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Relatos Ardientes

La apuesta nocturna que Camila no debió aceptar

Camila se miró por última vez en el espejo del baño, ajustándose el pantalón de cuero negro hasta que quedó pegado a las piernas como una segunda piel. El top rojo le marcaba los pechos y el labial del mismo color le daba ese aire de mujer recién divorciada que ya no le pedía permiso a nadie. Hacía apenas tres semanas que había firmado los papeles con Sergio.

Esta noche no me quedo en casa otra vez.

El celular vibró sobre el lavabo. Era Lucía.

—Cami, bajá ya. Mateo está dando vueltas a la manzana porque no encuentra dónde estacionar.

—Salgo. Estoy poniéndome los tacos.

—Apurate. Y avisame si querés que me cambie. Tengo un vestido bordó nuevo que está peligroso.

—Ponételo. Si vamos, vamos a fondo.

Mateo la había estado tentando con esa salida desde hacía días: dos amigos de él, dos oficiales jóvenes con ganas de descontrolarse un viernes. Después del divorcio, cualquier excusa era buena para no dormir sola otra vez.

***

El auto que las pasó a buscar no era el que Camila esperaba. Una SUV gris reluciente, con las llantas negras y el interior impecable. Mateo manejaba con esa sonrisa de chico travieso que se le marcaba en una sola comisura.

—¿Y este lujo? —preguntó Lucía al subirse adelante—. ¿Te tocó la lotería?

—Cuotas, hermosa. Pero el préstamo lo paga el Mateo del futuro —contestó él, y giró la cabeza para presentar al hombre que ocupaba el asiento trasero, justo al lado de Camila—. Chicas, este es Damián. Trabaja conmigo. Es el mejor que hay.

Damián tenía la piel oscura, los ojos almendrados y una camisa de seda blanca que parecía recién planchada. Olía a colonia cara y a algo más, a una promesa difícil de nombrar. Camila sintió que algo le bajaba por la espalda cuando él le dio la mano y se la sostuvo un segundo más de la cuenta.

—Mucho gusto —dijo él con una voz grave que no necesitaba alzarse—. Mateo me habló bien de vos.

—¿Cosas buenas, supongo?

—Las suficientes para que aceptara la cita.

***

El boliche estaba lleno hasta la puerta, pero Mateo apenas saludó al patovica y la fila se abrió. Adentro, el bajo retumbaba en el pecho y las luces violetas convertían cada cara en una versión más peligrosa de sí misma. Pidieron cuatro tragos en la barra y enseguida se separaron en parejas, como si el plan ya hubiera sido escrito antes de salir.

Damián guio a Lucía a la pista cuando el DJ tiró un tema de salsa. Camila los vio bailar de reojo: él la sostenía de la cintura con una técnica que no se aprendía en dos clases, y Lucía reía con la cabeza echada hacia atrás. Mateo, mientras tanto, se acercó a Camila por el costado y le dejó la mano en la cadera.

—¿Cómo viene la soltería?

—Mejor que el matrimonio. Eso ya es mucho.

—Te dije que te iba a hacer olvidar el mal sabor.

—Decir es una cosa, Mateo. Demostrar es otra.

Él soltó una carcajada ronca y le pegó la boca al oído.

—Aguantá un poco más. La noche todavía no empezó.

Antes de que Camila pudiera contestar, una mano la agarró del brazo desde atrás y la giró bruscamente. Sergio. Su exmarido tenía la camisa abierta hasta el ombligo, los ojos rojos y un tufo a whisky barato pegado al aliento.

—Mirá vos, Camila. ¿Acá venís a mostrarte? ¿Con quién dejaste al nene?

—Está con mi mamá. Y vos no tenés que pedirme cuentas más, Sergio. Andate.

—¿Andate? ¿Cuánto te dura el luto, eh? ¿Una semana?

Mateo se metió en el medio sin dejar de mirarlo a los ojos. La voz le bajó tres tonos y se volvió helada.

—Flaco, escuchame bien. Estás molestando. Date vuelta y desaparecé antes de que te explique cómo lo hacemos en mi laburo.

Sergio metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja. El clic de la hoja al abrirse cortó la música para todos los que estaban a tres metros a la redonda. Antes de que Mateo reaccionara, Damián apareció por detrás, le atrapó el brazo y se lo torció hacia la espalda con un movimiento seco. Sergio aulló y el cuchillo cayó al piso.

—Quedate quieto, Sergio. Ya la cagaste suficiente.

Dos patovicas se acercaron a los pocos segundos y se llevaron al exmarido a rastras. Camila se quedó temblando, pero no era de miedo. Era otra cosa. Mirar a esos dos hombres ponerle un freno a alguien que durante seis años la había hecho sentir invisible le calentó algo en el centro del estómago.

—Tranquila, ya pasó —le dijo Mateo, acariciándole la mejilla—. Ese tipo es pasado. Hoy estás con nosotros.

***

A las tres de la mañana el boliche ya no daba más. Mateo le hizo una seña a Damián desde la barra y, un minuto después, los cuatro estaban afuera esperando la SUV. Lucía tenía los labios brillantes de tanto beso, y Damián la rodeaba por la cintura como si fuera dueño de cada centímetro de ella.

—¿A dónde vamos? —preguntó Camila, ya con un cosquilleo entre las piernas que le costaba disimular.

—A casa de Damián —contestó Mateo—. Tiene un departamento en el piso once con vista. Y nosotros tenemos hambre todavía.

El viaje fue corto. Adentro del auto, Damián le metió la mano por debajo del vestido a Lucía sin esperar nada, y ella soltó un gemido sordo que ahogó contra el cuello de él. Camila, en el asiento trasero, sintió que Mateo la atraía y le mordía el labio inferior. Le pasó la lengua por el cuello, por el hueco de la clavícula, por el inicio del escote. Para cuando frenaron en la puerta del edificio, Camila ya estaba mojada hasta el alma.

***

El departamento de Damián era un templo. Pisos de madera oscura, sillón de cuero negro, una mesa baja de mármol en el centro y todo en su lugar exacto, como si nadie viviera ahí. Olía a sándalo y a algo limpio que Camila no supo nombrar.

—¿Y el caos del que hablabas? —preguntó Lucía, sacándose los tacos sin pedir permiso.

—Te mentí —admitió Damián, sirviendo cuatro vasos de gin—. Pero algo me dice que esta noche el caos lo ponemos entre los cuatro.

Mateo, mientras tanto, había encontrado un mazo de cartas en una repisa. Lo agitó en el aire con esa sonrisa de pibe que sabía que iba a ganar.

—Strip póker. ¿Qué dicen las nenas?

—Ustedes son tramposos —protestó Lucía—. Nos van a dejar en bolas en cinco minutos.

—Si pierden, tampoco está tan mal —murmuró Camila, mirando a Damián a los ojos. Él levantó el vaso en silencio, brindándole con la mirada.

Empezaron sentados alrededor de la mesa baja. La primera mano la perdió Damián. Se sacó la camisa de seda con una calma exasperante y dejó al aire un torso fibroso, marcado, con una cicatriz delgada que le cruzaba el costado izquierdo. Lucía se relamió sin disimular.

La segunda la perdieron las chicas. Lucía dejó caer el vestido bordó y quedó en un conjunto de encaje negro pegado a la piel. Camila se sacó los tacos y, dos manos después, el pantalón de cuero. Sintió la alfombra fría bajo los pies descalzos y un escalofrío que no era de frío. Mateo se acercó por detrás y le pasó la nariz por el cuello.

—Sabés a peligro, Camila. Y me encanta.

***

Cuando solo quedaban las prendas mínimas, Mateo dejó las cartas sobre la mesa con un golpe seco.

—Última mano, chicas. La definitiva. Si perdemos nosotros, salimos a correr en bolas a la avenida. Que nos vea el barrio entero.

—¿Y si perdemos nosotras? —preguntó Lucía, con la voz pastosa.

—Nos hacen un oral acá mismo, las dos —contestó Damián, sin sacarles los ojos de encima—. Sin escalas.

Camila y Lucía se miraron. Ninguna de las dos sonreía. Se levantaron al mismo tiempo y se fueron al balcón, cerrando la puerta de vidrio detrás. Afuera, el aire fresco de la madrugada les puso la piel de gallina.

—Estamos locas si aceptamos —susurró Camila.

—Estamos peor si no aceptamos —contestó Lucía, mirándola fijo—. ¿Vos estás viendo a esos dos? Yo no me vuelvo a casa con un consolador esta noche, te juro.

Que sea lo que sea.

Volvieron al living con la decisión pintada en la cara. Mateo repartió. Hubo un silencio de esos que duelen. Lucía mostró un par de damas. Camila bajó la última carta: un dos de tréboles. Mateo levantó las suyas con una calma cruel: escalera al as.

—Bueno, chicas —dijo Damián—. Acá empieza la otra parte de la noche.

***

Camila se arrodilló sobre la alfombra entre las piernas de Mateo. Le bajó el bóxer con los dientes, sin urgencia, mirándolo a los ojos. Él le agarró el pelo y le acomodó la cara contra la erección con una firmeza que no admitía duda. Camila abrió la boca y se lo metió hasta el fondo, sintiendo el calor llegarle a la garganta. Mateo soltó un quejido que le vibró en el pecho.

—Putita, qué bien lo hacés.

Al lado, Lucía hacía lo suyo con Damián. Tenía las manos apoyadas en los muslos oscuros de él, la cabeza subiendo y bajando con un ritmo lento, casi devoto. Damián le acariciaba el pelo rojo con una mano y con la otra le bajaba el sostén de a poco, hasta que los pezones quedaron al aire.

Mateo le agarró la cara a Camila y se la levantó.

—Vení para arriba.

La sentó sobre él, mirando hacia Damián y Lucía. Le bajó la tanga roja con dos dedos y la guio hasta que ella se hundió en su erección de una sola vez. Camila echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito largo, áspero. Mateo le apretó las caderas y empezó a marcarle el ritmo desde abajo.

—Mirá a tu amiga, Camila. Mirala bien.

Lucía se había acomodado contra el brazo del sillón, de espaldas a Damián, que la sostenía por la cintura y la penetraba sin tregua. Tenía el pelo rojo desparramado sobre el cuero negro y los pechos sacudiéndose en cada empujón. Cuando vio que Camila la miraba, le tiró un beso al aire.

—¡Esto es para vos, Cami! —gritó Lucía, riéndose entre jadeos.

***

En algún momento se mezclaron. Mateo se levantó con Camila colgada de la cintura y la dejó sobre el sillón, al lado de Lucía. Las dos quedaron de cara, abrazadas, mientras los hombres se posicionaban detrás. Camila sintió que Mateo le mordía la nuca y entraba con una embestida lenta, profunda, que le sacó un quejido contra la boca de Lucía. Su amiga se le acercó y la besó: las lenguas, los labios pintados, el gusto al gin de los dos, todo se hizo una sola cosa.

—Estás tan rica —le susurró Lucía, pasándole una mano por el pecho y apretándole el pezón—. No quiero que esto termine.

—No termina todavía.

Detrás, Mateo y Damián se intercambiaron sin avisar, y a Camila la cabeza ya no le daba para distinguir cuál era cuál. Solo sentía dos manos grandes en las caderas, una boca caliente en la espalda y a Lucía adelante, besándola, sosteniéndola. El aire del departamento se había cargado tanto que cada respiración pesaba.

—¡Me vengo, Mateo... me vengo! —gritó Lucía, arqueándose con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.

Camila sintió que el orgasmo le subía como una ola desde el fondo. Apretó la boca contra el hombro de Lucía y se dejó ir, mordiendo, gimiendo, sin que le importara nada de lo que hubiera afuera de ese living.

***

El reloj del horno marcaba las ocho cuando los cuatro se metieron en la ducha. El agua les caía encima mientras se reían bajo, agotados, dándose besos lentos que ya no buscaban nada. Camila se apoyó en el pecho de Damián y dejó que él le pasara los dedos por el pelo. Mateo le mordía el cuello a Lucía con una ternura que parecía mentira después de toda la noche.

Cuando salieron, cada uno se vistió en silencio. Damián abrazó a Mateo con una palmada y se despidió de las chicas con un beso en la mejilla. Mateo las llevó a cada una a su casa. Camila iba apoyada contra el vidrio del auto, con los ojos cerrados y una sonrisa que no se borraba.

—¿Volvés? —le preguntó Mateo cuando llegaron a la puerta de su edificio.

—No sé. Capaz que sí. Capaz que no.

—Avisá. La próxima la armo yo otra vez.

Camila bajó del auto sin contestar. Subió las escaleras lentamente, sintiendo cada músculo. Antes de meterse en la ducha por segunda vez, miró el celular y sonrió. Un mensaje de Lucía, recién mandado: «Cami, no me lo puedo creer. ¿Cuándo de nuevo?». Camila lo dejó ahí, sin contestar todavía. Después de seis años de matrimonio gris, esa pregunta era todo lo que necesitaba leer esa mañana.

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Comentarios (7)

Ramiro27

Increible, uno de los mejores relatos que lei aca en mucho tiempo!!! gracias

Lula_87

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo esto jaja

Caro_Mdq

No vi venir lo del exmarido para nada, eso estuvo brillante. Muy bien escrito y muy creible

MisterVegas99

La apuesta mas cara de su vida jajaja tremendo final

SilviaCBA22

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años. No fue tan intenso claro jaja, pero esa sensacion de no saber como va a terminar la noche... eso lo entiendo bien. Muy bueno el relato

CuriosaSiempre

Esto es real o es ficcion? porque se lee demasiado autentico, me dejo pensando un rato

Pepo

buenisimo!!! segui subiendo por favor

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