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Relatos Ardientes

Lo que mi marido filmó mientras me miraban

Era un sábado de mayo y el centro Atlántida tenía esa luz blanca que entra por las claraboyas y aplana las sombras del segundo piso. Los pasillos olían a perfume de tienda nueva, a café del patio de comidas, a esa mezcla tibia que solo existe en los malls a media tarde.

Para cualquiera éramos una pareja más empujando bolsas. Para nosotros era otra cosa. Hacía meses que habíamos convertido las salidas a este lugar en un guion sin escribir, una coreografía donde él miraba y yo provocaba, y donde el riesgo de ser descubiertos era el combustible que más tarde prenderíamos en casa.

—¿Lista? —me preguntó Tomás, cerrándome la mano contra la suya.

—Siempre.

—Acordate de la única regla.

—Vos mirás. Yo provoco. Nadie cruza.

Sonrió de esa forma lenta que reservaba para estos sábados, una sonrisa más cercana al cazador que al marido.

El vestido era nuevo, color borgoña, ceñido hasta la cadera y corto hasta donde la decencia empieza a discutirse. Debajo no llevaba nada. Esa era la otra regla, la implícita: salíamos sin ropa interior o no salíamos. El aire acondicionado de la planta baja me erizó la piel apenas cruzamos las puertas automáticas, y supe sin mirar que él lo había notado.

—Se te marca todo —me dijo al oído, rozándome la espalda con la palma abierta—. Justo como me gusta.

—Entonces dejá que miren —contesté con la voz más inocente del repertorio.

Nos detuvimos frente a la vidriera de una boutique de lencería. Él sacó el teléfono y empezó a grabar como si filmara la fachada, pero el lente buscaba el reflejo de mi cuerpo en el cristal y el de los hombres que pasaban detrás midiéndome con la mirada.

—Mostrales lo que creen que no deberían ver —susurró.

Entramos. La empleada nos saludó de lejos sin demasiado interés. Yo me incliné sobre una mesa baja para tocar un conjunto de encaje negro, y el vestido subió lo necesario para que la curva inferior de mis nalgas asomara apenas. Un señor de barba canosa, fingiendo evaluar un sostén dos metros más allá, se quedó congelado con la mano en el aire. No pudo evitar mirar. No quería evitar mirar.

Sentí el calor subiendo por dentro, esa humedad que se acumulaba entre los muslos sin pedir permiso. Tomás se había ubicado en un ángulo perfecto, el teléfono apoyado contra una columna como si revisara un mensaje, grabando al señor de la barba canosa, grabándome a mí, grabando el momento exacto en que el deseo de un desconocido se cruzaba con el mío.

—Probate algo —me dijo en voz alta, lo justo para que el señor lo escuchara—. Te lo elijo yo.

Me alcanzó un conjunto rojo translúcido, encaje de borde dentado, casi nada de tela. Entré al probador y él entró conmigo, cerró la cortina y se apoyó contra la pared sin tocarme. Los espejos en tres lados multiplicaban mi cuerpo hasta volverlo irreal.

—Despacio —pidió.

Me bajé el vestido por los hombros, por la cintura, hasta dejarlo caer en silencio sobre las baldosas. Los pezones se me endurecieron antes de que el aire los rozara. Me puse el conjunto con la lentitud que él me había enseñado a tener cuando me observaba, deslizando el encaje por las piernas, ajustando las copas hasta que los pechos se acomodaron pidiendo ser mirados.

—Abrí un poco la cortina —dijo—. Solo un dedo.

Lo hice. La luz del pasillo entró en una franja delgada y mi figura quedó cortada por la mitad, encaje rojo y piel, y la silueta de alguien afuera que se detuvo a metros del probador y dejó de fingir que buscaba una talla. Era un empleado joven, uniforme oscuro, no más de veinticinco. Tragó saliva. Lo vi por el reflejo en el espejo y vi también cómo mi marido lo veía a través de la cámara.

Que mire todo lo que quiera. Esta noche la cama es de él.

—Que imagine —murmuró Tomás contra mi nuca—. Pero la línea soy yo.

Salimos del probador con el conjunto puesto debajo del vestido. Pagamos sin hablar. El empleado joven nos siguió hasta la caja con la mirada, y yo dejé que mis caderas se movieran un poco más de lo necesario al alejarme.

***

En el primer piso pasamos por el patio de comidas. Cuatro hombres en una mesa redonda dejaron de masticar al verme pasar. Uno se inclinó hacia el de al lado y le dijo algo en voz baja; vi cómo se le formaba esa sonrisa cómplice de quien acaba de compartir un comentario que no diría delante de su mujer. Esa atención muda, contenida, encendía algo viejo en mí. No era ego. Era un poder específico, antiguo, que solo se medía en respiraciones desviadas.

—Subí por la escalera mecánica —me dijo Tomás detrás—. Yo me quedo dos peldaños abajo.

Subí. Arqueé apenas la espalda, los tacos sobre el escalón móvil, y dejé que el dobladillo se moviera con su voluntad propia. Sentí la mirada de él, la cámara baja, y sentí también las miradas de abajo, las de un grupo de chicos junto a la fuente que se codeaban entre risas.

—Quietita —pidió Tomás con voz grave—. Que admiren lo que solo yo tengo.

Bajé del escalón con las piernas temblando levemente, no de miedo, de esa anticipación que se confunde con el frío.

—Hablale a aquel —dijo, señalando con la barbilla a un hombre alto que esperaba sentado en un banco frente a la librería. Llevaba un saco gris y miraba el teléfono, pero su atención había aterrizado en mí desde que crucé el pasillo.

—¿Qué le digo?

—Cualquier cosa. Usá la voz que ponés cuando sabés perfecto el incendio que estás encendiendo.

Crucé los seis metros con esa pisada que él llamaba la pisada de los sábados. Me incliné lo justo frente al hombre del saco gris, fingiendo buscar un local en mi pantalla.

—Disculpá, ¿sabés si hay una farmacia por acá cerca?

Levantó la vista. Sus ojos hicieron el recorrido entero —cara, escote, manos— antes de poder hablar.

—Eh… creo que hay una pasando la plaza central, contra el lado del estacionamiento.

—Gracias —dije, sosteniéndole la mirada un segundo más del necesario—. Sos un sol.

Le sonreí y me alejé. No miré hacia atrás. No hacía falta. Sabía que él estaba grabando desde un ángulo en el que el saco gris seguía mi caminar como si lo arrastrara con un hilo invisible.

Volví a Tomás. Me tomó por la cintura con una mano y deslizó la otra por debajo del dobladillo durante un segundo, apenas, solo lo justo para confirmar lo que ya sabía.

—Estás empapada —dijo.

—Estoy entera tuya.

—Las dos cosas —me corrigió.

***

El siguiente nivel era un salón de juegos. Luces de neón rosa y azul, máquinas de pinball, un par de mesas de billar al fondo. Pocos adultos, mucha adolescencia ruidosa, y en una mesa libre se nos ofreció la excusa perfecta.

Tomé el taco y me incliné sobre el tapete verde. El vestido subió lo que tenía que subir. Tomás se ubicó detrás, a tres pasos, el teléfono levantado como si fotografiara la decoración del techo.

—Tirá fuerte —pidió.

Golpeé. El sonido seco de las bolas chocando llamó la atención de un grupo de tres chicos que pretendían no estar mirando. Uno se animó, claramente envalentonado por los otros dos, y se acercó con esa sonrisa de quien probó el truco antes.

—¿Te ayudo con el próximo tiro? —preguntó.

Me giré apenas, lo suficiente para que el escote se abriera. Tendría veintidós, veintitrés. Limpio, perfumado, con el pelo recién cortado.

—¿Vos creés que tenés algo para enseñarme que mi marido no me haya enseñado ya?

Se rió, incómodo, sin retirarse.

—Probemos.

Me posicionó detrás del taco, el pecho contra mi espalda, las manos sobre las mías. Yo no me moví. Él tampoco, durante demasiado tiempo. Sentí la presión inequívoca contra mi cadera, oí la respiración cortarse en la suya. Tomás observaba desde dos metros, una mezcla de calma y depredador detrás del teléfono.

—Ya sabe cómo hacerlo —dijo Tomás de pronto, en un tono cordial y desconcertante—. Pero mirala, total. Te lo permito.

El chico volvió a su mesa con la cara encendida y los amigos pidiéndole detalles. Yo me erguí, le pasé el taco a Tomás y le sostuve la mirada.

—Sos un degenerado —le susurré.

—Soy tu degenerado.

***

La última parada fue el cine. Una película de acción en horario raro, sala casi vacía, última fila. Apenas se apagaron las luces, su mano subió por mi muslo y se quedó ahí, paciente, esperando a que la película arrancara a tronar para taparme los sonidos.

—Abrí las piernas —me pidió cuando empezó la primera persecución.

Las abrí. El vestido se arrugó solo, ofreciendo todo al aire frío de la sala. Tres asientos más adelante, en la fila de en medio, un hombre solo se reacomodó. Giró la cabeza una vez. La giró de nuevo. Vio.

Tomás me metió un dedo, después dos, lentos, calibrando el ritmo con los efectos de sonido. Yo apretaba los labios para que el gemido no se escapara, y él me los soltaba con el pulgar.

—Más fuerte —pidió—. Que te escuche. Una sola vez.

Dejé escapar un sonido bajo, controlado, que llegó hasta la fila de en medio. El hombre se inclinó visiblemente, fingiendo acomodarse. La pantalla se llenó de explosiones y mi marido aprovechó el estruendo para acelerar el ritmo, los dedos curvándose justo en el punto donde yo perdía la geografía del cuerpo.

—Acabate —me ordenó al oído.

Me acabé en silencio, mordiéndome el labio hasta hacérmelo doler, los pies plantados contra el suelo, las caderas levantándose un par de centímetros del asiento. Él no me soltó hasta que la respiración me volvió a un ritmo soportable.

—Buena chica —susurró—. Y ahora a casa.

Salimos antes de que terminara la película. El hombre de la fila de en medio no nos miró cuando pasamos al lado. No hacía falta. Llevaba la mano izquierda escondida bajo el saco doblado sobre el regazo.

***

En el estacionamiento subterráneo, antes de meter la llave en la puerta del auto, Tomás me apoyó contra la chapa todavía tibia del capó. No me besó. Me miró durante un tiempo largo y me ajustó un mechón detrás de la oreja como si volviéramos de una cena familiar.

—Esta noche vemos los videos —me prometió—. Una mirada por vez. Tranquilos.

—Una por vez.

—Y el próximo sábado volvemos.

Asentí. Subimos al auto. Antes de arrancar, él dejó la mano izquierda entre mis muslos, sin hacer nada, solo apoyada, como una marca. La cinta del cinturón me cruzaba el pecho y no me incomodaba.

El mall se vaciaba detrás de nosotros, las claraboyas ya oscuras, las vitrinas apagadas. En el teléfono de mi marido, archivada en una carpeta sin nombre, quedaba la tarde entera: cada mirada, cada parpadeo, cada respiración desviada de cada hombre que ese sábado había creído tener un secreto.

Ninguno había tenido un secreto.

Todos habían formado parte del nuestro.

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Comentarios (6)

NandoBA

increible!!! de esas historias que no podes dejar de leer hasta el final

MiriamBCN

Hay segunda parte? Me quedé con muchas ganas de saber mas...

PasajeroNoc77

Hace rato que no encontraba algo asi en esta sección. Muy bien escrito, felicitaciones

MarisolF

Me recordó a una noche con mi pareja, me reí sola acordandome jajaja. Excelente relato

Chepe92

brutoooo!!! mas por favor

ClaraVN

Lo que mas me gustó es la tensión que se va construyendo, muy bien logrado

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