Me puse a su lado. Me cogió la mano sin girarse.

***

En la segunda ronda ya no había contador ni tiempo límite. Clara vino hacia mí primero, me besó como lleva años besándome, y sentí algo inesperado: que la quería más por todo lo que había visto esa tarde, no menos.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Muy bien —le dije. Era verdad.

Después me tocó con Sofía. Ella propuso sentarse encima de mí, de frente, con las piernas cruzadas a los lados de mis caderas. Me senté en el borde de la cama, ella se puso a horcajadas, se recogió el pelo hacia un lado y me miró con esos ojos verdes antes de bajarse despacio. Los dos respiramos diferente en ese momento.

Le acaricié la espalda, los costados, sus pechos. Le besé el cuello mientras llevaba una mano a su clítoris, suavemente, sin prisa. Ella marcaba el ritmo: lento al principio, después más rápido, y yo intentaba seguirla sin adelantarme. Las exclamaciones que le salían nos obligaban a dejar de besarnos, así que alternábamos entre mirarnos y hundirnos el uno en el otro. Cuando llegó el orgasmo para los dos, casi al mismo tiempo, me quedé quieto debajo de ella un buen rato, con las manos en su espalda y sin querer que aquello terminara todavía.

No cenamos esa noche. Alguien sacó fruta de la nevera. Nos duchamos por turnos. Volvimos a nuestras habitaciones con nuestras parejas, como si nada hubiera cambiado y como si todo lo hubiera hecho a la vez.

En la oscuridad, Clara me preguntó si lo repetiría.

—No lo sé —dije.

—Yo tampoco. Pero no me arrepiento.

—Ni yo.

—¿Quién te ha gustado más? —preguntó, y sonó a que ya sabía la respuesta.

—Sofía —dije sin dudar.

—Ya lo sabía —respondió. Y sonó a que no le importaba mucho.

—¿Y a ti?

—Adrián —dijo—. No te digo eso para hacerte daño. Te lo digo porque me lo preguntarías de todos modos.

Tenía razón. Me reí. Ella también. Nos quedamos en silencio un momento, ella de espaldas contra mi pecho, mi mano en su cadera.

—Lo de Sofía en tu cara mientras os corríais... —empezó a decir.

—Para.

—¿Te molesta?

—No —dije—. Pero para igualmente.

Nos reímos otra vez. Dormimos abrazados, su cuerpo encajado en el mío, y lo último que pensé antes de cerrar los ojos fue en los ojos verdes de Sofía mirándome desde arriba, y en que me quedaban muchas cosas por hacer con ella y con Valeria si el otoño nos daba otra oportunidad.

El resto de la semana fue como antes: playas, cervezas, cenas largas. Nadie habló de esa tarde como si hubiera que explicarla. No hizo falta. Cuando volvimos a casa, los seis seguíamos siendo exactamente los mismos. Solo que había algo nuevo debajo de todo, una capa que no rompía nada sino que lo hacía más real.

Que si se repitió, ya es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (3)

PabloCba87

Excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!

VeranoLector

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber qué pasó al día siguiente jaja

Romina_88

Muy bien narrado, se siente que fue real. Seguí así!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.