La noche en que dos parejas cruzaron la línea
La tarde caía cuando Sandra y yo llegamos al jacuzzi comunitario. Llevábamos dos días en el camping y lo habíamos descubierto casi vacío cada noche pasada las diez. Esa noche no era el caso.
Los oímos antes de verlos.
Lucía y Pablo estaban en el agua. Él sentado en el escalón sumergido, con ella encima y la polla enterrada dentro. Los grandes pechos de Lucía se movían con cada empuje mientras él la sujetaba de la cintura. Ninguno de los dos se había dado cuenta de que teníamos público.
Sandra me agarró del brazo.
—Míralo —me susurró al oído—. ¿Te gusta ver cómo otro folla a tu mujer? Pues ahí lo tienes.
Lucía abrió los ojos en ese momento y nos vio. Sonrió sin dejar de cabalgar. Pablo seguía sin enterarse.
Sandra se acercó a su novio y se puso a cuatro patas para besarle.
—¿Te gusta, verdad? —le dijo—. Estás follando a otra delante de mí.
Pablo gemía con Lucía encima y no fue capaz de contestar.
—Pues ahora te toca ver cómo otro me folla a mí —dijo Sandra—. Y correrse dentro.
Me coloqué detrás de ella. Sin más preámbulos la agarré de las caderas y la penetré. Ella misma echó el cuerpo hacia atrás al notarme dentro y empezó a moverse antes de que yo comenzara.
Bombeaba en su interior con las manos en sus caderas mientras ella le susurraba algo a Pablo, que ya nos miraba. Lucía seguía cabalgando encima de él.
—Mírame bien. Mira cómo me folla Marcos.
Cada vez más rápido. Sandra gemía sin cesar y Lucía levantó una mano para agarrar uno de los pechos de Sandra y apretarlo con fuerza.
—¿Te gustan sus tetas? —le preguntó a Pablo—. Agárralas tú también.
Pablo las agarró desde atrás mientras Lucía seguía cabalgando. Sandra estaba a punto de correrse cuando quiso cambiar de postura y me hizo sentar en el borde del jacuzzi.
Me miró de frente, se subió encima dándome la espalda y se empaló despacio. Lo que vino después no tenía otro nombre que salvaje.
Saltaba sobre mí mientras le decía a Pablo que mirara cómo mi polla entraba y salía de ella.
—¡Mira! —gritaba—. ¿Era esto lo que querías? Pues aquí lo tienes.
Lucía se corrió en ese momento. Un espasmo largo, el cuerpo tenso un instante y luego quieto. Notó que Pablo estaba a punto y se bajó de golpe, se arrodilló entre sus piernas y agarró su polla curvada con ambas manos. Se la colocó entre los pechos y comenzó a masturbarle con ellos.
Pablo no tardó. Se puso rígido y se corrió entre los pechos de Lucía, llegando hasta su cara.
Sandra gritó al mismo tiempo.
—¡Sí! ¡Me corro de nuevo!
Agarrándose los pechos, pellizcándolos, sentí sus espasmos transmitirse hasta mi polla y me derramé dentro de ella tal como había pedido.
—Mmmmm. Qué rico.
Se quedó tumbada sobre mí un momento, mostrándole a Pablo cómo permanecía conectada a mí. Muy despacio se incorporó y mi polla se separó por sí sola, dejando un rastro lento en el borde de cerámica.
***
Derrengados, nos tumbamos en el borde del jacuzzi sin decir nada durante un rato. Lucía se levantó primera y se sentó a mi lado. Apoyé la cabeza en su muslo. Olía a sexo y a agua caliente. Sandra se acercó a Pablo y puso sus piernas largas encima de las suyas.
—Tienes un poco de sangre —me dijo Lucía mirándome el labio inferior.
—Me mordió.
—Jajajaja. Salvaje.
—Perdón. Es que estaba muy excitada.
—A mí me hace lo mismo —dijo Pablo—. Me duelen los labios días después cuando acabamos.
—¿Lucía es más suave?
—Bastante más, sí.
—Me estoy quedando fría. ¿Volvemos?
Todos de acuerdo nos levantamos, recogimos las cosas y caminamos hacia el bar. Ninguno tenía ganas de cocinar.
***
Pedimos cervezas y algo de picar. Ya comiendo, Lucía le preguntó a Pablo lo que todos pensábamos.
—¿Por qué le dijiste que no era lo que quería?
—Porque lleva meses pidiéndome hacer un trío, pero siempre con otra chica. La idea de hacerlo con otro hombre ni se la planteaba.
—Es mi fantasía —dijo Pablo—. No lo voy a negar.
—Pues trío no tuviste —dijo Lucía—. Más bien cuarteto.
Sandra se rio.
—Ha visto cómo te follaban, y muy bien follada por cierto, mientras él follaba con otra. No está mal para empezar.
—No me lo esperaba —reconoció Pablo.
—¿Y? —pregunté.
—¿Y? Me gustó. Al principio me costó, porque no lo veía. Pero luego, como estaba ocupado y sabía que a vosotros no os importaba...
—Lo del trío se puede resolver —dijo Lucía mirando a Sandra.
—Eso me gusta —dijo Sandra—. ¿Y después con los dos?
Pablo soltó una carcajada.
—A estas alturas, también.
—Por mí ningún problema —dije.
—Lo raro sería que lo tuvieras —dijo Lucía—. ¿Quién propuso todo esto antes, ella o yo?
Sandra y Pablo se reían mientras Lucía y yo seguíamos discutiendo sobre quién de los dos era más promiscuo.
—Yo solo digo —intervino Sandra— que ahora mismo somos las cuatro personas más salidas de este camping.
Para demostrarlo abrió las piernas bajo la mesa y nos miró a los tres. Agarró una mano de Pablo y una mía y las llevó hasta su regazo. Las dos llegamos al borde de su pantalón al mismo tiempo, pero fue la mía la primera en encontrar lo que buscaba.
Metí los dedos por encima de la cintura y llegué hasta su coño húmedo y caliente. Hundí un dedo despacio mientras le miraba la cara y ella cerraba los ojos y se le aceleraba la respiración. Unos segundos así y lo saqué para dejarle espacio a Pablo.
—Pues sí que estás caliente —murmuró él.
—O nos vamos ahora mismo —dijo Sandra— o me follais encima de esta mesa.
Pablo y yo nos pusimos de pie al mismo tiempo intentando disimular las erecciones. Lucía se rio.
—¡Qué prisas tenéis!
***
Fuimos a su caravana porque era la más cercana. Sandra y Lucía iban delante, agarradas del brazo, cuchicheando entre ellas. A mitad de camino Sandra se giró hacia mí.
—¿Me lo dejas a mí primero?
—No sé yo.
—Luego te lo compenso.
Me resultó imposible negárselo.
Cerramos la puerta. Pablo y Sandra ya se estaban desnudando mientras se besaban. Lucía fue directa hacia ellos. Primero bajó los pantalones de Pablo y liberó su polla ya erecta, retiró el prepucio con un movimiento limpio y le dio un par de lametones antes de girarse hacia Sandra.
Comenzó a desnudarla despacio. Le bajó el pantalón y se puso de rodillas detrás de ella. Separó sus nalgas y hundió la cara, lamiendo su coño y su ano mientras Sandra besaba a Pablo y lo masturbaba con suavidad.
Me senté en el asiento del copiloto, girado hacia el interior, y decidí esperar.
Lucía se incorporó y metió la cabeza entre la de ellos. Lenguas alternadas, besos de tres. Las manos de Pablo acariciaban un culo y el otro. Sandra tiró de la camiseta de Lucía para quitársela y, al liberar sus grandes pechos, agarró uno y empezó a lamer el pezón endurecido.
Pablo se agachó por detrás de Lucía, le bajó los pantalones y separó sus nalgas para lamerle el ano mientras deslizaba una mano entre sus piernas para llegar a su coño. Desde donde yo estaba veía perfectamente sus dedos moviéndose en el interior de mi mujer y la lengua de Sandra rodeando sus pezones.
Me levanté para desnudarme.
Lucía me hizo un gesto con la mano: siéntate.
Me volví a sentar, con la polla apuntando al techo, esperando.
Las dos mujeres empujaron a Pablo para que se sentara en la cama y se arrodillaron entre sus piernas. Una cabeza rubia y una morena se movían sobre su polla. Fue Sandra quien acabó lamiendo el glande mientras Lucía recorría el tronco de arriba abajo hasta llegar a los testículos.
Dos culos orientados hacia mí. El de Lucía, blanco, con el coño de labios abultados que tan bien conocía. El de Sandra, moreno, brillante de humedad, con el ano oscuro que esperaba poder explorar más tarde.
Lucía giraba la vista hacia mí de vez en cuando, pidiéndome paciencia sin palabras.
Después, Lucía se puso de pie e hizo que la siguieran hasta el fondo de la caravana. Tras tumbar a Pablo boca arriba, las dos se pusieron a cada lado y siguieron lamiéndole la polla. Un momento después, Sandra sacó de un cajón un pañuelo y, riéndose, le vendó los ojos a Pablo.
—Vamos a jugar un poco.
Lo besó despacio y fue bajando, lamiendo su pecho, hasta arrodillarse de nuevo junto a Lucía. Lucía cedió el sitio y se puso detrás de Sandra, acariciándole los pechos mientras ella se ocupaba de Pablo.
Bajó besando su costado hasta tumbarse entre las piernas de Sandra y empezar a lamerle el coño.
Me quedé mirando cómo la lengua de Lucía se movía en su interior, separando los labios, jugando con el clítoris. Tenía a pocos centímetros el culo de Sandra y su coño a mi disposición, pero todavía no tenía permiso.
Sandra gemía con cada lametazo sin sacarse la polla de Pablo de la boca. Él permanecía con los ojos vendados y las manos detrás de la cabeza.
Fue Sandra quien me hizo un gesto para que me acercara.
Me puse a su lado, arrodillado. Me miró con los ojos brillantes y me indicó sin palabras que lamiera.
No me lo pensé. Rodeé aquella polla dura con mis labios, pasé la lengua por el glande, la recorrí hasta la base. Sandra acariciaba sus testículos mientras la polla desaparecía entre mis labios. Pablo gemía de satisfacción, sin saber que era yo quien lo lamía.
Después, Lucía se incorporó y se montó a horcajadas sobre Pablo, introduciéndolo del todo en su coño. Las manos de él aferraron sus grandes pechos cuando ella empezó a cabalgar. Sandra se sentó sobre su cara para que la lamiera.
Sandra acercó su cara a Lucía para besarla, llevando las manos hasta sus pechos. La lengua de Pablo se hundía en el coño de Sandra, que bajaba la cabeza para succionar los pezones de Lucía. Lucía tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, moviéndose sin parar encima de él.
Me puse de pie sin esperar señal. Lucía abrió los ojos y asintió.
Sandra agarró mi polla y se la llevó a los labios. El alivio de sus labios alrededor del glande fue inmediato. Notaba sus gemidos contra mi polla mientras la engullía y bajé una mano para acariciarle la cabeza.
Lucía se unió. Las dos lamiéndome al mismo tiempo: una en el glande, la otra recorriéndome el tronco hasta los testículos, metiéndolos uno a uno entre sus labios.
Bajé las manos y agarré sus pechos, uno con cada mano, notando los pezones endurecidos en las palmas.
Sandra empezó a tener espasmos.
—Qué bien, cariño. Sigue —murmuraba—. ¡Sigue!
Se corrió con mi polla en la boca mientras Pablo seguía lamiéndole el coño entre sus propios jadeos.
***
Me separé y la moví a un lado. Lucía aprovechó para tumbarse y levantar las piernas. Pablo salió de debajo y se colocó entre ellas, penetrándola de nuevo.
Sandra se puso de rodillas frente a mí y me besó mientras me masturbaba despacio.
La atraje hacia mí, la pegué a mi cuerpo y busqué su coño desde atrás con los dedos. Lo encontré caliente y muy húmedo. Gemía contra mi boca.
Se giró. Se puso a cuatro patas.
No lo dudé. Apunté hacia su coño y la penetré de un solo empujón hasta el fondo.
Bombeaba cada vez más fuerte. Giré levemente su cuerpo para colocarla junto a la cabeza de Lucía y las dos empezaron a besarse.
Mis manos destacaban sobre las nalgas morenas de Sandra. Mis ojos fueron hasta su ano.
Presioné con el pulgar suavemente para ver su reacción. No dijo nada. Mojé el pulgar en su coño y lo llevé de vuelta a la entrada.
—En ese cajón hay lubricante, si quieres —dijo Sandra sin dejar de besarse con Lucía.
Me salí de ella. Tomé el lubricante y puse una dosis generosa en su ano y otra en mi polla.
Apoyé el glande en la entrada y empujé muy despacio.
Tras la resistencia inicial, entré. Seguí empujando hasta estar del todo dentro. Agarré sus nalgas y empecé a bombear.
Sentía cómo sus músculos apretaban mi polla con cada movimiento, como si quisieran retenerla.
—¡Qué bien se folla así! —gimió Sandra.
Lucía no contestó. Estaba a punto de correrse bajo Pablo, que había acelerado el ritmo con las manos aferradas a sus pechos. Se corrió con el cuerpo temblando y un gemido largo.
—¿Estás a punto? —preguntó Sandra a Pablo—. Quiero que te corras en mi boca mientras me folla Marcos.
Pablo sacó la polla del coño de Lucía a tiempo y se acercó a la boca de Sandra, que recibió toda su carga entre los labios.
La lamió despacio, mostrándonos cómo la recogía con la lengua. Luego bajó la cabeza hasta Lucía y la besó. Sus lenguas se entrelazaron, limpiando los labios sin dejar rastro.
Pablo las miraba sin decir nada.
—Ni en mis sueños más sucios me imaginé ver esto —dijo al fin.
Sandra le miró riéndose y se acercó a gatas para besarle también.
—Pues que sepas que me ha gustado. Y mucho.
—A mí también, que conste.
Yo me corrí dentro de Sandra un momento después, con los dedos hundidos en sus nalgas y los ojos cerrados.
***
Volvimos a nuestra caravana cerca de la medianoche. Al pasar por donde antes estaban los alemanes, vimos que había otra nueva aparcada en su lugar. Las ventanas tenían luz.
Si alguien nos había visto salir corriendo semidesnudos, iba a tener mucho que contar en casa.
Nos acostamos sin cenar. Esa noche dormí mejor que en años.