Lo que Valeria aprendió en su primer trío
En nuestra oficina el silencio era casi una norma escrita. Treinta personas frente a sus pantallas, el sonido sordo del aire acondicionado, el tecleo interrumpido de vez en cuando por el teléfono. Roberto Garza era el tipo de jefe que no necesitaba levantar la voz para que todo funcionara. Bastaba con que apareciera en el umbral de su despacho y las conversaciones se cortaban solas.
Yo lo conocía de otra manera.
Llevábamos meses sin nombrar lo que había entre nosotros. Un mirar que duraba un segundo más de lo necesario, un roce de manos al pasar documentos, la manera en que su secretaria Elena me desabrochaba los dos botones superiores de la blusa antes de cada visita, como si fuera lo más natural del mundo. Nadie lo comentaba. Todos lo sabían.
Aquel martes me llamó a su despacho.
Elena me interceptó en el pasillo. Sin decir nada, extendió la mano y me desabrochó los botones. Me recolocó un mechón de cabello detrás de la oreja y me guiñó un ojo. Yo dejé que lo hiciera. Era una costumbre ya, parte de un ritual que nadie había diseñado pero todos respetaban.
Entré con la carpeta. La puerta debía quedarse abierta, era la norma. Roberto señaló el lado del escritorio donde debía dejar los papeles, el lado que me obligaba a quedarme de pie junto a él. Deposité los documentos y sentí su mano sobre mi muslo sin aviso previo. No subió despacio: lo hizo con decisión, como alguien que ya conoce el camino. Sus dedos treparon por debajo de la falda, apartaron el borde del calzón y encontraron mi coño ya húmedo, empapado desde el pasillo, desde que Elena me había desabrochado la blusa.
—¿Sientes bonito? —preguntó sin levantar la vista de los papeles.
—Sigue —respondí, con la voz apenas audible—. Solo vigila que Elena no aparezca de pronto.
—Elena sabe exactamente dónde está y qué está haciendo —dijo, y sonrió.
Metió dos dedos de un solo empujón. Sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo el escritorio me quedó de pronto demasiado bajo para sostenerme. Me apoyé en el borde con la mano libre, la otra apretando la carpeta como si fuera un ancla. Él movía los dedos con una lentitud calculada, sacándolos brillantes de jugo y volviéndolos a hundir hasta los nudillos. Con el pulgar me buscó el clítoris y empezó a girarlo en círculos pequeños, apretados, mientras yo mordía por dentro el labio para no soltar un solo sonido.
—Estás chorreando, mi vida —murmuró—. Te vas a mojar la falda si sigues así.
—Cállate —susurré—. Cállate y sigue.
Se rió bajito, sin sacar los dedos. Los curvó hacia arriba y me tocó un punto que me hizo apretar los muslos en un espasmo involuntario. Sentí que se me venía encima un orgasmo pequeño, sucio, de oficina, del que no puedes hacer ruido. Cuando llegó, apreté los dientes y le clavé las uñas en el antebrazo con la mano que no sostenía la carpeta. Él siguió moviendo los dedos hasta que mi coño terminó de temblar, y solo entonces los sacó, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno sin dejar de mirar los papeles.
Confirmado, entonces. Ella lo cubría, él la tenía informada. Me había imaginado algo así desde hacía meses. Curiosamente, no me molestó. Al contrario: me alivió. Significaba que podíamos ser menos cuidadosos.
Cuando me pidió que me quitara el brasier sin que nadie nos viera, le di instrucciones en voz baja. Él metió la mano por la espalda, yo jalé por delante. Funcionó a la perfección. Tuvimos que separarnos en el momento justo en que Elena apareció con unas copias. Continuamos hablando de los informes como si nada, aunque yo notaba el peso diferente de la blusa sobre mi piel, el aire más fresco contra el pecho, y todavía el rastro pegajoso de sus dedos bajándome por el interior del muslo.
Antes de salir le mencioné la reunión de cumpleaños en casa de la esposa de Diego, el de la joyería. Una reunión pequeña, gente de confianza.
—Mañana te paso los datos —le dije, y cerré la carpeta sin esperar su respuesta.
***
Fue por esa época que empecé a hablar más seguido con Valeria.
La había conocido tres meses antes. Era alta, de piel muy blanca, con esa clase de belleza que desconcierta porque parece no ser consciente de sí misma. Trabajaba en contabilidad, se vestía bien, aunque su cabello siempre le quedaba un poco raro: recogido de una manera que no le favorecía nada. Carmen, mi amiga del salón de la colonia, le había propuesto un cambio. Valeria dudaba siempre.
Con el tiempo nos habíamos acercado. Me hacía preguntas que al principio me sorprendieron.
—¿Cómo sabes cuándo un hombre quiere algo más? —me preguntó una tarde en el cafecito de siempre.
La miré.
—¿Qué pasó exactamente con Diego en el coctel del mes pasado?
—Nada. Estuvimos en su casa, con su esposa y otros invitados. Me retiré temprano.
—Todas pensamos otra cosa.
—Lo sé. Lo pensé yo también. Pero no supe cómo, ni si era a eso a lo que iba. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Quiero aprender. No sé qué se hace. Contigo siento que puedo preguntarlo sin que te burles de mí.
Eso me tocó de una manera que no esperaba.
Le dije que era hermosa y que tenía cualidades que no sabía aprovechar todavía. Que los hombres la miraban y ella ni se daba cuenta. Que era cuestión de empezar a prestar atención a las señales. Ella me escuchó con los ojos fijos en los míos y luego dijo algo que no olvidé fácilmente:
—Encuentro personas que me llaman la atención, hombres y mujeres. Pero ninguna me atrae como tú. Eres lo que yo siempre quise tener cerca: alguien que me enseñe sin juzgarme.
***
Esa misma tarde estábamos en su departamento. Ella se había levantado para buscar algo y cuando se giró quedamos frente a frente, muy cerca, sin que ninguna de las dos lo hubiera planeado. Nos miramos a los ojos durante varios segundos y nos besamos.
Fue un beso largo, con mordidas suaves en el labio inferior, con las manos enredadas en el cabello de la otra. Cuando nos separamos, ella soltó una carcajada nerviosa y me volvió a besar de inmediato, esta vez con más fuerza, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca.
—Estoy loca —dijo contra mi boca.
—No. Solo curiosa. Como todas.
Le desabroché la blusa botón por botón. Ella me tironeaba de la ropa con manos torpes, ansiosas. Le quité el brasier de un jalón y sus tetas quedaron libres frente a mí, blancas, redondas, con los pezones rosa muy claro ya duros como piedritas. Me incliné y le chupé uno hasta que soltó un gemido corto, sorprendido. Ella arqueó la espalda y me apretó la cabeza contra su pecho.
—Sigue —susurró—. No pares.
La empujé despacio hasta el sofá. Le levanté la falda hasta la cintura y le arranqué el calzón por un costado. Su coño estaba pelón, casi sin vello, con los labios ya inflamados y brillantes. Me arrodillé entre sus piernas y le abrí los muslos hasta el límite. Ella se cubrió la cara con las manos por reflejo.
—No te tapes —le dije—. Mírame.
Bajó las manos despacio. Cuando le pasé la lengua entera de arriba a abajo, desde la entrada hasta el clítoris, sus caderas dieron un tirón hacia arriba que casi me tira. Volví a lamerla, más despacio esta vez, saboreando cada pliegue, hundiendo la lengua entre los labios hasta encontrar el hueco tibio y meterla ahí. Ella empezó a jadear en voz alta, sin poder controlarse.
—Dios mío, dios mío, dios mío —repetía.
Le tenía metido un dedo que movía despacio mientras con los labios le acariciaba el clítoris, chupándolo como si fuera un pezón pequeñito. Metí un segundo dedo y los curvé hacia arriba, buscando el punto rugoso. Ella se retorcía, sujetaba mi cabello con una mano, apretaba y aflojaba sin control. Sentía cómo su coño me apretaba los dedos, cómo la humedad me chorreaba por la muñeca hasta el codo.
—Me vengo, me vengo, me vengo —dijo, y no era una advertencia, era ya una descripción.
Su cuerpo se puso rígido, las piernas me apretaron la cabeza, sus caderas se sacudieron contra mi boca en una serie de espasmos que la dejaron temblando. Cuando llegó al orgasmo se quedó quieta por un momento, como si el cuerpo no supiera bien qué hacer con tanta sensación de golpe. Yo no saqué los dedos. La seguí lamiendo con la lengua plana, tranquila, mientras ella terminaba de temblar.
—¿Lo hice bien yo también? —me preguntó después, todavía sin aliento, con los muslos brillantes de su propio jugo y mi saliva.
—Eres una experta —le dije, subiendo hasta besarla en la boca para que se probara.
Se rio durante un buen rato. Una risa limpia, aliviada, de alguien que acaba de soltar algo que llevaba tiempo cargando.
***
La reunión en casa de Diego fue un éxito. Valeria llegó con el cabello suelto, como Carmen le había recomendado en el salón, con un vestido entallado que dejaba ver todo lo que hasta entonces había escondido. Fue el centro de atención desde que entró. Roberto Garza la saludó muy formal y muy sorprendido: no era la misma empleada discreta que cruzaba los pasillos de la oficina con la vista baja.
Me acerqué a los dos.
—Esta noche no hay jefes ni empleadas —les dije—. ¿Entendido?
Los dos asintieron con una sonrisa.
Al terminar la reunión, Roberto propuso que fuéramos a un bar. Iríamos los cuatro: Roberto y Valeria, Carmen con su acompañante Andrés, y yo con Marcos, un amigo que también había sido invitado a la reunión. Carmen y Andrés se retiraron temprano, antes de que la segunda ronda de copas llegara. Ella, al salir, me guiñó un ojo y me deseó suerte en voz baja.
En el bar, con la música tropical de fondo y las copas encima, algo empezó a moverse entre Roberto y Valeria. Él le acariciaba el brazo sin disimulo, ella le devolvía la atención. A ratos Valeria me buscaba con la mirada, como preguntando silenciosamente si estaba bien, si debía continuar. Sí. Está bien. Continúa. Yo le hacía un gesto sutil con la cabeza y ella volvía a concentrarse en Roberto.
Marcos me habló al oído desde detrás:
—¿Qué está pasando exactamente aquí?
—Que la noche todavía no termina —le dije.
Fue Valeria quien propuso que fuéramos a su departamento. Lo dijo con una naturalidad que no esperaba de ella, como si llevara semanas practicando esa frase. Los cuatro aceptamos sin discutir.
***
Subimos por las escaleras. Valeria buscaba las llaves en su bolso, Roberto detrás de ella con las manos apoyadas en su cintura. Marcos y yo esperábamos un escalón más abajo, observándolos con paciencia.
Valeria no encontraba la llave. Del bolso cayó al suelo un pequeño estuche. Varios condones se dispersaron por el escalón de piedra.
—Los traigo siempre por precaución —dijo, muerta de risa—. Y resulta que la puerta es de combinación. Soy una idiota.
Los cuatro nos reímos. Roberto fue el primero en recuperarse.
—Nos debes una compensación por la espera —dijo.
—¿Qué les gustaría? —preguntó Valeria.
—Quítate la falda aquí mismo —le dije.
No esperaba que lo hiciera. Lo hizo.
Roberto bajó sus calzones y los guardó en el bolsillo de su saco. Yo le retiré las medias. Marcos le desabrochó la blusa y el brasier con una torpeza que todos fingimos no notar. Sus pechos blancos aparecieron en el rellano de la escalera, los pezones ya endurecidos por el frío y la expectativa mezclados. Roberto, ya con la polla afuera y a media asta, la agarró por la nuca y le empujó la cabeza hacia abajo hasta que Valeria quedó de rodillas en el rellano.
—Ábrela —le dijo.
Ella abrió la boca. Él le metió la verga entera de una sola vez y Valeria emitió un ruido ahogado que se convirtió inmediatamente en un gemido cuando empezó a chuparla. Marcos y yo mirábamos desde el escalón, sin movernos. Le vi a Valeria la nuca inclinada, los mechones de cabello cayéndole sobre la cara, la manera en que sacaba la polla brillante de saliva y la volvía a hundir, chupándola con los cachetes hundidos como si le fuera la vida en ello.
—Mejor adentro —dijo ella al fin, sacándosela de la boca con un tirón de saliva colgando—. Antes de que aparezca algún vecino.
***
En la sala, Valeria y Roberto se acomodaron en el sofá grande. Marcos y yo nos instalamos cerca, en el suelo, con nuestros propios asuntos pero sin perder de vista a la pareja. Fue una de esas noches en que todo ocurre de manera natural, sin coordinación ni instrucciones, como si cada uno supiera exactamente qué le tocaba hacer y cuándo.
Marcos me desnudó despacio, mientras Roberto sentaba a Valeria a horcajadas sobre él y le mamaba las tetas una a una. Sentí la boca de Marcos en mi cuello, en mis pezones, bajando por el vientre hasta arrodillarse frente a mí. Me abrió las piernas y me lamió el coño con avidez, con la lengua entrando y saliendo, chupándome el clítoris hasta que me temblaron las rodillas. Yo tenía una mano en su pelo y la otra libre, mirando de reojo a Valeria sentada sobre Roberto, ella acariciándose ya el coño con dos dedos, preparándose sola.
El problema llegó cuando Roberto intentó entrar en Valeria.
Ella lo detuvo con la mano, con los ojos húmedos y la mandíbula apretada. La polla de Roberto la tenía atravesada apenas por la punta, la piel del coño de Valeria estirada al máximo alrededor del glande.
—Ya sé que me va a doler —dijo—. Siempre me han dicho que soy muy estrecha. Tengo miedo.
Me acerqué y los miré a los dos.
—Cambia de posición —le dije a Roberto—. Tú abajo. Deja que ella lleve el ritmo.
Él obedeció sin discutir. Se recostó boca arriba con la verga apuntando al techo, gruesa, roja, brillante por la saliva y el jugo que ya había recogido de Valeria. Yo tomé la polla con la mano y la sostuve firme mientras Valeria se montaba encima, en cuclillas.
—Escúpele —le dije, y ella me obedeció, escupiendo una gota gruesa sobre el glande.
Extendí la saliva con el pulgar por toda la punta y guié la verga hasta la entrada de su coño. La vi bajar centímetro a centímetro, la boca abierta en una O sin sonido, los ojos cerrados en una mueca de concentración. Se detenía, respiraba, bajaba un poco más. Sentí bajo mis dedos cómo la polla desaparecía dentro de ella, cómo su coño la iba tragando pese a la estrechez.
La vi cambiar de expresión: del miedo a la concentración, y luego a algo que todavía no era placer del todo, sino la sorpresa genuina de descubrir que podía, que el cuerpo podía más de lo que ella creía. Cuando por fin se sentó del todo, con las nalgas contra las caderas de Roberto y la verga clavada hasta el fondo, soltó un gemido largo, temblado.
—Muévete —le susurré al oído—. Despacio. Adelante y atrás primero.
Empezó a mecerse. Roberto le apretaba las nalgas con las dos manos, ayudándola. Yo le acariciaba la espalda, le decía cosas al oído: eso, así, sube ahora, siéntate fuerte, sigue. Poco a poco los movimientos de Valeria se hicieron más largos, más profundos. Sacaba la polla casi entera y la volvía a hundir de golpe, hasta que los dos empezaron a jadear al mismo ritmo.
Cuando la vi dudar, le di una palmada firme en la nalga.
El grito llenó el departamento. Y el resto se acomodó solo. Valeria empezó a montar a Roberto con una fuerza nueva, saltando sobre su polla, con las tetas rebotando y el cabello pegado a la frente por el sudor.
—¡Eso fue cruel! —me dijo después, entre carcajadas y jadeos.
—Pero te funcionó —le respondí.
—Me funcionó —admitió, y soltó otra carcajada que se le cortó en un gemido cuando Roberto le clavó la verga hasta el fondo.
***
Lo que siguió fue esa clase de noche que uno recuerda por fragmentos: el sonido de la respiración de Valeria acelerándose hasta perderse en un grito, la manera en que Roberto la miraba con algo que iba más allá del deseo físico, Marcos y yo en el suelo con los cuerpos enredados en el del otro pero atentos a la pareja del sofá, como si fuera algo que no quisiéramos perdernos por nada. Marcos me tenía cogida de lado, con una pierna mía por encima de su hombro, metiéndome la verga a un ritmo pausado, sin apuro, mientras me chupaba el dedo pulgar como si fuera un pezón.
Valeria tuvo su primer orgasmo con Roberto encima. Lo anunció en voz alta, sin vergüenza ninguna, con los ojos cerrados y la espalda arqueada.
—Me vengo, me vengo, ay dios, me estoy viniendo —gritó, y su cuerpo se sacudió entero sobre la polla de Roberto, apretándolo con espasmos que le arrancaron a él un gruñido largo.
Después preguntó por el condón.
—¿Cuál condón? —le respondió Roberto.
Hubo un silencio breve. Ella se lo quedó mirando desde arriba, todavía con la polla dentro, todavía temblando.
—No importa —dijo ella. Y era verdad que ya no importaba. Empezó a moverse de nuevo, esta vez pensando en él, apretando el coño con los músculos internos cada vez que subía, chupándole la polla desde dentro hasta que Roberto le clavó los dedos en las caderas y se corrió con un rugido, llenándola de semen hasta que empezó a chorrearle por los muslos.
Más tarde la puse en cuatro sobre el sofá, con la cara hundida en un cojín y el culo bien parado en el aire. Le abrí las nalgas con las manos y le vi el coño todavía chorreando la corrida de Roberto, y más arriba el ojete apretado, virgen o casi. Ella no preguntó qué iba a pasarle. Le lamí primero el coño entero, tragándome el semen que se le escapaba, y luego subí despacio con la lengua hasta el ano, dando lengüetazos lentos alrededor, ablandándola.
—Aaah —gimió contra el cojín—. Qué es eso, dios, qué es eso.
Marcos entró primero en su coño, despacio, aprovechando la lubricación que ya tenía. Le agarró las caderas con las dos manos y empezó a metérsela hasta el fondo, con embestidas largas que le sacaban a Valeria un gemido por cada golpe. Yo miraba desde un lado cómo la polla de Marcos entraba y salía brillante, cómo el coño de Valeria se estiraba a su medida. Cuando llevaba unos minutos así, Marcos cedió el turno con una generosidad que le agradeció el cuerpo entero de Valeria, sacándose la verga y ofreciéndole el lugar a Roberto.
Cuando Roberto le llenó el ano de saliva y fue abriéndose paso con paciencia, ella abrazó un cojín del sofá y lo apretó con fuerza. Le vi al glande de Roberto empujar contra el ojete apretado, cómo el músculo cedía milímetro a milímetro hasta que la corona entró y Valeria soltó un grito ahogado en el cojín. Su espalda se arqueó hacia abajo, las piernas se abrieron un poco más.
—¿Te duele? —le pregunté.
—No pares —dijo con voz grave, irreconocible.
No paramos. Roberto empezó a moverse despacio, dando pequeños empujones, ganando cada vez un poco más de terreno, hasta que la tuvo enterrada hasta la base. Marcos, mientras tanto, le había puesto la polla contra la boca y Valeria la aceptó sin dejar de gemir por el otro lado, mamándola con esa entrega de quien ya se rindió del todo. Yo me acomodé debajo de ella, tumbada boca arriba con la cabeza entre sus muslos, y le empecé a chupar el coño abandonado mientras Roberto la seguía cogiendo por el culo. Le lamía el clítoris, sentía el peso de las tetas de Valeria contra mi vientre, escuchaba encima de mí los golpes de las caderas de Roberto contra las nalgas de ella, el sonido húmedo de la polla de Marcos entrando y saliendo de su boca.
Cuando llegó al orgasmo esa segunda vez, fue con las piernas cerradas alrededor de Roberto y los nudillos blancos sobre el cojín. El coño se le contrajo contra mi lengua en una serie de espasmos que le arrancaron un grito largo, sofocado por la verga que todavía tenía en la boca. Roberto siguió unos segundos más y se corrió dentro de su culo, sacándola despacio, dejando un hilo de semen que le bajó por el perineo hasta que yo lo recogí con la lengua. Marcos también se corrió, sobre la cara de Valeria, chorros gruesos que le cayeron en los labios, en la mejilla, en el mentón.
Después se quedó inmóvil varios segundos, con la mejilla contra el sofá y una sonrisa que no le cabía en la cara, la piel salpicada de blanco.
—Nunca había llegado hasta aquí —dijo en voz baja, para nadie en particular.
***
Hacia el final de la noche, cuando Marcos ya se había retirado discretamente murmurando algo sobre el metro, Roberto me buscó a mí.
—¿Puedo? —me preguntó.
—¿Desde cuándo me pide permiso el licenciado? —le dije.
Me recosté sobre el brazo del sofá. Él se acomodó detrás, me abrió las nalgas con una mano y con la otra guió la polla hasta la entrada de mi coño. Fue despacio esa vez, con una lentitud que no le era habitual, como si quisiera que durara. Me la metió centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena, cada latido, hasta que la tuve enterrada entera. Empezó a moverse con embestidas largas y pausadas, saliéndose casi del todo y volviendo a hundirla hasta el fondo, con una calma de quien tiene toda la noche por delante.
Nos dijimos cosas que en la oficina nunca nos decíamos. Le dije que me gustaba cómo tomaba decisiones. Él me dijo que siempre le había parecido que yo tenía más claridad que nadie en la empresa, y no se refería solo al trabajo. Me mordía el cuello, me apretaba las tetas por detrás, me susurraba al oído que llevaba meses imaginándome así.
—Cógeme más fuerte —le pedí—. No me trates como si me fuera a romper.
Y lo hizo. Me agarró del cabello con una mano y me empezó a coger con fuerza, con golpes secos que hacían chocar sus caderas contra mis nalgas. Yo apretaba el brazo del sofá y le devolvía cada embestida empujando hacia atrás.
Valeria, aún desnuda y con el cabello pegado a la frente, con restos de semen todavía brillándole en el pecho, se sentó a mi lado en el suelo y me tomó de la mano mientras Roberto seguía. Se acercó y me besó en la boca, un beso lento, mientras él me la seguía metiendo. Le pasé la mano libre por entre las piernas y le encontré el coño otra vez hinchado, otra vez chorreando. Se lo froté despacio, sintiendo cómo se apretaba contra mis dedos.
Cuando me vine, me vine gritando contra la boca de Valeria, con la polla de Roberto clavada hasta el fondo y sus dedos apretándome un pezón. Él se vino unos segundos después, dentro, con un gemido ronco pegado a mi nuca. Cuando él llegó al orgasmo los tres quedamos juntos un momento, con la cabeza de Valeria apoyada en mi hombro y el silencio de la madrugada al otro lado de la ventana.
—¿Cómplices? —dijo Roberto.
—Cómplices —confirmó Valeria.
Nos preparamos un café. Seguimos los tres en el sofá un rato más, con las ropas a medio poner, riéndonos de cómo habían salido las cosas y repasando los momentos que más nos habían sorprendido. Valeria preguntó mil cosas. Roberto respondió algunas. Yo respondí las demás.
—Yo soñaba con que algo así podía pasar —dijo Valeria—. Pero no así de bien.
—¿Tienes miedo de ir a la oficina mañana? —le pregunté.
Se lo pensó unos segundos, con el café caliente entre las manos.
—No. ¿Debería?
—Para nada —dije.
Roberto se terminó el café y fue buscando su ropa dispersa por la sala. Yo lo ayudé a vestirse. Valeria lo besó en la mejilla al despedirse, con una formalidad teatral que nos hizo reír a los tres.
—Fue un honor, licenciado —le dijo.
—El honor fue mío —respondió él, completamente serio.
Cuando cerramos la puerta, Valeria y yo nos quedamos en el pasillo un momento. Ella tenía todavía el café en la mano y una expresión que era difícil de descifrar: no era exactamente felicidad, sino algo más hondo. El alivio de haber cruzado una línea que llevaba tiempo queriendo cruzar sin saber cómo llamarla.
—¿Qué sientes? —le pregunté.
—Que debería haberlo hecho antes —dijo—. Y que me alegra haberlo hecho aquí, contigo, así.
La abracé. Ella apoyó la frente en mi hombro.
—¿Cómo aprendo a hacer lo que tú haces? —susurró.
—Ya lo estás haciendo —le dije.



