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Relatos Ardientes

Seis en la cabaña: el fin de semana que lo cambió todo

El grupo de WhatsApp llevaba semanas ardiendo. Seis contactos, tres parejas, y una carpeta de fotos que nadie admitía haber guardado en el teléfono. Marcos había propuesto la cabaña en Malinalco después de la última cena, cuando los seis terminaron la noche demasiado juntos y demasiado honestos. Su esposa Sofía lo dijo primero en voz alta: «¿Por qué no lo hacemos en serio?»

El chat explotó esa misma noche. Natalia, rubia de curvas imposibles, lanzó la primera imagen: un bikini verde que dejaba poco al azar. «Para que Rodrigo me lo quite con los dientes.» Sofía respondió con un selfie en tanga negra ante el espejo del baño: «Yo llevo esto. Marcos ya lo probó. Dice que funciona.» Valeria, morena de ojos grandes y una sensualidad que no necesitaba esfuerzo, agregó su propia foto con un top rojo: «Para que Carlos —y quien quiera— me mire con ganas.»

Los hombres respondieron desde sus respectivos trabajos. Rodrigo escribió que se le estaba poniendo la verga dura con esas fotos. Carlos ofreció traer hielo, «para enfriarnos las tetas, o no». Marcos tecleó sin pensarlo mucho: «Sofía, nos van a coger hasta dejarnos secos este fin de semana.»

***

El viernes llegaron puntuales al punto de encuentro. Rodrigo había traído su camioneta grande, con espacio para los seis sin apretarse, aunque nadie se quejó cuando el arreglo de los asientos resultó ser más estrecho de lo necesario.

Sofía quedó en el asiento trasero, entre Marcos y Carlos. Valeria se instaló adelante con Rodrigo. Natalia ocupó el centro del segundo banco, flanqueada. El arreglo fue «accidental» durante los primeros diez minutos.

Carlos buscó su cinturón y rozó el muslo de Sofía. No lo retiró de inmediato. Los dedos subieron un centímetro, luego otro, hasta el borde del short.

—Disculpa —dijo, sin parecer que lo sintiera mucho.

—No te disculpes —respondió ella, y presionó su pierna contra la de él apenas un segundo. Solo un segundo. Después le tomó la muñeca y la guio de vuelta a su muslo, más arriba, hasta que él pudo sentir el calor del coño a través de la tela.

Valeria giró la cabeza desde el asiento delantero:

—Yo quiero probar con Marcos. Lleva semanas mirándome de una forma muy específica.

—¿Qué forma? —preguntó él, fingiendo inocencia.

—La de quien quiere metérmela hasta el fondo —dijo ella, y se volvió hacia la carretera con una sonrisa en la boca.

La música estaba baja. Rodrigo miraba por el retrovisor con más frecuencia de la necesaria. Natalia tenía la mano en la rodilla de Marcos y la fue subiendo con lentitud calculada hasta apretarle el bulto de la polla por encima del pantalón. Marcos apretó los dientes. Nadie había preguntado cómo había llegado hasta ahí. El viaje duraría tres horas. Era un buen comienzo.

***

La cabaña tenía piscina climatizada, tres habitaciones y una sala con sofá enorme. Llegaron cerca de las diez de la noche. El aire fresco de la sierra contrastaba con el calor que habían acumulado durante el viaje.

Marcos propuso el reparto de habitaciones a cartas. Las mujeres elegirían primero, y el hombre con quien quisieran pasar la noche quedaría a su elección. Nadie protestó las reglas.

Natalia sacó el rey de corazones.

—La habitación grande con baño privado. Y quiero a Rodrigo y a Carlos los dos. Me quiero comer una polla mientras la otra me coge.

Los dos hombres cruzaron una mirada. Carlos levantó una ceja. Rodrigo levantó las dos.

—De acuerdo —dijo Carlos, con la voz levemente ronca.

Sofía sacó la reina. Miró a Valeria, luego a Marcos:

—La habitación del fondo. Con Marcos. Y con Valeria, si ella quiere.

Valeria ya estaba de pie:

—Yo quiero. Quiero verte a ti chupándosela a tu marido mientras me la come a mí.

***

Empezaron en la sala con vino, cerveza y un mazo de cartas. El strip poker fue la excusa para romper el hielo que no había. Cada prenda que caía era un umbral cruzado con calma, sin que nadie apresurara nada.

Sofía perdió la blusa y se quedó en sostén negro. Carlos la miró sin disimulo, la lengua asomándole entre los dientes.

—Tiene sentido que Marcos no quiera salir de casa. Con esas tetas encima yo tampoco.

—Cállate y juega —respondió ella, riéndose, aunque se pasó las manos por debajo del sostén y se acomodó los pechos para que él viera bien.

Natalia perdió los leggings y los quitó con una lentitud estudiada, quedando solo en una tanga diminuta que se le hundía entre los labios del coño. Rodrigo soltó el aire muy despacio y se llevó la mano al pantalón, ajustándose la erección sin disimulo. Carlos murmuró «puta madre» y no terminó la frase.

Los besos llegaron con los retos. Valeria besó a Marcos profundo, la lengua entrando en su boca como si le estuviera cogiendo, las manos en su mandíbula, los ojos abiertos hasta el último segundo. Le mordió el labio inferior al separarse.

—Así que así eres tú.

—Así —confirmó él, y le pasó la mano por el pezón por encima de la tela hasta ponérselo duro.

Rodrigo tenía la mano en la cintura de Sofía, el pulgar dibujando círculos lentos sobre su piel, bajando por debajo del elástico de la falda hasta rozarle el nacimiento de las nalgas. Ella miró a Marcos desde el otro extremo del sofá. Él asintió, apenas un gesto. La sala olía a perfume mezclado y a algo más denso, más cálido, el olor inequívoco de seis cuerpos con las hormonas al máximo.

***

Las habitaciones se llenaron de sonidos que viajaban por el pasillo. Puertas entreabiertas. Una conversación que nadie había necesitado tener porque todos sabían exactamente qué estaba pasando.

En la habitación grande, Natalia se arrodilló entre las piernas de Carlos y le sacó la polla del pantalón con una sonrisa hambrienta. Era gruesa y estaba durísima. Se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta la garganta, y Carlos gimió agarrándola del pelo. Mientras lo mamaba, ruidosa, chorreante, Rodrigo se colocó detrás y le arrancó la tanga de un tirón. Le abrió las nalgas con las manos y le enterró la cara en el coño, comiéndoselo desde atrás con la lengua entera. Natalia gritó con la polla de Carlos en la boca. Después Rodrigo se paró, se escupió la mano y se la untó en la verga, y se la metió de una embestida seca. Natalia se dobló hacia adelante, tragándose a Carlos hasta atragantarse, mientras Rodrigo la cogía por detrás con embestidas duras que le hacían temblar las nalgas. Cambiaron. La pusieron entre los dos, sentada sobre Carlos, con la polla de él enterrada hasta el fondo del coño mientras Rodrigo la penetraba por el culo con paciencia, un centímetro a la vez, hasta llenarla de las dos vergas al mismo tiempo. Natalia se corrió gritando, apretando las dos pollas dentro de ella, y ellos siguieron cogiéndola sincronizados, sacándole un orgasmo tras otro hasta que los dos se corrieron casi a la vez, Carlos dentro del coño y Rodrigo dentro del culo, dejándole las dos entradas chorreando semen.

En la habitación del fondo fue más lento. Marcos estaba tumbado bocarriba y Sofía le montaba la polla, subiendo y bajando con las manos apoyadas en su pecho, mientras Valeria, desnuda, se le acercaba por atrás y le besaba los hombros, la nuca, y le pasaba las manos por delante para apretarle las tetas y pellizcarle los pezones. Sofía echó la cabeza hacia atrás y Valeria le mordió el cuello.

—Cógeselo bien —le susurró al oído—. Que te llene.

Sofía aceleró. La polla de Marcos entraba y salía chorreante de flujo, y él le apretaba las nalgas con las dos manos, ayudándola a bajar más fuerte. Valeria se recostó a un lado y se abrió de piernas, tocándose el coño con dos dedos mientras miraba. Sofía se inclinó y se lo empezó a comer sin dejar de cabalgar a su marido. La lengua de Sofía trabajaba el clítoris de Valeria mientras la polla de Marcos la seguía perforando desde abajo. Valeria gimió agarrándola del pelo, empujándole la cara contra el coño.

Cambiaron. Marcos con Valeria, que se puso a cuatro patas al borde de la cama, con la espalda arqueada y el culo levantado. Marcos se la metió de un solo empujón y ella soltó un grito ronco.

—Qué gusto especial tenía yo por ti —murmuró entre embestidas, mirándolo por encima del hombro—. Cógeme más fuerte. Más.

—Ya lo sé —respondió él, y le dio una nalgada seca antes de agarrarla de las caderas y empezar a follársela sin piedad, sacándosela casi entera para volvérsela a enterrar hasta las pelotas.

Sofía los miraba desde el borde de la cama, las rodillas contra el pecho, con dos dedos hundidos en su propio coño. No era indiferencia. Era otra forma de participar. Se metió los dedos empapados en la boca y se los chupó. Después se acercó y se puso de rodillas frente a Valeria, y Valeria le empezó a chupar los pezones mientras Marcos la seguía cogiendo por detrás. Sofía sintió el orgasmo de Valeria en la boca porque la mujer la mordió sin querer al correrse. Marcos aguantó otro poco y se salió, y Sofía y Valeria se pusieron las dos de rodillas frente a él con la lengua fuera. Se corrió a chorros sobre las dos caras, sobre las lenguas juntas, y ellas se besaron después, pasándose el semen de una boca a la otra. Y le gustó más de lo que había esperado.

***

El sábado amaneció con luz suave y olor a café. Rodrigo y Carlos preparaban huevos en la cocina cuando llegaron las mujeres, envueltas en toallas o en poco más. Natalia fue directo al café. Sofía se sentó en la barra y aceptó la taza que le extendió Carlos. Valeria abrazó a Marcos por detrás, sin preámbulo, como si llevaran años haciéndolo.

—¿Alguno durmió? —preguntó Rodrigo.

Silencio general. Luego risas.

Desayunaron en la terraza con vistas a la piscina todavía inmóvil. La conversación saltaba entre lo que había pasado y lo que podía pasar todavía. Quedaba el sábado entero.

***

Marcos propuso salir al pueblo a comprar para el asado, pero en parejas intercambiadas.

—Para calentar el motor —explicó.

—¿Más? —preguntó Natalia con una ceja levantada—. Todavía tengo el culo lleno de leche de anoche.

—Más.

Se formaron tres parejas nuevas: Sofía con Rodrigo, Natalia con Carlos, Valeria con Marcos. El pueblo era pequeño y adoquinado, con tiendas que olían a especias y una carnicería con radio a todo volumen. Las tres parejas se dispersaron por calles distintas.

Rodrigo llevaba la mano de Sofía con naturalidad. En una esquina sombreada, la metió en un zaguán vacío y la empujó contra la pared.

—¿Puedo?

Sofía no preguntó qué. Solo cerró los ojos y separó las piernas.

El beso fue breve pero honesto. Manos de él debajo del vestido, subiendo por los muslos hasta encontrarle el coño sin bragas —se las había quitado antes de salir— y hundirle dos dedos de una vez. Sofía gimió contra su boca. Él la masturbó ahí mismo, contra el muro, con el pulgar en el clítoris y los dos dedos entrando y saliendo con ritmo, hasta que ella se corrió mordiéndole el hombro para no gritar. Rodrigo se sacó los dedos empapados y se los metió en la boca sin dejar de mirarla.

—Rodrigo. Vas a hacer que no terminemos de comprar las cervezas.

—Las cervezas pueden esperar —respondió él, y le agarró la mano y se la puso sobre el bulto duro del pantalón—. Esta noche te voy a coger otra vez.

En la carnicería, Carlos hablaba al oído de Natalia mientras elegían cortes de carne. Ella se apoyó contra él sin disimulo y sintió la erección apretándose contra sus nalgas. Él metió la mano bajo su camiseta, en la piel tibia de su cintura, y le subió hasta apretarle un pezón entre el pulgar y el índice.

—Esta noche quiero que seas solo mía un rato. Quiero comerte el coño hasta que me pidas que pare.

—Eso depende de cómo te portes —dijo ella, eligiendo el corte más caro del mostrador, y de paso metiendo la mano hacia atrás para agarrarle la polla por encima del pantalón—. Pero si sigues así, no vas a llegar a la noche.

Valeria y Marcos caminaban despacio por el mercado de abarrotes. Ella tenía su brazo enlazado al de él y hablaba con fluidez, sin pausas forzadas. Ante un puesto apartado, se giró hacia él y le agarró la mano y se la puso directamente sobre la teta izquierda, debajo de la blusa.

—Anoche me quedé con ganas.

—¿De qué?

—De tener tu polla en la boca sin compartirla con nadie.

La besó ahí mismo, entre cajones de fruta y un cartel de ofertas. El beso duró lo suficiente para que el vendedor mirara para otro lado. Ella le apretó la polla por encima del pantalón y le susurró que en el coche, a la vuelta, se la iba a mamar hasta hacerlo correrse en la boca.

***

De vuelta en la cabaña —y sí, Valeria cumplió, y Marcos casi se sale del carril con la boca de ella tragándose su polla hasta la base—, las mujeres desaparecieron en las habitaciones y salieron transformadas. Sofía en vestido rojo ceñido, escote bajo, dobladillo que rozaba sus muslos con cada paso y sin bragas debajo. Valeria en top negro y falda corta que se mecía con ella. Natalia en un jumpsuit semitransparente con encaje en los costados que insinuaba todo sin revelar nada, los pezones marcándose oscuros contra la tela.

Los hombres enmudecieron durante tres segundos completos. Rodrigo fue el primero en reaccionar.

—Empecemos —dijo, con la polla ya semi-erecta contra la costura del pantalón.

***

El juego de la tarde fue idea de Marcos: retos cronometrados. Cartas para determinar ganadores y perdedores, temporizador en el teléfono, reglas simples. El ganador elegía el reto. El perdedor lo cumplía.

Natalia ganó la primera ronda y eligió besar a Valeria un minuto entero. Las dos se tomaron su tiempo: labios abiertos, lenguas visibles, manos en el pelo de la otra, cuerpos acercándose despacio hasta apretarse teta contra teta. Valeria le bajó el jumpsuit hasta la cintura y le chupó un pezón rosado, y Natalia le levantó la falda y le acarició el coño por encima de la tanga con dos dedos. Los hombres miraban sin moverse, todos con las manos en la entrepierna. Cuando sonó el temporizador, nadie lo mencionó de inmediato.

Carlos perdió la segunda. Rodrigo le impuso el castigo: comerle el coño a Sofía, dos minutos, sin parar. Ella se sentó al borde del sofá y se subió el vestido hasta las caderas. Carlos se arrodilló entre sus piernas, le abrió los labios del coño con los pulgares y le enterró la lengua. Chupaba el clítoris con hambre, deslizándose por los pliegues, entrando y saliendo. A los noventa segundos Sofía tenía los ojos cerrados, las manos aferradas al pelo de Carlos y la respiración completamente cambiada. Cerró los muslos alrededor de su cabeza y se corrió sobre su boca con un espasmo largo.

—Tiempo —dijo Marcos, con la voz un poco tensa y la polla ya sacada del pantalón, dura en su mano.

—Pide más —murmuró Carlos, sin moverse, la boca brillando de flujo.

Marcos ganó la tercera. Eligió a Valeria. Un minuto dentro de ella en el sofá: la tumbó de espaldas, le levantó las piernas hasta los hombros y se la metió hasta el fondo de una embestida. Valeria gritó. Natalia le besaba el cuello a Marcos desde atrás mientras le pellizcaba los pezones, susurrándole que la cogiera más fuerte. Las manos de Valeria aferradas a sus hombros dejaron marcas rojas. Fue exactamente un minuto de embestidas duras, cuerpo contra cuerpo, y cuando sonó la alarma Marcos se quedó dentro tres segundos más, sacándosela despacio con hilos de flujo colgando de la polla. Sofía lo miraba hacer desde el otro extremo de la sala, con la mano metida bajo el vestido, masturbándose. Era lo más erótico que había visto en su vida.

Sofía perdió la cuarta. El castigo: Rodrigo y Carlos, dos minutos, sin límite de qué.

Se tumbó en una tumbona de la terraza, se quitó el vestido de un tirón y se abrió de piernas. Rodrigo se le metió de rodillas entre los muslos y le penetró el coño despacio, con toda la polla, mientras Carlos se le acercaba por arriba y le metía la suya en la boca. Sofía chupaba con hambre, ahogándose un poco cada vez que Carlos empujaba hasta la garganta, mientras Rodrigo la cogía con embestidas profundas que le hacían rebotar las tetas contra su propia barbilla. Cambiaron a mitad. Carlos abajo, tumbándose bocarriba en la tumbona con Sofía sentada encima cabalgando su polla, y Rodrigo detrás, escupiéndole en el culo y penetrándola por el otro agujero. Sofía gritó al sentirse llena por las dos vergas y empezó a mover las caderas entre los dos hombres como una loca. El temporizador sonó y nadie lo escuchó. Los dos hombres siguieron cogiéndola hasta que Sofía se corrió con un aullido y se dejó caer sobre el pecho de Carlos, temblando, mientras las dos pollas seguían dentro de ella palpitando.

***

El asado se enfrió sobre la parrilla. Nadie tuvo hambre de carne hasta mucho más tarde, cuando los seis terminaron tumbados en la sala, piernas entrelazadas, semen seco en la piel, hablando con la calma de quien ya no tiene nada que demostrar ni ningún umbral que cruzar.

—¿Lo hacemos de nuevo? —preguntó Natalia al techo.

—¿Cuándo? —respondió Marcos.

—El mes que viene. Aquí mismo.

Nadie votó en contra.

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Comentarios(8)

CabañaFan

Que relato!!! me dejo sin palabras, literalmente.

Fer_Casado

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi.

ViajeroSur82

Me recordo a un finde que pasamos con unos amigos hace años, aunque lo nuestro no llego a tanto jajaja. Muy bien contado, se siente real.

Meli_GBA

Como quedaron las parejas despues?? esa pregunta me quedo dando vueltas jaja

PabloCba91

Increible!!! sigan subiendo cosas asi

NochesBA

Lo lei dos veces y la segunda fue mejor todavía. Muy logrado.

DiegoPaz

De los mejores que lei en mucho tiempo. Bien narrado, con los detalles justos sin pasarse. Espero mas relatos de este tipo, dan ganas de seguir leyendo.

ElTorcido_99

la cabaña... alguien tiene el contacto? jajaja

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