El voyeur silencioso que nos observó esa noche
Llevábamos años juntos y nos conocíamos de memoria. No de la manera aburrida en que se conocen las parejas que han dejado de sorprenderse, sino de la manera en que dos músicos saben cuándo acelerar y cuándo dejar respirar la melodía. Yo sabía cuándo ella necesitaba que me detuviera. Ella sabía dónde tocarme para que todo empezara de nuevo.
Éramos buenos en eso. Muy buenos.
La idea surgió una noche de otoño, después de hacer el amor, cuando todavía no queríamos apagarlo todo ni volver al mundo cotidiano. Ella dijo que le parecía excitante la idea de que alguien nos observara. No un conocido, eso estaba descartado de entrada. Un desconocido. Alguien capaz de convertir lo que veía en palabras.
—Un mirón con pluma —dijo, y se rió.
—Un voyeur escritor —asentí.
Y así nació el anuncio.
Lo redactamos juntos, sentados en la cocina con una botella de vino mediada entre los dos: «Pareja joven ofrece a voyeur que sea escritor o periodista la posibilidad de observar un encuentro íntimo real. Se ruega describir por escrito lo que imaginan que podría suceder, cómo y dónde. Si nos convence su propuesta, entre todos haremos que ocurra.»
Lo enviamos a un periódico de tirada nacional un martes. El domingo siguiente salía en la edición impresa.
***
Recibimos cuarenta y tres cartas.
No nos lo esperábamos. Habíamos asumido que llegarían cuatro o cinco, que haríamos una pequeña selección entre candidatos mediocres y que probablemente acabaríamos descartando el proyecto entero. Pero cuarenta y tres. La distribución nacional del periódico había llegado a rincones que no imaginábamos.
La primera selección fue puramente visual: sobres manchados, caligrafía ilegible o palabras soeces en el primer párrafo eliminaban automáticamente al candidato. Eso redujo el montón a la mitad.
Luego vinieron las lecturas.
Cartas de hombres inseguros que pedían disculpas antes de terminar la primera línea. Cartas entusiastas de gente que claramente no había entendido el concepto y querían participar de otras maneras. Una carta de alguien que decía ser «una figura pública» y exigía anonimato absoluto, capucha y encuentro a las cuatro de la madrugada en una carretera comarcal.
—Jo —dije—. Qué miedo.
También llegó la carta de un médico que tenía apartamento en la costa y proponía que nos pusiéramos en la playa al amanecer, en invierno, mientras él nos observaba con un telescopio desde su terraza. Solo de imaginarlo, el frío de esa arena metida en todas partes.
Y entonces, entre el desorden de sobres y páginas mal dobladas, apareció una carta diferente.
«Pareja: no me resulta sencillo explicar quién soy. Llamémosme Andrés Molina: bastante mayor que vosotros, universitario, cómodamente casado, con un trabajo que me satisface y sin apuros económicos. Aficionado al cine, fotógrafo amateur, lector compulsivo.
Me gustaría observaros. No como espectáculo, sino como experiencia. Ver cómo os movéis el uno hacia el otro, el detalle de las caricias, la manera en que dos personas que se conocen y se desean construyen ese momento único. Estar presente y al mismo tiempo ser transparente, invisible. Observar cómo se recompone cada uno después, cómo la luz cae sobre vuestros cuerpos, el reflejo en los ojos del otro.
Tal vez, también, desearos.»
Ella leyó la carta dos veces. Luego me la dio.
—Este —dijo.
La única condición que puso fue que yo lo conociera antes. A solas, en un bar, sin compromiso.
***
Apareció puntual. Tenía más de cincuenta años, chaqueta de cuadros gastada con elegancia, corbata discreta. Una de esas personas que se visten de manera clásica sin dar la impresión de esforzarse en ello. Pidió un café solo y me contó que dedicaba sus horas libres a un diario que nadie leería nunca, que su trabajo era la traducción de novelas del francés y que llevaba años transportando las experiencias íntimas de otros autores a palabras ajenas sin poder añadir las suyas.
—¿Por qué esto? —le pregunté.
—Porque me parece honesto —dijo—. Soy voyeur. Siempre lo he sido. Prefiero reconocerlo que fingir que no.
Le creí.
Le expliqué las condiciones. Nosotros llegaríamos primero a la habitación del hotel. En recepción habría una llave a su nombre. Empezaríamos sin esperarle. Él entraría cuando quisiera, sin anunciarse, sin saludar. Sería transparente. Se sentaría donde pudiera ver. Cuando quisiera marcharse, se marcharía, también sin palabras.
Asintió. Anotó el nombre del hotel en una servilleta de papel.
—¿Y después? —preguntó.
—No lo sé —dije—. Eso es lo interesante.
***
Llegamos al hotel a las siete de la tarde.
Era la primera vez que hacíamos algo así, sin cenar antes, sin el ritual habitual de la noche: las copas, la conversación que nos iba acercando, el coche, el camino a casa. Esa vez no. Nos habíamos citado directamente allí, en una habitación que no tenía ninguna historia para nosotros, para hacer algo que tampoco tenía ningún precedente.
Nos miramos desde lados opuestos de la cama.
—¿Y ahora qué? —dijo ella.
Bajé a pedir un whisky al bar del hotel. No bebo entre horas. Pero necesitaba algo que disolviera esa tensión absurda que llenaba la habitación como niebla. Cuando volví, ella estaba en el sillón, con el mando de la televisión en la mano, zapeando sin mirar.
—¿Lo dejamos? —le pregunté.
—Por mí no.
No supe si lo decía porque quería seguir o porque no quería decepcionarme. Lo digo porque ella tampoco lo sabía. Eso también lo conocía de memoria.
Empujado por el whisky y por algo más difícil de nombrar, me acerqué. Le acaricié la cara. Le besé el cuello, despacio, todavía vestidos los dos, y poco a poco esa tensión extraña fue disolviéndose. Nos tumbamos en la cama. Yo perdí la camisa, ella la blusa y la falda. Abrimos la ropa de cama. Mi boca buscó la suya y nuestras manos encontraron los caminos de siempre, esos caminos tantas veces recorridos que ya no hacía falta pensarlos.
Estaba con la boca apoyada en su centro, a través de la tela, cuando se abrió la puerta.
No lo vi. Lo noté en ella. Un segundo de tensión en su cuerpo, una leve rigidez, como si el aire de la habitación hubiera cambiado de temperatura. Luego se giró, puso la cara contra la almohada.
No me quedó otra opción que seguir besando su espalda desde el cuello hacia abajo. Conté sus vértebras, como siempre. Nunca me sale el mismo número.
***
Lo miré de reojo antes de poder evitarlo.
Estaba ahí. Andrés Molina, completamente vestido, sentado recto en la silla, inclinado apenas hacia nosotros, con las manos cruzadas sobre las rodillas y sus ojos fijos en nosotros. No había cruzado nada. No había hecho ningún gesto. Simplemente estaba.
Me produjo un efecto que no esperaba: me electrizó. No la vergüenza que había anticipado, sino algo más próximo al deseo. Me sobraba toda la ropa. Me quité el resto de lo que llevaba encima y me quedé desnudo, de espaldas a él y a ella, sentado en el borde de la cama.
Luego no tuve más remedio que darme la vuelta.
Le quité el sujetador a ella. Ella tenía los ojos entrecerrados, cosa poco habitual en nosotros, que siempre habíamos hecho el amor con los ojos abiertos. Volvimos a los gestos de siempre, pero esta vez había algo diferente en el aire, algo que tenía que ver con su mirada contra nuestra piel.
Más de una vez la vi a ella mirar de soslayo hacia donde estaba él. Más de una vez algún movimiento suyo, que podría haber sido para buscar una postura más cómoda, me pareció también una manera de acomodarse a los ángulos de su mirada.
No me importó.
A esas alturas ya no era mi mente quien llevaba las riendas. Me excitaba el exhibirme sin pudor, compartir los sonidos de esa habitación: el somier, el roce de nuestra piel, sus jadeos en los momentos más intensos. Sonidos que yo había robado otras veces en hoteles solitarios, con la oreja pegada a la pared, escuchando a los desconocidos del cuarto de al lado.
Ella empezó a gemir de una manera que no era del todo habitual en ella, más continua, más expansiva.
¿Es real o lo está haciendo para él?
No lo supe entonces. Tampoco me importó demasiado.
Lo miré una última vez antes de perderme del todo. Seguía sin moverse, la chaqueta perfectamente puesta, los ojos recorriendo nuestros cuerpos con una concentración que no era obscena sino casi clínica. Como alguien que graba en la memoria algo que sabe que no volverá a ver.
Nos olvidamos de él completamente al final.
Ella decidió cuándo terminar, como siempre. Con una caricia en el momento exacto logró que lo mío, siempre más inmediato y más brusco, se entrelazara con lo suyo, que es más lento y más profundo. Una espiral ascendente de la que salimos agotados y todavía entrelazados, sin saber muy bien dónde terminaba uno y empezaba el otro.
***
Cuando volvimos a la superficie, Andrés Molina seguía en su silla. Recostado ahora contra el respaldo, con el mismo traje impecable. Solo le faltaba encender un cigarrillo.
La situación era surrealista. Ella y yo desnudos en la cama, él completamente vestido en su silla, y ninguno de los tres sabiendo muy bien cómo gestionar los minutos que venían a continuación.
Fue difícil sostener el silencio acordado. Su sonrisa lo rompió, apenas una comisura que lo transformaba en otra persona. Le dije buenas tardes sin pensar. Él preguntó si queríamos algo de beber, fue al minibar, nos trajo agua, y durante un tiempo que no sé calcular estuvimos hablando de lo que se habla cuando no sabes de qué hablar: de su trabajo como traductor, de la dificultad de rendir justicia a una voz ajena en otra lengua, de los relatos que escribía para nadie.
Era una escena absurda. Ella con las piernas cruzadas en la cama, todavía brillante. Yo en plena recuperación, capaz de hablar de traducción literaria sin la más mínima vergüenza.
Él, mientras hablaba, seguía mirando. No con la intensidad de antes, pero seguía. Cuando una mancha de humedad empezó a formarse en la sábana debajo de ella, fue al baño a buscar una toalla sin que nadie se lo pidiera.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el deseo volvía.
No lo había notado hasta que vi sus ojos detenerse, con discreción, en un punto aproximadamente a veinte centímetros por debajo de mi ombligo. Ella también lo notó. Me rozó el pliegue de la rodilla con la planta del pie descalzo, un gesto mínimo que tenía el efecto de una llave.
Media sonrisa. Un murmullo que no llegó a ser disculpa.
Y me volví a hundir en ella.
***
La segunda vez fue diferente.
Sin preliminares, sin tensión. Su cuerpo me acogió con esa familiaridad que no se aprende sino que se construye con el tiempo, cálido y exacto. Él ya no era un extraño en la habitación. Era un elemento más del espacio, algo que de alguna manera extraña no interfería sino que añadía una capa a lo que ya éramos juntos.
No hubo gestos calculados para la galería. No hubo nada que no hubiéramos hecho mil veces los dos solos. Pero éramos más conscientes de cada movimiento, más presentes en cada sensación, como si su mirada actuara de espejo y nos devolviera algo de lo que éramos el uno para el otro.
Nos perdimos del todo. Vuelo quieto, movimientos pequeños, todo magnificado por la sensibilidad a flor de piel.
Cuando terminamos, él ya no estaba.
No lo oímos irse. No hubo despedida, ni un ruido de silla, ni pasos, ni el clic de la puerta. Simplemente ya no estaba, y el silencio de la habitación era distinto, más completo, solo nuestro.
***
Nunca supimos nada de él.
Nunca llegó su historia.