La noche en que dos desconocidos me hicieron infiel
Mi marido Sebastián siempre ha tenido esa costumbre de exhibirme. No de forma agresiva ni desagradable: lo hace con esa tranquilidad segura de alguien convencido de que tiene algo que vale la pena mostrar. Desde el principio de nuestro matrimonio se encargó de que yo estuviera siempre impecable. Paga una señora que viene tres veces a la semana a limpiar la casa, y tengo cita fija en la estética cada diez días: manicura, pedicura, depilación completa. Me lleva a comprar ropa casi todos los fines de semana, pero él escoge lo que usamos para salir.
La ropa que elige Sebastián sigue siempre el mismo criterio: ajustada, corta, con escotes que no dejan mucho a la imaginación. Faldas que, si el viento pega, muestran más de lo que deberían. Blusas que solo se sostienen por la buena voluntad de quien las lleva. Y sin sostén, siempre. Dice que me veo mejor así. Después de tres años juntos, lo acepté como parte de su forma de quererme.
Al principio me costaba mucho. Salir así vestida y sentir que todos los hombres del lugar me seguían con la mirada era incómodo, casi vergonzoso. Pero hay algo en la atención constante que, con el tiempo, se convierte en algo muy difícil de resistir. Empecé a darme cuenta de cuándo alguien me miraba, a caminar un poco más despacio cuando pasaba frente a una mesa llena de hombres, a cruzar las piernas con cuidado cuando estaba sentada en un taburete alto. Sebastián notó cada uno de esos cambios y los celebró en silencio, acercando su boca a mi oído cuando algo le gustaba especialmente.
Me decía cosas. Cosas que al principio me parecían demasiado, pero que con el tiempo aprendí a escuchar sin ruborizarme. Me señalaba a alguien con discreción y me decía que lo tenía excitado, que era por mí, y que eso era exactamente lo que quería ver. Yo empecé a imaginar, sin poder evitarlo, qué pasaría si alguno de esos hombres me llevara a algún lado. Lo pensé muchas veces. Pero siempre fue solo eso: un pensamiento.
Hasta esa noche.
***
Cuando entré al cuarto y vi lo que Sebastián había puesto sobre la cama, supe que algo diferente estaba por suceder.
Una tanga de encaje en color hueso, tan pequeña que apenas cumplía su función. Unas sandalias de tacón fino, rojas, de tira cruzada. Una falda negra con vuelo suave, cortísima, del tipo que el viento levanta sin esfuerzo. Y una blusa recortada con la espalda completamente descubierta, sin nada que la sostuviera por dentro.
Me lo puse frente al espejo del baño. Sentí ese movimiento familiar en el estómago: anticipación mezclada con algo que todavía no sabía nombrar del todo bien.
Sebastián apareció en el marco de la puerta y me miró de arriba abajo durante varios segundos sin decir nada.
—Perfecta —dijo, y eso fue todo.
En el coche, antes de arrancar, puso su mano entre mis muslos. No para nada en especial: solo para confirmar lo que ya sabía, que yo estaba lista antes de llegar a ningún lado. Cuando el semáforo cambió, retiró la mano y arrancó.
***
El Vértigo era uno de esos bares que no necesitan anunciarse demasiado: lo conoce quien lo conoce. Iluminación baja, música que no estorba, gente que prefiere verse bien a divertirse de verdad. El dueño, Rodrigo, era amigo de Sebastián de hacía años, y siempre nos dejaba entrar sin esperar en la fila.
Esa noche Rodrigo estaba en la puerta con un traje oscuro. Saludó a Sebastián de mano y me miró con esa discreción que no lo es del todo. A su lado había otro hombre, más joven, con el tipo de sonrisa que se construye durante años para no parecer artificial.
—Mi amigo Tomás —dijo Rodrigo, presentándolo.
Nos pasaron a una mesa en la terraza. Sebastián pidió algo de beber. Llevábamos quizás veinte minutos cuando le sonó el teléfono. Lo revisó, me dijo «ahora vuelvo» y desapareció hacia el interior.
Un momento después, Rodrigo y Tomás aparecieron junto a la mesa.
—Nos pidió que te hiciéramos compañía —dijo Rodrigo, y se sentó como si fuera lo más natural del mundo.
Tomás también se sentó. Hablamos de cosas sin importancia durante un rato: la ciudad, algún viaje reciente. Pero yo notaba sus miradas. No groseras, no insistentes: solo presentes, del tipo que Sebastián me había enseñado a reconocer perfectamente.
Cuando Rodrigo propuso ir al otro salón, yo pregunté por Sebastián. Rodrigo sacó el teléfono y me lo acercó. Vi el final de una conversación de WhatsApp: «Vayan con ella, yo los alcanzo.» Era el número de Sebastián. Lo conozco de memoria.
Salí con ellos.
***
Afuera del bar había una camioneta oscura con los vidrios polarizados y el interior iluminado en azul tenue. Rodrigo abrió la puerta trasera, entré, me senté. Ellos se acomodaron a cada lado: Rodrigo a mi izquierda, Tomás a mi derecha.
La camioneta arrancó y por un rato nadie dijo nada. Yo miraba las luces de la ciudad a través del vidrio y pensaba en lo que estaba haciendo. Iba en una camioneta con dos hombres que conocía de esa noche. Mi falda no tapaba mucho. Debajo de ella, esa tanga de encaje que no era ningún obstáculo real para nada.
Tomás puso su mano sobre mi rodilla. Solo la apoyó ahí, sin presión, como si estuviera esperando a ver qué hacía yo.
No hice nada.
Rodrigo se inclinó y puso los labios en mi cuello, justo detrás de la oreja. Sentí su respiración antes que cualquier otra cosa. Mi propio cuerpo respondió antes de que yo tomara ninguna decisión: los ojos se me cerraron, la respiración cambió de ritmo.
—Relájate —dijo Rodrigo, en voz muy baja.
La mano de Tomás subió por mi muslo despacio, sin apresurarse. Cuando llegó al encaje, yo ya no me estaba preguntando si debía detenerlo. Rodrigo se ocupó de mi blusa, corrió el hombro hacia abajo con suavidad, y su boca fue directamente a donde sabía que debía ir.
Cuatro manos recorriendo mi cuerpo al mismo tiempo. Dos bocas turnándose. Dedos en los lugares exactos, sin dudas. Yo en el centro de todo eso, con la ciudad pasando afuera por el vidrio oscuro y la cabeza completamente vacía de cualquier pensamiento ordenado.
Cerré los ojos y me dejé llevar por el manoseo, por cada caricia, por la lengua de uno en mi clítoris mientras los labios del otro recorrían mis pezones. Sentía que el cuerpo me pedía más sin que yo se lo pidiera.
***
Mi teléfono empezó a sonar desde el bolso.
—Contesta —dijo Rodrigo.
Lo hice. Era Sebastián.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Quise contestar con normalidad y lo que salió fue un sonido que no era ninguna palabra. Tomás no había parado.
—¿Qué estás haciendo? —insistió Sebastián. Su voz sonaba tensa, o quizás era otra cosa, algo que no supe identificar bien en ese momento.
Rodrigo se acercó al teléfono y habló por mí. Le contó exactamente lo que estaba pasando, con una calma tranquila, casi aburrida, como si estuviera describiendo cualquier cosa. Le dijo dónde tenía cada mano, qué le estaba haciendo Tomás a mi cuello, en qué posición estábamos los tres.
Sebastián no colgó.
Rodrigo me jaló suavemente por las caderas y me giró. Lo sentí detrás de mí, sus palmas en mi cintura, y cuando entró solté un gemido que no intenté contener. Tomás estaba de frente, su boca en mi pecho, sus manos sosteniéndome.
Al fondo escuchaba la voz de Sebastián. No entendía las palabras. No podía prestarles atención. Me bombeaban tan bien que solo podía gemir y pujar. En algún momento me cambiaron de posición, me acostaron en el asiento y Tomás me montó. Me volvieron a poner en cuatro y se metió el otro. Perdí la cuenta de las veces que cambié de lugar, de quién tenía delante y quién detrás.
El teléfono siguió encendido todo el tiempo, con la llamada activa sobre el cuero del asiento. Cuando me di cuenta de que Sebastián ya no estaba al otro lado, no supe cuándo había sido que colgó. Tampoco supe cuántos orgasmos tuve.
***
La camioneta se detuvo en algún punto de la ciudad. Las puertas se abrieron, Rodrigo y Tomás bajaron sin decir nada. Yo me quedé dentro, arreglándome la ropa despacio, sin apuro. El conductor arrancó y me llevó de regreso al Vértigo.
Sebastián estaba en la acera, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle. Cuando abrió la puerta trasera y se subió, no me dijo nada durante un rato. La camioneta arrancó sola.
—¿Estás bien? —preguntó, después de un momento.
—Sí —respondí. Era la respuesta más honesta que tenía.
Sacó el teléfono y me mostró la pantalla. Un video. Lo habían grabado desde el interior de la camioneta, con alguna cámara que yo no había notado. La imagen era clara, demasiado clara. Me vi, me reconocí en cada detalle, y sentí algo que no era vergüenza.
Sebastián me tenía mirando esa pantalla cuando lo monté. Se quedó quieto y dejó que fuera yo quien se moviera, con los ojos clavados en el video. La camioneta avanzaba, la ciudad pasaba afuera, y nosotros seguíamos en ese asiento oscuro con las imágenes reproduciéndose en bucle. Tuve varios orgasmos. En algún momento dejé de ver nada.
***
Me desperté en mi cama. Pijama de algodón limpio, las persianas cerradas, luz de mediodía filtrándose por los bordes. En la mesita de noche había café, dos tostadas y una nota doblada.
La abrí:
«Nunca pensé que ibas a ir tan lejos. Si hay una próxima vez, avísame para no perdérmela.»
La leí dos veces. La doblé de nuevo. Me tomé el café.
Y pensé que, si había una próxima vez, yo tampoco iba a avisarle de antemano.