Desde mi azotea, espiaba a mi vecina sin que lo supiera
Llegué a ese departamento en marzo, después de una ruptura que prefiero no recordar. El lugar no era gran cosa —segundo piso, paredes desconchadas, una cocina que olía a humedad—, pero tenía una azotea pequeña con vista a los patios traseros de las casas del pasaje. Subir ahí era, al principio, solo una forma de escapar del encierro.
Fue ahí donde la vi por primera vez. Verónica —así me enteré que se llamaba meses después, cuando la vi firmar un paquete por la ventana— vivía en la casa de enfrente, la de la puerta verde. Tendría unos cuarenta y dos o cuarenta y tres años, aunque se conservaba mejor que muchas mujeres diez años más jóvenes. Era alta, de hombros anchos pero cadera marcada, con el pelo castaño recogido casi siempre en un moño desprolijo.
Su rutina era previsible, y eso me gustaba. Cerca de las seis de la tarde bajaba al patio a ocuparse de la ropa o del lavadero. A veces fregaba trastes en una pileta exterior, con el agua fría corriéndole por las muñecas. Yo subía con un café, me apoyaba en la barandilla de hierro oxidado y la miraba desde arriba, sin que ella levantara la vista. Era una distancia suficiente para ver sin ser visto.
Durante semanas, aquella rutina fue mi pequeño ritual privado. La veía con sus jeans oscuros y una camiseta suelta, o con un vestido de lino que el viento le pegaba a los muslos. Era una escena completamente mundana, pero algo en ella me tenía enganchado. Quizás era la cadencia de sus movimientos, la forma en que se inclinaba lentamente sobre la pileta, sin prisa, como si el tiempo no existiera.
Entonces empecé a notar algo raro. No era constante, pero ocurría con cierta regularidad: en medio de cualquier tarea, ella se detenía un instante, cerraba los ojos apenas un segundo y tensaba el cuerpo de una manera difícil de describir. Al principio lo atribuí al calor, o al cansancio. Pero los episodios se repetían, siempre con el mismo patrón: una sacudida sutil, después una calma tensa, y ella mirando su teléfono con los labios apretados.
Un martes en que el pasaje estaba en completo silencio —sin autos, sin niños, sin radios encendidas— escuché algo. Un zumbido tenue, casi inaudible, que pulsaba desde abajo. Tardé un momento en ubicarlo. Venía del patio de Verónica. Coincidía exactamente con los instantes en que ella tocaba la pantalla de su celular. Fue entonces cuando lo entendí, o al menos cuando empecé a sospecharlo: no era cansancio. Era un vibrador inalámbrico, controlado desde una aplicación.
***
La idea me pareció fascinante antes que cualquier otra cosa. Pasé esa noche buscando en internet cómo funcionaban esos dispositivos. Aprendí que se conectaban vía Bluetooth a una aplicación, que permitían control remoto dentro de un rango limitado, y que —punto importante— muchos de los modelos más vendidos tenían vulnerabilidades de seguridad conocidas. Cualquiera con la aplicación correcta podía, en teoría, vincularse al dispositivo si estaba dentro del alcance.
Descargué cuatro aplicaciones diferentes a lo largo de los días siguientes. Las probé sin resultado, las desinstalé. La quinta fue la que encontró algo. Cuando la abrí en la azotea y activé la búsqueda de dispositivos, apareció una señal. Un único punto en el mapa de Bluetooth, a pocos metros de distancia. No había duda sobre a quién pertenecía.
Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Era absurdo. Era un cruce de líneas que no debían cruzarse. Y sin embargo, ahí estaba la opción de vinculación, parpadeando con una simpleza que me resultó casi cómica. Cerré la aplicación sin hacer nada. Esa noche dormí poco, dándole vueltas a lo que haría con ese descubrimiento.
Al día siguiente bajé de la azotea sin haberme decidido. Desayuné. Lavé los platos. A las cinco y media, casi sin pensarlo, volví a subir con el teléfono en el bolsillo. Ella aún no había bajado al patio. Abrí la aplicación, activé la búsqueda y, antes de que me diera tiempo a dudar, seleccioné el dispositivo y confirmé la vinculación.
***
Verónica bajó al patio poco después, como cada tarde. Ese día llevaba unos leggings negros ceñidos y una camiseta de manga corta. Traía consigo una cesta de ropa húmeda y comenzó a colgarla en el tendedero con esa parsimonia que yo ya conocía de memoria. No había nada en su postura que sugiriera algo fuera de lo normal. El teléfono lo llevaba en el bolsillo lateral del legging.
Esperé. Dejé el control en el nivel más bajo, casi nulo, solo para ver si reaccionaba. Y sí: a los pocos segundos, ella hizo esa pequeña pausa que ya me era familiar. El cuerpo levemente rígido, la mano que se detuvo a mitad de un movimiento. Luego siguió colgando la ropa como si nada, pero con un ritmo ligeramente distinto. Más lento. Más cuidadoso.
Subí un nivel. Ella se apoyó un momento en el tendedero con una mano, la cabeza inclinada hacia adelante. Desde mi posición podía ver cómo el cuerpo le respondía sin que ella pudiera controlarlo del todo. Sacó el teléfono, miró la pantalla, y durante unos segundos intentó manipular algo. Supuse que intentaba bajar la intensidad desde su propia aplicación. Pero ya no tenía el control. Eso lo tenía yo.
Lo que siguió fue un juego silencioso y tenso. Yo subía la intensidad despacio; ella respondía con pequeños ajustes de postura, apretando las piernas, respirando más hondo. En un momento dado, volvió a mirar el teléfono con más urgencia. Lo desbloqueó, presionó algo, y cuando no pasó nada, lo apagó por completo. Ese gesto lo cambiaba todo: ya sabía que no era un error técnico. Había alguien más en la conexión.
No se movió durante unos segundos. Sostuvo la respiración. Yo también, sin darme cuenta. Era extraño observar ese instante de comprensión desde arriba: ella parada en el centro del patio, el tendedero a medio llenar, la ropa mojada colgando en silencio, mientras asimilaba que alguien —quién, desde dónde— la había interceptado.
Entonces lo llevé al máximo. No gradualmente, sino de golpe. Ella no pudo disimular. Soltó la ropa que tenía en la mano y se sujetó al borde de la pileta con las dos palmas abiertas. El sonido llegó claro hasta donde yo estaba: un grito ahogado, seco, que cortó el silencio del pasaje. Sus rodillas cedieron apenas, las caderas empujaron hacia adelante en un movimiento que no era voluntario. Y luego el segundo grito, este más largo, más abierto.
La mancha apareció despacio en el legging negro, extendiéndose desde el interior del muslo hacia abajo. Era imposible ignorarla. Ella tampoco podía, porque en el momento en que se recuperó lo suficiente para moverse, miró hacia abajo y vio el desastre. Se llevó una mano a la boca. Después las bajó al borde del pantalón y con un movimiento brusco se lo bajó hasta los muslos, ahí mismo, en el patio abierto.
No llevaba nada debajo excepto el dispositivo, que cayó sobre las baldosas con un ruido pequeño y seco. Ella lo miró un segundo, luego lo apartó de un golpe con el pie, como si quemara. Después se deslizó lentamente hasta quedar en cuclillas, la espalda apoyada en la pileta, los pantalones a la altura de las rodillas. Las manos empezaron a moverse entre sus piernas con una urgencia que el vibrador no había podido satisfacer del todo. Sus gemidos eran bajos, continuos, sin pretender contenerse.
Yo estaba de pie en la azotea, con el teléfono todavía en la mano, completamente paralizado. Era tan distinto de lo que había imaginado esos días. No había fantasía que le hiciera justicia a la realidad de esa mujer, en ese patio, perdida en sí misma a plena tarde. El sol caía oblicuo y le iluminaba el perfil. No perdía ningún detalle.
No podía apartar la vista aunque hubiera querido.
Cuando terminó, se quedó quieta un momento con la cabeza apoyada en la pileta. Luego se puso de pie, recogió los leggings, se los subió, y con la ropa a medio colgar y el patio sin barrer, entró a la casa y cerró la puerta. El dispositivo seguía en el suelo entre las baldosas, reluciente bajo la luz de la tarde.
***
Al día siguiente bajé a tirar la basura y casi tropecé con ella en el pasaje. Verónica salía de su casa con una bolsa en cada mano. Me miró. Yo la miré. Ella no dijo nada. Yo tampoco. Fue una mirada de dos o tres segundos como mucho, pero yo sentí que me habían radiografiado. Después ella giró y siguió su camino, y yo me quedé parado un momento antes de recordar adónde iba.
Esa tarde no bajó al patio. Ni al siguiente. Volví a subir a la azotea con el café de costumbre, pero el patio de la casa de enfrente estaba vacío. La ropa que había dejado colgada el día anterior seguía ahí, inmóvil en el tendedero. En algún momento de la mañana ella la había descolgado sin que yo la viera. El tendedero quedó desnudo contra la pared.
Seguí subiendo. Algunos días la veía moverse detrás de la ventana de la planta baja, pero ya no salía al patio a esa hora. Había cambiado su rutina. Era lo más razonable que podía hacer. Yo seguía mirando el espacio vacío donde ella había estado, pensando en ese momento exacto en que levantó la vista antes de gritar, y en que no miró hacia arriba, aunque yo hubiera jurado que lo haría.
Hubo una tarde, semanas después, en que la vi salir al patio de nuevo. Sin el teléfono. Sin nada en los bolsillos. Solo fue a recoger una maceta que el viento había volcado. Y antes de entrar, levantó la vista hacia la azotea. No dijo nada. No me buscó con la mirada de alguien que busca. Solo miró hacia arriba durante un segundo más de lo necesario para revisar si había alguien.
Luego entró, y cerró la puerta con más calma de la que yo esperaba. Eso fue todo. No hubo continuación, ni confrontación, ni ninguno de los desenlaces que había imaginado en esos días. Solo esa mirada larga, sostenida un instante de más, y la puerta cerrándose despacio detrás de ella.