Los clientes de mi locutorio guardaban mis fotos
Heredé el locutorio de mi tío cuando tenía veintiséis años. Él llevaba una década con ese negocio en el barrio: ocho cabinas alineadas a lo largo de una sala estrecha, un mostrador de madera oscura y un cartel de neón naranja que parpadeaba cada vez que llovía. Cuando me lo dejó, lo primero que hice fue repintar las paredes y cambiar las sillas. Lo segundo fue aprender a usar el sistema.
El software de administración era sencillo. Desde la computadora del mostrador podía ver el contador de tiempo de cada cabina, cobrar los minutos, bloquear o abrir una sesión. Lo que no sabía, al principio, era que también podía ver las pantallas de los clientes en tiempo real.
Tardé tres meses en descubrirlo. Una noche de martes, sin clientes y aburrida, estaba revisando las opciones del menú cuando apareció una grilla con ocho cuadros pequeños, cada uno representando una cabina. Solo tres estaban activas. Hice clic sin pensar, por curiosidad, y la pantalla de la cabina número cuatro llenó mi monitor.
El hombre de la cabina cuatro lo conocía de vista: vivía a dos cuadras, tenía una ferretería en la esquina de Lavalle y lo había atendido docenas de veces. Lo que tenía en pantalla era una película porno.
Cerré la ventana de inmediato. Me levanté, fui al baño, me mojé la cara y volví a sentarme. Tenía el corazón acelerado, aunque no entendía bien por qué. Eran dos segundos de una pantalla ajena. No era para tanto.
Pero volví a abrir la grilla.
***
No lo hacía todas las noches. Me decía que estaba mal, que era una invasión a la privacidad, que si alguien se enteraba podía tener problemas. Pero la tentación era más persistente que la culpa. Empecé despacio: un vistazo rápido aquí, unos segundos más allá. Aprendí a moverme detrás del mostrador sin levantar la vista de forma obvia, mientras en el monitor pequeño que nadie más veía seguía la grilla abierta.
La mayoría de los hombres que venían al locutorio por las noches miraban pornografía. No todos, pero sí una cantidad que me sorprendió. Había uno que entraba con auriculares propios y siempre elegía la cabina del fondo, la que quedaba más lejos de la puerta. Había otro que venía los jueves sin falta, nunca pedía más de veinte minutos y aprovechaba cada segundo. Había un chico joven, estudiante de algo, que a veces miraba y a veces escribía en un bloc de notas que sacaba del bolsillo del pantalón.
Al principio me limitaba a observar sin procesar demasiado. Eran pantallas lejanas, figuras en movimiento, sonido que no llegaba hasta el mostrador. Era voyerismo, lo sabía. Pero me decía que el software lo permitía técnicamente y que nadie resultaba perjudicado.
Hasta que vi lo que hacían con mis fotos.
***
Tengo una cuenta en una red social donde subo imágenes de vez en cuando. No fotos provocativas, sino cosas normales: yo en la playa el verano pasado, yo en una reunión con amigas, yo detrás del mostrador sonriendo con un café en la mano. Nada que yo considerara especialmente llamativo.
Una noche de viernes, con cuatro cabinas ocupadas, abrí la grilla como tenía costumbre. Revisé rápido la primera, la segunda, la tercera. La cuarta me detuvo.
Era uno de los hombres del barrio. Cuarenta y pico de años, pelo entrecano, venía dos o tres veces por semana. Lo conocía de saludarlo al entrar y al salir, de cobrarle los minutos con la misma sonrisa de siempre. Lo que tenía en pantalla era mi perfil de la red social.
Mis fotos. Las mías.
Estaba mirando mis fotos y, a la vez, tenía una ventana pequeña en el costado izquierdo con un video reproduciéndose. Tardé un momento en entender lo que veía. Cuando lo entendí, sentí algo que empezó en el pecho y bajó despacio hasta el estómago: una presión cálida y extraña que no supe nombrar en ese momento.
Cerré la grilla. Miré el mostrador. Miré el techo. Escuché la lluvia afuera y el ventilador del servidor que zumbaba en el armario de la esquina.
Me dije que era asqueroso. Me dije que al día siguiente le diría que prefería que no volviera.
No le dije nada.
***
Durante las semanas siguientes presté más atención. Descubrí que no era el único. Había al menos tres hombres del barrio que me habían enviado solicitudes de amistad desde perfiles falsos —nombres que no reconocía, fotos de perfil genéricas o directamente robadas de internet— y que usaban las cabinas del local para mirar lo que no querían mirar desde sus casas.
Descubrí que algunos descargaban mis fotos. Las guardaban en memorias USB junto con otro tipo de archivos. Una noche vi, en la pantalla de la cabina siete, una carpeta abierta en el escritorio. Mi nombre estaba escrito en el título de esa carpeta. Claro, sin apellido, solo mi nombre de pila entre otros nombres de carpeta.
Me quedé mirando esa imagen durante veinte segundos completos sin moverme.
Después fui al baño, me senté en el borde del lavabo y traté de ordenar lo que sentía. No era miedo. No era vergüenza, aunque quizás debería haber sido eso. Era otra cosa. Algo concreto y caliente que se instalaba en el centro del cuerpo y no se marchaba.
Les gusto, pensé. Eso es lo que pasa. Les gusto y lo hacen a escondidas porque no se atreven a otra cosa.
Esa noche cerré el local cuarenta minutos más tarde de lo habitual. No supe explicarme del todo por qué.
***
Empecé a vestirme de manera diferente.
No de golpe ni de forma exagerada, sino despacio, como si fuera algo que surgía naturalmente: una falda más corta un lunes, una blusa con algo más de escote un miércoles, sandalias con plataforma un jueves. Me dejé el pelo suelto, que antes siempre llevaba recogido para no molestarme mientras trabajaba. Cambié los colores neutros por ropa que me quedaba más ajustada.
La diferencia fue inmediata y no dejó lugar a dudas.
El local empezó a llenarse en horarios que antes estaban muertos. Los jueves por la noche, que solían ser tranquilos, comenzaron a traer caras que no había visto antes. Algunos habituales empezaron a venir con más frecuencia. Nadie me hacía comentarios fuera de lugar, nadie cruzaba ningún límite visible. Pero el local se llenaba, y yo lo sabía. Y ellos, de alguna forma que nunca se verbalizó, también sabían que yo lo sabía.
Detrás del mostrador me movía despacio y con conciencia de cada gesto. Cuando alguien pagaba, me inclinaba un poco más de lo necesario para alcanzar el vuelto. Cuando alguien preguntaba algo sobre los precios o los minutos disponibles, giraba hacia él antes de responder, tomaba un segundo de más antes de hablar. Pequeñas cosas que nadie podría señalar como intencionales, pero que yo calculaba con precisión.
Por las noches, después de que se iba el último cliente y cerraba la persiana metálica, abría la grilla y revisaba los historiales de navegación de las sesiones que el sistema conservaba durante veinticuatro horas. Era el momento en que más me costaba justificarme, porque en esos minutos ya no podía decirme que lo hacía por accidente o por curiosidad pasajera. Lo hacía porque quería. Porque había algo en esa imagen —hombres que me conocían de vista, hombres que me saludaban con normalidad, hombres que me preguntaban si quedaba tiempo disponible con la misma voz de siempre— guardando mis fotos en silencio detrás de una puerta de cabina, que me resultaba imposible de soltar.
***
Hubo una noche que recuerdo de manera particular.
Era un martes de octubre, tarde. Quedaban dos clientes: el hombre del pelo entrecano en la cabina cuatro y un desconocido que había entrado una hora antes y pedido noventa minutos sin levantar la vista del suelo. Yo estaba detrás del mostrador con un libro abierto que no estaba leyendo en absoluto.
Abrí la grilla.
El desconocido de la cabina dos tenía mi perfil abierto en una pestaña. En otra pestaña, a pantalla casi completa, había una de mis fotos: la del verano pasado, yo sentada en una terraza con una copa de vino, sonriendo hacia alguien fuera del encuadre. La tenía ampliada. En el rincón inferior derecho, pequeña pero activa, había un video que no pude ver bien desde el ángulo del monitor.
Me levanté.
Caminé hasta la cabina dos despacio, como si fuera a preguntarle si necesitaba más tiempo o si quería agregar minutos. Llamé con los nudillos antes de abrir, como hacía siempre con todos. Él minimizó todo de un movimiento brusco. Me miró con la cara ligeramente enrojecida, el cuello tenso.
—¿Le agrego tiempo? —pregunté con la voz que usaba siempre, completamente neutra.
—No, gracias —dijo él.
—Bien —dije, y cerré la puerta.
Volví al mostrador. Me senté. Tenía las manos frías y algo en el pecho que latía demasiado rápido. Esperé dos minutos antes de volver a abrir la grilla. La pantalla de la cabina dos tardó otro minuto en mostrar lo que tenía antes. Cuando lo hizo, me quedé mirando un rato largo.
Soy yo la que está en esa pantalla, pensé. Soy yo la que está aquí afuera mirando.
Las dos cosas al mismo tiempo.
***
No sé con exactitud qué dice eso de mí. Lo he pensado muchas veces desde entonces y no llego a una conclusión limpia. Lo que sí sé es lo que sentía: una mezcla de control y de algo más oscuro que el control, algo que tenía que ver con ser deseada sin que nadie supiera que yo también los estaba observando.
Ellos creían que estaban solos en esas cabinas. Creían que la mujer del mostrador estaba leyendo, o mirando el teléfono, o pensando en otra cosa. No sabían que yo tenía acceso a cada pantalla. No sabían que llevaba semanas construyendo, sin proponérmelo del todo, un mapa de lo que hacían en privado.
Y al mismo tiempo, yo era el objeto de lo que hacían. Era la imagen en pantalla, la foto guardada en la carpeta con mi nombre escrito entre corchetes.
Esa posición doble —miradora y mirada, la que controla y la que aparece en la pantalla— era lo que no podía soltar. Era incómoda de nombrar y completamente imposible de ignorar.
***
Empecé a subir fotos a la red social con más frecuencia. No fotos provocativas, seguía resistiéndome a eso. Pero sí fotos pensadas: una con la luz de la tarde que me iluminaba bien, una desde un ángulo que sabía que funcionaba, una en la que el vestido verde que usé ese domingo quedaba mejor de lo que yo esperaba.
Las subía y esperaba. Esa es la palabra exacta: esperaba. Subía una foto y en los días siguientes prestaba atención a la grilla, revisaba qué pantallas abrían qué perfiles, notaba si alguien nuevo empezaba a aparecer entre los habituales de las noches.
Era un experimento, aunque no me gustaba llamarlo así. Era un juego que jugaba sola, sin que nadie del otro lado supiera que había reglas.
Hubo una tarde que subí una foto a las seis de la tarde. A las nueve de la noche uno de los habituales —el del bigote, el que nunca pedía más de veinte minutos los jueves— entró al local y se fue directo a la cabina del fondo. Desde la grilla vi que abrió la red social casi de inmediato.
Sonreí de espaldas a las cabinas, mirando la pared.
Nadie me vio sonreír.
***
Esta historia no tiene un final dramático. No hubo ninguna confrontación, no hubo un momento en que alguien descubriera lo que yo hacía ni en que yo revelara que sabía lo que ellos hacían. Siguió siendo un secreto compartido sin que nadie lo hubiera acordado: guardado en silencio detrás de pantallas encendidas en cabinas con la puerta cerrada.
Lo que cambió fui yo. O, más exactamente, lo que pensaba de mí misma y de lo que era capaz de sentir.
Tardé un tiempo en admitirlo, pero lo que experimentaba no era vergüenza. Era curiosidad. Era algo parecido al poder, aunque tampoco era exactamente eso. Era la sensación específica y extraña de tener algo que otros deseaban sin poder pedirlo, sin saber siquiera que yo también estaba presente en esa ecuación, mirando desde el otro lado.
El locutorio sigue abierto. Las ocho cabinas funcionan bien. El software de administración sigue instalado en la computadora del mostrador, con la grilla accesible desde el menú principal si uno sabe dónde buscarla.
Y yo sigo llevando el pelo suelto.