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Relatos Ardientes

Lo que me pasó en Viena no figura en mi reportaje

Llevaba dos años casada cuando la revista me asignó el reportaje que me partió la vida en dos. Viena en noviembre, cuatro muertes inexplicables y un editor que me dijo que si volvía con buen material me daban la sección entera. No le conté a Ramiro, mi marido, lo que me había dicho mi amiga Marcela: que aquellas muertes olían a algo mucho más oscuro que un ajuste de cuentas entre poderosos.

Me llamo Carolina Méndez y tengo treinta y cuatro años. Soy periodista. Trabajo para un semanario de Medellín que cada tanto me manda al exterior cuando hay que cubrir algo que requiere oficio. Llegué a Viena un martes a media tarde, con la maleta liviana y la cabeza llena de preguntas.

Las víctimas eran cuatro: un banquero ginebrino, un diplomático alemán, un industrial milanés y un naviero portugués. A los cuatro los habían encontrado desnudos en suites de hoteles caros, con la erección todavía presente, restos de semen en el vientre, marcas de uñas profundas en la espalda y mordidas en el cuello. Las autopsias coincidían: paro cardíaco por agotamiento, sobredosis natural de adrenalina. Pero nadie podía explicar el olor a sexo que quedaba en las habitaciones, ni por qué los cuatro habían terminado igual.

El hotel donde me alojé estaba a dos calles de la catedral. Pequeño, con paredes de madera oscura y un ascensor que crujía como si llevara cien años subiendo gente. Me serví una copa de vino de la mininevera y abrí los expedientes en la laptop. Yo nunca había sido una mujer pacata, pero tampoco era de las que se acuestan con cualquiera por aburrimiento. Mi matrimonio se moría desde el invierno anterior y mi cuerpo lo sabía mejor que mi cabeza.

El mensaje me llegó pasada la medianoche. Número desconocido, en español impecable.

—El secreto está bajo el puente. Vení sola mañana al atardecer al Schwedenbrücke. Y no confíes en nadie que no te muestre la marca de la viuda.

Releí el mensaje varias veces. Pensé en avisar a la policía, pero quien me escribía sabía que estaba en Viena y sabía mi idioma. Mi cabeza dijo que era una trampa.

Voy igual.

***

El Schwedenbrücke separa el primer distrito del segundo. A las seis de la tarde, con la luz baja y un viento helado que subía del Danubio, lo crucé con el corazón en la garganta. Apoyado contra la baranda me esperaba un hombre alto, traje gris oscuro, manos grandes en los bolsillos. Me miró acercarme sin moverse.

—Señora Méndez —dijo en un español cuidadoso, con un acento que no terminaba de ubicar—. Soy Mathias Werner, de la Kriminalpolizei. Llevo seis semanas con este caso.

Tenía los ojos verdes y una manera de hablar pausada, como si supiera que cada palabra cargaba peso. Me explicó que las cuatro víctimas pertenecían a un círculo cerrado al que llamaban Die Schatten der Lust, las sombras del placer. Una sociedad informal de hombres con poder y dinero que organizaba fiestas privadas en palacetes alquilados, con reglas claras y muchas mujeres dispuestas. Lo que se decía pero no se podía probar era que en los últimos meses había aparecido en esas fiestas una mujer nueva. La llamaban die Witwe, la viuda. Elegía a uno por noche. Lo seducía, lo dejaba seco y, en algún punto entre el último gemido y el primer respiro, le activaba algo en el cuerpo que lo dejaba tieso para siempre.

Mientras me lo contaba, yo lo miraba a la boca. Mathias se dio cuenta y sonrió apenas.

—Hay un departamento donde podemos seguir hablando —dijo—. Es seguro.

***

El departamento estaba en una calle angosta cerca del Stadtpark, en un tercer piso con ventanas que daban a un patio interior y una sola lámpara prendida. Apenas cerró la puerta, lo besé yo. No esperé a que tomara la iniciativa él. Hacía meses que nadie me besaba con ganas y la espera me había vuelto impaciente.

Mathias respondió empujándome contra la pared del recibidor. Tenía la mano abierta sobre mi cuello sin apretar, solo marcando posición. Me bajó el cierre del abrigo y desabrochó la blusa de un movimiento. Cuando le sentí la verga dura presionando contra mi cadera por encima del pantalón, supe que iba a coger esa noche aunque eso me costara el reportaje.

—Cogeme ya —le dije al oído—. No me hagas esperar más.

Le bajé el pantalón y le saqué la verga. Era gruesa, recta, con las venas marcadas. La agarré con las dos manos y se la moví despacio, mirándolo a los ojos. Él me subió la falda hasta la cintura, me corrió la bombacha de un tirón y me metió tres dedos de una sola vez. Yo ya estaba empapada y se rió cuando lo confirmó.

—Me esperabas.

—Hace meses que espero.

Me clavó la verga de un empujón profundo. Grité contra su hombro y él me la dio con embestidas largas, agarrándome del culo y mordiéndome el cuello hasta dejarme la marca. Le clavé las uñas en la espalda y empujé contra él con cada embestida. Me corrí rápido, apretándole la verga adentro con los músculos. Él aguantó dos golpes más y se vino dentro, lleno, caliente, con un gruñido que me dejó temblando un buen rato.

***

Los días siguientes fueron lo mismo en variaciones. De día revisaba archivos, hablaba con el conserje del hotel donde había aparecido el último cuerpo, sacaba fotos disimuladas en la calle donde vivía el banquero ginebrino. De noche volvía al departamento de Mathias. Cogíamos en la cama, en la ducha, contra la ventana del living con vista al patio interior. Una mañana me desperté a las cinco con su boca entre las piernas y me corrí dos veces antes de que saliera el sol.

—Sos la mejor cogida que tuve en años —me dijo una vez—. Y eso que vine acá a investigar, no a esto.

—Yo también.

Le creí a medias. Mathias era un hombre que sabía lo que hacía con su cuerpo y con el mío. Había noches en que me hacía arrodillarme y mamarle la verga durante diez minutos antes de tocarme. Yo se la chupaba mirándolo, dejándome la baba caer por el mentón porque sabía que eso le gustaba. Él me tiraba del pelo y me pedía que tragara hasta el fondo. Una noche me la metió en el culo despacio, después de prepararme con saliva y los dedos durante un rato largo, y me corrí dos veces seguidas antes de que él se viniera adentro.

***

La invitación a la fiesta llegó por un canal lateral. Una compañera de la embajada colombiana me consiguió un lugar a través de una amiga austríaca con contactos. La condición era ir sola. La fiesta era el sábado en un palacete cerca del Belvedere, con música baja, candelabros de verdad y un código de vestimenta sin códigos.

Me puse un vestido negro corto, sin sostén porque ninguno me sostenía las tetas como las sostenía el corte del vestido, y zapatos altos de los que se pueden caminar. En el espejo del hotel me miré y me reconocí menos que nunca.

El palacete era una serie de salones comunicados. En el primero se servía champán y se conversaba en voz baja. En el segundo había parejas besándose contra las paredes. En el tercero, la gente cogía sin preámbulos sobre sillones largos de terciopelo verde, y el resto miraba o participaba. Yo me quedé un rato en la puerta del segundo salón, copa en la mano, mirando.

—Sos nueva —me dijo una voz de hombre, en español de Buenos Aires—. ¿Te muestro el lugar?

Se llamaba Esteban. Pelado, cincuenta largos, mirada de tipo que come bien y duerme cuando quiere. Empresario, dijo. No le pedí precisiones. Me llevó a un cuarto chico al fondo del segundo salón, me sentó en una otomana de terciopelo y me subió el vestido. Me encontró la concha mojada y se rió.

—Estás lista.

—Estoy lista hace rato.

Me bajó la bombacha y se arrodilló entre mis piernas. Tenía la lengua gruesa y la usaba con criterio. Me lamió despacio, me succionó el clítoris, me metió dos dedos curvándolos hacia adelante. Me corrí en su boca con el vestido subido hasta el pecho y los pezones duros bajo la tela. Cuando terminé, le bajé el pantalón y le mamé la verga ahí mismo, sentado él en la otomana y yo arrodillada. Se la tragué entera, hasta que la garganta me dolió, y él me agarró de la nuca y me marcó el ritmo.

—Sos brava, colombiana —me dijo cuando se vino en mi boca y yo tragué.

***

Salí de la otomana con el vestido arreglado y la cabeza en otra parte. Crucé el segundo salón sin mirar a nadie. Y entonces apareció ella.

Greta. Nunca me dijo el apellido y yo nunca se lo pregunté. Pelo negro lacio, ojos verde oscuro, la piel blanquísima de las mujeres del este. Llevaba un vestido rojo simple y un anillo finísimo en el meñique izquierdo con una piedra negra pequeña. La marca de la viuda, supe después.

—Vos sos la periodista —me dijo en un español impecable.

—Vos sos la viuda.

Se rió bajito.

—Vení conmigo. Tengo cosas que contarte.

Me llevó a un cuarto privado en el primer piso, todo espejos y cortinas pesadas. Cerró la puerta con llave y me besó antes de que yo dijera una palabra. Tenía los labios fríos y la lengua caliente. Me bajó el vestido hasta la cintura y me chupó las tetas con paciencia, con los pezones entre los dientes pero sin lastimar.

—Tenés un cuerpo que vale el viaje.

Me senté en el borde de una chaise longue y abrí las piernas. Greta se arrodilló y me lamió la concha con una técnica que no conocía: lengua plana y lenta sobre los labios, después la punta directo al clítoris, después dos dedos adentro mientras me succionaba. Le agarré el pelo y le pedí más. Me metió un dedo en el culo cuando le conté que me gustaba, sin preguntarme, leyéndome el cuerpo. Me corrí gritando, agarrándole la cabeza contra la concha hasta que casi no podía respirar.

Después le devolví el favor. La empujé sobre la chaise longue y le abrí las piernas. Tenía la concha depilada y el clítoris grande, asomado. Le metí la lengua despacio y los dedos con ritmo. Se vino apretándome la cabeza con las piernas, mordiéndose la mano para no gritar.

Y ahí, mientras todavía estábamos pegadas y respirando fuerte, me lo contó. Las muertes no eran azar. La sociedad había decidido limpiar a los miembros que estaban filtrando información a la policía o a la prensa. El método era ella. El veneno venía de una raíz amazónica que conseguía por canales que no me iba a explicar. Se activaba con la subida masiva de adrenalina del orgasmo. Indetectable en autopsias estándar. Y ahora yo era el riesgo siguiente: una periodista que estaba a punto de publicar lo que sabía.

—Pero no te voy a matar —dijo—. Me caés bien. Y además, Mathias está parado afuera de la puerta hace cinco minutos.

***

Mathias entró con la pistola al cinto pero sin tocarla. Greta no se movió. Yo seguía con el vestido en la cintura y la boca de ella todavía en la piel.

—Te encontré —le dijo él.

—Sabía que ibas a venir —contestó ella.

Se miraron en silencio largo rato. Después Greta se rió, se acomodó el pelo y me miró a mí.

—¿Vos qué decís, periodista? Es tu única noche en Viena. Mañana esto se acaba y cada uno vuelve a su vida. ¿Qué hacemos con lo que queda?

No supe contestar con palabras. Me acerqué a Mathias, le saqué el saco y le bajé el cierre del pantalón. Greta se levantó y se sumó. Cogimos los tres durante dos horas largas en aquel cuarto de espejos. Mathias me cogía a mí mientras yo le comía la concha a Greta. Greta me chupaba las tetas mientras Mathias le entraba a ella por atrás. Nos pasamos la verga de boca en boca, nos besamos las tres con saliva y semen mezclados, nos corrimos tantas veces que perdí la cuenta. En un momento Mathias me llenó la concha de leche caliente mientras Greta me clavaba dos dedos en el culo y me apretaba el cuello con la otra mano sin lastimar.

***

Al amanecer, el palacete estaba casi vacío. Mathias se fue a coordinar con su gente la redada que terminaría con los dos cabecillas restantes de Die Schatten der Lust. Greta se vistió, me besó en la frente y me dejó una nota escrita a mano sobre la chaise longue. Salió por una puerta de servicio y nadie la vio pasar.

Yo volví a Medellín tres días después. Escribí el reportaje en una semana, lo entregué, salió en tapa, me dieron la sección y un aumento. Ramiro me preguntó cómo había sido el viaje y le dije que pesado, que mejor no preguntara. Lo dejé seis meses más tarde, sin hablarle nunca de Viena. Algunas cosas no se cuentan ni a uno mismo del todo.

Lo que sí guardé fue la nota de Greta. Decía:

—Nos vamos a volver a ver. Tu concha y la mía todavía tienen cuentas pendientes.

Cada tanto, cuando mi cuerpo está callado y la noche es larga, recibo un mensaje de un número que cambia. Siempre dice más o menos lo mismo. Que la sombra del Danubio me espera. Que vaya sola. Que no se han olvidado de mí.

Todavía no fui. Pero no descarto ir.

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Comentarios (5)

Isabel_BA

Dios mio, que relato. Me tenia pegada a la pantalla de principio a fin.

Lorena_viajes

Por favor una segunda parte! Viena quedo como fondo perfecto, quiero saber que paso despues de esa semana.

ViajeroRio

Me recordo un viaje que hice a Budapest. Hay algo en esas ciudades europeas que te transforma. Muy bien contado, en serio.

Terco88

increible!!! sigue escribiendo

MartinCba91

La imagen del puente y la mujer del abrigo negro me quedo grabada. Se nota que saben escribir, y eso no es tan comun por aca.

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