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Relatos Ardientes

Mis fantasías secretas de un largo fin de semana

Sábado, 22 de noviembre

Las 8:20 de la mañana. El sábado tiene una textura diferente: el silencio de los pasos suaves de los niños al fondo del pasillo, el olor a café que Marcos todavía no ha preparado, la luz filtrada por las persianas.

Marcos me abraza por la espalda. Su cuerpo cálido, su aliento en mi nuca, su erección apretada contra mis nalgas. No hay preludio: hay once años de matrimonio, de rutina, de un lenguaje corporal que los dos conocemos de memoria.

—Tranquila —dice—. Hay tiempo.

Y tiene razón. Su mano se desliza bajo mi ropa, encuentra el calor de mi piel, y mi cuerpo responde antes de que mi cabeza lo decida. No pienso en lo que soñé esa noche ni en los mensajes que no debería haber leído. Pienso solo en esto: en su boca en mi cuello, en sus dedos que me conocen.

Se pone sobre mí. Me sujeta las muñecas sobre la cabeza con una suavidad que es también una afirmación. Me abre las piernas con una rodilla y yo me abro más, sin resistencia. Lo miro a los ojos. Él ve algo en los míos —no sé qué, quizás demasiado— y sonríe.

Cuando entra, lo recibo con una contracción muscular que le corta la respiración. No es pasividad: es precisión. Lo guío con el ritmo de mis caderas, con la presión de mis talones en su espalda. Cada movimiento suyo es una respuesta a los míos. El orgasmo llega antes de que lo espere, una ola que me dobla y me deja jadeando contra su hombro.

Él llega un momento después, con un gemido grave y contenido. Se queda sobre mí, pesado y real. Yo lo abrazo y miro el techo.

El mejor sábado, pienso. Y lo digo en voz alta.

***

Las 10:30. Pabellón de hockey. El olor a goma y a sudor, las gradas de plástico frío, las madres que hablan de colegios y de recetas.

Y él. Rodrigo. El entrenador del equipo rival, con esa postura que lo delata incluso sentado: columna recta, mandíbula marcada, la camiseta pegada al torso por el calor del pabellón. Lo he visto dos veces antes, siempre de lejos. Hoy está a cuatro filas.

No me mira. O no lo hace de forma obvia. Pero cuando se levanta y vuelve de los baños, sus ojos pasan por los míos una décima de segundo más de lo necesario. Me cruzo de piernas. La presión me da lo que necesito para sobrevivir hasta el final del partido.

Al terminar, nuestros caminos se encuentran cerca de la salida.

—Claudia, ¿qué tal? —dice, como si nos conociéramos bien. Y en cierto modo, nos conocemos: llevamos meses en esa zona borrosa entre lo educado y lo eléctrico.

—Rodrigo. No sabía que venías por aquí.

—Mi ahijado juega en infantiles. Tú, ¿qué tal? Estás guapísima, como siempre.

Hablamos tres minutos. Sus ojos bajan una vez por mi abrigo abierto. Antes de despedirnos, dice:

—La próxima vez tenemos que tomarnos ese café pendiente.

Salgo al aire frío con las mejillas ardiendo. No ha sido una invitación. Ha sido un recordatorio de que la puerta sigue abierta.

***

Las 13:00. Pizzería ruidosa, mesa larga, niños manchándose la camisa. Marcos está contento, animado. Me pone la mano en el muslo bajo la mesa y me aprieta.

Yo pienso en Rodrigo. En la forma en que dijo «café pendiente». En qué pasaría si no fuera un café.

Bajo la mano bajo el mantel y me rozo una sola vez entre los muslos, apenas un instante. Solo para sobrevivir a la comida familiar.

***

Las 16:30. Fiesta de cumpleaños de un compañero de clase. Jardín, castillo hinchable, padres con cervezas tibias y conversaciones forzadas.

El monitor del castillo tiene unos veintidós años y el torso empapado en sudor bajo la camiseta. Trabaja con el cuerpo: agarra a los niños que se caen, los lanza hacia arriba, ríe con una boca perfecta. No me mira. Ni una vez.

Paso una hora observándolo.

La fantasía se construye sola, sin que yo la invite: él me ayuda a recoger cuando la fiesta termina, y en la cocina vacía, sin palabras, me empuja contra la nevera. Siento el frío del metal en la espalda y el calor de su cuerpo por delante. Me levanta la falda. Rápido, animal, sin preguntar.

No me he tocado. No hace falta. La contracción muscular que siento sentada en el sillón del jardín, mientras los niños saltan y gritan a cuatro metros de mí, es completamente real.

Me levanto. Necesito el baño. Dentro, con el pestillo echado, me masturbo rápido con dos dedos, de pie frente al lavabo. El espejo me devuelve una cara que reconozco y no: mejillas encendidas, ojos demasiado brillantes. Salgo en noventa segundos. Nadie nota nada.

***

Las 20:30. Casa de mi cuñada Miriam. Jardín con piscina, barbacoa, toda la familia reunida. El escenario del éxito familiar: todos felices, todos normales. Yo me siento una espía con un arsenal de secretos bajo la piel.

El novio de mi sobrina se llama Bruno. Veinticuatro años, sonrisa fácil y ojos que miden todo lo que ven. Está jugando a la petanca con Marcos cuando llegamos.

—¿Quién va ganando? —pregunto, acercándome con mi copa.

—Él —dice Marcos, señalando a Bruno—, aunque no sé cómo.

—Técnica —dice Bruno, y sus ojos se detienen en mí un segundo más de lo que debería.

Me siento en una silla cercana, cruzo las piernas. Luego las descruzo, lentamente, y las abro lo justo: un triángulo de tela oscura visible desde su ángulo, dos segundos, el tiempo suficiente para que su garganta haga ese movimiento involuntario.

Ha visto. Sabe que es para él.

Más tarde, en la cocina, Bruno y yo coincidimos. La luz interior contrasta con la oscuridad del jardín. Él se acerca, y el umbral entre los dos se hace pequeño.

No hay palabras. Posa un dedo en mi hombro y lo desliza despacio por la tela del vestido hasta el borde del escote. No toca piel. Pero el calor que deja es el de una quemadura.

—Sabía que me gustarías —murmura.

Desde el jardín, la voz de Miriam corta el momento: —¡Bruno! ¿Traes los postres? ¡La tarta está en la nevera!

Él sonríe, coge la tarta, sale. Yo me quedo con la jarra en la mano y el pulso en la garganta.

***

Las 02:30. La puerta de casa se cierra a nuestras espaldas.

Marcos y yo nos miramos en la penumbra del recibidor. Él tiene el pelo revuelto y los ojos brillantes de vino y de otra cosa. No necesitamos palabras: llevamos horas acumulando una tensión sin nombre.

Ponemos a los niños en la cama. Nos encontramos en el pasillo, a oscuras, a centímetros.

Su mano sube por mi muslo por debajo del vestido. Me aprieta la carne con una fuerza que me hace contener el aliento.

—¿Están dormidos? —pregunta.

—Profundamente —respondo.

—Entonces a callar.

No llegamos al dormitorio. Me empuja contra la pared del pasillo y me besa con una urgencia que sabe a vino y a noche larga. Sus manos me bajan el vestido con una violencia que me hace temblar: la tela cae a mis pies como una piel mudada.

Me arrodillo. No es sumisión: es voracidad. Necesito su sabor, necesito ser la causa de que pierda el control. Le desabrocho los vaqueros y lo tomo en la boca de un solo movimiento.

El primer contacto es eléctrico. Lo miro desde abajo, sus ojos cerrados, sus manos enredadas en mi pelo con una autoridad que no es ternura sino reclamación. Lo llevo al límite despacio, torturándolo con el ritmo de mi lengua. Cuando sus manos se tensan y un gruñido bajo sale de su pecho, ya sé lo que viene.

Se corre rápido, violento, inesperado. El calor me inunda la boca. No estaba preparada, pero no me aparto. Lo trago todo. Me suelta el pelo. Me mira, jadeando, con una mezcla de asombro y lujuria en la cara.

Caemos en un montón desordenado de ropa y piernas en el suelo del pasillo. Y en ese caos, sin que él me toque, el orgasmo me sacude: seco, violento, arqueándome contra el suelo.

Él lo ve todo. No puede creerlo.

Sin decir nada, me pongo a cuatro patas sobre el vestido tirado. Miro hacia atrás, sobre mi hombro.

—¿Ya has acabado? —susurro—. Porque yo no.

Se arrodilla detrás de mí y entra de un solo golpe. Esta vez no hay sorpresas: hay necesidad. Una necesidad brutal y mutua. El grito que lanzo no es de dolor, es de gratificación pura.

Somos dos animales en el suelo de nuestra propia casa, a metros de nuestros hijos dormidos. Cuando llego por segunda vez, es un tsunami que nos arrastra a los dos.

***

Domingo, 23 de noviembre

Las 12:00. Marcos se ha llevado a los niños a dar una vuelta. El silencio de la casa es total y es mío.

Me siento en el sofá, con una manta sobre las piernas. Por la ventana del salón se ve el huerto del vecino de abajo. El señor Aurelio, setenta y pocos años, barriga prominente, calva brillante bajo el sol del mediodía, arranca malas hierbas con una lentitud dolorosa.

Y mi cerebro, ese traidor sin filtros, abre la puerta.

La fantasía es instantánea, vívida: me acerco a la valla, lo llamo. Él se gira, sorprendido. Me arrodillo en la hierba ante él y lo tomo en la boca, devolviéndole un placer que el tiempo le ha negado. La imagen me sacude y me hace sonreír, absurda y excitante a la vez.

Mis dedos se deslizan bajo la manta. Con la vista fija en la figura de Aurelio, que riega sus tomates sin saber nada, empiezo a tocarme. Despacio primero, luego con una urgencia que me sorprende. El orgasmo llega antes de que quiera: silencioso, violento, profundamente solitario.

El móvil vibra en la mesa. Es Marcos: una foto de los niños junto a un árbol caído. «¡Paz y amor! ❤️».

Pongo el móvil boca abajo.

***

El hambre no desaparece con el orgasmo. Se transforma.

Me levanto y camino a la cocina. Abro la nevera, cojo una botella de agua y la bebo directamente del cuello. El líquido frío no apaga nada.

Vuelvo al salón. Aurelio sigue en su huerto, agachado entre las plantas, ajeno a todo. Me quedo de pie frente a la ventana grande. El sol del mediodía me da de lleno.

Me quito el jersey lentamente. Luego las mallas. Me quedo desnuda frente al cristal, sabiendo que desde fuera soy solo un reflejo, una distorsión en la luz.

El atizador de hierro de la chimenea está en su cesto de mimbre. Lo cojo. Está frío y pesado en la mano.

No busco placer. Busco otra cosa: la sensación de estar completamente presente en mi propio cuerpo, sin pensamientos, sin ruido. Me inclino sobre el respaldo del sillón. La barra plana del mango apunta hacia mis nalgas.

¡PAS!

El primer golpe es una explosión de calor. El sonido, seco y agudo, resuena en el salón vacío. Un gemido se amortigua contra el respaldo. La carne arde en una línea precisa y perfecta.

¡PAS! ¡PAS!

Dos más, más fuertes. Mi cuerpo tiembla. Los ojos se me llenan de agua, no de agonía, sino de una claridad feroz que borra todos los demás ruidos de mi cabeza. El deseo acumulado de dos días encuentra aquí su forma más cruda.

Me quedo arrodillada en el suelo, temblando. El atizador a mi lado. El calor en mis nalgas late al ritmo del corazón.

Por un momento, el hambre se aquieta.

***

Las 13:30. El coche de Marcos entra en el garaje.

Me levanto de un salto. El dolor me recuerda todo lo que acaba de pasar. Me pongo las mallas —el tejido apretado sobre la carne dolorida— y un jersey largo y holgado. La ropa es mi disfraz, mi armadura de madre perfecta.

La puerta se abre.

—¡Mamá!

Me agacho para abrazar a los niños, ignorando el tirón agudo en la carne. Me río de sus historias, les pregunto por el parque, les sirvo un vaso de zumo.

Marcos me da un beso en la mejilla.

—Huele bien. ¿Qué has hecho?

—Lentejas —respondo, sonriendo.

Nadie ve nada. Nadie oye nada. Soy la esposa devota, la madre paciente, el ancla de la familia. Y bajo la tela, las marcas arden en secreto: la prueba tangible de que este fin de semana existí de verdad.

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Comentarios (6)

Meli95

que bueno!!! me encantó de principio a fin

MarinaCba

A mi me pasa exactamente lo mismo, la mente que no para aunque el cuerpo esta quieto. Me identifiqué mucho con este relato

jorge_69

jajaja lo del hockey, quién lo diría... muy bueno

DiegoFantasma

Segunda parte por favor!! quedé con ganas de saber como termina el fin de semana

SantaFe_Roxana

Hay muchas mujeres que nos sentimos así pero no nos animamos a contarlo. Gracias por compartirlo, es muy valiente y honesto

Luli_Cordoba

Muy bien narrado, se nota que es sincero. Sigue asi!

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