Lo miré perder el control por primera vez
Rodrigo tiene una forma muy particular de demostrarme que me quiere. No son flores ni sorpresas ni cenas con vino elegido cuidadosamente. Su manera de quererme es dejarme hacer lo que quiero, con quien quiero, cuando lo necesito. Algunos lo llamarían locura o debilidad. Él lo llama querer de verdad. Yo lo llamo tener una suerte desproporcionada.
Esta vez llevaba semanas dándole vueltas a alguien específico. Sebastián me había estado enviando mensajes que empezaron siendo normales y fueron derivando hacia algo más directo hasta que ya no dejaban mucho a la interpretación. Se lo mencioné a Rodrigo una noche y él asintió con esa media sonrisa suya que significa que está bien, que haga lo que necesite. Así que le escribí a Sebastián y le planteé lo único que tenía en mente: nada de cenas, nada de pretextos, nada de expectativas. Solo un rato en una habitación, follar, y ya.
Aceptó en menos de un minuto.
***
Lo había conocido tres años antes en una reunión de amigos en común. Él tenía veinte años y esa torpeza característica de quien todavía no sabe del todo cómo manejarse entre adultos. Yo tenía treinta y uno y estaba en una etapa en la que los hombres jóvenes me parecían predecibles precisamente por eso: porque todo en ellos era evidente antes de que abrieran la boca. Sebastián, sin embargo, tenía algo que me costó nombrar entonces. Me miraba como si yo fuera el único punto fijo en una habitación llena de movimiento, con una intensidad que no correspondía a sus años ni a la ocasión.
Con el tiempo sus mensajes fueron cambiando de tono. Primero eran comentarios casuales sobre cosas que compartíamos. Después vinieron los cumplidos, los «me encantaría verte», los mensajes tarde en la noche con una temperatura diferente. Hasta que un día me dijo, sin rodeos, que llevaba años pensando en mí, que se masturbaba pensando en mi boca, en mis tetas, en cómo debía ser hundirse entre mis piernas, y que si alguna vez yo quisiera, quería que fuera yo la primera en algo que no especificó pero que entendí perfectamente.
Lo guardé en algún lugar del cerebro donde se guardan las cosas que uno no sabe todavía si va a hacer o no. Y ahí estuvo, quieto, hasta que se lo mencioné a Rodrigo.
***
Esa tarde me tomé mi tiempo eligiendo qué ponerme. Me duché despacio, me pasé la mano entre las piernas bajo el agua caliente y comprobé que ya estaba mojada de solo pensarlo. Me miré en el espejo con la frialdad de quien está planeando algo con anticipación. Decidí ser completamente deliberada en cada detalle: minifalda negra que llegaba a mitad del muslo, un blazer oscuro encima y nada más. Sin blusa. Sin ropa interior. Quería que cuando él me viera notara que yo había pensado en esta noche, que no había nada improvisado en mí, que el control era mío antes de que llegáramos a ningún cuarto.
Me gusté en el espejo. Salí.
Llegó puntual. Eso me gustó más de lo que esperaba.
Cuando subí al coche, sus ojos tardaron un segundo más de lo necesario en subir desde mis piernas hasta mi cara. Ese segundo lo dijo todo. Había en él una mezcla de nerviosismo y emoción que se le notaba hasta en cómo tenía las manos apoyadas en el volante: demasiado firmes, demasiado quietas, como si fuera consciente de ellas de una manera en que normalmente no lo sería. Era la postura de alguien que se está recordando a sí mismo que tiene que comportarse.
No hablamos mucho mientras conducía. El silencio era cómodo para mí y claramente incómodo para él, porque en algún punto lo rompió para decirme que le gustaba cómo me veía de negro, que mis piernas siempre le habían llamado la atención, que cuando me veía caminar pensaba en cosas que no debería pensar.
—Entonces tócalas —le dije.
Lo vi dudar. Lo vi respirar profundo, como preparándose. Lo vi poner la mano en mi rodilla con la delicadeza exagerada de alguien que tiene miedo de romper algo.
Sus dedos bajaron despacio por la bota siguiendo la curva de la pantorrilla, de arriba hacia abajo, suave, repetitivo, como si no supiera bien si seguir subiendo o quedarse donde estaba. Le tomé la muñeca sin decir nada y le empujé la mano hacia arriba, muslo adentro, hasta que sus dedos tocaron la piel desnuda por encima de la bota. Lo sentí tensarse. Seguí empujando hasta que su mano se metió bajo la minifalda y sus yemas rozaron mi coño sin ropa interior de por medio. Escuché cómo se le cortaba la respiración.
—¿Ves? —le dije al oído—. Ya está mojado. Por ti.
Dejó los dedos ahí, quietos, como si no supiera qué hacer con la información. Le moví la mano yo, dos dedos suyos entre mis labios, arriba y abajo, hasta que los tuve resbaladizos. Después le solté la muñeca y le dije que siguiera manejando, que todavía no. Sacó los dedos brillantes, con el olor a mí en la mano, y agarró el volante otra vez sin decir nada. No fue lo más excitante del mundo. Pero había algo en su concentración, en el esfuerzo que ponía en algo tan simple, que me hizo algo que no era exactamente excitación pero se le parecía. Era el placer de ser observada con esa clase de atención total.
***
La habitación era lo que cabía esperar: cama grande, luz cálida, un jacuzzi en el rincón que ninguno de los dos iba a usar. En cuanto entró, se sentó en el borde de la cama con los codos en las rodillas y me miró como esperando que yo dijera qué seguía.
Bien, pensé. Al menos eso está claro.
Me acerqué sin prisa. Me senté encima de él a horcajadas, le puse las manos en los hombros y le dije al oído que no tenía que hablar, que no tenía que hacer nada que no quisiera, que solo estuviera ahí y disfrutara el momento.
Empecé por el cuello. Despacio. Notaba cómo le cambiaba la respiración con cada beso, cómo sus manos buscaban dónde ponerse sin terminar de decidir: primero en mi cintura, luego en mis caderas, luego de vuelta a la cintura. Cuando llegué a su boca, me besó con una intensidad que no había anticipado. No era técnica. Era otra cosa. Era deseo sin dirección clara, urgencia que no sabía exactamente a dónde ir pero que iba con todo.
Me abrí el blazer sin dejar de besarlo y le puse la mano en una de mis tetas. Lo escuché gemir bajito contra mi boca, como si no se creyera que estaban ahí, disponibles, en su palma. Le apreté los dedos alrededor del pezón para enseñarle cómo, y él aprendió rápido: empezó a pellizcármelo con cuidado, después con más ganas, mientras su otra mano se metía debajo de la falda y volvía a encontrar lo que ya había tocado en el coche.
Me mojé todavía más ahí mismo. Le solté el cinturón, le bajé el cierre y metí la mano dentro del bóxer. Tenía la polla dura como una piedra, caliente, palpitando bajo mis dedos. La saqué al aire. Era gruesa, con una vena marcada corriéndole por debajo, y en la punta ya tenía una gota transparente. Se la esparcí con el pulgar y empecé a moverle la mano de arriba abajo, despacio, apretando cuando llegaba abajo, aflojando cuando subía. Él dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo largo.
Pero yo quería más que pajearlo.
Me deslicé al suelo entre sus rodillas. Le abrí las piernas con las manos, le miré la polla desde abajo un segundo —esa polla joven, sin estrenar en una boca de mujer— y me la metí entera hasta donde me entró. Lo escuché soltar un «joder» ahogado, como si le hubiera arrancado la palabra sin permiso. La saqué despacio, lamiéndola desde la base hasta la punta, y volví a metérmela hasta que la sentí golpearme el fondo de la garganta. Le dejé un hilo de saliva colgando cuando la solté para respirar.
—Mírame —le dije.
Bajó la cabeza y me miró con los ojos casi negros. Le sonreí con la polla contra la mejilla, se la froté por la cara y por los labios, y volví a metérmela. Chupé con los cachetes hundidos, moviendo la lengua por debajo, buscándole ese punto justo debajo del glande donde sé que a los hombres se les nubla el pensamiento. Sebastián empezó a temblarme en la boca.
—Espera, espera —dijo, apartándome la cabeza con las dos manos—. Si sigues así me corro ya.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y me reí bajito. Ese era exactamente el punto.
Le ayudé a quitarse la ropa, lo recosté sobre la cama y me acomodé encima de él. Le agarré la polla con la mano, me la puse contra el coño y la froté por fuera, mojándola en mí antes de meterla. Cuando bajé las caderas y me la metí entera, los dos gemimos a la vez. Lo tenía dentro hasta el fondo, tan adentro que sentía la punta apretándome contra algo que no debería tocar y me encantaba que lo tocara. Empecé a moverme. Quería ritmo, quería presión, quería esa sensación de tenerlo bien adentro mientras yo controlaba el ángulo y la velocidad y él no tenía más opción que sentir lo que yo decidía que sintiera.
Rebotaba encima de él con las tetas al aire, con la falda todavía subida hasta la cintura, apoyando las manos en su pecho para tener palanca. Le clavaba las uñas cuando bajaba con fuerza. Escuchaba el sonido húmedo de mi coño tragándose su polla cada vez que caía, y ese sonido me ponía más.
Duró poco así.
—Espera —dijo—. Más despacio, por favor.
Lo miré. Estaba serio, no incómodo, pero serio. Como si mi ritmo lo sobrepasara en lugar de excitarlo. Como si necesitara procesar cada cosa antes de que llegara la siguiente.
Curioso, pensé.
Cambié el ritmo. Me moví más lento, más suave, dejé que fuera él quien marcara con las caderas lo que quería. Tomé sus manos y las coloqué sobre mis senos para darle algo concreto donde concentrarse. Le enseñé a apretar, a rodearme el pezón con los dedos, a tirar apenas. Me subía y me bajaba encima de él a un ritmo casi meditado, sintiendo cómo su polla me abría por dentro, cómo la sentía entrar y salir centímetro a centímetro. Me llevé una mano a mi propio clítoris y me lo froté en círculos mientras cabalgaba encima de él, para que viera cómo me tocaba, para que aprendiera. Lo observé desde arriba: los ojos a medio cerrar, la mandíbula tensa, la frente levemente fruncida, esa expresión de alguien que está procesando demasiadas cosas al mismo tiempo y no puede separar ninguna del resto.
Había algo extrañamente voyerista en esa posición. Yo lo veía todo. Cada reacción involuntaria, cada pequeño gesto, cada momento en que algo lo sorprendía. Él apenas me veía a mí porque estaba demasiado adentro de lo que estaba sintiendo. Era casi como espiar a alguien en un momento privado, aunque estuviéramos en la misma cama y él estuviera dentro de mí.
Me bajé. Se le salió la polla del coño con un ruido húmedo, brillando entera, dura, empapada de mí. Me incliné hacia él con una intención bastante clara, con la boca abierta a un dedo de la punta.
—No —dijo, y me apartó con suavidad pero con firmeza—. Así no, por favor. No después de… No.
Lo miré sin terminar de entender. No me daba asco a mí, así que no entendía por qué le daría asco a él. Pero no lo presioné.
Me recosté boca arriba, abrí las piernas y lo invité con la mirada a que tomara él el control. Subió encima de mí, se acomodó entre mis muslos, se agarró la polla con la mano y buscó la entrada tanteando, un poco perdido. Le ayudé. Le llevé la punta a mi coño, la resbalé por los labios hasta encontrar el hueco y empujé sus caderas para que se hundiera. Cerró los ojos cuando entró.
Empezó a moverse. Despacio. Muy despacio. Me besaba mientras lo hacía, en la boca, en el cuello, en la clavícula, como si el sexo fuera algo secundario y los besos fueran lo que realmente quería llegar a tener. Su polla entraba y salía de mí con una cadencia casi tierna, y él me miraba la cara cada vez que embestía como buscando confirmación de que lo estaba haciendo bien.
No era exactamente lo que yo había imaginado para esa noche.
Le puse las manos en el culo y lo empujé más adentro, tratando de que me follara más fuerte. Él aceptó el empujón pero no aumentó el ritmo. Le mordí el labio, le clavé las uñas en la espalda, le susurré al oído «más fuerte, cógeme más fuerte», y él solo gimió y siguió igual, hundiéndose despacio, saliendo despacio, con toda la polla adentro y saliendo hasta la punta antes de volver a entrar.
Pero seguí mirándolo. Y en ese seguir mirándolo encontré algo que no esperaba: una especie de fascinación que tenía más que ver con observar que con participar. Ver a alguien descubriéndose en tiempo real, tomando nota de cada reacción suya sin que él lo supiera, teniendo acceso a algo que todavía no tenía nombre para él.
Me puse en cuatro. Le presenté el culo, arqueé la espalda, apoyé la cara contra la almohada y le dije que así podía ir más fuerte si quería, que me jalara el cabello, que me metiera un dedo en el culo si le apetecía, que me diera una nalgada, que podía ser más brusco, que no tenía que cuidarme.
Se colocó detrás de mí. Le sentí la punta buscando otra vez, y otra vez tuve que llevarle la mano para guiarlo. Cuando se metió en esa posición se le escapó un gemido más profundo, y por un momento pensé que ahora sí iba a soltarse. Cogió algo más de ritmo. Sus caderas chocaban contra mi culo con un ruido seco, sus manos me agarraban las caderas con más fuerza que antes. Pero no me jaló el cabello. No me dio la nalgada. No me metió el dedo. Solo siguió cogiéndome, concentrado, con esa seriedad que no había abandonado en ningún momento de toda la noche, hundiéndose en mí una y otra vez con esa mezcla suya de esfuerzo y devoción.
Metí una mano entre mis piernas y me froté el clítoris mientras él me embestía por detrás. Cerré los ojos, apreté el coño alrededor de su polla y me concentré en la fricción, en el calor, en el hecho de tener a un chico dentro de mí que estaba entregado por completo aunque no supiera cómo pedir nada. Me vine así, mordiendo la almohada, apretándolo por dentro con espasmos que él sintió porque lo escuché soltar un «joder» ahogado detrás.
Cuando acabó lo hizo adentro, sin avisar. Lo noté por cómo se le cortó la respiración de golpe, por cómo se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, empujando en pequeños tirones, y por el chorro de calor que sentí llenarme por dentro. Se quedó quieto después, con las manos todavía en mis caderas, con la polla dentro y todavía dura, sin moverse, como si necesitara un momento para entender exactamente qué había pasado.
Cuando se la sacó, sentí el semen escurriéndose fuera de mí, corriendo por la cara interna del muslo.
***
Fui al baño. Me duché despacio, esperando que golpeara la puerta o que entrara o que quisiera algo más. No pasó nada. Cuando salí estaba metido en el jacuzzi con el agua fría, mirando al frente sin mirar ningún punto concreto, con esa expresión pensativa de quien está muy lejos en su propio interior.
Me vestí en silencio. Él salió del jacuzzi, se secó, se vistió. Luego se sentó en el borde de la cama, exactamente igual que cuando habíamos llegado, y me pidió que me quedara a pasar la noche.
—Solo para dormir —dijo—. Nada más.
—No —le respondí—. Habíamos quedado en una sola cosa y ya está.
Asintió despacio. Luego me miró de una manera diferente a cómo me había mirado toda la noche, como si estuviera evaluando si podía decir algo más o si era mejor callarlo.
—Era la primera vez —dijo finalmente.
Tardé un momento en procesar las palabras. Las había oído bien, pero el cerebro tardó en ubicarlas.
—Para mí —aclaró—. Era mi primera vez.
No dije nada. Esperé.
—Había pensado mucho en este momento durante mucho tiempo. Cuando me escribiste pensé que no podía ser verdad. Perdona si no fui lo que esperabas.
Mi cara no expresó lo que él quería ver, probablemente. Porque lo primero que sentí no fue ternura, aunque la ternura también estaba ahí en algún lugar. Fue algo más raro, algo que cuesta definir con palabras que no suenen mal.
Toda la noche había estado mirándolo. Observando cada reacción, cada duda, cada vacilación, cada pequeño gesto de alguien que no sabe todavía lo que le gusta ni cómo pedirlo. Y en ningún momento había entendido lo que eso significaba realmente.
Había sido testigo de algo que para él era enorme. Un momento que iba a recordar durante años. Y yo lo había visto todo, con atención, en detalle, sin saber en ningún momento lo que estaba viendo.
Eso fue lo que más me excitó de toda la noche. No la intensidad que nunca llegó ni la velocidad que le pedí y no me dio. Sino haber estado mirando sin saber que miraba. Haber tenido acceso completo a algo íntimo que él no me había entregado conscientemente.
Hay cosas que solo se entienden cuando ya pasaron.