El verano en que mis alumnos solo miraban a ella
Me llamo Claudio y doy clases particulares de matemáticas y física en casa. Cada verano acepto un grupo de universitarios que necesitan recuperar materias antes de que arranque el nuevo ciclo: son jóvenes que no aprobaron durante el año y que prefieren solucionarlo rápido en lugar de repetir el semestre entero. No es un trabajo glamoroso, pero tiene sus ventajas. Lo hago en casa, fijo mis propios horarios y el dinero extra llega cuando más falta hace.
El único problema es la motivación. Los estudiantes llegan con pocas ganas, mirando el reloj desde el primer minuto, y hay que ser creativo para mantenerlos en la silla. En verano, con el calor y la playa a veinte minutos, la concentración cae en picada sin importar lo bien que uno explique.
Ese año tuve un grupo de cinco chicos, todos universitarios, todos varones, todos de entre veinte y veinticuatro años. Pagaban trescientos pesos cada uno por hora de clase, lo que sumaba mil quinientos por sesión. Para una familia que vivía de ese ingreso durante los meses de verano, era un dinero que no podía darme el lujo de perder.
El problema apareció a mediados de julio. Las ausencias se multiplicaron. Rodrigo faltó el martes. Diego llegó tarde el jueves y se fue antes de tiempo. Los otros tres empezaron a inventar excusas que yo conocía de memoria. Sabía perfectamente lo que estaba pasando: el calor, los amigos, las noches que no terminaban. Podía entenderlo. Lo que no podía era resignarme a perder el grupo.
La solución llegó un jueves por la tarde, de la manera más inesperada.
Estábamos repasando integrales —uno de esos temas áridos que adornan los libros pero que nadie domina sin esfuerzo real— cuando la puerta del cuarto de estudio se abrió y entró Graciela, mi esposa.
Graciela tiene treinta y siete años. El cabello negro, los ojos color miel, tetas firmes de copa noventa que se sostienen solas, un culo redondo y alto que llena cualquier pantalón, y una figura que cuida con constancia y que sabe mostrar cuando tiene razón para hacerlo. Esa tarde se había manchado la blusa mientras cocinaba y se había cambiado de prisa: llevaba un vestido de lino claro, sin mangas, que le llegaba justo a la mitad del muslo. Nada extraordinario para una tarde en casa. Extraordinario para cinco chicos de veinte años encerrados con sus apuntes.
Entró a traer una jarra de agua. Dejó la jarra sobre la mesa, se inclinó levemente para recoger un vaso que había quedado al borde, preguntó si necesitaban algo más y salió. Duró cuarenta segundos, tal vez menos.
Pero esos cuarenta segundos cambiaron el clima de la habitación.
Los cinco chicos, que llevaban diez minutos combatiendo el sueño, se transformaron. Rodrigo, que siempre se sentaba al fondo con el celular a escondidas, se incorporó en la silla. Diego dejó el lápiz sobre la mesa y levantó la vista. Los otros tres se estiraron con esa tensión sutil de quien acaba de recibir un estímulo que no esperaba. Uno de ellos, Sebastián, movió la carpeta para tapar la entrepierna con un gesto que no fue rápido lo suficiente.
Yo seguí hablando. Miraba el pizarrón, fingía revisar mis apuntes. Pero de reojo vi perfectamente lo que había visto. Y lo que sentí no fue enojo.
Lo que sentí fue otra cosa completamente diferente. Fue una presión caliente en el bajo vientre, la polla endureciéndoseme dentro del pantalón mientras imaginaba las cinco pollas jóvenes hinchándose al mismo tiempo por mi mujer.
***
Esa noche, mientras Graciela y yo recogíamos la cocina después de cenar, le conté lo que había notado. Ella escuchó sin interrumpir, con ese gesto suyo de doblar el trapo de cocina antes de responder.
—¿Y qué querés que haga con eso? —preguntó.
—Quiero pedirte algo.
—Ya veo.
Le expliqué sin adornos: el grupo que se escurría, el dinero que necesitábamos, la reacción de los chicos cuando ella había entrado. No exageré ni minimicé. Se lo conté como era.
Graciela me miró un momento largo antes de hablar.
—¿Me estás pidiendo que me exhiba delante de tus alumnos?
—Te estoy pidiendo que uses algo más bonito que el camisón del domingo.
Silencio. Graciela conoce bien cuándo hablo en serio.
—No me desnudaría.
—Nadie te pide eso.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Entrar, traer algo, moverte por el cuarto. Como hiciste hoy, pero sabiendo que lo hacés.
Esperaba un no rotundo. En cambio, ella dobló el trapo de cocina por segunda vez, lo colgó del borde del fregadero y dijo:
—Déjame pensarlo.
Esa misma noche, cuando nos metimos en la cama, la agarré de la cintura y la giré hacia mí. Estaba dura como no lo estaba desde hacía meses. Ella lo notó apenas la apreté contra mi cuerpo.
—Te caliento hablando de esto, ¿no? —murmuró contra mi cuello.
—Me calienta pensar en cómo te miraban.
Le subí el camisón hasta la cintura y le metí la mano entre las piernas. La encontré empapada. Los dedos me resbalaron sobre los labios de su coño hinchados, y cuando le presioné el clítoris con el pulgar ella soltó un gemido corto que trató de tragarse.
—Estás mojadísima —le dije al oído.
—Callate.
—Estás pensando en ellos.
—Callate, Claudio.
Le metí dos dedos de un golpe y ella arqueó la espalda. Se los saqué mojados, se los pasé por los pezones para dejarle marcas brillantes sobre la tela, y volví a bajar. La monté sin más preámbulo. Le clavé la polla entera de una sola embestida y ella me clavó las uñas en los hombros. La cogí despacio al principio, sintiendo cómo su coño me apretaba en cada retirada, y cuando le pregunté al oído si le gustaría que uno de esos chicos la mirase así, ella se corrió sin contestar, temblando debajo mío con la boca abierta en un grito que ahogó contra la almohada. Me vine adentro un minuto después, vaciándome en chorros largos mientras ella seguía convulsionando alrededor de mi verga.
Nos quedamos quietos, ella con la respiración entrecortada, yo todavía duro dentro de ella.
—Mañana te contesto —dijo, sin abrir los ojos.
***
Lo pensó dos días. El sábado por la mañana me dijo que sí, con tres condiciones: ella elegiría la ropa, no habría contacto físico con ningún estudiante, y si en algún momento se sentía incómoda, todo paraba sin discusión.
Yo acepté sin agregar nada.
La siguiente clase era el martes. Mientras preparaba el material en el cuarto de estudio, oí a Graciela moverse por el dormitorio: el sonido familiar del armario abriéndose, cerrándose, abriéndose de nuevo. Cuando asomó la cabeza para avisarme que el café estaba listo, llevaba un vestido azul marino ajustado que le llegaba a la mitad del muslo y unos zapatos de tacón que normalmente reservaba para las salidas de noche.
Me detuve en seco.
—¿Cómo me queda? —preguntó.
—Muy bien —dije. Era la respuesta más honesta y la más inútil al mismo tiempo.
—Entonces vamos.
***
Los cinco estudiantes llegaron puntual. Era la primera vez en semanas que no había ninguna ausencia. Me pregunté si era casualidad, aunque supuse que no.
La clase empezó como siempre: derivadas parciales, ejercicios en el pizarrón, preguntas. Yo hablaba, ellos apuntaban o fingían apuntar. El ambiente era el de siempre: templado, aburrido, funcional.
Graciela entró a los veinte minutos.
Traía una bandeja con galletas y agua mineral. Dejó la bandeja en el centro de la mesa, se movió hasta la estantería del fondo para buscar un diccionario que no necesitaba para nada, y mientras lo buscaba con la espalda vuelta al grupo, el vestido dejaba perfectamente visible la silueta de su tanga a través de la tela ajustada, la raya del culo marcándose bajo el azul marino cada vez que se estiraba para llegar al estante alto.
Yo seguí hablando. Miraba el pizarrón, revisaba mis apuntes, pero tenía perfectamente claro lo que pasaba detrás de mí.
Rodrigo tenía el lápiz suspendido en el aire. Diego se había olvidado de apuntar. Los otros tres miraban con esa concentración contenida que nunca habían aplicado a las derivadas parciales. Alcancé a ver, en el reflejo del cristal de la ventana, cómo Sebastián se acomodaba el bulto del pantalón por debajo de la mesa con un movimiento apenas disimulado.
Graciela se giró, los miró a todos con naturalidad y preguntó si necesitaban algo más. Hubo un silencio de medio segundo. Diego dijo que no con la cabeza, esbozando una sonrisa que no pudo evitar. Ella asintió y salió.
La energía de la habitación cambió. No de manera dramática: no hubo comentarios, no hubo cuchicheos. Pero el grupo estaba más presente. Las preguntas empezaron a llegar solas. Terminamos esa clase con el mejor rendimiento del mes.
***
Las siguientes semanas siguieron el mismo patrón. Graciela aparecía una vez por sesión, a veces dos, siempre con algún pretexto razonable. Traía algo a la mesa. Pasaba por el fondo a buscar un objeto. Una tarde se inclinó a recoger una carpeta que yo había dejado caída en el suelo —lo habíamos acordado antes, discretamente, mientras desayunábamos— y la falda corta hizo su trabajo sin que ella tuviera que forzar nada: el vestido se le subió hasta dejarle medio culo al aire, la tela del calzón blanco marcándole los labios del coño desde atrás, y los cinco chicos vieron durante tres segundos completos lo que ninguno había visto nunca antes.
Los chicos no faltaron más. Rodrigo llegó a pedirme si podíamos agregar una sesión extra los viernes.
Le dije que sí.
Pero había algo que yo no había previsto: lo que le estaba pasando a Graciela.
Al principio era discreta. Cuando la clase terminaba y los chicos se iban, ella volvía a su ropa de casa sin comentarios, como si nada hubiese ocurrido. Monosílabos cuando le preguntaba cómo había ido. Pero empecé a notar detalles pequeños: se tardaba más de lo usual en cambiarse después. A veces, antes de entrar al cuarto de estudio, se detenía frente al espejo del pasillo un momento más del necesario. Una noche la encontré leyendo en el sillón con una expresión distraída que no era su expresión habitual de cuando leía, y con la mano derecha apoyada sobre el muslo, apretándoselo con los dedos abiertos.
Algo estaba cambiando en ella, pero todavía no sabía cómo nombrarlo.
La tercera semana, después de que se fueron los estudiantes, Graciela cerró la puerta de entrada y se quedó apoyada en el marco con los brazos cruzados. Me miraba desde el pasillo con una expresión que no reconocí de inmediato.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nada. —Una pausa corta. —Todo.
Me lo dijo con esa franqueza directa que tiene cuando algo la afecta de verdad: que cuando Diego la había mirado esa tarde mientras ella ponía los vasos sobre la mesa, durante ese segundo en que sus ojos se cruzaron y él no apartó la vista, ella había sentido algo que no sabía nombrar bien.
—¿Qué sentiste? —pregunté.
Tardó.
—No era vergüenza —dijo por fin.
—¿Entonces?
No contestó de inmediato. Se quedó mirando el suelo un momento. Cuando levantó la vista, tenía una expresión que no le había visto antes: culpa mezclada con algo más intenso que la culpa, algo que no necesitaba nombre para entenderse.
—Se me mojó el calzón, Claudio. Ahí mismo, delante de todos. Tuve que apretar los muslos para que no me temblaran las piernas.
Esa noche, en la cama, Graciela fue diferente. Había algo suelto en ella, algo que normalmente mantenía cerrado con cuidado. Me buscó con una urgencia que no era su estilo habitual: me arrancó los calzoncillos con las dos manos, se me subió encima antes de que yo pudiera darme cuenta y se ensartó la polla ella misma, deslizándose despacio hasta que la tuvo entera dentro. Tenía el coño ardiendo, chorreando, más apretado de lo que yo recordaba.
—Contame lo que ves desde el pizarrón —me dijo, empezando a moverse encima mío—. Contame todo.
Le hablé mientras ella se movía. Le describí cómo Rodrigo la seguía con los ojos desde que abría la puerta hasta que la cerraba, cómo Diego se inclinaba un poco hacia adelante cada vez que ella se movía por el fondo, cómo Sebastián —el más callado— la observaba con esa fijeza concentrada de quien teme perder el momento. Le conté que había visto a Sebastián acomodarse el bulto por debajo de la mesa el primer día, y que estaba seguro de que los cinco se iban a casa con la polla dura pensando en ella.
Graciela empezó a gemir sin control. Me clavaba las uñas en el pecho, se levantaba y se dejaba caer sobre mi verga con golpes cada vez más rápidos, las tetas rebotándole en la cara.
—¿Y qué te imaginás vos que hacen cuando llegan a la casa? —jadeó.
—Se la sacan pensando en vos. Los cinco. Se pajean pensando en tu culo.
—Decilo otra vez.
—Se pajean pensando en tu coño, Graciela. Pensando en cogerte.
Se corrió gritando, tapándose la boca con la mano para que no la oyera el vecindario. La sentí apretarse alrededor de mi polla en oleadas largas, mojándome los muslos, y me vine dentro de ella con la cabeza estallando de imágenes de mi mujer siendo cogida por los cinco al mismo tiempo. Cuando se derrumbó encima mío, sudada, con el pelo pegado a la cara, me murmuró al oído algo que no supe si era una pregunta o una confesión:
—¿Vos me odiarías si me gustara todavía más?
No le contesté. La agarré del culo con las dos manos y la mantuve encajada sobre mi verga que seguía dura dentro de ella, y así nos quedamos dormidos.
***
A partir de esa noche las cosas entre nosotros cambiaron de una manera que no habría podido anticipar. Graciela empezó a elegir su ropa con más cuidado antes de cada clase. Me pedía mi opinión. Preguntaba si el vestido marcaba demasiado o no lo suficiente, si el escote era el adecuado, si los zapatos que había elegido funcionaban con la falda que tenía en mente. Empezó a usar tangas más finas debajo, para que se marcaran menos y el culo se le viera más liso bajo la tela, y una tarde se quitó el corpiño antes de entrar para que se le notaran los pezones duros a través del vestido.
Después de cada sesión me hacía preguntas concretas: ¿qué había mirado Diego exactamente cuando ella se dio vuelta? ¿Cuánto tiempo había durado la mirada de Rodrigo? ¿Había notado si alguno se había distraído más que los demás? ¿Alguno tenía la polla dura? ¿Cuál?
Yo respondía con honestidad. Eso parecía importarle mucho.
Y cada una de esas noches terminaba igual: ella arriba mío o de rodillas mamándome la polla con los ojos cerrados, susurrando entre lengüetazos los nombres de los cinco. Aprendió a hacerme una garganta profunda que antes no me hacía nunca, tragándome entero mientras se metía dos dedos entre las piernas. Aprendió a pedirme que me viniera en sus tetas, en su cara, en su boca abierta, cosas que en quince años de matrimonio no habíamos explorado nunca. Y yo la cogí en posiciones nuevas, contra la pared del baño, en cuatro sobre la mesa del comedor, de costado sobre el sillón donde ella se sentaba a leer, cogiendo cada centímetro de esa mujer que estaba redescubriéndose delante de mis ojos.
Una tarde, faltando dos semanas para que terminara el verano, Graciela entró al cuarto de estudio sin ningún pretexto. Simplemente abrió la puerta, tomó asiento en el sillón del fondo —ese sillón con los apoyabrazos gastados que nadie usa nunca— y abrió una revista como si siempre hubiera estado allí.
Los chicos la miraron. Ella no los miró a ellos.
Se quedó cuarenta minutos sentada en ese sillón, pasando páginas con calma, cruzando y descruzando las piernas de manera completamente deliberada. En un cruce que duró más de la cuenta, con las rodillas separándose apenas lo suficiente, dejó ver por un segundo entero que debajo del vestido no llevaba nada. Ni tanga, ni calzón, nada. El coño depilado, los labios brillantes de humedad, visible durante ese segundo como una promesa que ninguno de los cinco iba a olvidar.
Yo seguí dando la clase. Los chicos siguieron presentes, más presentes que nunca. Rodrigo tenía la mano metida en el bolsillo del pantalón, apretándose. Diego estaba rojo hasta las orejas. Sebastián no había pestañeado en cinco minutos.
Fue la sesión más larga y más productiva de todo el verano.
Cuando los chicos se fueron y cerré la puerta, encontré a Graciela ya en el dormitorio, desnuda sobre la cama, con las piernas abiertas y dos dedos hundidos en el coño mojado. Ni siquiera había esperado a que yo terminara de despedirlos.
—Vení —me dijo, con la voz ronca—. Cogeme rápido antes de que se me pase.
Me tiré encima de ella sin desvestirme del todo. Le hundí la lengua entre las piernas primero, chupándole el clítoris hinchado hasta que se me corrió en la boca con las manos agarrándome del pelo, y después la di vuelta, la puse en cuatro y le clavé la polla desde atrás de un empujón. Le agarré el pelo con una mano y la cadera con la otra, y la cogí duro, golpeándole el culo contra mis muslos con cada embestida, mientras ella gemía cosas que antes no habría dicho jamás: que se sentía puta, que quería que la vieran, que quería que uno de esos chicos la tuviera contra la pared, que se venía otra vez, que se venía. Me vacié dentro de ella hasta la última gota, y cuando saqué la polla vi la corrida escurriéndosele del coño abierto por los muslos hasta las sábanas.
***
Ese verano aprendí varias cosas. Aprendí que el deseo de los demás puede volver a encender el propio cuando uno creía que ya lo tenía todo catalogado. Aprendí que Graciela tenía una faceta que ni ella misma conocía bien hasta entonces, o que tal vez conocía pero nunca había tenido razón para explorar. Aprendí también que ciertas conversaciones nocturnas, en voz muy baja, en la oscuridad, pueden abrir puertas que de otra manera permanecen cerradas durante años.
Y aprendí que las cosas que empiezan por necesidad económica pueden terminar siendo mucho más complicadas —y mucho más interesantes— de lo que uno espera cuando toma la primera decisión.
Los cinco estudiantes aprobaron sus exámenes en agosto. Rodrigo me envió un mensaje de agradecimiento la semana siguiente. Decía que había sido el mejor curso de recuperación que había tomado en su vida universitaria y que esperaba que yo volviera a dar clases el próximo verano.
No le respondí.
Graciela, que estaba leyendo por encima de mi hombro cuando llegó el mensaje, soltó una carcajada corta y me besó en la mejilla.
—El año que viene —dijo—, aceptá más alumnos.