Mi primer trío fue con un desconocido junto al mar
Han pasado veinte años y todavía puedo recordar cada detalle. El calor de aquella tarde, la luz del sol sobre el agua de la piscina, y los pies de ese hombre que asomaban bajo la mesa de la reunión de condóminos. Era todo lo que podía verle desde donde me remojaba, con los brazos cruzados sobre el borde del andador y el cuerpo sumergido hasta la cintura.
Me llamo Claudia. O me llamaba, en el sentido de que la mujer que era entonces ya no existe. Tenía veintidós años y llevaba tres casada con Marcos, que me llevaba catorce. Siempre fui tímida: curiosa en teoría, prudente en la práctica. Marcos era el audaz. Yo era la que observaba.
Observar era precisamente lo que hacía aquella tarde en la piscina del complejo residencial frente al mar que él acababa de comprar. La reunión de entrega de unidades transcurría alrededor de una mesa larga: señores con portafolios, contratos, apretones de mano. Yo no tenía nada que hacer ahí, así que me metí al agua.
Desde el agua solo veía piernas. Pantalones de lino, zapatos de cuero, chancletas de turista. Y entonces, en el extremo de la mesa, noté algo que no debería haber notado: uno de los hombres llevaba un bañador corto que no cumplía bien con su función. Entre los pliegues de la tela, asomaba uno de sus testículos.
No pude apartar la vista. No entendí por qué. Era un detalle ridículo, casi cómico, y sin embargo algo en ese pequeño escándalo involuntario me encendió una curiosidad que no tenía nombre. Seguí mirando, consciente de que miraba, preguntándome qué clase de mujer era yo.
Cuando terminó la reunión, la mayoría de los hombres se dispersaron. Solo quedó ese señor: unos cincuenta años, bien parecido, con esa seguridad que viene del dinero y de saber que uno ocupa espacio en el mundo. Intercambiamos algunas palabras mientras yo salía del agua. Tenía acento extranjero, el español entrecortado pero simpático. Se llamaba Daniel.
Nos invitó a cenar. A los dos, aclaró, mirando hacia donde Marcos conversaba con otro condómino.
***
En nuestra unidad, mientras nos duchábamos para quitarnos la sal y el cloro, Marcos fue el que sacó el tema primero.
—¿Notaste algo raro en ese señor?
—Nada —dije—. Es simpático. Insistió en que fuéramos los dos.
Marcos no dijo nada más durante un rato. Luego abrió el armario y empezó a buscar algo para que yo me pusiera. Eligió un mono amarillo que yo casi nunca usaba: entallado, sin espalda, con un escote frontal cerrado por una cremallera que llegaba hasta la entrepierna. Sin tirantes verdaderos, sin sostén posible.
—¿Esto? —pregunté.
—Esto —confirmó, con una calma que no era indiferencia.
Me lo puse. Me perfumó él mismo con el frasco que me había regalado en nuestro aniversario. Me ayudó a elegir la ropa interior: unas braguitas pequeñas, bordadas, que apenas cubrían lo necesario. Cuando estuve lista me miró de la misma manera en que se mira algo que ya no te pertenece del todo.
—Estás preciosa —dijo—. Y tienes edad para esto. Yo te espero con el cariño de siempre.
—Nos invitó a los dos, Marcos.
—Ya sé. Iremos los dos. Pero si en algún momento quieres quedarte sola, me retiro y te espero aquí. No tienes por qué privarte de algo que puede darte mucha experiencia. Esta oportunidad la encontraste tú sola. Si no la aprovechas, a lo mejor no se vuelve a dar.
No le pregunté qué esperaba que pasara. Creo que lo sabía. Creo que los dos lo sabíamos.
***
Daniel nos esperaba en su unidad con margaritas ya preparados. Cuando me besó en el saludo, rozó la comisura de mis labios con los suyos durante una fracción de segundo más de lo necesario. No fue un error. Una mujer lo sabe.
En el restaurante nos llevaron a una mesa rincón, rodeada de plantas, que Daniel había reservado con anticipación. La luz era tenue. La conversación fluía entre el español de él y el inglés básico mío, con Marcos haciendo de puente cuando el idioma fallaba.
Marcos se levantó a buscar el baño. Se tardó.
Mientras tanto, Daniel me rodeó los hombros con un brazo y dejó caer la mano sobre mi costado, justo donde el tejido del mono era más fino. No fue un movimiento torpe. Sabía exactamente lo que hacía. Sus dedos encontraron el borde de la cremallera, que con el calor y los movimientos había bajado unos centímetros más de donde yo la había dejado. Se inclinó y me susurró:
—Please, no.
No entendí las palabras. Entendí que no quería que yo la subiera.
Cuando Marcos regresó encontró a su mujer con el escote algo más abierto y las mejillas encendidas. Me miró. No dijo nada. Sonrió apenas.
Salimos antes de terminar la cena.
***
Daniel me ayudó a salir del coche y caminamos juntos hasta su unidad. Me sentó sobre la encimera del pequeño bar junto a la entrada, retiró el taburete que estorbaba y me abrió las piernas con una certeza que me dejó sin argumentos.
Me bajó las braguitas de un tirón. El mono amarillo terminó en el suelo en algún momento que no recuerdo con claridad. Y entonces se arrodilló.
Nadie me había hecho eso así. Marcos me quería, me conocía, sabía lo que le gustaba a él y aprendió con los años lo que me gustaba a mí. Pero Daniel lo hacía con una atención clínica y voraz al mismo tiempo, como si estudiara cada reacción para usarla de inmediato. Me agarró de las caderas, me acercó más al borde de la encimera y no paró hasta que yo dejé de ser consciente de dónde estaban mis manos.
Marcos estaba en algún lugar de la habitación. Lo sabía. Eso me ponía peor.
Subimos a su alcoba. Las tres paredes y el techo estaban cubiertos de espejos de piso a techo. No lo esperaba. La primera vez que me vi reflejada, con la boca ocupada y los ojos entrecerrados, algo ridículo e intenso me golpeó a la vez. Me gustó lo que vi.
Lo que vino después fue más lento. Daniel era grande, notablemente grande, y tomó su tiempo. Me advirtió que le dijera si sentía molestia. No la sentí. Mi cuerpo tomó sus propias decisiones. Lo que sí sentí fue ese momento en que una llega al límite interior y el otro entiende que ya no puede ir más lejos, y aun así el placer sigue.
Se vino dentro de mí. Claramente, abundantemente. Me quedé quieta unos segundos tratando de procesar lo que acababa de ocurrir.
Luego lo hicimos otra vez, de costado, con él levantándome la pierna. Esa posición fue diferente: más profunda, con sus manos jalándome de las caderas como si necesitara confirmar algo. Cuando terminó, los dos quedamos inmóviles durante un rato que no supe medir.
La tercera vez fue a propuesta suya. Me preguntó si podía ponerse detrás de mí. Le contesté en el poco inglés que tenía. Se rio, y en esa posición me entró más que en las anteriores, tanto que llegué a sentir el golpeteo de su cuerpo contra el mío como un péndulo constante. Me dejó completamente llena.
***
Era casi de madrugada cuando bajé las escaleras hasta nuestra unidad. Marcos estaba despierto, claro. La luz de la mesita encendida, él con un libro cerrado sobre el pecho.
Me detuve junto a la cama esperando no sé qué. Una pregunta, un reproche, algo que me indicara cómo debía comportarme.
—¿Feliz? —fue lo que dijo.
Me senté a su lado y le conté todo. Él escuchaba con esa atención que le ponía a las cosas que le importaban de verdad, sin interrumpir, con los ojos fijos en mi cara. Cuando llegué a ciertas partes del relato vi que le costaba quedarse quieto.
—¿Te lastimó?
—No, en ningún momento.
—¿Lo volverías a hacer?
No contesté de inmediato. Luego le hice la pregunta que en realidad quería hacerle desde que entré.
—¿Tú me dejarías? ¿Y estarías presente esta vez?
Tardó un poco. Después dijo que sí, que le excitaba mucho la idea, que quería verlo. Me quedé dormida con esa respuesta flotando en la oscuridad.
***
A la mañana siguiente preparé el desayuno para los tres. Mientras servía el café me di cuenta de que algo me estaba fluyendo, discretamente pero con claridad. Fui al baño. Era semen. Bastante cantidad, acumulada en algún lugar profundo donde la gravedad no había llegado todavía.
Los llamé, algo azorada. Daniel fue el primero en reaccionar.
—Es mío —dijo—. Aunque viene mezclado con algo más.
Marcos lo miró. Luego me miró a mí. Los dos sonreían de una manera que no había visto en ninguno de los dos antes.
—Confieso que me ofrezco para repetir la prueba —dijo Daniel, en su español deliberado—. Si ustedes están de acuerdo.
Marcos tardó un segundo.
—Con una condición —dijo—. Esta vez quiero estar.
***
Lo que pasó esa mañana en la unidad de Daniel no tiene un nombre en el vocabulario que yo manejaba entonces. Los dos hombres funcionando en paralelo, coordinándose sin hablar demasiado, cada uno pendiente de lo suyo y de lo del otro al mismo tiempo.
Marcos primero, despacio, con esa ternura que ya conocía de memoria. Luego Daniel, con esa otra manera suya que ya no me sorprendía pero que seguía siendo nueva. Y en algún momento los dos encontrando un ritmo que ninguno habría encontrado solo.
Sentí algo diferente en medio de todo eso: una liberación que no era exactamente un orgasmo aunque se le parecía, un fluido propio e involuntario que los sorprendió a los dos y que se empeñaron en estudiar con la solemnidad científica que los hombres aplican a los misterios del cuerpo femenino. Eso los puso más encendidos todavía. Tuve que pedirles un descanso.
Después dormimos los tres durante un rato. Al despertar, Daniel sacó un cubito de hielo del minibar y lo frotó entre mis piernas con una sonrisa que merecía un castigo. Me vengué con mis manos en sus testículos mientras él profería promesas de buena conducta que ninguno de los dos creímos.
La tarde la pasamos en el mar. Yo en el medio, como siempre.
***
Esa noche, cuando ya los dos dormían a mis lados y yo miraba el techo en la oscuridad, intenté hacer algún tipo de balance de lo que había pasado en las últimas dieciocho horas. No encontré el lenguaje adecuado. Tampoco el arrepentimiento que habría esperado sentir.
Solo sentía una especie de satisfacción tranquila, como después de cruzar a nado un río que creías demasiado ancho.
Al día siguiente, mientras desayunábamos en el restaurante del hotel, Daniel habló con Marcos en inglés durante varios minutos. Mi inglés no alcanzaba para seguir la conversación completa, pero captaba suficiente. Algo sobre una propuesta. Sobre fechas. Sobre que planeaba volver al complejo con regularidad por trabajo.
Me preguntaron si estaba de acuerdo.
Dije que sí sin preguntar los detalles. Marcos me los explicó después: Daniel proponía pasar por el complejo cada vez que el trabajo lo trajera a la zona, que era con cierta frecuencia. Sin compromisos, sin esperar nada, solo si los tres queríamos.
—¿Y tú quieres? —le pregunté a Marcos.
Tardó un poco en contestar, lo cual era su manera de tomarse algo en serio.
—Creo que sí —dijo—. Creo que los dos lo queremos, y creo que eso no cambia lo que somos.
No sé si tenía razón. Lo que sé es que esa tarde, cuando Daniel se despidió con un abrazo largo y una última mirada que prometía sin decir nada, Marcos me tomó de la mano mientras lo veíamos alejarse por el pasillo del complejo.
—¿Cómo quedo yo en todo esto? —preguntó con una media sonrisa—. ¿Como cornudo o como cómplice?
—Como el hombre que me conoce mejor que nadie —le dije.
No hizo falta más.