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Relatos Ardientes

Mi esposa me enseñó qué clase de hombre era yo

La primera vez que Valeria y Diego estuvieron juntos, yo estaba en la habitación de al lado, sentado en el borde de la cama con los pantalones en los tobillos y la mano en movimiento. Lo habíamos hablado semanas antes, habíamos acordado los términos, y cuando llegó el momento pensé que era exactamente lo que quería: solo escuchar, imaginar, saber que ocurría sin estar en medio. El placer seguro del que observa desde lejos.

Pero esa noche, cuando Diego se fue y Valeria volvió a nuestra habitación, descubrí que el acuerdo tenía una cláusula que ninguno de los dos me había explicado todavía.

Se acostó a mi lado sin decir nada durante unos segundos. Luego me tomó la mano y la guió lentamente hacia su entrepierna todavía húmeda y cálida.

—Siente —dijo.

La toqué. Era diferente a otras veces. No solo la temperatura, sino la consistencia, el volumen de la humedad. Diego había terminado dentro de ella hacía apenas unos minutos.

—¿Te gustó verlo? —preguntó.

—Sí.

—¿Te gustó verme con él?

—Sí.

Silencio. Luego su mano en la parte posterior de mi cabeza. Una presión firme, suave, muy clara en su dirección. Era exactamente el mismo gesto que yo usaba con ella cuando quería que me hiciera sexo oral. Lo reconocí de inmediato y entendí lo que implicaba.

Sabía perfectamente lo que me estaba pidiendo.

Permanecí inmóvil unos segundos. Me pregunté si iba a resistirme. La respuesta llegó rápido: no. No porque me faltara voluntad, sino porque en algún lugar que nunca había revisado del todo, quería hacer exactamente eso.

Me dejé llevar.

Cuando llegué hasta donde su mano me dirigía, encontré algo completamente distinto a todas las veces anteriores. Olía diferente. Sabía diferente. Diego había estado ahí hacía apenas unos minutos y eso estaba presente en cada detalle.

—Así, mi amor —dijo Valeria con una voz que no le había escuchado nunca. Más grave, más tranquila, completamente segura de lo que pedía—. Límpiame bien.

Lo hice. No sé cuánto tiempo pasé ahí, pero en algún momento dejé de pensar en lo que estaba haciendo y empecé simplemente a estar presente. Valeria tuvo un orgasmo solo con mi lengua, con sus manos en mi cabello, con sus caderas moviéndose despacio contra mi cara. Cuando terminó, me acarició el pelo como si fuera lo más natural del mundo.

—Eres increíble —me dijo.

No respondí. Me quedé con la mejilla apoyada sobre su muslo, mirando hacia la oscuridad del techo, pensando en lo que acababa de ocurrir y en que no sentía ningún arrepentimiento.

***

A la mañana siguiente me desperté solo en la cama. El lado de Valeria estaba frío desde hacía rato.

Escuché voces provenientes del cuarto de huéspedes, mezcladas con otros sonidos que no necesitaban traducción. Me levanté sin hacer ruido y caminé por el pasillo. La puerta estaba entreabierta.

—¿Y no te dijo nada? —preguntó Diego.

—No hizo falta —respondió Valeria. Podía escuchar el movimiento lento y regular de la cama—. Lo tomé de la nuca y él vino solo. Ni siquiera opuso resistencia.

—No me lo hubiera imaginado.

—Yo hace tiempo que sí. Hay hombres que lo llevan dentro y no lo saben. Marcos es uno de ellos.

Me quedé parado en el pasillo con esas palabras dando vueltas en mi cabeza. No me sentí expuesto ni humillado. Me sentí visto por primera vez en mucho tiempo.

Empujé la puerta un poco más. Valeria estaba boca abajo y Diego estaba encima de ella, moviéndose despacio. Los dos me miraron al mismo tiempo cuando entré.

—Buenos días —dijo Diego, sin cambiar el ritmo.

—Buenos días —respondí, y me quedé parado junto a la puerta sin saber qué hacer con las manos.

—Cierra la puerta —dijo Valeria—. Y acércate.

Me acerqué. Diego se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Valeria se sentó a su lado. Extendió la mano hacia mí y yo la tomé sin pensarlo. Me senté entre los dos, con Diego a mi derecha.

—Anoche aprendiste algo —me dijo Valeria—. Esta mañana hay otra cosa.

Me tomó de la nuca de nuevo. Esta vez me dirigió hacia Diego.

Tenía la respiración acelerada y los labios apretados. La erección de Diego estaba a pocos centímetros de mi cara. Llevaba años imaginando algo parecido a eso sin haber podido decírselo a nadie, ni siquiera a mí mismo.

—Abre la boca, Marcos —dijo Valeria.

Lo llevaba en las venas. Siempre lo había sabido.

Abrí la boca.

Diego entró demasiado rápido y me dio arcadas. Me aparté, tosí un par de veces, y Valeria me frotó la espalda con la palma.

—Respira —dijo—. Sin prisa. Nadie nace sabiendo.

Diego esperó con una sonrisa sin crueldad, simplemente satisfecha. La segunda vez fui yo quien marcó el ritmo. Tomé el control con las manos, aprendí la distancia adecuada, encontré la cadencia. Era algo instintivo, como si el cuerpo supiera lo que tenía que hacer mucho antes de que la cabeza terminara de procesarlo.

—Aprende rápido —dijo Diego al cabo de un rato.

—Lo sabía —respondió Valeria. Y luego, dirigiéndose a mí—: ¿Te gusta?

—Sí —respondí con dificultad, y los dos se rieron.

—Ahora somos los dos —dijo Valeria—. Sus dos putitas.

No protesté. Era exactamente lo que éramos.

***

Después de un rato, Diego me hizo a un lado con suavidad y se colocó detrás de Valeria, que ya estaba en cuatro sobre la cama. La penetró despacio y ella soltó un gemido largo que llenó toda la habitación.

—Colócate debajo de ella —me indicó Diego—. Boca arriba.

Obedecí sin cuestionar. Me deslicé debajo de Valeria y quedé mirando hacia arriba, con su vientre sobre mi cara y las embestidas de Diego vibrando a través de todo el cuerpo de ella. Desde esa posición lo veía todo: el movimiento largo y cadencioso, la tensión en sus muslos, el punto exacto donde Diego entraba y salía.

Saqué la lengua. Con cada movimiento de él, la piel de Valeria rozaba mi cara. Intenté darle placer a ella con mi boca, pero el ritmo de Diego no me dejaba hacer nada ordenado. No importaba. Estar ahí ya era suficiente.

Entonces Diego sacó la erección de Valeria y la dirigió directamente a mi boca.

Yo la recibí sin dudar.

Valeria gimió desde arriba.

—Dios —susurró—. Marcos, no pares.

Diego la penetró de nuevo. Al rato la sacó y me la dio otra vez. Se convirtió en un ritmo: ella, yo, ella, yo. Un intercambio que los tres empezamos a anticipar de manera instintiva. Valeria se arqueaba con cada transición. Yo no pensaba en nada excepto en estar presente en ese vaivén, en pertenecer a ese ritmo.

Cuando Diego llegó al orgasmo fue dentro de Valeria, con un gemido grave y sostenido que ella acompañó con el suyo.

Se quedaron quietos unos segundos. Luego Diego se retiró despacio.

Yo ya sabía qué tocaba. No necesitaba que nadie me lo dijera.

Valeria se estremeció cuando la toqué con la lengua. Me aferré a sus caderas y no paré hasta que ella tuvo el segundo orgasmo de la mañana.

—Eres mi favorito —me dijo desde arriba, con la voz todavía temblando—. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí —respondí.

—Hacemos un buen equipo los tres —dijo Diego, recostándose al costado de la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza—. No lo cambiaría por nada.

Nadie discutió eso.

***

Eso fue hace nueve meses.

Diego viene a casa dos o tres veces por semana dependiendo de su agenda. Hay noches en las que Valeria me pide que me quede en el cuarto de invitados, y yo lo hago sin cuestionarlo. Hay otras noches en las que participamos los tres. La distribución depende de ella, y yo dejé de tener opinión al respecto en algún momento que no recuerdo con precisión.

El cambio más difícil de describir no fue la primera noche, ni la segunda, ni el momento en que Diego entró por primera vez al cuarto de matrimonio como si fuera el suyo. Fue cuando me di cuenta de que era yo quien le abría la puerta cuando llegaba, quien le preguntaba si quería tomar algo, quien se aseguraba de que la cena estuviera lista antes de que él y Valeria se retiraran.

Nadie me lo pidió. Simplemente ocurrió.

Valeria lo notó una noche mientras me acariciaba el pelo con esa costumbre que había desarrollado desde aquella primera vez.

—Me gusta cómo están las cosas ahora —dijo.

—¿Cómo están las cosas? —pregunté.

—En su lugar. Diego sabe cuál es el suyo. Tú sabes cuál es el tuyo. Yo sé cuál es el mío.

No respondí. Tenía razón.

Lo que no esperaba, cuando todo esto empezó, era que me resultaría más fácil con el tiempo y no más difícil. Pensé que cada vez que Diego tocara el timbre sentiría algún tipo de conflicto que tendría que suprimir. No fue así. Con cada visita, su presencia en nuestra casa fue volviéndose más natural. Primero lo esperaba con resignación. Después con neutralidad. Después con algo que se parecía demasiado a las ganas para no llamarlo por su nombre.

Valeria también lo notó.

—Te gusta que venga —me dijo, no como pregunta sino como observación.

—Sí —admití.

—¿Qué es lo que más te gusta?

Pensé antes de responder. No quería decir nada que sonara falso ni tampoco nada que sonara calculado para quedar bien.

—Que todos sabemos qué somos —dije al final—. Que no hay nada que disimular.

Valeria asintió lentamente.

—Es la primera vez en años que tengo esa sensación —dijo—. Claridad total.

Esa palabra se me quedó dando vueltas varios días.

***

La última vez que Diego vino llegó temprano. Yo estaba en la cocina cuando escuché su voz en el pasillo.

—¿Cómo estás? —me preguntó mientras entraba.

—Bien. Valeria está en el dormitorio.

—¿Cocinaste algo?

—Hay estofado en el horno.

Sonrió con naturalidad y se sentó en la silla de siempre.

—Eres el mejor, Marcos.

No sé por qué eso me pareció más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera pasado entre los tres. Quizás porque era completamente ordinario. Quizás porque hacía meses que lo era, y yo ya no intentaba analizar por qué eso me resultaba bien.

Pusimos la mesa juntos. Llamamos a Valeria. Cenamos los tres.

Después de cenar, yo me fui al cuarto de invitados.

Me quedé en la oscuridad escuchando los sonidos que venían del dormitorio. No pude evitarlo.

Y no quise hacerlo.

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Comentarios (6)

LucasBsAs77

tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final!!!

MartinaRosario

Por favor una segunda parte!! Me quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos despues de esa noche.

JuanDiegoBaires

Me recordo a una situacion parecida que viví hace un tiempo. Esa mezcla de sorpresa y adrenalina que describis es exactamente así. Muy bien narrado.

NadiaVR

Lo lei en voz alta con mi pareja jaja, quedamos los dos en silencio al terminar. Excelente!!

Tomas_VLP

¿Siempre supiste que iba a terminar asi o fue una sorpresa para vos tambien?

Felipe_333

Que envidia sana jajaja. Alguna vez en la vida quisiera vivir algo así. Muy buen relato, sigue asi!

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