La noche que supe que a mi novia la excitaban las miradas
Mi nombre es Lucas y mi esposa se llama Camila. Este es el primero de varios relatos que escribimos juntos sobre lo que nos pasa desde hace tiempo: exhibicionismo, miradas, tensión en sitios públicos, el placer de que nos vean. No sé hasta dónde llegaremos contando, pero conviene empezar por el principio.
Somos una pareja joven. Los dos tenemos veinticinco años y llevamos casados dos años. Nos conocimos en la facultad de Comunicación y terminamos trabajando en la misma agencia de publicidad, casi sin buscarlo. Hacemos todo juntos, incluyendo cosas que la mayoría de parejas ni se atreve a mencionar en voz alta.
Camila mide uno sesenta y tres, tiene el cabello castaño oscuro hasta los hombros y piel morena clara. Los ojos se le van al verde o al gris según la luz. Su cuerpo es de esos que hacen que cualquier ropa cobre sentido distinto del que tenía en el perchero: pechos medianos pero firmes, cintura marcada, y un trasero redondo que define cada prenda que se pone. Los compañeros de la agencia la miran. Los clientes también. Ella lo sabe y nunca dice nada.
Yo mido uno setenta y ocho, complexión delgada trabajada en el gimnasio, pelo corto oscuro. Soy de las personas que resuelven problemas rápido y no hacen demasiado ruido. Eso me define bastante bien. Aunque hay una parte de mí que tardé años en reconocer en voz alta.
Desde la adolescencia me interesaron ciertos temas que, pronunciados, sonaban a algo que no debería pensarse. Ver a la novia con otro. Que alguien más la mirara. Que ella se dejara mirar. No llegué a esa idea de golpe; fue un proceso lento de curiosidad que se volvió fascinación, luego presencia constante. A los dieciséis años tenía la primera novia seria y ya fantaseaba con cosas que me daban vergüenza reconocer. No le dije nada.
La siguiente, ya en la universidad, me pareció que sería distinto. Llevábamos suficiente tiempo juntos como para decirlo. Error de cálculo. Interpretó que yo buscaba justificar alguna infidelidad propia, que le estaba tendiendo una trampa. Por más que intenté explicarlo, no hubo marcha atrás. Esa relación no sobrevivió aquella conversación.
Aprendí a guardarme esas cosas.
A los veintidós años conocí a Camila en la cafetería de la facultad, en la fila del mediodía. Quedamos en tomar algo esa tarde, y esa tarde se extendió hasta pasada la medianoche. A los tres meses éramos novios. A los cuatro meses de relación empezamos a acostarnos, y lo que pasó ahí me dejó pensando mucho tiempo después.
Camila no se inhibía con nada. Oral sin que yo lo pidiera, posiciones que yo no había propuesto, terminar donde yo quisiera con una naturalidad que no parecía actuada. Tenía orgasmos de verdad y no los fingía. Me pedía cosas. Me decía exactamente lo que quería. Yo disfrutaba y no analizaba demasiado de dónde venía tanta soltura. Solo agradecía.
En ese momento no me puse a pensar por qué.
***El primer indicio de lo que vendría pasó cuando llevábamos casi un año de novios. Camila me llevó a conocer a sus padres, que vivían en un barrio residencial tranquilo al norte de la ciudad. La madre era arquitecta y el padre trabajaba en consultoría financiera. Una pareja ordenada, de esas que tienen los libros clasificados en estanterías y el jardín siempre cortado.
Cuando llegamos, los padres nos recibieron con amabilidad y al poco rato se excusaron para atender algo en su estudio. Fue entonces cuando apareció el abuelo paterno de Camila, Don Roberto. Setenta años, bastante activo para su edad, pero que caminaba con cuidado por una lesión antigua en la rodilla izquierda que le había dejado una ligera cojera. Era un hombre simpático, de esos que entran en conversación sin esfuerzo.
Los tres quedamos de pie en el pasillo entre la entrada y la sala, hablando de cualquier cosa, mientras caminábamos hacia el sofá. Fue durante esos dos o tres metros que lo noté: Don Roberto apoyaba la mano en la cadera de Camila para ayudarse a caminar, pero la mano estaba un poco más atrás de lo que el equilibrio requería. Lo vi, lo procesé en un segundo, y lo dejé pasar. Era su nieta. Necesitaba apoyo para moverse. Así me lo dije.
Pero algo en mí no lo dejó del todo pasar.
Camila ayudó a Don Roberto a sentarse y enseguida me avisó que iba a cambiarse. Teníamos función de cine a las siete, así que tenía sentido. Me quedé conversando con el abuelo, que resultó ser un buen contador de anécdotas. A los quince minutos se abrió la puerta del pasillo.
No estaba preparado para lo que entró por ahí.
Camila llevaba un vestido azul marino, ajustado, que terminaba unos diez centímetros por debajo del inicio de las nalgas. Con los tacones que había elegido, cada paso movía algo. No era vulgar; era simplemente que ella había elegido ese vestido y su cuerpo hacía lo demás. Me quedé mirándola más tiempo del necesario.
Cuando desvié la mirada hacia Don Roberto, lo vi hacer ese movimiento rápido y discreto que los hombres hacen cuando tienen una erección y necesitan acomodarse sin que se note. El abuelo, a sus setenta años, con su propia nieta. Y yo, en lugar de indignarme, sentí algo cálido y confuso en el pecho que no supe nombrar en ese momento.
Camila nos saludó a los dos con un beso en la mejilla, intercambiamos unas palabras y decidimos que yo bajara al auto a esperarla mientras ella terminaba de despedirse.
***En el trayecto al cine, Camila iba callada. No era un silencio incómodo; era el de alguien que está pensando algo y no sabe cómo empezarlo. Yo conduje sin presionar.
A mitad del camino se acomodó en el asiento y me miró de lado.
—No me puse ropa interior —dijo.
Mi corazón hizo algo raro. No respondí de inmediato, solo me permití esa información durante unos segundos. Después sonreí.
—No me molesta en lo más mínimo.
—¿De verdad? —preguntó. Había alivio en la pregunta, pero también algo más.
—De verdad. ¿Desde cuándo te gusta hacer eso?
Suspiró despacio, como quien suelta algo que lleva tiempo cargando.
—Desde siempre, creo. Pero nunca sé cómo van a reaccionar.
Agarré su mano y la puse sobre mi muslo, en el lugar exacto donde ella podía notar perfectamente la reacción que había tenido su confesión.
—Eso dice todo —le dije.
Soltó una carcajada pequeña, de esas de alivio auténtico. Se quedó mirando por la ventanilla. Aproveché que esperábamos en un semáforo en rojo. Con la mano derecha en el volante, con la izquierda me abrí el pantalón y saqué mi pene despacio. Sin apresurarlo, sin esconder nada.
Camila lo vio y supo qué hacer, pero cuando se inclinó hacia mí la detuve suavemente con la mano.
—Espera —le dije, y señalé con los ojos hacia la ventanilla de su lado.
Lo entendió en un segundo. Se puso de rodillas en el asiento, de espaldas al vidrio, y empezó a hacerme un oral lento y deliberado. Yo le subí el vestido por encima de la cintura.
Ahí estaba: de espaldas a la calle, sin nada debajo del vestido, con cualquier conductor o peatón que mirara hacia el auto en posición de ver exactamente lo que estaba pasando entre nosotros. Podía sentir lo húmeda que estaba sin necesidad de preguntarle nada. Su cuerpo respondía por ella.
Tomé rutas más largas de lo necesario. Llegamos al cine con diez minutos de retraso. Cuando aparcamos, Camila se limpió con un pañuelo de su bolso y me miró con los ojos brillantes.
—Hacía mucho que no me sentía así —dijo.
Yo tampoco, aunque nunca había sentido exactamente eso.
***La película fue la película. Dentro de la sala oscura no pasó nada fuera de lo ordinario más allá de mi mano sobre su rodilla y la suya apretando la mía en los momentos de tensión. Cenamos en el mismo centro comercial. Conversación normal, casi aburrida, si no fuera por lo que flotaba entre los dos como electricidad estática que ninguno de los dos nombraba.
Saliendo hacia el aparcamiento, faltaban dos calles cuando el teléfono de Camila sonó. Sus padres. Don Roberto tenía calambres de estómago y pedían que regresara a casa.
Le dije que no había prisa, que llegáramos despacio, y tomé una ruta alterna. Antes de doblar hacia la calle de sus padres, ella me pidió que parase en algún sitio discreto. Encontré una bocacalle sin iluminación, apagué el motor y las luces.
Camila no esperó mucho. Miró el espacio disponible entre los dos asientos, reclinó ligeramente el respaldo del mío y se subió encima de mí como pudo. Me introdujo despacio, con esa manera suya de empezar cuando quiere que dure. El rango de movimiento era mínimo por el espacio. El placer no tenía ese problema.
Me abrazó por el cuello y me preguntó al oído:
—¿De verdad no te importa si me exhibo o si me exhibes?
—Es lo que más me gustaría hacer contigo —respondí, sin darle vuelta.
—¿Y si alguien nos ve?
—Mejor todavía.
Sentí que se apretaba alrededor de mí cuando lo dije. Eso también era una respuesta.
Después de un momento en silencio, solo con el sonido de nuestra respiración y el roce de la tela del vestido contra el cuero del asiento, ella habló:
—Hay algo que nunca le conté a nadie. De adolescente, tendría quince años, me di cuenta de que un hombre desde la ventana del edificio de enfrente me miraba mientras me cambiaba de ropa. No cerré las persianas. Esperé a que terminara. Y después seguí pensando en eso durante semanas.
Lo dijo sin vergüenza, como si fuera simplemente un dato sobre sí misma.
—Desde entonces busqué esa sensación. Pero nunca encontré a alguien con quien hacerlo.
La miré directamente.
—Ya lo encontraste.
Sonrió de un modo que no era coqueto sino real, de esos que no se fabrican para la ocasión.
Yo le conté lo mío también: la fantasía desde la adolescencia, la novia de la universidad con quien salió mal, los años guardándolo. Hablar de eso en voz alta, dentro de un auto oscuro en una bocacalle, con ella encima de mí, tenía algo de extraño y de completo al mismo tiempo.
—¿Y nunca lo has vivido? —me preguntó.
—Hasta esta noche, no.
Cuando terminamos, intentó volver a su asiento. Se detuvo a mitad del movimiento. Me miró con esa expresión que pone cuando ha decidido algo y ya no hay negociación posible. Abrió la puerta de mi lado, salió, rodeó el auto por detrás en la oscuridad de la calle y se subió por la puerta del copiloto. Desnuda. Sin vestido, sin nada, con el ruido de la ciudad llegando desde dos manzanas.
Cuando cerró la puerta me quedé unos segundos sin hablar.
—No bromeabas —le dije.
—Nunca bromeo con esto —respondió, y empezó a ponerse el vestido de vuelta con toda la calma del mundo.
Se acomodó el cabello, revisó el espejo del parasol y me indicó que podíamos seguir. La llevé a casa de sus padres. Nos despedimos con un beso largo en la entrada, con Don Roberto ya en su cuarto y los padres de Camila aliviados porque el malestar había cedido.
Cuando llegué a mi apartamento no dormí durante dos horas. No por falta de sueño, sino porque no quería interrumpir lo que estaba pensando.
A la medianoche llegó un mensaje de audio de Camila: todo bien con el abuelo, ya en cama, mañana hablamos. No mencionó nada de la bocacalle. No hacía falta. Ese era el tipo de cosas que ya no necesitábamos mencionar para saber que las dos recordábamos igual.
Así empezó todo. Lo que vino después es otra historia, o varias.