Tres parejas, una cabaña y un juego que fue demasiado lejos
El calor del sábado en Malinalco caía con esa pesadez de tierra adentro que invita a no hacer nada. La cabaña que había rentado Valeria para el fin de semana tenía alberca, hamacas y una terraza generosa con vista al cerro. Tres parejas, seis amigos con años de confianza, y demasiado tiempo libre. Era la combinación perfecta para que algo cambiara.
Habían llegado el viernes por la noche: Valeria y Marcos, los anfitriones improvisados de aquella escapada; Sofía y Diego, que se conocían desde la universidad con la otra pareja; Rodrigo y Camila, los más recientes al grupo, dos años de amigos, pero con esa química que desde el principio había hecho a todos conscientes de que eran una pareja magnética. El sábado había transcurrido entre cervezas, el asado a medio terminar y conversaciones que derivaban sin esfuerzo hacia lo picante.
Fue Valeria quien lo propuso, con esa mezcla de descaro y naturalidad que la hacía imposible de rechazar. Estaba recostada en una tumbona, su biquini morado contrastando con su piel trigueña, una cerveza fría en la mano. —Juguemos a algo. Pero de verdad, no como la última vez que terminamos todos jugando a las cartas. —¿Tipo qué? —preguntó Diego, levantando la vista desde su silla. Valeria sonrió despacio. —Retos cronometrados. Cada uno elige a alguien que no sea su pareja. Treinta segundos de contacto. Lo que pase, pasa.
El silencio duró exactamente tres segundos. Después, Rodrigo soltó una carcajada y Camila lo siguió, y así todos. Pero nadie dijo que no.
Lo que empezó con treinta segundos de manos en hombros y alguna espalda explorada fue escalando sin que nadie lo declarara abiertamente. Camila terminó con la lengua de Marcos en la boca durante su turno, y Sofía dejó que Rodrigo le mordiera el cuello mientras le metía la mano por dentro del biquini y le apretaba una teta hasta que se le escapó un gemido corto. Para las cinco de la tarde, el grupo se había redistribuido de manera natural: Rodrigo con Sofía en el cuarto pequeño del fondo; Diego con Camila en el de la izquierda; Valeria y Marcos en la recámara principal. Las puertas se cerraron casi al mismo tiempo, y por un momento la cabaña quedó en silencio.
***
Sofía no había esperado esto cuando preparaba la maleta el jueves por la noche. Rodrigo la había tomado del brazo al entrar al cuarto y la puerta había cerrado detrás de ellos con ese clic suave que parecía definitivo. Él era diferente de Diego: más callado, más lento en sus movimientos, con manos que se demoraban en los sitios como si estuviera aprendiendo algo de memoria. Le desabrochó el vestido azul por la espalda sin prisas, los dedos siguiendo cada vértebra antes de bajar.
—Dime si quieres que pare —murmuró él, su boca rozando el cuello de ella desde atrás.
—Ni se te ocurra parar —le contestó Sofía, y le agarró la mano y se la metió directamente entre las piernas, por encima de la tela ya húmeda de la braguita—. Tócame. Ya.
Rodrigo respiró hondo contra su nuca y le apartó el algodón a un lado con dos dedos. La encontró empapada, hinchada, con el clítoris duro esperando. La acarició despacio, dibujando círculos, y Sofía echó la cabeza hacia atrás contra el hombro de él. Le metió un dedo, después dos, y empezó a follarla con la mano mientras con la otra le pellizcaba los pezones por encima del sujetador. Sofía abría las piernas cada vez más, pegando el culo a la entrepierna de él, sintiendo cómo la polla de Rodrigo crecía dura contra su espalda baja.
—Estás chorreando —le dijo él al oído, sacando los dedos brillantes—. Mira cómo me pones la mano.
Se los pasó por los labios y ella los chupó sin pensarlo, saboreándose a sí misma. Después se giró, le bajó el short de un tirón y se puso de rodillas en la alfombra. La polla de Rodrigo saltó dura, gruesa, con la punta ya brillando. Sofía la agarró por la base y se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta sentir que le tocaba el fondo de la garganta. Rodrigo soltó un gemido ronco y le puso una mano en la nuca.
—Joder, Sofía, joder…
Ella la sacaba y volvía a meterla, chupando fuerte, lamiéndole los cojones, escupiendo saliva sobre la verga y masajeándola con la mano mientras se la mamaba. Cuando notó que él empezaba a tensarse demasiado rápido, lo soltó con un sonido húmedo y se levantó.
—Fóllame ya. Ahora.
Rodrigo la tumbó en la cama, le abrió las piernas de un movimiento y hundió la cara entre sus muslos. Le comió el coño con hambre, lamiendo de abajo hacia arriba, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua. Sofía se agarró a las sábanas y arqueó la espalda. Cuando finalmente la penetró, lo hizo de una sola embestida hasta el fondo, sosteniéndose con los brazos, mirándola a los ojos como si necesitara confirmar algo. Ella metió los talones en el colchón y alzó las caderas para recibirlo. Pensó en Diego dos habitaciones más allá, haciendo probablemente lo mismo con Camila, y ese pensamiento —en lugar de frenarla— la hizo apretar más los muslos alrededor de Rodrigo y dejar escapar un sonido que no intentó contener.
—Más fuerte —jadeó—. Rómpeme.
Rodrigo se salió, la puso de rodillas y volvió a metérsela por detrás, agarrándola de las caderas y empujando hasta que se oía el golpe seco de su pelvis contra el culo de ella. Le dio una nalgada, después otra, y Sofía se mordió la almohada para no gritar. Sentía la polla golpeándole el fondo, cada embestida enviándole una descarga que le subía hasta la nuca. Rodrigo se inclinó, le agarró el pelo y tiró suave, y le habló al oído mientras seguía follándola.
—Diego te folla así, ¿mm? ¿Te folla como te estoy follando yo?
—Cállate y sigue —gimió ella, apretándole con el coño.
Rodrigo metió la mano por debajo y le buscó el clítoris con dos dedos, frotándoselo al ritmo de la penetración. Sofía sintió que se acercaba, que ya no podía parar, y cuando llegó el orgasmo fue como si le partiera la columna: se corrió a gritos, apretando la polla dentro con espasmos, mojando los dedos de Rodrigo. Él aguantó unos segundos más, la volteó otra vez boca arriba y se sacó la polla, corriéndose a chorros sobre las tetas y el estómago de Sofía, marcándole la piel con hilos calientes de semen. Ella se pasó los dedos por encima, se los llevó a la boca y lo miró chupándoselos.
Después se quedaron tumbados un momento, sin hablar, con la respiración normalizándose lentamente mientras el ventilador de techo giraba sobre ellos.
***
En el cuarto de la izquierda, Diego y Camila no habían tardado en saltarse el preámbulo. Camila era directa, de esas personas que van al punto sin rodeos. Se había quitado la parte superior del biquini antes de que la puerta terminara de cerrarse y había señalado la cama con una inclinación de cabeza. Diego, que en diez años con Sofía había aprendido a leer señales, esta vez no tuvo que descifrar nada.
—Desnúdate —le dijo Camila mientras se bajaba la braguita del biquini—. Y ven aquí a comerme el coño. Quiero acabar en tu boca antes de que me folles.
Diego obedeció sin decir nada. Se arrodilló entre las piernas abiertas de ella y se la comió como si llevara meses hambriento. Camila tenía el coño depilado, rosado, con los labios hinchados de excitación. Diego le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, le chupó el clítoris, le metió dos dedos y los curvó buscando el punto correcto. Camila era ruidosa, con instrucciones concretas, sin la menor inhibición.
—Ahí, ahí, más rápido con la lengua… no pares… así, así, joder…
Le agarró la cabeza con las dos manos y le apretó la boca contra ella, moviendo las caderas contra su cara. Se corrió a los pocos minutos, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Diego, mojándole la barbilla. Cuando lo soltó, tenía la cara empapada y una sonrisa boba.
—Ahora sí. Ven aquí.
Camila se sentó en el borde de la cama, le agarró la polla con la mano y se la metió en la boca. La chupaba con ganas, ensalivándola bien, mirándolo a los ojos. Le lamió los huevos, le pasó la lengua por debajo, se la volvió a meter entera. Diego se agarró al cabecero con una mano y con la otra le sujetó el pelo.
—Métemela ya —dijo ella soltándola—. No aguanto más.
Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y se agarró las tetas mientras Diego se acomodaba. La sujetó por las caderas y ella lo recibió sin pretextos, sintiendo cómo la polla la abría de una embestida. —Más profundo —dijo ella en un momento, y él obedeció, empujando con fuerza, viendo cómo las tetas de ella rebotaban con cada embestida. Camila se aferró al cabecero, cambió de posición sin avisar, se puso encima y empezó a montarlo, cabalgando la polla mientras se frotaba el clítoris con dos dedos.
—Mírame —le ordenó—. Mírame follarte.
Diego la miraba desde abajo, viendo cómo se movía, cómo el coño se le tragaba la verga entera, cómo se pellizcaba los pezones. Pensó: Qué cosa tan extraña el deseo. Qué honesto cuando se presenta así, sin nada que lo complique. La agarró del culo y la ayudó a moverse más rápido. Camila se corrió por segunda vez encima de él, con la cabeza echada hacia atrás y un grito largo, y Diego aguantó lo justo para sacársela y correrse sobre el vientre plano de ella, viendo cómo su semen se derramaba hasta el ombligo.
Terminaron con el sonido del ventilador de techo y Camila riéndose de algo que él dijo antes de que ella pudiera atraparlo del todo. Se quedaron un momento en la cama, hablando en voz baja de cosas sin importancia, y eso también fue parte de algo.
***
La cena fue ligera y cargada de guiños. Nadie hablaba de lo ocurrido directamente, pero el ambiente había cambiado de textura: más suave, más íntimo, como cuando la ropa mojada se seca contra la piel y deja de sentirse fría. Valeria abrió una botella de vino tinto y sirvió para todos.
—Una cosa más esta noche —dijo, y el grupo la miró—. Los seis juntos. Sin puertas de por medio. Quien quiera retirarse, puede hacerlo sin dar explicaciones.
Nadie se retiró.
Empezaron en la sala, sobre los cojines largos del sofá y la alfombra de lana que cubría el centro. La luz era tenue, solo una lámpara encendida en la esquina. Rodrigo besó a Sofía primero, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras le desabrochaba la blusa y le sacaba las tetas del sujetador para chupárselas ahí mismo delante de todos. Camila lo observó desde el sillón, con Diego a su lado, hasta que Valeria cruzó la sala, se arrodilló frente a Diego y le quitó el vaso de vino de la mano sin decir nada. Le desabrochó el pantalón, le sacó la polla y se la metió en la boca de golpe, mirando a Camila mientras se la chupaba.
Lo que siguió fue desordenado de la mejor manera posible. No había coreografía ni turno asignado. Diego terminó en el sofá con Valeria montándolo a caballo, las tetas rebotándole en la cara, mientras él se las mamaba y le apretaba el culo con las dos manos. Marcos había puesto a Camila sobre la mesa de centro, boca arriba, con las piernas abiertas, y le comía el coño mientras ella se retorcía y le clavaba los talones en la espalda, gimiendo su nombre en voz baja. Rodrigo estaba de pie al fondo de la sala con Sofía de rodillas frente a él, mamándosela otra vez, con las manos de él sujetándole el pelo y guiándole el ritmo. Ella lo miraba desde abajo, sacándosela un momento para lamerle los huevos, y después volviendo a tragársela entera.
Las posiciones cambiaban sin que nadie lo declarara. Marcos se levantó de la mesa y metió la polla en el coño chorreante de Camila, follándola ahí mismo con las piernas de ella colgando por el borde. Valeria se bajó de encima de Diego, se puso a cuatro patas sobre la alfombra y Rodrigo, dejando a Sofía por un momento, se colocó detrás y se la metió por atrás, agarrándola de las caderas. Sofía se acercó a Camila, que seguía sobre la mesa siendo follada por Marcos, y le besó la boca, y después se agachó y empezó a lamerle los pezones mientras Marcos la seguía embistiendo. Diego, todavía duro, se puso detrás de Sofía y le metió la polla mientras ella seguía comiéndole las tetas a Camila. Se formó una cadena imposible que a ninguno le parecía imposible.
Los sonidos se mezclaban —respiración contenida, gemidos abiertos, el sonido húmedo de las pollas entrando y saliendo, el chirrido suave de los cojines, Camila diciendo el nombre de Marcos en voz baja, Valeria gritando que se estaba corriendo, Diego jadeando contra la nuca de su mujer—, y había algo en esa simultaneidad que era radicalmente diferente de cualquier cosa que cualquiera de ellos hubiera hecho antes.
Sofía pensó en algún momento, con la polla de Diego dentro y la boca en el pezón de Camila: No me avergüenzo. Eso es lo más sorprendente de todo. Estoy aquí, lo estoy eligiendo, y no me avergüenzo para nada.
Los orgasmos llegaron desordenados, a distintos tiempos. Valeria fue la primera, corriéndose empalada contra la alfombra mientras Rodrigo la seguía embistiendo por detrás. Marcos se corrió dentro de Camila con un gruñido largo, y después ella se corrió también, apretando la mesa con las manos. Rodrigo sacó la polla del coño de Valeria y se corrió a chorros sobre su espalda y su culo, marcándole la piel. Diego terminó dentro de Sofía, agarrándola fuerte de la cadera, corriéndose con la frente pegada a su nuca. Fue como una conversación en la que todos hablan a la vez pero de algún modo se entienden.
Después vinieron los silencios satisfechos, los cuerpos apilados sin pretensión en los cojines, alguien pidiendo agua, Camila riéndose de algo que no llegó a explicar, con el semen de Marcos escurriéndole todavía por el muslo. Valeria se tumbó con la cabeza en el pecho de Marcos y él le pasó el brazo por los hombros. Fue Rodrigo quien apagó la lámpara.
Durmieron en la sala, todos juntos, la puerta de la terraza entreabierta dejando entrar el aire fresco de la sierra. El chapoteo lejano de la alberca les hizo de nana toda la noche.
***
El domingo amaneció con el sol entrando oblicuo por las persianas y el olor a café que Marcos preparó antes de que nadie despertara del todo. Se sentaron en la terraza con tazas humeantes, el cerro verde enfrente y las maletas todavía sin preparar.
—Bueno —dijo Diego, estirando los brazos por encima de la cabeza—. Eso fue una cosa.
—Una cosa —repitió Camila, sonriendo en su taza.
Nadie intentó resumirlo ni darle nombre. Valeria sirvió más café y Rodrigo sacó fruta que nadie había tocado el día anterior. Desayunaron sin prisa, hablando de cosas ordinarias: el tráfico de regreso, que si paraban a comer en la carretera, que si el próximo sábado había partido de fútbol. Esa capacidad para lo cotidiano, después de todo lo anterior, era en sí misma algo extraordinario.
Fue en el coche, de regreso a la ciudad, cuando ocurrió lo último.
***
Rodrigo manejaba. Camila iba en el asiento del copiloto. Sofía y Diego atrás, con el paisaje desfilando afuera: árboles, curvas, algún pueblo con iglesia blanca. La carretera bajaba serpenteando con poca señal y menos coches.
—¿En qué piensas? —preguntó Diego en voz baja, sin apartar los ojos de la ventana.
—En todo —respondió Sofía.
Camila se volvió desde adelante con esa naturalidad suya. —Yo todavía estoy procesando la parte de la alfombra. Y la parte en que le comí el coño a Valeria mientras Marcos me la metía por detrás. —Rodrigo no dijo nada, pero sus orejas se pusieron levemente rojas. Diego reprimió una sonrisa. Sofía cubrió la mano de Diego con la suya sobre el asiento.
—¿Repetimos algún día? —preguntó Camila, mirando al frente.
—Sí —dijo Sofía, antes de que lo dijera alguien más.
La carretera siguió bajando. El sol de mediodía calentaba el techo del coche. Nadie añadió nada más, y eso era suficiente.
***
Esa noche, en su departamento, Sofía y Diego se sentaron en la cama y hablaron durante casi una hora. No sobre lo que había salido mal, porque nada había salido mal. Sino sobre lo que había sentido cada uno, en qué momento, con qué nivel de intensidad.
—Cuando te vi con Camila —dijo Sofía—, cuando la vi montarte y gritar tu nombre, no sé cómo explicarlo. No fue celos exactamente. Fue algo más parecido al orgullo, y también un calentón brutal. Se me empapó la braguita solo de mirarte follármela. Como si el hecho de ser yo la que había elegido esto lo volviera completamente distinto.
Diego tardó un momento. —Cuando Rodrigo te llevó al cuarto y cerraste la puerta, pensé que iba a morirme. Del tipo bueno. Después te oí gemir a través de la pared, gritándole que te rompiera, y se me puso durísima ahí mismo con Camila delante. Del tipo que hace que todo se sienta más real que antes.
Se quedaron callados. Afuera, la ciudad hacía su ruido habitual: coches, una vecina con música, el ascensor.
—¿Estamos bien? —preguntó ella.
—Mejor que bien —dijo él, y le puso la mano en el muslo por debajo del camisón.
Sofía se lo quitó por la cabeza y se puso a horcajadas sobre él, ya sin braguita, ya mojada otra vez. Le agarró la polla, se la acomodó en la entrada y se sentó despacio, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro. Diego le agarró las tetas con las dos manos y ella empezó a moverse encima suyo, despacio al principio, después más fuerte. Se lo folló con las manos en el pecho de él, mirándolo a los ojos, sin cerrarlos ni un momento. Diego le llevó una mano al clítoris y se lo frotó al ritmo de las embestidas, y ella se corrió apretándole la polla dentro, con un gemido contenido que era todo para él. Después la volteó, le abrió las piernas y se la metió otra vez, follándola despacio y con atención, como si cada uno fuera algo que el otro había encontrado hace poco y todavía estuviera aprendiendo a sostener. Cuando él estuvo a punto, ella lo agarró del culo y lo apretó contra sí. —Adentro. Córrete adentro. —Y Diego se corrió dentro de ella con la boca en su cuello.
Cuando terminaron, Sofía se quedó despierta un rato más, mirando el techo, sintiendo el semen de Diego escurriéndole entre los muslos, pensando en la cabaña y en la alfombra y en lo que Rodrigo le había dicho al oído mientras se la metía por detrás, y también en la mano de Diego sobre su muslo en el coche de vuelta. Pensando en que todo eso cabía en el mismo lugar, sin que uno borrara al otro.
Eso también había sido una sorpresa.