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Relatos Ardientes

Desde mi azotea, espiaba a mi vecina sin que lo supiera

Llegué a ese departamento en marzo, después de una ruptura que prefiero no recordar. El lugar no era gran cosa —segundo piso, paredes desconchadas, una cocina que olía a humedad—, pero tenía una azotea pequeña con vista a los patios traseros de las casas del pasaje. Subir ahí era, al principio, solo una forma de escapar del encierro.

Fue ahí donde la vi por primera vez. Verónica —así me enteré que se llamaba meses después, cuando la vi firmar un paquete por la ventana— vivía en la casa de enfrente, la de la puerta verde. Tendría unos cuarenta y dos o cuarenta y tres años, aunque se conservaba mejor que muchas mujeres diez años más jóvenes. Era alta, de hombros anchos pero cadera marcada, con el pelo castaño recogido casi siempre en un moño desprolijo. Tenía unas tetas grandes, pesadas, que se le movían pesadas bajo la ropa cada vez que se agachaba, y un culo redondo, firme, de esos que rellenan un jean como si el jean estuviera cosido a la piel.

Su rutina era previsible, y eso me gustaba. Cerca de las seis de la tarde bajaba al patio a ocuparse de la ropa o del lavadero. A veces fregaba trastes en una pileta exterior, con el agua fría corriéndole por las muñecas. Yo subía con un café, me apoyaba en la barandilla de hierro oxidado y la miraba desde arriba, sin que ella levantara la vista. Era una distancia suficiente para ver sin ser visto.

Durante semanas, aquella rutina fue mi pequeño ritual privado. La veía con sus jeans oscuros y una camiseta suelta, o con un vestido de lino que el viento le pegaba a los muslos y le marcaba el culo entero, redondo, partido en dos por la costura. Era una escena completamente mundana, pero algo en ella me tenía enganchado. Quizás era la cadencia de sus movimientos, la forma en que se inclinaba lentamente sobre la pileta, sin prisa, como si el tiempo no existiera. Más de una noche me la había hecho pensando en ella, con la mano cerrada sobre la polla y la imagen de su culo agachado grabada en la retina.

Entonces empecé a notar algo raro. No era constante, pero ocurría con cierta regularidad: en medio de cualquier tarea, ella se detenía un instante, cerraba los ojos apenas un segundo y tensaba el cuerpo de una manera difícil de describir. Al principio lo atribuí al calor, o al cansancio. Pero los episodios se repetían, siempre con el mismo patrón: una sacudida sutil, después una calma tensa, y ella mirando su teléfono con los labios apretados.

Un martes en que el pasaje estaba en completo silencio —sin autos, sin niños, sin radios encendidas— escuché algo. Un zumbido tenue, casi inaudible, que pulsaba desde abajo. Tardé un momento en ubicarlo. Venía del patio de Verónica. Coincidía exactamente con los instantes en que ella tocaba la pantalla de su celular. Fue entonces cuando lo entendí, o al menos cuando empecé a sospecharlo: no era cansancio. Era un vibrador inalámbrico, controlado desde una aplicación. Metido en el coño, seguramente, o pegado al clítoris, zumbándole ahí abajo mientras colgaba trapos y fregaba platos como si tal cosa. Se me puso la polla dura de solo pensarlo.

***

La idea me pareció fascinante antes que cualquier otra cosa. Pasé esa noche buscando en internet cómo funcionaban esos dispositivos. Aprendí que se conectaban vía Bluetooth a una aplicación, que permitían control remoto dentro de un rango limitado, y que —punto importante— muchos de los modelos más vendidos tenían vulnerabilidades de seguridad conocidas. Cualquiera con la aplicación correcta podía, en teoría, vincularse al dispositivo si estaba dentro del alcance.

Descargué cuatro aplicaciones diferentes a lo largo de los días siguientes. Las probé sin resultado, las desinstalé. La quinta fue la que encontró algo. Cuando la abrí en la azotea y activé la búsqueda de dispositivos, apareció una señal. Un único punto en el mapa de Bluetooth, a pocos metros de distancia. No había duda sobre a quién pertenecía.

Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Era absurdo. Era un cruce de líneas que no debían cruzarse. Y sin embargo, ahí estaba la opción de vinculación, parpadeando con una simpleza que me resultó casi cómica. Cerré la aplicación sin hacer nada. Esa noche dormí poco, dándole vueltas a lo que haría con ese descubrimiento. Me la pajeé dos veces pensando en el vibrador metido en el coño de Verónica, respondiendo a lo que yo le apretara desde el teléfono.

Al día siguiente bajé de la azotea sin haberme decidido. Desayuné. Lavé los platos. A las cinco y media, casi sin pensarlo, volví a subir con el teléfono en el bolsillo. Ella aún no había bajado al patio. Abrí la aplicación, activé la búsqueda y, antes de que me diera tiempo a dudar, seleccioné el dispositivo y confirmé la vinculación.

***

Verónica bajó al patio poco después, como cada tarde. Ese día llevaba unos leggings negros ceñidos que se le pegaban al culo como una segunda piel, marcándole la raja y el bulto del pubis, y una camiseta de manga corta bajo la que se le adivinaban las tetas sueltas, sin corpiño. Traía consigo una cesta de ropa húmeda y comenzó a colgarla en el tendedero con esa parsimonia que yo ya conocía de memoria. No había nada en su postura que sugiriera algo fuera de lo normal. El teléfono lo llevaba en el bolsillo lateral del legging.

Esperé. Dejé el control en el nivel más bajo, casi nulo, solo para ver si reaccionaba. Y sí: a los pocos segundos, ella hizo esa pequeña pausa que ya me era familiar. El cuerpo levemente rígido, la mano que se detuvo a mitad de un movimiento. Luego siguió colgando la ropa como si nada, pero con un ritmo ligeramente distinto. Más lento. Más cuidadoso. Yo me imaginaba el juguete zumbándole adentro, apretado contra las paredes del coño, mandándole ondas tibias hasta el clítoris.

Subí un nivel. Ella se apoyó un momento en el tendedero con una mano, la cabeza inclinada hacia adelante. Desde mi posición podía ver cómo el cuerpo le respondía sin que ella pudiera controlarlo del todo. Se le marcaron los pezones bajo la camiseta, duros como dos puntas, empujando la tela. Apretó los muslos uno contra otro, los frotó apenas. Sacó el teléfono, miró la pantalla, y durante unos segundos intentó manipular algo. Supuse que intentaba bajar la intensidad desde su propia aplicación. Pero ya no tenía el control. Eso lo tenía yo.

Lo que siguió fue un juego silencioso y tenso. Yo subía la intensidad despacio; ella respondía con pequeños ajustes de postura, apretando las piernas, respirando más hondo. Se llevó una mano al vientre, la bajó por encima del legging, se apretó un instante entre las piernas y la retiró como si se hubiera quemado. En un momento dado, volvió a mirar el teléfono con más urgencia. Lo desbloqueó, presionó algo, y cuando no pasó nada, lo apagó por completo. Ese gesto lo cambiaba todo: ya sabía que no era un error técnico. Había alguien más en la conexión.

No se movió durante unos segundos. Sostuvo la respiración. Yo también, sin darme cuenta. Era extraño observar ese instante de comprensión desde arriba: ella parada en el centro del patio, el tendedero a medio llenar, la ropa mojada colgando en silencio, mientras asimilaba que alguien —quién, desde dónde— la había interceptado. Yo tenía la polla tan dura que me dolía contra el jean. Bajé la mano y me la acomodé sin dejar de mirarla.

Empecé a jugar con el patrón, como si fuera un instrumento. Un pulso corto y fuerte. Silencio. Otro pulso. Silencio más largo, para que se relajara y volviera a caer en la trampa. Después subida lenta, gradual, hasta la mitad, y ahí lo dejé fijo. Verónica se dobló en dos sobre el tendedero, agarrada del alambre con las dos manos, la cabeza colgando entre los brazos. Le vi el arco de la espalda, la curva del culo empinado hacia arriba, los leggings tensándose sobre las nalgas. La camiseta se le subió y le dejó a la vista una franja de espalda blanca, con hoyuelos justo encima del elástico.

La escuché gemir por primera vez. Fue un gemido corto, apretado entre los dientes, más frustración que placer. Sabía que no debía estar disfrutando. Sabía que la estaban usando. Pero el cuerpo le respondía igual, y ese era el problema. Movió las caderas apenas hacia atrás, un movimiento involuntario, como si buscara algo con qué frotarse. Después se enderezó de golpe, respiró hondo, y se llevó las dos manos a la cara.

Entonces lo llevé al máximo. No gradualmente, sino de golpe. Ella no pudo disimular. Soltó la ropa que tenía en la mano y se sujetó al borde de la pileta con las dos palmas abiertas. El sonido llegó claro hasta donde yo estaba: un grito ahogado, seco, que cortó el silencio del pasaje. Sus rodillas cedieron apenas, las caderas empujaron hacia adelante en un movimiento que no era voluntario. Y luego el segundo grito, este más largo, más abierto, con la boca floja, sin pudor. La escuché soltar un "¡ah, mierda!" entre dientes, ronco, gutural, como si se le escapara del pecho.

La mancha apareció despacio en el legging negro, extendiéndose desde el interior del muslo hacia abajo. Era imposible ignorarla. Se había corrido chorreando, empapada, con tanta fuerza que el flujo le atravesó la tela y le mojó la cara interna de los dos muslos. Ella tampoco podía ignorarla, porque en el momento en que se recuperó lo suficiente para moverse, miró hacia abajo y vio el desastre. Se llevó una mano a la boca. Después las bajó al borde del pantalón y con un movimiento brusco se lo bajó hasta los muslos, ahí mismo, en el patio abierto.

No llevaba nada debajo excepto el dispositivo, que cayó sobre las baldosas con un ruido pequeño y seco, resbalándose de entre los labios del coño empapado. Alcancé a verlo: rosado, brillante de flujo, con hilos de humedad estirándose desde el sexo hasta el suelo. Ella lo miró un segundo, luego lo apartó de un golpe con el pie, como si quemara. Después se deslizó lentamente hasta quedar en cuclillas, la espalda apoyada en la pileta, los pantalones a la altura de las rodillas. Tenía el coño abierto, hinchado, con los labios gruesos y enrojecidos, el vello púbico oscuro y prolijo, todo brillante de corrida. El clítoris se le adivinaba erecto entre los pliegues, palpitando visible desde donde yo estaba.

Las manos empezaron a moverse entre sus piernas con una urgencia que el vibrador no había podido satisfacer del todo. Se metió dos dedos en el coño de una sola vez, sin ceremonia, y empezó a bombeárselos con fuerza, mientras con el pulgar de la otra mano se frotaba el clítoris en círculos cerrados y rápidos. Se le oía el chapoteo obsceno de los dedos entrando y saliendo, el ruido húmedo de una concha bien mojada, subiendo hasta la azotea con una nitidez que me dejó la garganta seca. Sus gemidos eran bajos, continuos, sin pretender contenerse. Se mordía el labio de abajo, echaba la cabeza para atrás contra la pileta, arqueaba el cuello. La camiseta se le había subido hasta las axilas y le vi las tetas al aire, pesadas, con los pezones oscuros y duros apuntando al cielo.

Metió un tercer dedo. Después un cuarto. Se estaba abriendo con toda la mano, sacándoselos hasta la punta y volviendo a hundirlos hasta los nudillos, con una violencia que no era de mujer serena. Se le tensaron los muslos, se le contrajo el vientre, se le hincharon las venas del cuello. La otra mano cambió el ritmo sobre el clítoris, apretando fuerte, sin piedad. Empezó a moverse sobre sus propios dedos, cabalgándoselos desde abajo, empujando las caderas hacia arriba para encajárselos más adentro. Y entonces se corrió otra vez, más fuerte que la primera, con un aullido corto y bruto que rebotó en las paredes del pasaje, y otro chorro de flujo le salió disparado de entre las piernas, escurriéndose por la mano y goteando en las baldosas.

Se quedó ahí, jadeando, con los dedos todavía metidos, el pecho subiéndole y bajándole rápido, las tetas moviéndose al ritmo de la respiración. Movió los dedos apenas, con lentitud ahora, sacándoselos poco a poco, y se los quedó mirando —brillantes, empapados hasta la muñeca— antes de bajarlos otra vez para acariciarse el coño con la palma abierta, sin frotar, solo apoyada, como si estuviera calmando a un animal.

Yo estaba de pie en la azotea, con el teléfono todavía en una mano y la polla afuera del jean en la otra, completamente paralizado. Ni siquiera recordaba habérmela sacado. Era tan distinto de lo que había imaginado esos días. No había fantasía que le hiciera justicia a la realidad de esa mujer, en ese patio, perdida en sí misma a plena tarde, corriéndose por segunda vez sobre sus propios dedos. El sol caía oblicuo y le iluminaba el perfil, y también la humedad brillante que le corría por el interior de los muslos. Me hizo falta apenas medio minuto de puñeta lenta para venirme yo también, apretando los dientes para no hacer ruido, con la corrida disparándose sobre las baldosas de la azotea. No perdía ningún detalle.

No podía apartar la vista aunque hubiera querido.

Cuando terminó, se quedó quieta un momento con la cabeza apoyada en la pileta y una mano todavía descansando entre las piernas, laxa, con los dedos separados y brillantes. Luego se puso de pie con las rodillas temblándole apenas, recogió los leggings, se los subió sobre la humedad sin limpiarse siquiera, y con la ropa a medio colgar y el patio sin barrer, entró a la casa y cerró la puerta. El dispositivo seguía en el suelo entre las baldosas, reluciente bajo la luz de la tarde, mojado todavía.

***

Al día siguiente bajé a tirar la basura y casi tropecé con ella en el pasaje. Verónica salía de su casa con una bolsa en cada mano. Me miró. Yo la miré. Ella no dijo nada. Yo tampoco. Fue una mirada de dos o tres segundos como mucho, pero yo sentí que me habían radiografiado. Después ella giró y siguió su camino, y yo me quedé parado un momento antes de recordar adónde iba.

Esa tarde no bajó al patio. Ni al siguiente. Volví a subir a la azotea con el café de costumbre, pero el patio de la casa de enfrente estaba vacío. La ropa que había dejado colgada el día anterior seguía ahí, inmóvil en el tendedero. En algún momento de la mañana ella la había descolgado sin que yo la viera. El tendedero quedó desnudo contra la pared.

Seguí subiendo. Algunos días la veía moverse detrás de la ventana de la planta baja, pero ya no salía al patio a esa hora. Había cambiado su rutina. Era lo más razonable que podía hacer. Yo seguía mirando el espacio vacío donde ella había estado, pensando en ese momento exacto en que levantó la vista antes de gritar, y en que no miró hacia arriba, aunque yo hubiera jurado que lo haría. Pensaba también en el coño abierto, en los dedos entrándole hasta los nudillos, en el segundo chorro. Muchas noches me la seguí haciendo con esa imagen.

Hubo una tarde, semanas después, en que la vi salir al patio de nuevo. Sin el teléfono. Sin nada en los bolsillos. Solo fue a recoger una maceta que el viento había volcado. Y antes de entrar, levantó la vista hacia la azotea. No dijo nada. No me buscó con la mirada de alguien que busca. Solo miró hacia arriba durante un segundo más de lo necesario para revisar si había alguien.

Luego entró, y cerró la puerta con más calma de la que yo esperaba. Eso fue todo. No hubo continuación, ni confrontación, ni ninguno de los desenlaces que había imaginado en esos días. Solo esa mirada larga, sostenida un instante de más, y la puerta cerrándose despacio detrás de ella.

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Comentarios(8)

SantiagoMdq

Increible!! que tension tiene este relato, no pude parar de leer hasta el final

TensionMaxima

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasó despues

Mauro_baires

Me recordó a una situacion que tuve hace años con una vecina... ese morbo de ver sin ser visto es adictivo. Muy bien narrado

Miriam_lect

excelente!!!

Pamela_77

Y al final lo descubrío o no? jaja me quedé con la duda, queremos saber mas!

Tino_lecturas

Muy bien contado, se nota que sabes crear intriga. Nada obvio ni forzado. Me gustó bastante

LectorNocturno

Lo que mas me gustó es como describe esa sensacion de tensión antes de que pase algo. No es el tipico relato que va directo al grano, este tiene suspenso y eso lo hace diferente. Seguí escribiendo!

Roxana_77

Se hizo corto, quiero mas :)

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