El espejo retrovisor que lo vio todo
Mi amor,
Son casi las dos de la madrugada y no consigo cerrar los ojos. La habitación está en silencio, solo el ruido de la calle que llega amortiguado a través de la ventana, y yo aquí, dando vueltas en esta cama que se siente tres veces más grande desde que no estás. Tu almohada todavía huele a ti, aunque sé que en algún momento dejará de hacerlo, y eso me pone una tristeza extraña que no sé cómo explicarte.
Te extraño con una intensidad que me ocupa el cuerpo entero. No solo el corazón, que también, sino la piel, las palmas de las manos, la parte baja del vientre. Te extraño de una manera que no es cómoda ni poética, sino urgente e inconveniente, como una sed que no terminas de saciar.
Y la culpa de que no pueda dormir la tiene una noche en particular. Una que no deja de reproducirse en mi cabeza cada vez que apago la luz.
La del taxi.
***
Habíamos quedado a cenar con tus amigos en un restaurante cerca de la plaza, ese al que fuimos la primera vez que vine a visitarte y que tiene las mesas tan juntas que siempre terminas escuchando la conversación del de al lado. Era un miércoles, o un jueves, ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es el vestido que llevaba: azul marino, de tirantes finos, con el escote lo bastante pronunciado como para ser interesante sin resultar ridículo. Lo había comprado sin ti, pero mientras me lo ponía pensé en ti. Siempre termino pensando en ti.
Llegamos los primeros y pedimos vino mientras esperábamos a los demás. Me cogiste la mano encima de la mesa, sin disimulo, como si lleváramos haciéndolo toda la vida. Eso es lo que me gusta de ti: que nunca tienes vergüenza de que se note que estás conmigo.
La cena fue larga y animada. Tus amigos son gente buena, de esa que habla mucho y bien, y la conversación saltaba de un tema a otro con esa fluidez que hace que las horas pasen sin darte cuenta. Bebimos más vino del que teníamos planeado. Reímos. Y tú, durante todo ese tiempo, fuiste haciendo lo tuyo con una paciencia que me desarmaba.
Una mano en mi rodilla cuando alguien contaba algo largo. El pulgar dibujando círculos lentos en mi muñeca mientras escuchabas. Una vez, cuando el camarero trajo los postres, te inclinaste para decirme algo al oído, algo completamente inocente sobre el menú, pero lo que hiciste de verdad fue rozarme el cuello con los labios y quedarte un segundo más de lo necesario. Sentí el calor hasta la base de la espalda.
Hubo un momento, cerca del final de la noche, en que nuestras miradas se cruzaron por encima de la mesa y tú levantaste una ceja apenas, un gesto tan pequeño que nadie más en esa mesa lo habría notado. Yo lo entendí perfectamente. Era una pregunta y también una promesa.
Para cuando pedimos la cuenta llevaba un buen rato con el deseo instalado entre las piernas como algo que no podía ignorar. Sabía que tú lo sabías. Lo sabes siempre.
***
Las despedidas en la puerta del restaurante fueron largas, como siempre. Abrazos, promesas de repetirlo pronto, alguien que no encontraba las llaves del coche. Yo estaba ahí con mi chaqueta en el brazo y el vino moviéndose cálido por la sangre, esperando.
Pediste el taxi con el teléfono antes de que yo dijera nada. Cinco minutos, decía la aplicación. Te metiste el móvil en el bolsillo y me miraste de esa manera. No es una mirada que pueda describir con exactitud, pero la reconozco siempre: es la que me dice que lo que viene a continuación no va a ser discreto.
El coche llegó puntual. Un sedán oscuro con el carnet del conductor plastificado en el salpicadero: Marcos, cuarenta y tantos, cara seria. Saludó de forma escueta, metió la dirección en el navegador sin preguntar y arrancó.
Me senté primero. Tú cerraste la puerta.
Antes de que el coche cruzara la primera manzana, ya tenías la mano en mi muslo.
***
No fue un gesto torpe ni apresurado. Fue la palma plana sobre mi pierna, los dedos apuntando hacia dentro, exactamente donde terminaba el vestido. Una declaración, no una pregunta.
Miré al frente. La ciudad pasaba por las ventanas, farolas y escaparates y alguna terraza que todavía tenía gente a esas horas. El espejo retrovisor era pequeño y estaba bien enmarcado por el parabrisas. Marcos conducía con la vista en la carretera, o eso parecía.
Tu mano empezó a moverse despacio hacia arriba. Tan despacio que podría haberlo negado si alguien me hubiera preguntado, aunque nadie iba a preguntar. Noté el tejido del vestido subir con tus dedos, sentí el aire del interior del coche en la parte alta del muslo, y luego tu mano cruzó el borde de la tela.
Contuve la respiración un momento. Luego me obligué a soltarla despacio, a mantener la postura, a seguir mirando hacia delante como si nada de lo que estaba pasando importara más que el paisaje nocturno al otro lado del cristal.
—¿Estás bien? —preguntaste, con esa voz tuya completamente normal, de conversación, como si me preguntaras si había cogido las llaves.
—Perfectamente —dije, y mi voz también sonó normal, aunque no sé cómo.
Tus dedos encontraron la tela de mi ropa interior y palparon despacio. Me mordí el labio. El coche se detuvo en un semáforo en rojo y el silencio del habitáculo se hizo más presente. Solo la radio a volumen muy bajo, algo que no logré identificar.
Levanté la vista hacia el espejo.
Marcos miraba el espejo.
Fue un momento breve, menos de un segundo, pero fue un contacto real: sus ojos sobre los míos en ese rectángulo pequeño. No apartó la vista de inmediato y yo tampoco. El semáforo cambió a verde y el coche arrancó de nuevo.
Que mire, pensé. Que mire todo lo que quiera.
***
Apartaste la tela de mi ropa interior hacia un lado. El primer contacto directo me provocó un espasmo que intenté ocultar tensando la mandíbula. Estaba completamente mojada, llevaba así desde antes de salir del restaurante, y los dos lo sabíamos ahora con certeza absoluta.
Introdujiste dos dedos despacio, sin prisa, y el pulgar encontró el clítoris con esa precisión tuya que ya no me sorprende pero que sigue haciéndome olvidar dónde estoy. Mis caderas empezaron a moverse sin que yo lo decidiera, un balanceo pequeño y rítmico que cualquiera que no mirara expresamente podría confundir con el movimiento del coche.
Pero Marcos miraba expresamente.
El coche redujo la velocidad de forma gradual y tomó un giro que no correspondía a nuestra ruta. Lo noté en la dirección, en el cambio de textura bajo las ruedas. Cuando abrí los ojos, que en algún momento había cerrado, estábamos en una calle lateral estrecha, con una sola farola al fondo y silencio a ambos lados.
Marcos había apagado el motor.
Se giró en el asiento con una lentitud deliberada. Sin disculparse. Sin decir nada. Solo mirar. Tenía las manos en el regazo, quietas, y una expresión que no era exactamente lujuria sino algo más complicado: la concentración de quien asiste a algo que sabe que no tiene derecho a tocar pero tampoco está dispuesto a perderse.
Tú no paraste.
Ni aminoraste el ritmo ni cambiaste de postura. Seguiste con los dedos donde estaban y el pulgar haciendo lo que hacía, y tu otra mano sujetó mi muslo cuando noté que me temblaba la pierna. Miré a Marcos. Marcos me miraba a mí. Tú te inclinaste y me besaste en la mandíbula, despacio, y sentí tu aliento cerca del oído cuando dijiste, tan bajo que solo yo podía escucharlo:
—Solo puede mirar.
Esas tres palabras. No sé qué hicieron exactamente en mi cabeza, pero el efecto fue físico e inmediato.
El orgasmo llegó antes de lo que esperaba, con esa intensidad de las cosas que llevan construyéndose durante horas. Empezó en la pelvis y se extendió hacia afuera, a los muslos, al vientre, a los brazos. Apreté los labios con todas mis fuerzas y de todas formas el sonido que salió llenó el interior del coche. Mis caderas se clavaron contra tu mano y me quedé allí unos segundos que no supe contar, inmóvil, con las piernas temblorosas y la respiración completamente rota.
Tus dedos fueron ralentizando hasta detenerse. Acomodaste la ropa interior, bajaste el vuelo del vestido, me pusiste la chaqueta encima de las piernas.
Marcos se giró hacia el volante sin decir nada. Arrancó.
***
El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Yo apoyé la cabeza en tu hombro y tú me rodeaste con el brazo y la ciudad siguió pasando por las ventanas como si no hubiera pasado nada, como si fuéramos una pareja cualquiera volviendo a casa de una cena tranquila.
Cuando el coche paró frente al portal bajamos los dos. Tú te quedaste un momento junto a la ventanilla del conductor mientras yo esperaba en la acera, incapaz de oír la conversación. Vi que le tendías algo, que él lo rechazaba con un gesto de la mano.
—¿Cuánto te debo? —te escuché preguntar.
Marcos negó con la cabeza y sonrió por primera vez en toda la noche. Una sonrisa que tenía dentro muchas cosas.
—Esta noche invita la casa —dijo.
Y arrancó antes de que pudieras responder. Le vi alejarse calle abajo hasta que dobló la esquina y desapareció.
***
Eso es lo que no me deja dormir, mi amor. No solo el recuerdo del placer, aunque ese también está ahí, vívido y puntual. Es la imagen de aquel espejo retrovisor, los ojos de Marcos encontrando los míos, tu voz diciéndome «solo puede mirar» con esa calma absoluta que tienes cuando sabes exactamente lo que estás haciendo.
Me pregunto si Marcos lo recuerda también. Si alguna vez lleva a alguien en el asiento trasero y se le viene a la cabeza esa calle lateral, esa farola al fondo, ese silencio que él mismo creó apagando el motor.
Yo sé que lo voy a recordar el resto de mi vida.
Esta cama sin ti es demasiado grande. Pienso en tus manos, en cómo me conocen, en todos los lugares donde han estado. Pienso en la próxima vez que nos veamos y en lo que voy a hacer cuando te tenga delante. No te voy a dejar salir del apartamento en días. Te lo aviso con tiempo.
Te quiero más de lo que sé decir.
Tuya siempre, Nadia.