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Relatos Ardientes

Nieve, jacuzzi y la pareja de al lado

La mañana en que empezó a nevar, el camping estaba casi vacío.

Nos habíamos levantado temprano con intención de marcharnos, pero cuando Elena abrió la persiana y vio los copos pegarse al cristal, supe que el plan iba a cambiar. Revisamos el parte meteorológico en el teléfono: nieve moderada ese día, más intensa al siguiente. La carretera de bajada ya tenía aviso amarillo.

—Nos quedamos —dijo Elena, y yo no puse ningún reparo.

Fuimos a recepción a avisar de que prorrogábamos la estancia. La chica del mostrador nos informó con calma de los servicios disponibles y, casi de pasada, señaló hacia el fondo del recinto.

—Hoy no hay nadie reservado en la sauna ni el jacuzzi. Pueden usarlos cuando quieran.

Elena y yo nos miramos.

El lugar estaba escondido detrás de un seto alto y tupido que lo aislaba casi por completo del resto del camping. Una pequeña edificación de madera albergaba la sauna y, justo al lado, un jacuzzi circular al aire libre bajo un tejadillo de tablones. Con la nieve cayendo despacio sobre el vapor del agua caliente, el sitio tenía algo irreal.

—Vamos a cambiarnos —dije.

***

Cuando salíamos de la autocaravana envueltos en los albornoces, el chico del espacio de al lado estaba en la puerta con una taza humeante en la mano. Treinta y pocos años, cabello oscuro, complexión atlética. Nos miró con curiosidad antes de saludar.

—Buenos días. ¿Se van con este tiempo?

—Todo lo contrario —respondí—. Hemos prorrogado.

Elena se acercó a presentarse como siempre hace, con esa familiaridad natural que a mí me ha costado años entender y que a los desconocidos los descoloca de manera agradable.

—Soy Elena. Él es Andrés.

—Bruno —dijo él, estrechándome la mano—. Mi chica está durmiendo todavía.

—¿Lleváis mucho aquí? —preguntó Elena.

—Desde el jueves. Veníamos con más gente, pero tuvieron que volverse por trabajo y al final nos quedamos solos. —Hizo un gesto vago con la taza—. Tampoco nos ha parecido mal.

—Nosotros vamos al jacuzzi —dije—. Si os apetece uniros en algún momento...

Bruno dudó. Me miró a mí, luego miró a Elena un segundo más de lo necesario.

—Le digo a Valeria cuando se levante. A lo mejor nos acercamos.

***

La sauna era un barril de madera con capacidad para cuatro personas. Dejamos el jacuzzi llenándose y entramos primero a calentar. El calor seco golpeó desde el primer momento y todo el cuerpo se relajó de golpe.

Elena se quitó el albornoz. Llevaba el bikini negro, el que coge siempre en el último momento cuando intuye que va a hacer falta: la parte de abajo como una braga mínima y la de arriba que cumplía su función a duras penas con sus pechos grandes. Se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en la pared de madera, cerrando los ojos.

—¿Crees que vendrán? —preguntó sin abrir los ojos.

—Él sí quiere —dije—. ¿No viste cómo te miraba el escote?

—Claro que lo vi.

Permanecimos en silencio, dejando que el calor nos empapara. Cuando la temperatura se hizo demasiado intensa, salimos hacia el jacuzzi.

Valeria ya estaba dentro.

Estaba de espaldas cuando la vimos, metiéndose con el agua por las rodillas. Bikini negro también, caderas estrechas, un trasero firme y bien formado. Se giró al oírnos y nos regaló una sonrisa amplia y sin reservas. Cara redonda, ojos oscuros con ese brillo particular de quien siempre está a punto de reírse, labios generosos. Piel mulata que brillaba con el vapor y las gotas de agua que resbalaban por sus hombros.

—Hola. Soy Valeria.

Se levantó para saludarnos y aproveché para verla entera: esbelta, abdomen plano y firme, pechos pequeños y redondos con pezones oscuros que el contraste con el frío exterior había endurecido.

Bruno apareció detrás con dos toallas dobladas bajo el brazo.

Nos acomodamos en el jacuzzi. Yo frente a Valeria, Elena frente a Bruno. El agua caliente borboteaba con suavidad y el vapor se mezclaba con los copos de nieve que seguían cayendo. Había algo absurdo y perfecto en esa combinación.

Elena apoyó la cabeza en el borde y elevó el torso ligeramente, estirándose. Sus pechos emergieron entre las burbujas, moviéndose despacio con la corriente del agua. Bruno y Valeria los miraron sin disimulo y luego se miraron entre ellos con una comunicación silenciosa que yo reconocí perfectamente.

Estuvimos un rato charlando. Eran de Pamplona, aficionados al senderismo y a los viajes en autocaravana, llevaban juntos cuatro años. Veintiséis, veintisiete años los dos. Valeria había llegado de Colombia hacía cinco años y seguía con ese acento que suavizaba las consonantes.

Cuando la conversación empezó a languidecer, Valeria nos miró a los dos con esa sonrisa directa que ya le conocía.

—Una pregunta. Lo de anoche en la autocaravana... ¿fue adrede?

Elena soltó una carcajada corta.

—Sí. O al menos eso esperábamos.

—¿Y qué pretendíais exactamente? —preguntó Bruno.

—Nos gusta que nos vean —respondí—. Y ver. O imaginarnos lo que pasa al otro lado.

—Y a veces participar —añadió Elena, mirándolos fijamente.

Valeria y Bruno cruzaron esa mirada de nuevo.

—Lo pensamos —admitió Valeria—. Nos excitó bastante.

—Nos seguía excitando —dijo Bruno—. Anoche lo hicimos allí dentro mirando hacia vuestra autocaravana.

—Eso imaginábamos —dije.

—Qué pena —dijo Elena—. Ocasión desperdiciada.

—Para ser sinceros —dijo Valeria—, nos excitó muchísimo.

—Y lo sigue haciendo —añadió Bruno.

Valeria lo miró con una sonrisa torcida.

—A ti te hace falta poco.

—Eso también es verdad —admitió él, riéndose.

—¿Y podemos comprobarlo? —preguntó Elena.

Valeria encogió los hombros con esa calma que tenía para todo.

—¿Por qué no?

***

Bruno se puso de pie en el jacuzzi. El bañador ya mostraba una erección evidente, y Valeria lo bajó despacio, sin apresurarse, como si estuviera haciendo algo completamente ordinario. Su polla quedó al aire: unos diecisiete centímetros, gruesa en la base, ligeramente curvada hacia un lado, con una vena prominente recorriendo la cara inferior. Valeria la rodeó con los dedos y retiró el prepucio hacia atrás, exponiendo el glande enrojecido y brillante.

—Ves cómo le hace falta poco —dijo—. Sin hacerle nada todavía.

—No está nada mal —respondió Elena—. Te lo vas a pasar bien.

—Muy bien, la verdad.

Valeria nos miró de reojo, acercó la cara hacia él y sacó la lengua para pasarla por el glande con calma, rodeándolo despacio, sin perder el contacto visual con nosotros.

Debajo del agua, la mano de Elena encontró la mía y la apretó. Luego subió hasta donde debía.

Empezamos a besarnos. Mis manos recorrieron su cuerpo por encima del bikini, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo la tela con una tensión que no era solo del frío. Elena me acariciaba a través del bañador con movimientos lentos y deliberados que me costaba ignorar.

Cuando le quité la parte superior del bikini y sus pechos quedaron al aire, Bruno tenía los ojos fijos en ellos. Pellizqué un pezón con suavidad. Elena exhaló despacio, sin apartar la mirada de Valeria.

Valeria ya tenía la polla de Bruno entre los labios. La lamía de arriba abajo con movimientos largos y pausados, apoyando las manos en sus muslos, completamente a su ritmo. Bruno tenía los dedos enredados en su cabello.

Hice que Elena se levantara. De pie ante mí en el agua del jacuzzi, mirando hacia Bruno, le bajé despacio la parte inferior del bikini y la giré para que los dos pudieran verla entera. Luego llevé la boca a su sexo y deslicé la lengua entre sus labios, despacio, de abajo arriba.

Valeria sacó a Bruno de la boca para mirarnos. Después se puso de pie y se quitó el tanga ella misma, dándoles la espalda, agachándose con deliberada lentitud para recogerlo del fondo del jacuzzi. Su sexo oscuro quedó expuesto desde atrás un instante antes de que volviera a erguirse.

***

Elena se sentó en el borde del jacuzzi, fuera del agua, con las piernas abiertas y la espalda recta. Me arrodillé dentro y volví a ella: lengua sobre el clítoris, dos dedos dentro moviéndose despacio, sus manos apretándome la cabeza con una fuerza que iba aumentando. Sus gemidos se mezclaban con los de Valeria en ese espacio cerrado y lleno de vapor.

Cuando me incorporé, Elena ya me había bajado el bañador. Me rodeó la polla con los dedos, la apretó una vez, y luego se puso a cuatro patas en el borde, ofreciéndoles a los otros una visión completamente clara de todo. Entré en ella de un solo empuje.

Bruno lo vio. Sus manos, que estaban en el cabello de Valeria, bajaron a sus hombros y la colocó en la misma posición.

Así, uno al lado del otro, los cuatro con el mismo eje, empezamos a movernos. El ritmo se sincronizó solo, sin que nadie lo decidiera, como si el cuerpo simplemente encontrara la cadencia más natural. Los gemidos se mezclaron hasta no poder distinguir de quién era cada uno. El vapor del jacuzzi se enrollaba alrededor de nosotros. Nevaba más fuerte que antes.

Fue Valeria la primera en correrse. Un gemido que subió de tono hasta cortarse de golpe, el cuerpo sacudiéndose hacia adelante y los brazos doblándose bajo su propio peso mientras Bruno seguía bombeando sin detenerse.

Yo me vacié dentro de Elena unos segundos después, pero no me detuve hasta que sentí su cuerpo arquearse y su interior apretarse a mi alrededor con esa contracción lenta e irresistible que termina con todo.

Bruno siguió. Valeria se apartó, se arrodilló ante él en el agua y lo rodeó con los labios con urgencia. Unos segundos bastaron. Bruno se corrió con un sonido ronco, y ella lo recibió con la boca abierta, sin apartar los ojos de él.

***

Después estuvimos un rato en el agua caliente sin hablar, la respiración calmándose, la nieve cayendo sobre nuestros hombros. Valeria se recostó contra el pecho de Bruno y cerró los ojos.

—Madre mía —dijo.

—¿Qué? —preguntó él.

—Que me he divertido una barbaridad. Y eso que casi solo nos miramos.

Elena soltó la carcajada.

—Y eso solo mirándoos —dijo—. Imaginaos si nos hubiéramos juntado del todo.

—Me excita muchísimo —admitió Valeria—. Veros tan cerca. Sus pechos moviéndose así, o ver cómo él entraba y salía...

—Es muy excitante —confirmó Bruno.

Estuvimos charlando otro rato, ya sin el peso de lo que podía pasar, con esa ligereza que queda cuando algo sale bien sin que nadie lo haya forzado. Después me apeteció volver a la sauna. Elena prefirió quedarse con Bruno en el jacuzzi. Los dejé allí.

***

La sauna estaba en silencio. Me senté en el banco de madera, apoyé la nuca en la pared y cerré los ojos. El calor seco era exactamente lo que necesitaba después del jacuzzi, esa sensación de que el cuerpo se vuelve pesado de la manera correcta.

No sé cuánto tiempo pasé así. Suficiente para que la mente se vaciara del todo.

Cuando escuché abrirse la puerta, no me moví.

Alguien entró. La puerta volvió a cerrarse. Pasos suaves sobre la tarima de madera. Una presencia que se acercó despacio hasta sentarse junto a mí.

Permanecí con los ojos cerrados y la respiración tranquila.

Unos labios tibios rozaron mi pecho. Bajaron hasta el abdomen, despacio. Una mano encontró mi polla con calma y empezó a acariciarla, retirando el prepucio hacia atrás con un movimiento preciso. Mi cuerpo reaccionó antes de que yo tomara ninguna decisión.

Un aliento cálido sobre el glande. Luego una lengua rodeándolo despacio, sin prisa, tomándose todo el tiempo que quisiera.

Apoyé una mano sobre su cabeza sin abrir los ojos todavía.

Se tomó su tiempo. Cuando rodeó mi polla con los labios y empezó a bajar, lo hizo tan despacio que el esfuerzo de no moverme se convirtió en algo agradable por sí mismo: esa tensión de quedarse quieto mientras todo lo demás no lo está.

Abrí los ojos.

Valeria estaba de rodillas entre mis piernas. Me miraba desde abajo con una sonrisa alrededor de la polla.

—Sorpresa —dijo.

—Muy buena.

Se puso de pie ante mí, completamente desnuda. Se giró despacio para que la viera bien. El calor intenso hacía brillar su piel mulata, recorría los contornos de ese cuerpo compacto y firme, se acumulaba en las curvas de su trasero. Tenía esa seguridad de quien sabe exactamente lo que tiene sin necesitar que se lo confirmen.

—¿Te gusta?

Llevé las manos a sus nalgas, las separé, y hundí la cara entre ellas. Esa fue mi respuesta.

—Dios —exhaló, doblándose hacia adelante y apoyando las manos en la pared de la sauna—. Cómo me gusta eso.

Le dediqué tiempo. Primero su sexo desde atrás, la lengua recorriendo cada pliegue mientras ella apretaba los dedos contra la madera. Luego la hice sentarse con las piernas abiertas y empecé de nuevo desde el principio: labios externos, lengua a lo largo de todo el recorrido hasta llegar al ano, donde dio un respingo y me pidió que siguiera sin hacer falta pedírmelo dos veces.

Cuando llegué al clítoris, Valeria se pellizcaba los pezones con los dedos, esos pezones oscuros, casi negros, duros como dos pequeñas piedras. Aparté sus manos y los tomé yo, apretando con una firmeza que arrancó un sonido que no era exactamente un gemido sino algo más urgente.

Su cuerpo se tensó entero. La espalda se arqueó. Apretó mi cabeza contra ella con las dos manos y no la soltó.

—¡Sigue, sigue, no pares! —jadeó—. ¡Me corro, me corro!

El orgasmo la sacudió largo y despacio, no como un golpe sino como una ola que tardó varios segundos en terminar de pasar. Cuando acabó, se quedó laxa, la respiración entrecortada, y levantó mi cara entre sus manos para mirarme.

—Me hiciste correrme sin penetrarme siquiera.

—Eso viene ahora —dije.

Se rió, y la risa tenía algo de desafío.

Se puso de pie y agarró mi polla con una mano, apretándola despacio, sopesándola. Luego se giró hacia la puerta de la sauna.

—Vamos afuera —dijo—. Quiero que nos vean.

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Comentarios (7)

Juanma_78

increible!!! una de las mejores que lei por aca en mucho tiempo

MartaLuna_88

se hizo cortisimo, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

NevadoFan

me recordo una escapada que hice con mi pareja al norte, aunque la nuestra fue bastante menos... interesante jajaja

GabrielRB85

la ambientacion con la nieve y el jacuzzi esta muy lograda, se siente real

TatianaOk

de 10! segui asi

ElMalaga33

bien narrado, se lee facil y no se hace pesado en ningun momento. saludos desde el sur

Romi_lee

yo tambien quiero unos vecinos asi jaja tremendo relato

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