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Relatos Ardientes

Mi novia se exhibió ante extraños en plena noche

Valeria y yo llevábamos casi dos años juntos cuando lo del exhibicionismo dejó de ser solo una idea que rondaba nuestras conversaciones en la oscuridad. No fue una decisión tomada de golpe ni un acuerdo formal. Fue algo que creció entre nosotros de manera gradual, como suelen crecer las cosas que se construyen de verdad: primero fue que ella saliera sin ropa interior una tarde de domingo, luego fue caminar hasta el auto con la blusa apenas cerrada mientras algún vecino miraba desde el porche, luego fue algo más. Siempre algo más.

Ella era más atrevida que yo en estas cosas. Yo ponía las ideas y ella las llevaba más lejos de lo que yo me atrevía a imaginar. Esa dinámica nos funcionaba bien. Los dos sabíamos exactamente lo que buscábamos y no necesitábamos explicarlo con demasiadas palabras. A ella le gustaba que la mirasen; a mí me gustaba mirarla siendo mirada. Cuando cogíamos después de una de esas salidas, ella me contaba con lujo de detalle cada ojo que se le había clavado en las tetas o en el culo, y yo la follaba pensando en esos hombres imaginándola.

Por eso, cuando llegó el aviso del frente frío y la familia de Valeria organizó una repartición nocturna de colchas para personas sin hogar, mi cabeza fue de inmediato a un lugar que no tenía nada que ver con la caridad.

Esa tarde la llamé.

—¿Sabes que vamos a estar solos, de noche, en la calle?

Hubo una pausa breve.

—Llevo la ropa aparte —respondió.

—¿Y sin bragas?

—Sin bragas, sin brasier, sin nada —dijo, y colgó.

Se me puso la polla dura antes de guardar el teléfono.

***

Los adultos tomaron el centro de la ciudad, que era más conflictivo y complicado de cubrir. A nosotros —a Valeria y a mí— nos asignaron la zona sur, un sector de calles con construcciones abandonadas y muros a medio levantar donde vivía desde hacía años una comunidad de personas sin hogar. Salimos a las nueve y media en la camioneta de su padre, con cuatro cajas de colchas apiladas en la parte trasera y la noche cerrándose a ambos lados del camino.

Valeria salió de casa vestida para la ocasión: pantalón oscuro, blusa de manga larga, tenis cómodos. Una imagen de voluntaria responsable. Su madre la despidió en la puerta con una bendición. Valeria le sonrió, le dio un beso en la mejilla y subió a la camioneta. En su mochila llevaba otra ropa.

A unos diez minutos del destino, con el paisaje ya oscuro y las casas cada vez más separadas, empezó a cambiarse en el asiento del copiloto sin pedirme que desviara la vista. Primero el pantalón. Bajó la cremallera despacio, levantó el culo del asiento y se lo sacó por los tobillos, dejando a la vista el coño rasurado, brillante bajo la luz del tablero. No llevaba nada debajo, tal como había anticipado. Se pasó dos dedos por la raja mientras me miraba de reojo y los sacó mojados. Se los llevó a la boca y los chupó despacio.

—Ya estoy empapada —dijo—. Desde que salimos.

Después la blusa. Se la quitó por la cabeza y las tetas cayeron libres, los pezones duros por el aire fresco de la ventanilla entreabierta. Se los pellizcó con los dedos hasta que se pusieron rojos, sin dejar de mirar la carretera.

—¿Quieres que te la chupe antes de bajar? —preguntó, con la mano ya buscándome la entrepierna.

—Después —le dije, apretándole la muñeca—. Si me la mamas ahora, no aguanto nada.

Se rio bajito. Sacó de la mochila una minifalda de mezclilla que le quedaba a mitad del muslo y una blusa de tirantes amplia, suelta, varias tallas más grande. Se la puso sin brasier. Sin nada debajo de la falda.

—¿Para qué la blusa suelta? —pregunté—. Si así cubre todo.

Ella se acomodó el cabello y miró al frente con una sonrisa pequeña.

—Espera y verás.

***

La zona se llamaba La Explanada, aunque nadie sabía exactamente desde cuándo. Un conjunto de terrenos sin terminar que el municipio había cedido informalmente a quienes no tenían otro lugar. Los grupos se distribuían en racimos de tres a cinco personas, identificables por fogatas pequeñas o por el brillo de alguna linterna. Estacioné en un espacio abierto entre dos muros y bajé la primera caja de la parte trasera.

La abrí con una navaja. Cuando levanté la vista, Valeria ya estaba inclinada sobre la caja para sacar tres colchas, sin doblar las rodillas. La blusa, al ser suelta y de tirantes, caía hacia adelante con el peso. Desde arriba, desde cualquier ángulo elevado, mostraba todo: los pezones duros, el volumen del pecho, la piel desde el cuello hasta el vientre.

Un grupo de hombres a unos doce metros tenía los ojos fijos en ella. Uno se pasó la lengua por los labios. Otro se llevó la mano al bulto del pantalón sin siquiera intentar disimularlo.

Me reí en voz baja.

—Ahora entiendo la blusa.

Ella me guiñó un ojo, acomodó las colchas bajo el brazo y se fue al primer grupo.

Yo me senté en el borde del baúl a ver el espectáculo.

El primer grupo la recibió con silencio. No esperaban a una chica joven vestida así a esa hora y en ese lugar. Valeria los saludó con naturalidad, distribuyó las colchas, preguntó si necesitaban algo más. Cuando se agachó a recoger una que había caído al suelo, la falda subió lo suficiente para mostrar el inicio de las nalgas y el borde de la raja del coño. Los hombres intercambiaron miradas entre sí. Ninguno dijo nada en ese momento. Uno se acomodó la verga por encima del pantalón sin quitarle los ojos de encima al culo.

En el segundo grupo había cuatro hombres, dos sentados y dos recostados. Valeria se puso de cuclillas frente a ellos para repartir desde abajo, a la altura de sus caras. La falda subió. Los que estaban en el suelo tenían el coño de ella justo a nivel de sus ojos, a menos de medio metro, abierto por la postura, brillante de humedad. Uno de ellos dejó de hablar a mitad de una frase y no la retomó. El otro se relamió los labios de una manera lenta, calculada. Ella se demoró más de lo necesario buscando en la caja, y desde donde yo estaba pude ver cómo separaba un poco más las rodillas, deliberada, para dejarles la vista completa.

Yo seguía en el baúl con la polla dura contra la bragueta. La adrenalina hacía un ruido sordo en mis oídos y yo no hacía nada por bajarlo. Me palpé por encima del pantalón, imaginando a esos dos hombres masturbándose con la imagen de ella toda la noche.

Así fue con cada grupo que visitamos. Algunos hombres decían cosas en voz baja mientras ella se alejaba. Valeria me contaría después algunas de las frases que había escuchado: «Bonitas piernas, guapa», «Qué rica estás, mi amor», «Se ve que ese coñito está bien apretado», y uno más directo que le dijo que con ese culo debería repartir algo más que una colcha, que ella tenía que abrir las piernas y dejarse follar por todos los del barrio. A todos les respondió con una sonrisa. Nada más. Eso era suficiente para los dos.

Había algo particular en observarla desde lejos: la forma en que caminaba entre los grupos con total normalidad, como si no supiera exactamente lo que hacía, cuando sabía perfectamente lo que hacía. Eso era lo que más me gustaba de ella en esos momentos.

A las once habíamos vaciado una caja completa y repartido la mitad de otra. Quedaba tiempo antes de volver al punto de reunión. Me acerqué a ella.

—Ya cumpliste tu parte —le dije al oído, apretándole una teta por encima de la blusa—. Ahora me la vas a chupar y después te voy a follar hasta que no puedas caminar.

Valeria me miró con esa expresión que yo ya conocía: la pregunta disfrazada de certeza.

—¿Adónde?

—Al fondo de la calle.

***

Conduje dos bloques más adentro de la zona, hacia donde los muros eran más altos y las lámparas más escasas. Apagué las luces antes de estacionar. Maniobré hasta quedar encajado entre un muro y la orilla del camino de tierra en forma de L: desde ningún punto visible exterior se podía ver la parte trasera de la camioneta. La única testigo era una lámpara de alumbrado público que parpadeaba de tanto en tanto con su luz amarilla y cansada.

Valeria bajó de la cabina sin que yo dijera nada. Se paró frente al baúl abierto y, con los mismos movimientos precisos con que se había cambiado de ropa horas antes en el asiento del copiloto, se quitó la blusa. Después la falda. Se quedó completamente desnuda en medio de la noche, con el frío empezando a hacerse presente sobre su piel y los pezones parándosele por el aire helado.

No tiritaba.

Se arrodilló en la tierra frente a mí sin que se lo pidiera. Me bajó el cierre con los dientes y me sacó la polla de un tirón. Ya estaba goteando desde hacía rato. Ella me miró desde abajo con esos ojos oscuros y se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta y ella arcada apenas un poco antes de tragar y seguir.

—Me pone caliente que me mires así —murmuró, sacándomela un segundo—. Me pone caliente saber que allá atrás hay una docena de tipos pensando en cogerme.

Le agarré el pelo y le empujé la cabeza otra vez. Ella se dejó, con las manos apoyadas en mis muslos, la lengua trabajando por debajo, la garganta abriéndose cada vez que empujaba. Chupaba con hambre, chorreando saliva por el mentón, apretando los labios en cada retirada como si no quisiera soltarla. La escuchaba tragar, gemir contra la polla, respirar por la nariz cuando la tenía toda dentro.

—Levántate —le dije, antes de correrme en su boca—. Todavía no.

Se paró. Se relamió los labios brillantes y me dio la espalda sin que se lo pidiera. Se inclinó hacia el interior del baúl, apoyó los antebrazos sobre el suelo metálico y separó las piernas. El coño le brillaba entre los muslos, hinchado, abierto, esperando.

Me bajé el pantalón hasta las rodillas y le pasé la punta de la verga por la raja, de arriba abajo, empapándomela en su humedad. Ella empujó las caderas hacia atrás, impaciente.

—Métemela ya —susurró—. No aguanto.

La agarré de las caderas con las dos manos y se la metí de una sola estocada, hasta el fondo. Valeria soltó un gemido largo, ronco, que rebotó contra el muro. La follé despacio al principio, dejando que su cuerpo se acomodara alrededor de la polla, y después con más fuerza, marcando un ritmo que ella fue igualando con sus movimientos hacia atrás, empujando el culo contra mí en cada embestida. La camioneta oscilaba levemente. El asfalto crujía bajo mis pies cada vez que cambiaba el peso. Afuera, en algún punto de las calles adyacentes, se escuchaba el murmullo distante de personas que hablaban entre sí sin apuro.

Le clavé el pulgar en el culo, sin lubricante, solo con la humedad que le chorreaba por los muslos.

—Ahí no —jadeó, pero sin apartarse.

—Cállate y déjate.

Ella arqueó más la espalda y empujó ella misma contra el dedo. Le follaba el coño con la polla y el culo con el pulgar, y ella se movía entre las dos cosas como si no supiera con cuál acabar primero. El contraste entre el frío del aire y el calor entre nosotros era tan concreto que parecía físico, algo que se podía tocar. Valeria tenía la respiración cortada, jadeando palabras que apenas se le entendían.

—Más fuerte —dijo—. Fóllame más fuerte. Como si fueran ellos.

—¿Como quién?

—Como los de allá. Los que me miraban el coño mientras repartía. Follame como si fueran ellos turnándose.

Le di una nalgada seca que sonó contra el muro. Le agarré el pelo con la otra mano y tiré hacia atrás, arqueándole el cuello. Ella tenía la espalda levemente arqueada y la respiración iba cambiando de ritmo. Yo conozco esa señal desde hace tiempo. Estaba a punto de correrse.

Y entonces, pasos sobre la tierra.

Y entonces:

—Disculpen.

Los dos nos detuvimos al mismo tiempo, como si alguien hubiera cortado la corriente. Yo con la polla todavía enterrada hasta el fondo en su coño. Ella con la mejilla apoyada en el suelo del baúl y el culo levantado.

Dos hombres estaban a menos de cuatro metros. Mayores, con ropa desgastada y caras de haber caminado mucho. No habíamos escuchado sus pasos en ningún momento.

Salí de ella despacio. La polla salió con un ruido húmedo, brillante de sus jugos, todavía dura, apuntando al frente. No me la guardé. No hubiera tenido tiempo de subirme el pantalón sin que se notara todo.

Valeria se incorporó lentamente. Se giró hasta quedar sentada en el borde del baúl, con las piernas ligeramente separadas y los brazos apoyados a los lados. No buscó cubrirse. No había nada a mano con qué hacerlo, y creo que entendió que cualquier movimiento brusco solo hubiera hecho la situación más extraña de lo que ya era. Las tetas se le sacudían levemente con la respiración agitada. Entre los muslos, el coño abierto y empapado brillaba bajo la luz amarilla de la lámpara.

Uno de los hombres bajó la vista al suelo desde el principio y no la levantó.

El otro, no.

—Ustedes son los que andan repartiendo las colchas —dijo el que miraba, sin alterar el tono, con los ojos clavados en los pezones duros de ella.

—Sí —respondí, con la voz más tranquila que pude reunir, con la polla todavía dura y mojada colgándome entre las piernas—. Nosotros somos.

—Es que hay un grupo más arriba que no recibió. En la sexta calle.

—¿La sexta? —pregunté—. Creíamos que eran cinco calles.

—Todo el mundo cree eso —dijo, sin dejar de mirarle el coño a Valeria—. Por eso siempre nos quedamos sin.

Fui a la cabina a buscar la navaja, subiéndome el pantalón al caminar. Estaba entre los asientos delanteros. Tardé más de lo que esperaba en encontrarla. Saqué dos colchas de la caja del asiento trasero y volví al baúl.

Cuando llegué, Valeria seguía sentada en el borde del baúl, hablando con el hombre que miraba al suelo. Él respondía con monosílabos, sin levantar la vista en ningún momento, claramente incómodo o avergonzado o las dos cosas al mismo tiempo.

El otro tomó las dos colchas. Se quedó un momento sin moverse. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Valeria de arriba a abajo, sin prisa y sin ningún disimulo, deteniéndose en las tetas, después en el coño abierto, después otra vez en las tetas. Ella lo dejó mirar. Incluso separó apenas un poco más las rodillas, como sin querer.

Después asintió con la cabeza, murmuró algo parecido a las gracias y se fue con el otro por el camino de tierra.

***

De vuelta en la camioneta, de camino al punto de reunión, Valeria se cambió a su ropa normal en silencio. Cuando terminó de abrocharse la blusa, se quedó mirando por la ventana unos minutos largos. Las calles pasaban oscuras del lado derecho.

Después habló:

—El que se quedó me tocó.

Lo dijo sin énfasis. Como si me informara sobre algo menor, el precio de algo en el mercado.

—¿Cuándo?

—Cuando fuiste a buscar la navaja. Yo estaba sentada en el baúl y él se acercó. Primero me puso la mano en la rodilla. Después la subió.

Respiré despacio por la nariz.

—¿Y?

—Y me quedé quieta. Me metió dos dedos. Así, sin preguntar, sin decir nada. Se los metió hasta los nudillos y me los movió adentro. Yo estaba tan mojada que le entraron enteros de una.

—Sigue.

—Me los sacó y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, mirándome. Después me los volvió a meter, y con la otra mano se sacó la verga del pantalón. La tenía dura, gorda, más gorda que la tuya. Se acomodó un poco más cerca. Me abrió un poco las piernas con la rodilla. Creo que quería intentarlo. Creo que iba a metérmela ahí mismo, en el baúl, sin importarle nada.

—¿Qué hiciste?

—Me incorporé despacio, como si estuviera buscando algo entre las colchas. Él lo entendió. Se acomodó y se apartó. Pero antes de guardársela se pasó la punta por mi muslo. Me dejó una marca húmeda. Todavía la tengo.

Se abrió la falda un segundo y me mostró la mancha brillante en la piel del muslo interno. Después se la volvió a cerrar.

El volante estaba tibio bajo mis manos pero yo lo sentía frío. O tal vez era al revés y yo no podía distinguirlo bien en ese momento. La polla se me había puesto dura otra vez.

—¿Lo detuviste porque no querías o porque escuchaste que yo volvía?

Valeria sonrió mirando al frente, al camino oscuro.

—Las dos cosas son la misma respuesta en distinto orden.

Condujimos tres o cuatro minutos más sin hablar. Después ella preguntó:

—¿Qué hubieras hecho tú? Si yo lo hubiera dejado seguir. Si lo hubieras visto metiéndomela hasta el fondo en el baúl de la camioneta.

No respondí enseguida. La pregunta no era simple aunque sonara simple. La respuesta honesta me resultaba difícil de decir en voz alta, no porque fuera mala, sino porque me gustaba más de lo que yo esperaba que me gustara.

—Hubiera mirado —dije al final—. Hubiera mirado cómo te la metía y después te hubiera follado yo encima, con su semen todavía dentro.

Valeria soltó el aire que había estado reteniendo. Se pasó la mano por el muslo, por encima de la falda, apretando los muslos entre sí.

—Estoy empapada otra vez —dijo—. Otra vez.

Llegamos al punto de reunión, entregamos las cajas que quedaban e informamos sobre la sexta calle que nadie había visitado. Solo éramos dos grupos los que necesitábamos volver una segunda noche. Los adultos por el centro, nosotros por el sur.

De regreso al auto, Valeria me tomó del brazo y dijo en voz baja:

—Mañana hay segunda vuelta. Y quedan tres cajas.

—Y la sexta calle —agregué.

—Y la sexta calle —repitió—. Y esta vez llevo una falda todavía más corta.

Se recostó en el asiento del copiloto y cerró los ojos durante el resto del trayecto. Tenía la mano metida entre los muslos por debajo de la falda y no la sacó hasta que llegamos. Yo seguí conduciendo y traté de no pensar demasiado en lo que estaba pensando, pero cuando empecé ya no pude parar.

Esa noche llegué a mi casa con la cabeza llena de imágenes de lo que podía pasar, no de lo que había pasado. Lo que había pasado era solo el principio.

La noche siguiente todavía estaba por escribirse.

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Comentarios(8)

Seba_Cba

Que morboso todo, me tuvo enganchado hasta el final. Muy bien!

PedroCba

Por favor necesito la segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No me dejes asi jaja

VoyeurNocturno

Me recordo a una salida que hice con mi pareja hace un tiempo, aunque la nuestra no llego tan lejos. Gracias por compartir, muy entretenido

Tomas72

Excelente relato, bien narrado y sin ser burdo. De los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo.

CuriosaBA77

Y ella sabia que la estaban mirando o se hacia la distraida? Esa parte me genero mucha curiosidad jaja

MatiasF_87

Me gustan estos relatos que mezclan la emocion del riesgo con el morbo. Sin ser vulgar pero igual de excitante. Muy bien escrito, sigan asi!

Norberto_B

increible!!! el detalle del baul es muy original

MarcelaQ

Como mujer me resulta fascinante leer este tipo de relatos desde la perspectiva del que observa. Muy bueno.

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