La noche que acompañé a mi madre al club
Llevábamos semanas construyendo algo que no tenía nombre, aunque los dos sabíamos exactamente lo que era. Claudia aparecía en mi habitación tarde por las noches, después de que la casa quedara en silencio, y se quedaba hasta que el sueño la vencía o hasta que yo le preguntaba por alguna de sus historias.
Tenía muchas. Las contaba sin pudor, con la misma naturalidad con que alguien recuerda un viaje o una cena. Me habló de hombres que conoció en viajes de trabajo, de uno que la llamó durante años sin que su marido lo supiera nunca, de la noche de su luna de miel en Ibiza cuando bajó sola al pasillo del hotel y encontró a un hombre mayor que la siguió hasta la puerta y al que ella no la cerró.
Esas confesiones me encendían de una manera que no podía explicarme. No era solo el contenido. Era verla a ella contarlas: sin vergüenza, casi con orgullo, como si estuviera reconociendo en voz alta algo que siempre había sabido de sí misma.
Una noche le dije lo que quería.
—¿Qué quieres exactamente? —preguntó Claudia, apoyada en la almohada, con el pelo todavía suelto.
—Verte. Con otro hombre. Mientras yo miro.
Hubo un silencio. No de sorpresa, sino del tipo que precede a una decisión que ya estaba tomada antes de que nadie preguntara nada.
—¿No te pondrás celoso?
—No.
—¿Seguro?
—Sí. —Hice una pausa—. Creo que me va a gustar más de lo que imaginas.
Claudia sonrió. Esa sonrisa concreta, la que yo ya distinguía del resto, la que significaba que acababa de darle una excusa para hacer lo que ya tenía ganas de hacer.
—El próximo sábado voy al club Ébano —dijo—. Puedes venir si quieres.
***
Salimos de casa cerca de las once. Claudia olía bien, sin excederse. Llevaba una blusa entreabierta, una minifalda de cuero negro y botas de tacón alto. Antes de salir me dejó ver que la lencería era negra y que llevaba liguero.
—¿Bragas? —pregunté.
—Poca tela —dijo—. Ya lo verás.
Ella condujo. Yo miraba por la ventanilla pensando en lo que iba a ocurrir. Tenía claro que lo quería. Lo que no sabía era si sería capaz de quedarme quieto cuando llegara el momento.
El club estaba en las afueras, con un parking amplio y música que se oía desde la calle. Por dentro había gente suficiente para que resultara íntimo sin ser agobiante. Pedí una copa en la barra y busqué un sitio desde donde ver sin que resultara obvio.
Claudia fue directa a la pista.
Tardó menos de tres minutos.
Un hombre de unos cuarenta y cinco años, bien vestido, con esa postura de quien sabe que todavía tiene algo que ofrecer, se acercó a ella por detrás. Empezaron a bailar sin presentaciones. Él le puso las manos en la cintura. Claudia no hizo nada por apartarlas.
La observé con cuidado. Se movía de una manera que solo puede describirse como una invitación continua: giraba el cuerpo de vez en cuando para mostrarle las nalgas, y cuando lo hacía, él cerraba la distancia y marcaba el ritmo pegado a ella. En algún momento le dijo algo al oído y Claudia se rió, echando la cabeza hacia atrás.
Luego el hombre le puso la mano en las nalgas. Claudia la cogió y la apartó con calma, sin brusquedad, como si frenara algo para después. Se separó y vino hacia mí.
—¿Lo has visto? —preguntó, con los ojos brillantes.
—Todo.
—¿Y?
—Vuelve —dije—. Y tráetelo.
Claudia me miró un momento. Luego se volvió sin decir nada.
Esta vez fue ella quien fue hacia él. Lo busqué con la mirada y vi cómo el hombre cambiaba de postura cuando Claudia se le acercó: se puso derecho, como si algo en él respondiera antes de que su cabeza tomara ninguna decisión. Hablaron cerca del oído. Se pegaron. Se besaron en la pista sin que ninguno de los dos pareciera preocupado por quién podía verlos.
Vinieron hacia mí.
Se llamaba Rubén. Alto, ancho de hombros, con una mandíbula fuerte y manos grandes. Claudia nos presentó sin titubeos.
—Rubén, este es mi hijo Marcos.
Él me miró. Me estudió sin hostilidad y sin entusiasmo excesivo.
—¿Tu hijo?
—Sí. —Claudia no movió un músculo—. Los dos queremos que vengas con nosotros. Marcos quiere mirar. ¿Tienes algún problema con eso?
Rubén tardó tres segundos.
—Ninguno. Vamos.
***
Fui yo quien condujo. Claudia y Rubén ocuparon el asiento de atrás. Miraba por el retrovisor más de lo que la situación requería. Él le había sacado la blusa de la falda y le recorría la espalda con los dedos mientras le comía la boca. Claudia tenía los ojos cerrados y una mano apoyada en el pecho de él, sin prisa.
El hotel estaba a diez minutos. Entramos directamente. La habitación tenía una silla junto a la ventana, y yo la tomé como mía sin que nadie dijera nada.
Rubén y Claudia ni me miraron. Continuaron donde lo habían dejado.
Él le bajó la minifalda sin apresurarse. Debajo, el conjunto negro de encaje con liguero que yo ya conocía, aunque en ese contexto parecía completamente diferente. Rubén se quedó un momento mirándola sin hacer nada.
—Eres una MILF de manual —dijo. No era un halago vacío. Era una constatación.
—Ya lo sé —respondió Claudia.
Rubén se desnudó rápido y volvió hacia ella por detrás, pegando su erección a las nalgas de Claudia. Ella cerró los ojos y soltó el aire despacio, como quien lleva un rato esperando algo y por fin lo recibe.
Él le desabrochó el sujetador y cubrió sus pechos con las manos. Le rozó los pezones con los pulgares. Claudia inclinó la cabeza hacia atrás sin decir nada.
Yo me toqué a través del pantalón sin pensarlo. El movimiento fue tan automático que casi no me di cuenta hasta que ya llevaba un rato haciéndolo. Era exactamente lo que quería ver, y no sabía si eso debería preocuparme.
Rubén la tumbó en la cama. Se arrodilló entre sus piernas, le quitó la ropa interior y empezó a lamerla despacio. Claudia agarró las sábanas. Su espalda se tensó, se relajó, volvió a tensarse. Emitía una respiración larga y sostenida que de vez en cuando se quebraba en algo más corto y agudo.
—Me corro —dijo en voz baja, como si lo anunciara sin esperar respuesta.
Lo hizo.
Después se incorporó, empujó a Rubén sobre la cama y lo tomó en la boca. Lo hizo despacio al principio, con ritmo propio, hasta que él tuvo que apartarla por los hombros.
—Para —dijo, casi sin aliento—. Todavía no.
La puso a cuatro patas y se colocó detrás. La penetró de golpe.
El sonido que hizo Claudia no se parecía a nada de lo que yo había escuchado antes: algo más primario que un gemido, más directo. Me apretó en el pecho escucharlo.
—No pares —dijo ella.
Rubén no paró. Le agarró las caderas y empezó un ritmo constante que hacía crujir la cama y que Claudia tuviera que aferrarse al cabecero para no moverse hacia delante. Me miró un solo instante —desde esa posición, sin dejar de moverse— y luego volvió los ojos a Claudia.
—Dile a tu hijo cómo estás.
Claudia me buscó con la mirada.
—Me está follando muy bien, Marcos —dijo con la voz ronca—. Me tiene llena.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Mucho. —Cerró los ojos un momento—. Mucho.
Llegó al orgasmo con las manos apretadas contra el cabecero y la espalda arqueada. Rubén siguió un poco más antes de retirarse y correrse sobre sus nalgas.
Claudia no dijo nada. Simplemente respiró.
***
Después de limpiarse, mientras Rubén descansaba en la cama, Claudia abrió el bolso y sacó un sobre de lubricante. Lo dejó sobre la mesilla sin mirarlo, sin decir nada.
Rubén lo vio.
—¿Segura? —preguntó.
—Completamente.
Se lo tomó en serio. La puso a cuatro patas, le lamió el ano con paciencia, usó los dedos antes de intentar nada más. Claudia le fue marcando el ritmo con la respiración: más, espera, sigue. Cuando finalmente la penetró, ella soltó un sonido largo que llenó toda la habitación.
—Despacito —pidió.
Rubén obedeció. Fue avanzando poco a poco, sujetándola por las caderas, hasta que Claudia empezó a moverse ella sola, hacia atrás, encontrándolo a mitad de camino. Con la otra mano, él le alcanzaba el clítoris y lo rozaba con los dedos.
De vez en cuando Claudia abría los ojos y me buscaba. Yo no apartaba la mirada.
—¿Lo ves? —preguntó con voz entrecortada.
—Sí.
—¿Cómo estoy?
—Como una perra enculada —dije.
Sonrió sin abrir los ojos. Luego se corrió por última vez, con un temblor que le recorrió la espalda de arriba abajo. Rubén terminó dentro, sujetándola por las caderas hasta que su cuerpo dejó de sacudirse.
Cuando terminaron los dos, la habitación quedó en silencio. Rubén se vistió sin prisa. Antes de salir se giró hacia mí.
—Cuida a tu madre —dijo. No supe si lo decía en serio o no.
La puerta se cerró.
***
Claudia se metió en el baño y salió con el pelo recogido y una toalla alrededor del cuerpo. Se sentó en el borde de la cama frente a mí.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Bien —dijo—. Muy bien. Ha sido uno de los mejores de los últimos años. No te miento.
—¿En serio?
—En serio. ¿Y tú?
Pensé en cómo explicarlo.
—Vi algo que no sabía que quería ver. Y ahora que lo he visto, quiero volver a verlo.
Claudia asintió despacio, como si eso fuera exactamente lo que esperaba que dijera.
—¿Te pusiste celoso en algún momento?
—En ningún momento. —Era la verdad—. Fue distinto. Mejor de lo que imaginaba.
—Puedo organizarlo más veces.
—Ya lo sé.
Salimos del hotel cerca de las cuatro de la mañana. Yo conduje de vuelta. Claudia iba callada en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla. En algún momento del camino me puso la mano en el muslo, sin presión, sin intención visible.
Cuando aparcamos frente a casa, antes de bajar, se giró hacia mí.
—La próxima vez —dijo—, avísame con tiempo. Quiero elegir bien al hombre.
—De acuerdo.
—Y Marcos.
—¿Qué?
—Gracias por mirarme como me miraste esta noche.
Bajó del coche sin esperar respuesta. Supongo que no hacía falta ninguna.