Ella me buscó en la oscuridad, su marido al lado
El traslado fue repentino. En la empresa hubo una fusión, rumores de despidos, y de pronto me ofrecieron recolocarme en la delegación del este. Acepté sin dudar. Era joven —el más joven de toda la nueva oficina— y eso aquí pesaba distinto que en mi puesto anterior. En la delegación vieja yo era casi un mueble. Aquí era una novedad.
El grupo de compañeros estaba muy unido: fútbol los jueves, senderismo los fines de semana, incluso un grupo de teatro que nunca llegué a entender del todo. La mayoría tenían entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, estaban casados, con hijos en el mismo colegio concertado. Una tribu cerrada que, sin embargo, me adoptó desde el primer día con una hospitalidad que a veces resultaba casi agobiante.
Mi jefe directo se llamaba Andrés. El primer día me dijo que no me preocupara por presentarme a la directora regional: «Ya sabe que llegabas. Te llamará cuando tenga un momento. Puede ser hoy o dentro de tres semanas.» Eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre el ritmo de aquel sitio.
***
Elena y Roberto formaban parte de esa tribu desde hacía años. Roberto: deportista, 1,78, delgado, con ese aire de hombre seguro de todo lo que hace. Elena: cuarenta y pocos, rubia con el pelo corto, 1,68, cincuenta y pico kilos que se repartían de forma generosa donde importaba. Tetas grandes y firmes que no pasaban desapercibidas. Un culo que obligaba a hacer un esfuerzo consciente para no mirar.
Cuando el grupo propuso el fin de semana de acampada, dije que no tenía tienda. No me dejaron terminar. Casi me mantean entre risas. Roberto y Elena se ofrecieron de inmediato a que compartiera la suya. Elena me miró mientras lo decían. Solo un segundo más de lo normal. Pero suficiente.
***
La primera noche hubo cena larga, vino y bromas de las que se acumulan cuando hay suficiente alcohol y la gente se conoce bien. Alguien hizo un comentario sobre el tamaño de mis manos. Bastante grandes, igual que mis pies. La broma viajó sola hasta donde tienen que viajar esas bromas: que si entonces debía de ser que sí, que se lo tendrían que decir a Elena y a Roberto, que tuvieran cuidado con el recién llegado. Elena se rio con los demás, pero me miró de una forma que no era broma. Un escalofrío me bajó por la columna.
Nos fuimos a dormir de madrugada. Dentro de la tienda, Roberto se quedó dormido en minutos. Su ronquido era uniforme y pesado, como un motor diésel en ralentí. Yo no conseguía dormirme: no estaba acostumbrado al suelo y la tensión de la noche todavía me zumbaba en el cuerpo.
Escuché el roce de la cremallera. La linterna de Elena barrió el interior un momento y luego se apagó. Ella se deslizó entre nosotros dos con cuidado.
—¿Marcos? ¿Roberto? —susurró. Nadie respondió.
Se acomodó de espaldas a su marido. Quieta durante unos minutos. Luego, despacio, giró sobre la cadera hasta que su trasero quedó orientado hacia mí. El movimiento fue tan lento que podría haber sido un ajuste inocente para dormir mejor. Pero no era eso.
Mi muslo rozó el borde de su cadera. Contuve la respiración. El contacto no se retiró. Su culo empezó a moverse en un círculo lento y deliberado contra mi ingle, y en ese momento supe con absoluta claridad que no había nada de accidental en lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo respondió solo. La erección que se había dormido durante la espera volvió de golpe, presionando la tela del pantalón corto. Elena lo notó. Sus movimientos se detuvieron un instante, calibrando, y luego se hicieron más largos, más intencionados. Su culo se arqueaba contra mí con una presión que ya no dejaba lugar a interpretaciones.
Se giró hacia mí en la oscuridad. Su mano buscó el camino y lo encontró. Fue un toque breve pero concluyente: sus dedos rodeando lo que encontraron, reconociendo el tamaño, y luego la mano desapareciendo de golpe. Se giró de nuevo, se pegó al cuerpo de Roberto, y no volvió a moverse en toda la noche.
Yo me quedé mirando la lona del techo durante dos horas con una erección que no cedía.
***
Por la mañana, Elena se movía por el campamento con una ligereza forzada, atendiendo el desayuno con demasiada energía. Me buscaba con los ojos —¿me había dado cuenta? ¿había notado algo?— y yo me hice el dormido, el que había descansado profundo sin enterarse de nada. Me até las botas, comenté el tiempo, serví el café. Mi indiferencia era una actuación estudiada. Funcionó: la tensión en sus hombros fue desapareciendo poco a poco.
Durante el senderismo de la mañana caminé detrás de ella. El movimiento de sus caderas al sortear las piedras húmedas era difícil de ignorar. Al vadear un riachuelo, su pie resbaló en una roca. Mis manos fueron rápidas: la izquierda en su cintura, estabilizándola, la derecha cerrada sobre su nalga derecha con una firmeza que no tenía nada de accidental.
Elena se quedó quieta un momento. Sus mejillas se encendieron. Me miró buscando algo —¿una disculpa? ¿una confirmación?— y no encontró ni una cosa ni la otra. Solo mi mirada sostenida y una sonrisa apenas esbozada en la comisura. «Gracias», murmuró. No me disculpé. El silencio hizo el resto.
***
La segunda noche fue distinta desde el principio. Elena ya no estaba bebiendo. Lo que hacía era otra cosa: vigilaba la copa de Roberto, rellenaba discretamente las de los demás, se aseguraba de que el nivel de alcohol en el campamento fuera exactamente el que necesitaba para sus propósitos. Nadie lo notó. Yo sí.
Antes de que nos retiráramos a dormir, una de las compañeras sacó un pastillero y comentó que tomaba algo para conciliar el sueño. Aproveché el momento. Le pedí una pastilla con una sonrisa, me la puse bajo la lengua con gestos exagerados delante de todos y la escupí al suelo en cuanto nadie miraba. Elena me observaba. Su expresión al ver lo que había hecho era de alivio puro, y también de algo más que se parecía mucho a la anticipación.
Roberto cayó pronto. A las dos de la mañana, el único sonido era su ronquido industrial y los grillos de afuera, que esa noche estaban especialmente activos. Yo estaba tumbado en el extremo derecho de la tienda, los ojos cerrados, la respiración acompasada. Fingiendo.
La sentí moverse. No como la noche anterior: sin dudas, sin rodeos. Su cuerpo se deslizó hacia el mío con una determinación que no necesitaba ser nombrada. Sus dedos encontraron el borde de mi pantalón corto y tiraron hacia abajo con decisión. El aire fresco de la tienda me golpeó la piel.
La mano de Elena esta vez no tenía nada de tímida. Exploró con calma, tomándose su tiempo, confirmando lo que la noche anterior solo había intuido. Rodeó la base, deslizó los dedos hacia arriba, y escuché cómo su respiración cambiaba: más rápida, más superficial. Luego un susurro que apenas llegó a ser sonido:
—De esta manera no me llega donde quiero. Necesito tenerla toda dentro.
Se incorporó. Se quitó el pantalón de un movimiento. Y luego, con una decisión que me cortó la respiración, se montó encima de mí.
El sonido que se le escapó al bajar fue ahogado por su propio puño contra la boca. Se quedó quieta un momento, adaptándose, respirando. Luego empezó a moverse. Lento al principio, los movimientos circulares de cadera que me hacían tensar cada músculo para no reaccionar. Después con más urgencia, subiendo y bajando con un ritmo que ya no tenía nada de contenido.
Se inclinó sobre mí en la oscuridad. El calor de su pecho sin sujetador rozó mi cara. Encontró mis labios con los suyos y susurró contra mi boca:
—Vamos. No seas malo. Cómele las tetas a mami.
Abrí los ojos. Abrí la boca. Y tomé las riendas.
La agarré de las caderas y la embestí desde abajo con fuerza. Un gemido ronco y ahogado se le escapó de la garganta. Ella se tapó la boca con ambas manos. Seguí moviéndome, sin pausas, sin disimulo. Roberto roncaba. El sonido de sus ronquidos era la banda sonora perfecta para todo lo que estábamos haciendo en ese espacio de tres metros cuadrados.
Elena se corrió mordiéndome la boca con una fuerza que me hizo daño en el labio. Luego le señalé que se pusiera a cuatro patas. Me indicó que no había espacio. La coloqué de todas formas, pegada a Roberto por falta de sitio —el morbo de esa imagen casi me hizo perder el control antes de tiempo— y la follé desde atrás con embestidas largas y profundas. El cuerpo de Elena temblaba con cada golpe. Su marido se movió en sueños y farfulló algo incomprensible. Ella no se detuvo. Dijo entre jadeos: «Es que estabas roncando, cornudo.»
Cuando me vine, me quedé dentro de ella. Un momento de quietud absoluta, solo nuestras respiraciones y los grillos. Luego su voz, un susurro con media sonrisa:
—No tenías que haberte corrido ahí dentro. Eso sí es una traición. Pero qué coño... cómo me ha gustado sentirlo.
***
Por la mañana, en cuanto nos quedamos solos un momento, Elena me miró con una claridad que no dejaba margen:
—Lo que ocurrió esta noche no va a volver a ocurrir. Es lo malo que tiene el alcohol. Solo espero que seas discreto.
No esperó mi respuesta. Se fue antes de que yo pudiera decir nada.
Eso duró exactamente lo que tardamos en subir al coche para ir al pueblo a comprar provisiones. Ella lo había maniobrado: nos tocó ir a los dos solos. Nos desviamos del camino a mitad de trayecto. Y follamos como si nos fuera la vida, sin oscuridad ni secretos, sin el peso del marido durmiendo al lado. Solo nosotros dos, con toda la cara y sin disimulo.
***
De vuelta al trabajo, la vida volvió a su ritmo habitual. Fútbol los jueves, conversaciones en el pasillo. Elena aparecía poco por la oficina y cuando lo hacía no estaba muy receptiva. Yo lo respeté.
Dos semanas después, Roberto me llamó para pedirme que lo acercara en coche a un recado. Cuando se montó, no esperó ni a que arrancara:
—Ya me conoces, Marcos. Soy civilizado. Pero no me hace ninguna gracia que te hayas follado a mi mujer. No me digas que me equivoco, porque me lo ha contado ella. Con todo detalle.
No lo negué. No lo afirmé. Esperé a que siguiera.
—Lo que me ha dicho —continuó, con la voz más baja pero cargada de algo que no era solo rabia— es que necesita repetirlo. Pero delante de mí. Despierto. Dice que cuando follasteis en el coche se dio cuenta de que lo que le pone de verdad es que yo esté presente y lo vea todo.
Silencio. El semáforo en rojo. Los limpiaparabrisas.
—Y quiere que te invite a cenar el viernes.
Acepté sin pensármelo.
***
El viernes, cuando toqué el timbre, Roberto abrió con cara de quien va a su propia ejecución pero no puede evitar ir. Me ofreció una cerveza. Nos sentamos en el sofá del salón. No hablamos. El sonido de los hielos en el vaso y el eco de mis propios latidos.
Luego Elena apareció.
No entró: se deslizó. Llevaba un vestido negro de tirantes finos, un tejido que se adhería a cada curva de su cuerpo como si hubiera sido cosido encima de ella. Sin sujetador, eso estaba claro desde el primer vistazo. Los tacones le arqueaban la cadera de una forma deliberadamente provocadora. El pelo suelto sobre los hombros. Me miró directamente, solo a mí, y una sonrisa muy pequeña le cruzó los labios.
Se sentó a mi lado. Tan cerca que podía sentir el calor de su piel. Su mano encontró mi muslo sin rodeos, alta, casi rozando la erección que ya empezaba a hacerse notar.
—¿Te gusta cómo me he arreglado para ti, Marcos? —susurró.
Solo pude asentir. Roberto, desde el sillón de enfrente, observaba inmóvil, la mandíbula apretada y la mirada que no podía separarse de su mujer.
Elena me besó. No fue un beso suave: fue posesivo, lleno de lengua y de unas ganas que llevaban semanas esperando. Mi mano encontró su cintura y la atraje hacia mí. Roberto soltó un sonido bajo, entre gruñido y gemido, que ninguno de los dos paró.
Se dio la vuelta y me ofreció la espalda, mirando a Roberto por encima del hombro.
—Desnúdame —dijo.
Las tiras del vestido cayeron. La tela se acumuló en el suelo. Solo quedó un tanga negro que no ocultaba prácticamente nada. Se volvió hacia mí, ya completamente desnuda, me desabrochó el cinturón y me abrió el pantalón. Mi polla saltó fuera, dura. Elena sonrió —una sonrisa de triunfo puro— y se arrodilló.
Su boca era experta y sin prisa. Calor, humedad, la presión justa de su lengua. Mordí el labio para no gemir demasiado alto. Roberto se había levantado del sillón. Se quedó de pie junto a él, sin saber exactamente qué hacer con los ojos ni con las manos. Elena lo miraba a él mientras trabajaba.
—¿Lo ves, Roberto? Él sí que me desea. Y tiene lo que tiene. ¿Has oído cómo no se queja?
Él apretó la mandíbula. No dijo nada.
Después de un rato, Elena se detuvo. Se levantó, me tomó de la mano y me guio hasta la alfombra del salón, justo delante del sillón. Se tumbó de espaldas y abrió las piernas para mí.
—Ahora —dijo, con la voz firme y sin matices—. Fóllame aquí. Fóllame delante de tu amigo, de tu compañero. Quiero que mire. Quiero que sufra mientras yo gimo.
Me arrodillé entre sus piernas. La miré a los ojos, luego a Roberto. Él me devolvió la mirada y en sus ojos ya no solo había rabia: había una fascinación que no podía disimular. Me hundí en ella de una sola vez, hasta el fondo.
Elena lanzó un gemido que llenó toda la habitación. Empecé a moverme: lento al principio, luego más rápido, más profundo. Cada embestida resonaba entre nuestros cuerpos con un sonido húmedo y obsceno. Ella se retorcía bajo mí, las uñas marcándome la espalda, los muslos apretándome, los gemidos llenando el silencio que Roberto ya no podía romper.
—¿Lo sientes, Roberto? —jadeó ella, arqueando la espalda—. Está tan dentro... Me está abriendo en sitios que tú no llegas. ¿Alguna vez has conseguido que esté así de mojada para ti?
—¡Calla, puta! —gruñó él. Pero su voz no tenía fuerza. Tenía deseo.
Roberto se desabrochó el pantalón y sacó su propia polla, ya dura. Se quedó de pie, masturbándose lentamente mientras nos observaba, los ojos brillando con una mezcla de lágrimas y de un fuego que tampoco podía controlar.
—¡No voy a callar! —respondió Elena, sin pausar—. Quiero que sepas todo. Que oigas cómo me folla. Esta noche soy su zorra. Solo suya. Tú solo puedes mirar y correrte como un perro.
Aumenté la velocidad. Las nalgas de Elena golpeaban mis muslos con cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos, húmedo y obsceno, llenaba toda la sala.
—¡Así! —gritó ella—. ¡Así! ¿Lo oyes? Así es como me tiene que follar un hombre. ¡Tú nunca me has hecho gritar así!
Su orgasmo la golpeó con violencia. El cuerpo se le arqueó, las piernas me apretaron con una fuerza desesperada, y un grito largo y sin tapujos resonó en el apartamento. La sentí contraerse alrededor de mí en oleadas, y esa contracción fue mi perdición: me vine dentro de ella con un gruñido ahogado, hundiéndome hasta el fondo una última vez.
Roberto se derrumbó hacia adelante en ese mismo instante, su propio semen cayendo sobre su mano y el suelo, los ojos fijos en el punto donde yo seguía dentro de su mujer.
***
El silencio después fue denso. Elena se incorporó despacio, con una sonrisa de satisfacción que no tenía ninguna culpa. Se arrodilló frente a Roberto, le acercó la cara sin tocarlo, y le susurró:
—¿Has visto cómo me ha hecho correrme? ¿Alguna vez lo has conseguido tú así?
Él no contestó. Sus ojos eran otra cosa ahora. No rabia. No exactamente. Algo más complicado y más difícil de nombrar.
Yo me arreglé la ropa, terminé la cerveza tibia que había quedado en la mesa y me fui pensando que esto de los matrimonios con acuerdos tácitos era bastante más interesante de lo que había imaginado cuando firmé el traslado.