Fui a pescar al río y terminé espiando a mis vecinos
Era sábado por la mañana y Matías ya llevaba una semana esperando ese día. Él, Damián y Facundo habían acordado salir a pescar al río, a ese tramo tranquilo que quedaba a veinte minutos en bicicleta del barrio, donde los árboles se juntaban sobre el agua y la vegetación densa ofrecía sombra durante las horas de más calor. Cargaron las cañas, los anzuelos y un bolso con bebidas frías, y se fueron pedaleando antes de que la ciudad despertara por completo.
El lugar era exactamente lo que Matías necesitaba: silencioso, verde, con el rumor constante del agua sobre las piedras. Los tres armaron las líneas y lanzaron los primeros anzuelos sin mucha expectativa. No iban realmente a pescar. Iban a estar en otro lado, lejos de todo.
Mientras esperaban, la conversación fue derivando hacia los chismes del barrio, como siempre. Y los chismes del barrio, tarde o temprano, llevaban a don Vicente y a Valeria.
Don Vicente era un hombre de sesenta y cinco años, jubilado, viudo desde hacía una década. Vivía solo en una casa grande de la esquina que en otro tiempo había estado llena de gente. Era callado, de rutinas estrictas: caminaba al quiosco cada mañana con el mismo paso lento, cuidaba su jardín con una dedicación casi religiosa y nunca faltaba a la misa del domingo. A primera vista, un vecino modelo. Pero en el barrio las primeras vistas duraban poco. Se rumoraba que desde que enviudó, don Vicente había tenido encuentros discretos con más de una mujer. Una señora de la cuadra de atrás juraba haberlo visto salir de un hotel de paso una tarde de lluvia. Nadie tenía pruebas, pero todos tenían opiniones.
Valeria era otra historia. Treinta y tres años, divorciada hacía poco, había llegado al barrio ocho meses atrás con dos valijas y una sonrisa que no pedía permiso a nadie. Era alta, de movimientos seguros, con una figura que llenaba bien cualquier ropa. Los domingos se la veía cruzando la calle hacia la casa de don Vicente con una bolsa de facturas bajo el brazo. «Es que está sola y él también», decían algunas. «Claro que sí», decían otras con una sonrisa que no necesitaba más palabras.
Matías los conocía a los dos. Los saludaba de vista, como uno saluda a los vecinos. Pero desde hacía un tiempo los miraba diferente, o mejor dicho, los miraba preguntándose. Era algo que le pasaba seguido: ver a dos personas y preguntarse qué ocurriría en los espacios que él no veía.
Ese impulso tenía una fecha de origen bastante precisa. Tenía diecisiete años cuando fue al cumpleaños de un compañero de colegio y, buscando el baño en una casa desconocida, se encontró con una puerta entreabierta al final de un pasillo. Debería haber seguido de largo. En cambio, se detuvo. A través del espacio entre la puerta y el marco vio a una pareja: un hombre que no reconoció y una chica del año siguiente, sobre la cama, completamente absortos el uno en el otro. No escucharon sus pasos. No sospecharon que alguien los miraba. Matías se quedó parado en ese pasillo más tiempo del que habría podido justificar, con el corazón en la garganta y una sensación en el pecho que no sabía cómo nombrar. Cuando al fin se alejó, tenía las manos levemente temblorosas.
Esa imagen lo acompañó durante semanas. Desde entonces supo que había algo en él que disfrutaba de la distancia, de estar presente sin que lo supieran. No le interesaba participar. Le interesaba ver.
***
Después de una hora en la que apenas picaron un par de bagres pequeños que devolvieron al agua, Matías avisó que iba a probar suerte un poco más arriba, donde el río hacía un recodo y el agua parecía más quieta. Damián y Facundo ni levantaron la vista de sus cañas.
Caminó por la orilla unos doscientos metros, apartando ramas, pisando con cuidado sobre el barro húmedo. El río brillaba entre los árboles. Todo estaba quieto.
Entonces escuchó algo.
No era el viento entre las hojas ni el sonido del agua. Era una voz, baja, entrecortada. Un gemido que se mezclaba con el rumor del río y que podría haber confundido con cualquier otra cosa si no supiera exactamente lo que era. Matías se detuvo. El corazón le empezó a latir más rápido.
Avanzó agachado entre la vegetación, pisando lo más despacio posible, hasta encontrar un punto entre dos arbustos desde donde podía ver un claro pequeño junto a la orilla. Había una manta extendida sobre el pasto. Y sobre la manta estaban ellos.
Valeria estaba acostada de espaldas, completamente desnuda, con los brazos por encima de la cabeza. Don Vicente estaba entre sus piernas, con la camisa abierta, inclinado sobre ella. Le estaba pasando la lengua por el cuello, despacio, bajando hacia los senos. Valeria tenía los ojos cerrados y respiraba con la boca entreabierta.
—Más abajo —murmuró ella sin abrir los ojos.
El viejo obedeció. Bajó la cabeza, recorrió el vientre con los labios y se instaló entre sus muslos. Valeria arqueó la espalda. Sus manos buscaron el pelo de él y lo sostuvieron con suavidad. Los gemidos que Matías había escuchado desde lejos cobraron forma ahora, claros y cercanos, mezclados con el sonido del agua sobre las piedras.
Matías no respiraba.
Estaba parado detrás de los arbustos a menos de doce metros de ellos, con la caña de pescar todavía en la mano, sin poder moverse. Valeria se retorcía despacio sobre la manta, elevando las caderas hacia la boca de don Vicente. Los senos se movían levemente con cada respiración profunda. Los gemidos se volvían más frecuentes, más urgentes.
—No pares —dijo ella con la voz ronca—. Así, justo así.
Don Vicente trabajaba sin apuro, con una concentración que Matías no habría esperado de él. Sujetaba las caderas de Valeria con firmeza y ella empujaba suavemente hacia arriba, encontrando el ritmo. Al cabo de unos minutos, Valeria soltó un gemido largo y profundo, con el cuerpo entero tenso, y luego se relajó sobre la manta con una exhalación lenta.
Matías apoyó la caña en silencio contra el arbusto más cercano. Bajó la mano y se aflojó el pantalón. No fue una decisión consciente: fue simplemente lo que hizo.
Don Vicente se incorporó. Se quitó la camisa. Valeria lo miró desde abajo con una sonrisa tranquila y abrió los brazos. El viejo se acostó sobre ella, ella guió la mano de él, y después lo guió a él. Matías vio cómo los cuerpos se acomodaban el uno sobre el otro. Vio cómo Valeria cerraba los ojos de nuevo y respiraba hondo.
—Despacio al principio —dijo ella.
Don Vicente asintió. Empezó a moverse con lentitud, con un ritmo pausado que Valeria recibía levantando ligeramente las caderas. Los gemidos volvieron, diferentes ahora, más profundos, más graves. El viejo tenía la frente apoyada contra el cuello de ella y respiraba con fuerza.
Matías empezó a masturbarse con movimientos lentos, apretando despacio, mirando. Sus ojos no se despegaban de la escena. El cuerpo de Valeria bajo la luz que se filtraba entre los árboles. La forma en que sus manos recorrían la espalda de don Vicente, bajaban hasta las caderas y lo apretaban hacia ella. El sonido de los dos, mezclado con el río.
La vecina que siempre me saluda en la calle.
El pensamiento apareció y desapareció. En su lugar quedó solo la imagen concreta, inmediata: dos personas que no sabían que alguien las miraba, completamente absortas la una en la otra.
El ritmo fue acelerando. Don Vicente levantó el torso, sujetó los muslos de Valeria y comenzó a moverse con más fuerza. Ella clavó los talones en la manta y empujó hacia arriba, encontrándolo a mitad de camino con cada movimiento.
—Así —repitió ella—. No te detengas.
Los gemidos de Valeria se volvieron más altos. Don Vicente respiraba entre dientes, con la cara roja por el esfuerzo y la concentración. Matías aceleró el movimiento de su mano, sin apartar los ojos, siguiendo el ritmo de los dos. Sentía el calor acumularse en el abdomen, los muslos tensos, la respiración cada vez más difícil de controlar.
Valeria llegó primero. Lo anunció con una serie de gemidos cortos y entrecortados, con el cuerpo rígido y los dedos apretados sobre los hombros de don Vicente. El viejo siguió moviéndose unos segundos más y luego se detuvo con un gruñido sordo, inclinándose sobre ella, el peso del cuerpo cediéndole a Valeria.
Matías se corrió casi en ese mismo momento, mordiéndose el labio para no hacer ruido. El orgasmo llegó con una intensidad que lo tomó por sorpresa y tuvo que apoyar una mano en el arbusto para no perder el equilibrio.
Los dos amantes se quedaron quietos un momento, recuperando el aire. Valeria reía en voz baja por algo que Matías no alcanzó a escuchar. Don Vicente le dijo algo al oído. Ella asintió. Se levantaron con calma, se fueron vistiendo sin apuro, recogieron la manta y se alejaron siguiendo la orilla hacia el lado opuesto, tomados del brazo, como si fueran dos personas que simplemente habían salido a caminar.
Matías se quedó entre los arbustos hasta que los perdió de vista. Se acomodó la ropa, recuperó la caña y volvió caminando despacio hacia donde lo esperaban sus amigos.
***
El resto de la tarde transcurrió con normalidad para Damián y Facundo. Charla, algún pez que no llegó a nada, el calor de las últimas horas. Para Matías fue una sucesión de momentos que existían en paralelo a otra cosa, a una escena que se repetía en su cabeza con cada vez más detalle.
De noche, en su habitación, tardó mucho en dormirse. No hacía falta cerrar los ojos para ver la imagen: Valeria sobre la manta, don Vicente entre sus piernas, los dos moviéndose con esa concentración de quien hace exactamente lo que quiere. El sonido del río por debajo de los gemidos. La luz entre los árboles filtrándose en manchas sobre la piel de los dos.
Se masturbó dos veces antes de apagar la luz, recomponiendo cada detalle, añadiendo otros que quizás no eran exactamente como habían sido pero que su mente construía con facilidad. Cuando al fin se durmió, lo hizo pensando que volvería al río.
***
Volvió dos días después, solo, con la excusa de la caña de pescar. El tramo del río estaba vacío cuando llegó. Se sentó en la orilla y esperó un rato sin mucha esperanza, escuchando el agua y el sonido de los pájaros en los árboles.
Pero al cabo de media hora, escuchó pasos sobre la tierra seca. Miró entre los árboles y los vio llegar: Valeria delante, con una manta bajo el brazo; don Vicente detrás, con un bolso pequeño. Se instalaron en el mismo claro de la otra vez, con la misma naturalidad de quien repite algo que ya sabe cómo funciona.
Esta vez Matías estaba mejor ubicado. Había encontrado un punto entre la vegetación desde donde veía el claro sin obstrucciones y sin riesgo de ser descubierto. Se quedó quieto mientras ellos se instalaban, con la respiración controlada, esperando.
Valeria se arrodilló frente a don Vicente. Le abrió el pantalón con calma, lo miró un momento desde abajo y luego inclinó la cabeza. Don Vicente apoyó la mano en el pelo de ella sin forzar nada, mientras Valeria trabajaba con una lentitud deliberada, tomándose el tiempo que quería. Los gemidos del viejo eran distintos en esa posición, más graves, más contenidos, como si los estuviera guardando para sí mismo.
Matías se acomodó entre los arbustos y repitió el ritual de la otra vez, con la misma lentitud, siguiendo el ritmo de lo que veía. Había algo en esa repetición que lo satisfacía de una manera particular: no solo el placer inmediato, sino la confirmación de que el secreto seguía siendo suyo. Que nadie en el barrio sabía lo que él sabía. Que nadie en el barrio había visto lo que él había visto.
Terminaron como la primera vez, en silencio, sin sospechar que tenían un testigo. Se fueron tomados de la mano entre los árboles.
Matías se quedó quieto un rato más después de que se fueron, con la respiración todavía agitada, escuchando cómo sus pasos se alejaban hasta que el río volvió a ser el único sonido. Luego recogió la caña y se fue.
En el camino de vuelta entendió algo que en el fondo ya sabía: no iba a dejar de volver. No porque necesitara ver algo distinto, sino porque lo que ya había visto vivía en él de una manera que no quería perder. La distancia, el silencio, el hecho de ser el único testigo de algo que los demás no verían jamás. Era eso lo que buscaba. No la participación, no el contacto. La posesión silenciosa de una escena que nadie más tenía.
Pensó en don Vicente, en Valeria, en la forma en que se alejaban caminando sin mirar hacia atrás. No sabían nada de él. Y él sabía todo de ellos.
Eso, por alguna razón que no se molestó en analizar demasiado, era exactamente suficiente.