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Relatos Ardientes

La noche que acordamos prestarla a dos desconocidos

Era sábado y el calor de febrero pegaba fuerte incluso a las once de la noche. El bar estaba repleto: una mezcla de perfume caro, transpiración y música que salía de los parlantes a un volumen que obligaba a acercarse para hablar. Nosotros llevábamos dos cervezas encima y todavía no habíamos bailado.

Camila estaba hermosa. Llevaba un vestido verde oscuro con escote cruzado y esas sandalias de taco fino que hacen que sus piernas parezcan no tener fin. Tiene treinta y ocho años y con cada año que pasa se vuelve más consciente de lo que tiene. Más dispuesta a usarlo.

—Hay demasiada gente —dijo, mirando la pista atestada.

—Bien —respondí—. Más difícil perderte de vista.

Ella sonrió y tomó su botella por el cuello sin apartar los ojos de la gente que nos rodeaba. Yo también los tenía puestos en ella, aunque por razones distintas.

La fantasía llevaba tiempo rondándonos. No siempre en voz alta: a veces era una pregunta al pasar, un «¿qué harías si...?» a mitad de la noche después de que yo la tuviera boca abajo con la cara contra la almohada y la polla hundida hasta el fondo. Nunca lo habíamos concretado, pero en los últimos meses las conversaciones habían ganado peso. Se habían vuelto más específicas. Más serias. Las dos sabíamos que tarde o temprano íbamos a cruzar ese umbral, la pregunta era cuándo y dónde.

No sé en qué momento del segundo trago empecé a imaginar qué pasaría si esa noche se lo proponía de verdad.

Fue entonces cuando ocurrió lo del tipo de la barra.

Camila se había levantado para pedir otra ronda porque el mozo no aparecía. Tuvo que abrirse paso entre la gente, y yo la seguí con los ojos desde la mesa, como siempre. La vi llegar a la barra, apoyarse de lado, pedir algo. Y entonces un tipo que estaba a su izquierda deslizó la mano por su cadera, despacio, como si lo hiciera sin querer, como si fuera un roce accidental del que no se daba cuenta. La mano bajó un centímetro más, palpó la curva del culo por encima de la tela del vestido, y se quedó ahí.

Camila se giró hacia él.

No gritó. No lo apartó de un manotazo. Lo miró durante dos o tres segundos, con una expresión que yo conozco bien, y luego volvió a pedirle algo al bartender. El tipo tampoco retiró la mano de inmediato.

Cuando Camila llegó a la mesa con las cervezas, me levanté para ayudarla. Me acerqué a su oído.

—Vi lo que pasó en la barra.

Ella dejó las botellas sobre la mesa sin decir nada y se sentó.

—¿Te gustó? —le pregunté.

Una pausa larga. Luego:

—No me disgustó.

—¿Se te mojó el coño? —le dije, directo, al oído.

Ella tragó saliva. Bajó la mirada un segundo.

—Un poco.

Me senté. El corazón me latía más rápido de lo que debería. Le acerqué su cerveza y le pregunté, en voz muy baja, si quería que esa noche fuera una de esas noches de las que habíamos hablado. Que quería verla con otra polla en la boca, con otro hombre cogiéndosela mientras yo miraba. Ella entendió a qué me refería exactamente.

—Depende de qué tan lejos querés llegar vos —dijo.

—Todo lo que vos quieras. Que te la chupen, que te la cojan, que te llenen. Lo que se te dé la gana.

Camila giró la botella entre sus manos. Pensativa. Luego me miró directo a los ojos.

—Si en algún momento quiero parar, paramos sin discusión.

—Por supuesto.

—Y vos no te movés de la mesa mientras yo esté en la pista.

Tragué saliva.

—Entendido.

Se levantó, se acomodó el vestido con las manos, y caminó hacia la pista de baile sin mirarme.

***

La observé durante veinte minutos desde la mesa, bebiendo despacio para tener las manos ocupadas. Camila bailaba sola al principio, moviéndose con esa soltura que tiene cuando sabe que la están mirando. No tardó mucho. El mismo tipo de la barra apareció detrás de ella. Era alto, de unos treinta años, con esa seguridad de quien está acostumbrado a acercarse a mujeres en bares y que rara vez le va mal.

Le dijo algo al oído y ella se rió. Empezaron a moverse juntos.

Lo que me pasaba por dentro era difícil de describir. No era celos exactamente, o al menos no solo eso. Era adrenalina mezclada con algo parecido al miedo, pero sin el lado desagradable. Como cuando estás en la cima de algo muy alto y podés elegir saltar o no.

El tipo —que después supe que se llamaba Bruno— la rodeó con los brazos por la cintura. Camila dejó caer la cabeza hacia atrás, hacia él, y le apoyó el culo directo contra la entrepierna. Yo veía cómo ella asentía a algo que le decía al oído, cómo se pegaba más contra él, cómo movía las caderas frotándole la bragueta con una lentitud descarada. En un momento la apoyó contra una columna y sus manos le recorrieron los costados, desde las caderas hasta casi los pechos, con una lentitud calculada. Los pulgares le rozaron la parte de abajo de las tetas por encima del vestido. Ella tenía los ojos entrecerrados y la boca abierta.

Me terminé la cerveza de un trago.

Camila volvió a la mesa con Bruno y con otro tipo, más joven, de espaldas anchas y una sonrisa que dejaba en claro que entendía exactamente qué estaba pasando. Se presentó como Rodrigo. Tendría veintiocho años, quizás menos.

—¿Te molesta si los invito a tomar algo? —preguntó Camila, con una inocencia completamente calculada.

—Para nada —dije.

Los cuatro pedimos cervezas. La conversación empezó superficial y fue escalando sin que nadie lo forzara. Bruno y Rodrigo contaban historias de viajes, de fiestas, de salidas que terminaban bien. Camila se reía, se tocaba el cabello, ponía su mano en el antebrazo de Bruno cuando él decía algo gracioso. En un momento le apoyó la mano en el muslo, cerca de la ingle, y le apretó. Bruno ni se inmutó. Yo la observaba todo el tiempo y ellos sabían que la observaba. Nadie dijo nada al respecto. Era una de esas situaciones en las que todos entienden las reglas sin que nadie las mencione.

Entonces Camila anunció que iba al baño.

Antes de que se levantara me incliné hacia ella.

—Cuando vuelvas, si decidiste que querés seguir esta noche, volvé sin la bombacha. Y me la ponés en el bolsillo cuando te sientes.

Ella abrió los ojos un momento. Luego los entrecerró, se mordió el labio inferior, y se fue sin decir nada.

Bruno y Rodrigo fingían estar hablando entre ellos. Yo tamborileé los dedos sobre la mesa, pedí otra cerveza que no necesitaba, y conté los segundos en mi cabeza.

Volvió cuatro minutos después.

Se sentó a mi lado, me rodeó el cuello con un brazo y me besó en la mejilla. Al mismo tiempo, con la otra mano, me deslizó una bola tibia de tela en el bolsillo del pantalón. La bombacha estaba mojada. Se me puso dura al instante. Luego tomó mi mano y la llevó debajo de la mesa, sobre su vestido, a la altura del muslo. La deslicé hacia arriba despacio, despacio, controlando la respiración, hasta que los dedos llegaron a la piel desnuda del interior del muslo y de ahí a los labios de su coño. Estaba empapada. Le hundí dos dedos sin resistencia y ella apretó los muslos contra mi mano un segundo, mordiéndose el labio para que no se le escapara el jadeo.

No llevaba nada puesto.

Me volví hacia Bruno y le dije, con una calma que no sentía del todo:

—Creo que deberíamos pedir la cuenta.

***

Subimos los cuatro al auto. Camila se sentó adelante conmigo al principio, Bruno y Rodrigo atrás. Conduje despacio sin rumbo fijo, dando vueltas sin sentido mientras la tensión del habitáculo hacía el aire más espeso. Nadie hablaba demasiado.

A las pocas cuadras, Camila se giró hacia el asiento trasero. Le dijo algo a Bruno en voz muy baja, algo que yo no llegué a escuchar. Él respondió con una sola sílaba afirmativa.

—¿Me dejás pasar atrás? —me preguntó Camila.

Seguí mirando la ruta. Me encogí de hombros.

—Si eso querés.

Camila se pasó al asiento trasero antes de la próxima cuadra. Puse los ojos en el camino, aunque de vez en cuando los levantaba al espejo retrovisor. En el reflejo veía movimiento. Veía a Camila arrodillada en el asiento, entre los dos tipos, con el vestido subido hasta la cintura y el culo desnudo apuntando a la ventanilla. Veía la cabeza de Rodrigo hundida entre sus tetas, con la boca chupándole un pezón mientras le agarraba el otro con la mano. Veía a Bruno con la bragueta abierta y la polla afuera, y veía a Camila bajando la cabeza para metérsela en la boca.

La escuchaba mamársela. Ese ruido húmedo, sucio, de la boca chupando, la lengua yendo y viniendo, los pequeños gemidos ahogados cuando la polla le tocaba el fondo de la garganta. Bruno le puso una mano en la nuca y le marcó el ritmo. Rodrigo la había dado vuelta a medias y le había metido dos dedos en el coño desde atrás y se los movía con fuerza. La escuchaba mojada. La escuchaba a ella respondiendo con un mmmm largo, apretado, mientras seguía chupando.

Me concentré en llegar a casa sin chocar nada.

***

En cuanto cerramos la puerta del departamento Bruno llevó a Camila al sillón del living. Ella dejó caer los tirantes del vestido sin que nadie se lo pidiera, con una soltura que me sorprendió incluso a mí. El vestido cayó al piso. Quedó parada frente a los tres, completamente desnuda, con los pezones duros y una línea brillante de humedad bajándole por la cara interna del muslo. Rodrigo se arrodilló frente a ella y empezó a besarle los muslos, subiendo, mientras Bruno le agarraba las tetas por detrás y le pellizcaba los pezones.

Yo me quedé de pie junto a la pared, con los brazos cruzados.

Rodrigo le abrió las piernas con las manos y le pegó la boca al coño. Empezó despacio, con la lengua plana, lamiéndola de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris con un círculo lento. Camila tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de Bruno, y los labios entreabiertos. Bruno le hablaba al oído con una voz baja que yo no alcanzaba a descifrar desde donde estaba, y ella respondía con pequeños movimientos de cabeza. Después le agarró la mandíbula y le giró la cara y se metió la lengua en la boca de ella. La besaba profundo, con una mano en el cuello, y con la otra la seguía manoseando.

Rodrigo aceleró abajo. Le chupaba el clítoris con los labios apretados y le metía dos dedos en el coño al mismo tiempo, doblándolos hacia arriba. Camila empezó a mover la cadera contra su cara, jadeando cada vez más fuerte.

En un momento ella me buscó con los ojos. Los tenía brillantes, la respiración entrecortada.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije. Era verdad.

—Vení —me pidió—. Sacátela. Quiero que la vea mientras me la comen.

Bruno la reposicionó en el sillón, tirándola hacia atrás, apoyada contra el respaldo con las piernas abiertas. Rodrigo se colocó de pie frente a ella con la polla afuera, gorda, hinchada, apuntándole a la cara. Camila lo tomó con la mano, despacio, como tanteando, escupió en la punta y le esparció la saliva con el pulgar. Después se la metió en la boca con una naturalidad que hizo que me olvidara de respirar por un par de segundos. Se la tragó entera hasta que la nariz le tocó el vientre de él. Él apoyó una mano en su cabeza sin forzar nada, solo siguiendo el ritmo que marcaba ella. Se la sacaba, le lamía la punta, se la volvía a meter hasta el fondo. Los ojos le lloraban. Un hilo de saliva le colgaba del mentón.

Bruno mientras tanto se había arrodillado entre sus piernas y la abría con los dedos, midiendo su respuesta con paciencia. Le pasaba la lengua por los labios del coño, la metía adentro, la sacaba, subía al clítoris. Camila soltó un sonido apagado, largo, que le vibró en la garganta, ahogado por la polla de Rodrigo.

Me fui al sillón de enfrente. Me senté. Abrí el pantalón. Me saqué la polla, ya durísima, y empecé a agarrármela despacio, todavía tratando de mantener la cabeza fría.

No podía apartar los ojos de ella.

Bruno se paró, se sacó los pantalones del todo, y se colocó detrás del sillón. Hizo dar vuelta a Camila. Ella quedó de rodillas sobre los almohadones, agarrada del respaldo, con el culo empinado. Rodrigo se sentó frente a ella para que pudiera seguir chupándosela. Bruno la penetró despacio, con cuidado al principio, midiendo. Vi cómo la polla se le hundía hasta el fondo, cómo el coño de Camila se abría alrededor, cómo brillaba de lo mojada que estaba. Ella se tensó un momento y luego se aflojó, y empezó a moverse al mismo ritmo que él marcaba.

Bruno agarró velocidad. Le clavó las manos en las caderas y empezó a cogérsela fuerte, con embestidas que le movían todo el cuerpo hacia adelante y la hacían tragarse la polla de Rodrigo hasta el fondo cada vez. Se escuchaba el golpe seco de las caderas de Bruno contra el culo de Camila, un plaf plaf plaf constante, y encima el ruido de los labios de ella chupando, ahogándose, tragando saliva.

—Qué rico coño tenés —le dijo Bruno, en voz alta esta vez, para que yo lo oyera—. Estás empapada, puta.

Camila se sacó la polla de la boca un segundo, jadeando.

—Más fuerte —pidió—. Cogeme más fuerte.

Bruno le dio una palmada en el culo y aceleró. Rodrigo la agarró del pelo y le volvió a meter la polla en la boca. Con Rodrigo en la boca y Bruno entrando y saliendo desde atrás, el único ruido en el departamento era el de los tres cogiendo y el sonido de mi propia respiración, que no terminaba de normalizarse. Yo me la seguía agarrando despacio, sin querer terminar todavía.

Camila se corrió primero. Se puso a temblar, se le doblaron los brazos, se aferró al respaldo y soltó un gemido largo, ronco, que le salió del fondo de la garganta. El coño le pulsaba alrededor de la polla de Bruno. Él no paró. Siguió metiéndosela con el mismo ritmo mientras ella acababa, alargándole el orgasmo.

En un momento Bruno ralentizó todo y me miró directamente.

—Hay algo más que podría hacer —dijo—. Pero antes quiero que quede claro algo.

Camila levantó la cabeza. Lo miró.

—Si esto sigue —continuó Bruno—, habrá más noches. Eso no se negocia.

Miré a Camila. Ella no apartó los ojos de mí. No era exactamente una pregunta lo que me hacía con la mirada, era más bien una consulta, un «decidís vos si querés». Tardé tres o cuatro segundos en contestar.

—Mientras ella quiera, de acuerdo.

Bruno asintió. Se sacó la polla del coño, se la escupió en la mano para lubricarla más, y le apoyó la punta contra el ojete a Camila. Empujó despacio. Ella se aferró al respaldo del sillón con las dos manos, con los nudillos blancos, y emitió un sonido largo y gutural que yo nunca le había escuchado, mitad grito, mitad gemido. Bruno se hundió centímetro por centímetro hasta el fondo. Ella tenía la boca abierta, los ojos cerrados. Cuando quedó todo adentro, Bruno se quedó quieto un momento, esperándola.

Rodrigo aprovechó para pasarse al frente. Se metió debajo de Camila, boca arriba, y le acomodó el coño encima de la boca mientras seguía teniéndola en cuatro. La lamía desde abajo mientras Bruno se la cogía por el culo desde atrás. Después Rodrigo se acomodó de otra manera, se puso debajo de ella, la agarró de las caderas, y le metió la polla en el coño al mismo tiempo que Bruno se movía en su culo. La tenían llena por los dos lados.

Camila gritó. Un grito de placer, agudo, largo. Los tres se acompasaron. Yo me la agarraba cada vez más rápido, viendo cómo dos vergas entraban y salían de mi mujer al mismo tiempo, cómo ella se retorcía entre los dos, cómo pedía más.

—Así, así, así —repetía Camila, con los ojos cerrados—. No paren. No paren.

Se corrió otra vez, todavía más fuerte que antes, con el cuerpo entero convulsionando entre los dos hombres.

Rodrigo acabó primero, adentro del coño, con un gemido corto y contenido. Sentí una punzada de calor en el estómago cuando lo vi. Se quedó quieto unos segundos, con la polla adentro, terminando de vaciarse. Cuando se la sacó, un hilo blanco le bajó a Camila por la cara interna del muslo.

Luego fue Bruno. Se salió del culo, se paró, la agarró del pelo y le hizo abrir la boca. Le acabó en la lengua y en la cara, chorreando. Camila se quedó quieta con la boca abierta, aguantando todo, y después tragó despacio, mirándome a los ojos. Yo me terminé casi al mismo tiempo, en mi propia mano, sin poder aguantar más un segundo.

Los tres se derrumbaron sobre el sillón, quietos.

Yo me levanté, fui al baño, volví.

***

Bruno y Rodrigo se vistieron sin apuro, sin esa incomodidad que uno podría esperar. Rodrigo le dio un beso a Camila en la frente antes de irse, con una ternura que me tomó desprevenido. Bruno me dio la mano con firmeza, mirándome a los ojos.

—El trato sigue en pie —dijo.

—Sí —respondí.

Cerré la puerta y me quedé un momento con la mano sobre la madera, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.

Camila estaba sentada en el sillón todavía, con el vestido verde colocado de cualquier manera sobre los hombros. Todavía tenía semen secándose en la comisura de la boca. Me senté a su lado. Ella apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada. Yo le rodeé los hombros con el brazo y tampoco dije nada. Estuvimos un buen rato así, en silencio, mientras la ciudad seguía haciendo ruido afuera.

Después ella levantó la cabeza y me preguntó:

—¿Estuvo bien?

Le tomé la mano.

—Estuvo muy bien.

Camila sonrió. Una sonrisa pequeña, de las que guarda para cuando está completamente relajada. Cerró los ojos y en menos de cinco minutos se quedó dormida contra mi hombro.

Yo me quedé despierto un rato más, mirando el techo, pensando en el trato que acabábamos de hacer y en todo lo que vendría después.

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Comentarios(8)

Marcos_Sur

Increible. Me quede sin palabras al terminar de leerlo.

CuriosaNocturna

Por favor que haya continuacion!!! quede con muchisimas ganas de saber como siguio la noche. Sigue publicando

FelipeCordo

Muy bien narrado, se siente la tension en cada parrafo. De los mejores que lei en este sitio sin dudas.

Rodrigo_M

Me recordo a algo que vivi con mi pareja hace un tiempo, aunque llegamos solo hasta cierto punto jaja. Tremendo relato.

Maru_lectora

se hizo cortisimo!!! queria que siguiera y siguiera. Gracias por compartirlo :)

DiegoNoche

Lo que mas me gusto fue como describe los sentimientos del narrador, no solo la situacion en si. Se nota que hay profundidad en lo que escribis.

NocheBCN

Leí de un tirón, no pude parar. Espero la segunda parte desde España!

FantaseadorX

buenisimo!!!

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