Salí sola a bailar bachata y terminé en un trío
Soy Valeria y esto que voy a contar me pasó de verdad. Lo escribo porque sigo sin poder contárselo a nadie de mi entorno y necesito que exista en algún lugar, aunque sea en estas líneas.
Tengo 46 años, soy morocha, de altura mediana y con un cuerpo que me cuesta mantener pero que me da resultados visibles. Estaba recién separada en ese entonces, apenas tres meses después de que mi matrimonio de doce años llegara a su fin de manera oficial. No fue una separación dramática. Fue una de esas separaciones silenciosas que terminan por desgaste, por ausencia, por el peso de todo lo que ya no se decía. Cuando quedó todo firmado, mis amigas me insistieron en que saliera, en que me mostrara, en que recordara quién era yo antes de ser la esposa de alguien.
El primer paso fue volver al gimnasio. Ahí fue donde volví a ver a Mateo.
Mateo es colombiano, tiene 27 años y ese acento que hace que cualquier cosa que diga suene como una promesa de algo mejor. Lo había conocido varios meses antes en las clases de salsa de los sábados. Era simpático, atento, siempre disponible para practicar. Nunca hubo nada explícito entre nosotros, pero existía esa tensión invisible que se instala entre dos personas cuando se gustan y ninguna da el primer paso. Bailamos juntos muchas veces en las clases. Reímos. Nada más.
A principios de noviembre, el gimnasio avisó de un evento especial de bachata en un salón del centro de Córdoba. Mateo me mandó un mensaje preguntando si iría. Le respondí que sí sin pensarlo demasiado.
Fui sola.
***
Llegué veinte minutos antes de la hora indicada. El salón todavía estaba cerrado y, mientras esperaba en la entrada, empezó a llover. Una lluvia repentina, de esas de noviembre que no avisan. Me cubría como podía bajo un alero estrecho cuando llegó Mateo, también solo.
—¿Qué hacés acá parada? —preguntó al verme, con esa sonrisa amplia que tenía cuando algo le causaba gracia.
—Esperando que pare. ¿Y vos?
—Lo mismo. Pero mirá cómo quedaste.
Tenía razón. El vestido negro que me había puesto, ajustado y sin mangas, se me había pegado al cuerpo con la humedad. Nada quedaba muy oculto en ese momento. Le dije que iba al auto a acomodarme un poco, que tenía el bolso con algunas cosas. Él se ofreció a acompañarme.
Caminamos rápido hasta donde había estacionado, a media cuadra. Mateo se sacó la campera y me la puso encima sin preguntarme. El gesto me pareció tierno de una manera que no esperaba. Me calentó el pecho.
Cuando llegamos al auto, el agua corría por la vereda con fuerza. Abrir la puerta sin pisar un charco profundo era imposible. Le pedí que me ayudara. Mateo me tomó de la cintura para que pudiera apoyar el pie en el umbral del auto. Quedé en equilibrio inestable, inclinada hacia él, y en el movimiento para estabilizarme su mano terminó presionando entre mis muslos.
Fue un segundo. Quizás menos. Ninguno de los dos lo mencionó.
Pero algo se puso en marcha en ese momento que no iba a detenerse fácilmente.
***
El evento empezó pasadas las diez. El salón estaba lleno, con la música envolviendo cada rincón y la pista ya ocupada desde el principio. Nos mezclamos con la gente, pedimos algo de tomar y pronto nos pusimos a bailar.
La bachata no permite distancia. Los cuerpos tienen que estar cerca para que funcione. Hay que leer al otro, anticiparlo, ceder y guiar al mismo tiempo. Mateo sabía lo que hacía. Con más confianza que en las clases del gimnasio, con más intención en cada movimiento. Cada vuelta me dejaba rozando su torso. Cada pausa en el ritmo la aprovechaba para presionar su mano contra mi espalda baja, un centímetro más abajo que la vez anterior.
Entre trago y trago, fui perdiendo el pudor que me había traído desde casa.
Hubo un momento en que bailábamos muy juntos y sentí algo duro contra mi cadera. No dije nada. Él tampoco. Seguimos moviéndonos en el ritmo de la música como si nada hubiera pasado, pero algo había cambiado entre los dos. Era un acuerdo sin palabras, el tipo de acuerdo que no necesita ser pronunciado para ser real.
Cerca de la medianoche le propuse salir a tomar aire. Fuimos a una terraza lateral, más tranquila, con mesas vacías y luces tenues. Me apoyé en la baranda. Mateo se quedó de pie a mi lado, muy cerca, con el hombro rozando el mío.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien —dije.
Y me giré y lo besé.
Tardó exactamente un segundo en responder. Después de ese segundo, me tomó de la cara con las dos manos y me besó con una atención que hacía mucho tiempo que no recibía. Sin apuro pero sin timidez. Con ganas reales, no con la cortesía automática de alguien que cumple.
—¿Nos vamos? —dijo cuando nos separamos.
—Sí —respondí.
***
El hotel alojamiento quedaba a pocos minutos en auto. Hablamos poco en el camino. Había algo que conservar en ese silencio, una tensión acumulada durante horas que no convenía gastar en conversación.
Adentro de la habitación, Mateo fue directo pero no brusco. Me besó el cuello mientras me quitaba la campera prestada. Yo le saqué la camisa. Tenía el cuerpo de alguien que entrena de verdad: espalda amplia, abdomen liso, piel oscura y suave al tacto. Me tomé un momento para mirarlo antes de empujar sus hombros hacia la cama.
—¿Qué? —preguntó, con una sonrisa.
—Nada —dije.
Lo que vino después fue largo e intenso. Hacía meses que no tenía relaciones y no me había dado cuenta del hambre acumulada hasta que lo tuve encima de mí. Mateo fue generoso y atento, con una energía y una resistencia que me sorprendieron. Me penetró despacio al principio, midiendo mi reacción, y después con más fuerza cuando entendió lo que yo quería. Perdí la noción del tiempo. Me vine varias veces, cada orgasmo más hondo que el anterior, hasta que en algún momento pasada la madrugada me quedé quieta sobre la cama, completamente vaciada, con los brazos extendidos y la respiración lenta.
Dormimos pocas horas. Hacia las nueve de la mañana ya estábamos en una cafetería del centro pidiendo café y medialunas. Desayunamos acaramelados, con la complicidad de quienes comparten algo que no cabe en una conversación normal. La camarera nos miró con esa sonrisa de quien entiende perfectamente qué clase de noche acabábamos de tener.
—¿Qué hacés hoy? —preguntó Mateo, untando manteca en la medialuna.
—Nada. Tengo todo el domingo libre.
—¿Querés venir a mi departamento?
Dudé exactamente dos segundos.
—Sí —dije.
***
El departamento quedaba a diez minutos en auto. Era un dos ambientes ordenado, con ropa de entrenamiento colgada en una silla y un par de zapatillas en la entrada. Lo recorrí con la mirada sin curiosear demasiado. Fuimos directo a la habitación.
Esta vez fue diferente. La mañana tiene otra calidad de luz y otra cadencia. Sin la urgencia de la noche anterior, todo fue más lento, más explorado. Yo estaba desinhibida de una manera que hacía años que no me permitía. Me moví sin calcular. Hice ruido sin contenerme. Pedí lo que quería. Él escuchó y respondió.
Teníamos el parlante puesto con la música bastante elevada.
En un momento que no supe exactamente cuándo empezó, sentí una mano en mi cadera. Una mano que no era la de Mateo.
Me quedé quieta una fracción de segundo. El corazón se me aceleró de golpe.
Mateo me tomó suavemente de la cara. Me miró a los ojos sin que hubiera nada amenazante en su mirada, solo una pregunta implícita que esperaba mi respuesta.
—Tranquila —dijo en voz baja—. Disfrutá.
Era Rodrigo. El compañero de departamento. Lo había visto brevemente la noche anterior, cuando había aparecido en el evento a buscar a Mateo para pedirle que lo acercara en auto. Morocho, más alto, de hombros anchos. No lo vi en ese momento. Lo sentí.
Su mano recorrió mi espalda con una lentitud deliberada que me erizó la piel de la nuca a la cintura. Después mi cadera. Después más abajo. Cada movimiento era cuidadoso, como si me estuviera preguntando sin palabras si podía continuar.
Podía continuar.
Debería haber dicho algo. Debería haber parado, pedido una explicación, tomado el control de lo que estaba pasando. Pero mi cuerpo ya había decidido antes que mi cabeza terminara de procesar la situación. Y la decisión fue quedarme exactamente donde estaba, sin moverme, dejando que esa mano siguiera su camino.
Me entregué a esa doble atención de una manera que no tenía nombre para mí. Dos bocas en lugares distintos de mi cuerpo al mismo tiempo. Cuatro manos moviéndose sin estorbarse, como si supieran exactamente dónde ir. Dos cuerpos distintos alrededor del mío, coordinados de una manera que me hizo pensar que no era la primera vez para ellos, pero que definitivamente era la primera para mí.
No había espacio para pensar. Solo para sentir.
Rodrigo entró en mí por detrás con una lentitud que me obligó a aferrarme a las sábanas. Fue una sensación de plenitud que no supe cómo describir en ese momento y que tampoco sé describir ahora con exactitud. Sentí que estaba más allá de lo que podía manejar y al mismo tiempo que era exactamente donde quería estar.
Me escuché a mí misma haciendo sonidos que no reconocí como propios.
Lo que vino después fue una secuencia larga y confusa de sensaciones superpuestas. Los dos se movían, se turnaban, se comunicaban entre sí con palabras breves que yo apenas registraba. En algún momento me vine con una intensidad que me dejó sin fuerza en las piernas durante varios minutos. Cuando creí que ya no podía más, el cuerpo encontró una reserva que no sabía que tenía y me vine otra vez.
Hacia las dos de la tarde todo terminó.
Me vestí despacio, sentada al borde de la cama. Mateo me trajo un vaso de agua sin que se lo pidiera. Rodrigo salió de la habitación sin mirarme directamente, lo cual agradecí.
—¿Estás bien? —me preguntó Mateo, sentándose a mi lado.
—Sí —dije. Y era completamente verdad.
***
Manejé de vuelta a casa con el cuerpo completamente desmantelado. En cada semáforo en rojo cerraba los ojos un segundo y sentía todavía el eco de lo que había pasado. Las manos. La música. El peso de los dos moviéndose sobre mí y a mi alrededor.
Llegué, puse la ropa en el cesto, me duché durante veinte minutos con el agua bien caliente y me tiré en la cama.
Dormí de corrido hasta las siete de la tarde.
Cuando me desperté, lo primero que hice fue esperar la culpa. La esperé con cierta resignación, como si fuera algo inevitable que llegaría tarde o temprano. Pero no llegó. Lo que sentí fue algo más parecido a la satisfacción tranquila de haber hecho algo que era completamente mío. Algo que no le hacía daño a nadie, que no tenía que explicarle a nadie, y que me había devuelto una parte de mí misma que yo no sabía que se había perdido en esos doce años de matrimonio.
No volví a hablar con Rodrigo. Con Mateo intercambiamos algunos mensajes esa semana, ninguno demasiado cargado de expectativa. Los dos entendimos, sin necesitar decirlo, que había sido lo que había sido: una noche excepcional que no necesitaba convertirse en otra cosa para ser valiosa.
Sigo yendo al gimnasio los sábados. Sigo bailando salsa. Y cuando Mateo y yo coincidimos en la pista y nos ponemos a bailar juntos, lo hacemos con esa tensión cómoda de siempre, esa que no tiene nombre y que ninguno de los dos nombra.
Pero los dos sabemos lo que hay.