Mariela me hizo mirar mientras él la poseía
Esa tarde de marzo no tenía un plan claro. Había salido del centro a hacer un trámite que no me llevó ni media hora, y caminaba sin rumbo por el barrio de Almagro cuando me crucé con Damián saliendo de una panadería con dos baguettes bajo el brazo. La sorpresa fue mutua. Hacía semanas que no nos veíamos.
—Tomás, hermano, ¿qué haces por acá? —me dijo, y me dio un abrazo torpe por culpa del pan.
Le expliqué lo del trámite y él insistió en que lo acompañara hasta su casa. Vivía a tres cuadras con Mariela. Iba a haber café, charla y, según él, su mujer tenía ganas de saludarme. Acepté sin pensarlo demasiado.
Mientras subíamos por la avenida, le sonó el teléfono. Atendió con esa media sonrisa que ponen los hombres enamorados cuando los llama la esposa.
—Ya estoy llegando, amor. Cinco minutos —dijo, y después agregó en voz más baja—. Yo también tengo muchas ganas, no sabes cuántas.
Cuando colgó me miró con cara de pícaro y soltó algo que no terminé de entender en ese momento.
—Mariela no tiene idea de la sorpresa que le vamos a dar.
Pensé que se refería al pan caliente y a la visita inesperada. No le di más importancia.
Subimos al tercer piso. Damián tocó el timbre en lugar de abrir con la llave, y eso debió haberme prevenido. La puerta se abrió y, durante un segundo que duró una eternidad, los tres nos quedamos paralizados.
Mariela estaba ahí, con un par de tacones negros y una tanga blanca que no era una tanga propiamente dicha, sino dos hilos atados por delante y por detrás. Nada más. El resto a la vista: los pechos firmes, el vientre apenas marcado, las caderas redondas que recordaba de memoria. Esperaba a su marido, evidentemente, y no había imaginado que vendría acompañado.
—Tomás —dijo ella, con la voz hecha un nudo.
—Mariela —contesté yo, no sé si por reflejo o por cortesía absurda.
Retrocedió un paso intentando cubrirse con los brazos. Se le notó la cara colorada hasta el cuello. Damián, en cambio, se reía. Le pareció el chiste del año.
—¿Qué te pareció la sorpresa, amor? —preguntó, cerrando la puerta detrás nuestro.
—¿Por qué no me avisaste cuando te llamé, Damián? Mira cómo me vino a encontrar Tomás —contestó ella, ya no avergonzada sino enojada.
—¿Cuál es el problema? Si te ha visto desnuda mil veces en las fotos que le mando —se rio él, y a mí me subieron los colores hasta las orejas.
Era cierto. No era la primera vez. Había habido dos encuentros antes, en los que las cosas habían pasado de la charla a otra cosa con consentimiento de todas las partes. Pero esto era distinto. Esto la había agarrado desprevenida a ella, y a mí me había tirado al medio de algo que no había planeado.
—Déjenme ir a ponerme algo —dijo ella, dando media vuelta.
—¿Para qué? —la frenó Damián—. Si así estás divina. No creo que a Tomás le moleste. ¿O te incomoda, Tomás?
Me quedé sin saber qué responder. La verdad era que no me incomodaba. Estaba completamente hipnotizado, mirando ese cuerpo que ya conocía pero que esa tarde me parecía nuevo. Esa mezcla de pudor e insolencia que ella tenía cuando intentaba taparse con las manos lo que ya no se podía tapar.
—No, claro que no —dije yo, con una sonrisa estúpida.
Mariela me miró un segundo y supe que algo cambió ahí. Se dio cuenta de que el plan original ya no iba a poder ocurrir, y ese plan le importaba. Por la forma en que estaba vestida, era para él y para nadie más.
***
Nos sentamos en el living. Yo en un sillón, ellos en el sofá grande. Damián servía vino blanco y hablaba de cualquier cosa, del fútbol, del verano que terminaba, de un viaje que tenían pensado para el invierno. Mariela apenas participaba. Estaba ahí, semidesnuda, con los brazos cruzados sobre los pechos, esperando un momento.
En un instante en que Damián fue al baño, ella se me acercó y me dijo bajito, casi al oído:
—Le había dicho que estaba muy caliente y que lo quería para mí sola, Tomás. Tú no entiendes lo que me arruinaron entre los dos.
—Me voy, Mariela. No hay drama —respondí en voz baja.
Pero cuando volvió Damián y empezó otra vez con el chiste sobre lo bien que se veía ella así, algo terminó de quemarse adentro de Mariela. Se puso de pie. Caminó hasta el medio del living. Nos miró a los dos como quien acaba de tomar una decisión.
—Bueno, ya que entre los dos me arruinaron lo que tenía pensado, ahora se aguantan los dos —dijo, y la voz le salió firme—. Tú, Tomás, te quedas. No te vas a ningún lado.
Damián levantó las cejas. Yo me quedé clavado al sillón.
—¿Quieres volver a estar conmigo alguna vez? —me preguntó, mirándome fijo—. Esta es la condición. Te vas a quedar acá sentado, mirándolo todo, sin tocarme. Puedes masturbarte. Eso sí. Pero no se te ocurra acercarte, no se te ocurra meter las manos, no te vienes hasta que yo te diga y donde yo te diga. Si rompes alguna regla, no me ves nunca más. ¿Te queda claro?
Asentí. No sé qué cara puse. Probablemente algo entre la sorpresa y la sumisión inmediata.
Después se volvió hacia su marido. Lo tomó del cuello de la camisa.
—Y tú, cabrón. Tú tienes que demostrarle a Tomás cómo me haces gozar. Por qué me amas. Por qué te amo yo. Muéstrale, ahora.
Damián se puso serio por primera vez en toda la tarde. Asintió.
Mariela lo besó. Un beso largo, profundo, de los que se besan las parejas cuando no hay nadie mirando. Le metió las manos por debajo de la camisa, se la sacó por la cabeza. Le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón. Damián salió de la prenda sin dejar de besarla. Quedó en calzoncillos, y el bulto era evidente.
Yo, desde el sillón, no podía dejar de mirar. Ni siquiera me había animado todavía a tocarme.
Ella se arrodilló. Le bajó el calzoncillo lentamente, con esa misma mezcla de pudor y descaro que tenía siempre. Le sacó el miembro de la prisión, lo besó con ternura en la punta, lo miró un segundo como quien evalúa algo que le pertenece, y se lo metió en la boca.
***
El living quedó en silencio. Solo el ruido de la boca de ella subiendo y bajando, y la respiración cada vez más entrecortada de Damián. Él le tocaba la cabeza con suavidad, sin imponer el ritmo, dejándola hacer.
Yo había empezado a acariciarme por encima del pantalón sin darme cuenta. En algún momento me bajé el cierre. En algún otro momento me la saqué.
Mariela me miró desde abajo, con el miembro de su marido apoyado contra la mejilla, y me sonrió.
—¿Quieres que te lo chupe a ti también? —preguntó.
Me levanté del sillón antes de pensarlo. Di un paso hacia ellos. Ella levantó una mano.
—Para. Si dices que sí, es la última vez que me ves. ¿Decides?
Me quedé clavado en el medio del living, con el pantalón abajo, sintiéndome ridículo y excitado a partes iguales. La razón ganó por muy poco. Volví al sillón. Me senté. Asentí con la cabeza.
Ella sonrió, satisfecha, y volvió a lo suyo.
Después de un rato se puso de pie. Volvió a besar a Damián mientras lo masturbaba con la mano. Él le tomaba los pechos, le besaba el cuello, le decía cosas al oído que yo no llegaba a escuchar. Ella, de a ratos, giraba la cabeza hacia mí y me preguntaba si me estaba gustando.
—Mira lo que me va a hacer gozar —decía—. Así como él te presume cuando estamos los tres, hoy yo te presumo a mi macho. Al hombre al que me entrego sin medida. Hoy vas a ver de cerca cómo soy de él.
Yo no podía contestar. Movía la cabeza y nada más.
—Si te gusta, demuéstramelo —dijo en algún momento—. Quiero verte. Quiero ver qué tan duro lo tienes.
Me terminé de sacar la ropa. Quedé desnudo en el sillón, a tres pasos de ellos. Empecé a tocarme despacio, como ella había pedido. Movía la mano lo justo para que pudiera ver bien el glande rojo de excitación, sin acelerar.
***
Damián se sentó en el sofá. Mariela se le sentó encima, de espaldas a mí, y se hundió en él de una vez sola. Los dos exhalaron al mismo tiempo, una mezcla de dolor y placer. Después empezó ella a moverse, primero en círculos, después de arriba abajo, mostrándome el dibujo completo de sus caderas y de la espalda y del pelo cayéndole hacia adelante.
Damián tenía las manos en su cintura. Yo no le veía la cara y no me importaba. Yo solo veía a Mariela.
En un momento ella se abrió las nalgas con las dos manos, giró la cara y me dijo:
—¿Lo quieres? Tómalo, es tuyo. Pero ya sabes lo que pasa después. Decide.
Cerré los ojos. Apreté los dientes. No me moví.
—Bien —dijo ella, casi en un susurro—. Muy bien, Tomás.
Después se levantó de golpe, dejándolo a Damián con una cara de desconcierto que duró un segundo. Se dio vuelta. Quedó de frente a mí, mirándome a los ojos, y volvió a hundir el miembro de su marido en ella, esta vez con las manos apoyadas en los muslos de él.
Empezó a moverse otra vez en círculos. Lento. Muy lento. Tan lento que parecía pintar el aire.
—Acércate —me dijo—. Quiero que sientas el olor de los dos mezclados. Pero si me rozas, conoces el castigo.
Me arrodillé en la alfombra, a un palmo de ella. Se movía justo lo suficiente para hacerme pasar el cuerpo cerca, para obligarme a calcular cada centímetro, para hacerme sudar la concentración mientras me tocaba con la mano derecha.
—Puedes tocarte como quieras —dijo—. Pero no te vienes hasta que yo decida.
Damián tenía los puños cerrados sobre los apoyabrazos del sofá. Se aguantaba todo. Yo lo veía sufrir y lo entendía.
***
—Quiero que me agarres de atrás, amor —le dijo ella en algún momento a su marido.
Se levantó. Apoyó las manos sobre el respaldo del sofá. Damián se puso atrás. Le metió todo de una. Ella gritó.
A partir de ahí, todo fue más rápido. Damián la tomaba de las caderas y la embestía con un ritmo que parecía venganza por haber tenido que aguantarse tanto. Mariela movía la cabeza de un lado al otro y le pedía más.
—Así, amor. Dame fuerte. Hazle ver a este cabrón cómo me haces gozar.
Y a mí:
—Ven, acércate. Quiero ver de cerca cómo lo tienes. Pero no me toques.
Me acerqué de rodillas. Me masturbaba manteniendo la distancia exacta que ella había marcado. Giraba la cabeza para mirarme entre embestida y embestida, con la boca abierta y los ojos vidriosos.
Damián aguantó menos que yo. En algún momento empezó a respirar como un fuelle y le dijo que no iba a poder más. Ella se incorporó. Se dio vuelta. Lo sentó en el sofá. A mí me hizo arrodillarme enfrente.
Nos tomó a los dos del miembro. Una mano en cada uno. Nos puso frente a frente, casi pegados.
—Se vienen ahora —dijo—. Pero uno sobre el otro. Tú, amor, le echas todo encima a Tomás. Y tú, Tomás, sobre el de él. Después yo los limpio a los dos. Quiero probar uno mezclado con el otro.
En otra situación nos habríamos negado. En esa no. Damián se vino primero, con apenas dos sacudidas de la mano de ella. Cayó todo sobre mi miembro y mi pubis. Mariela había puesto la otra mano como contención para que no se le perdiera nada en la alfombra.
Después se inclinó y empezó a lamerme. Pasó la lengua por todo lo que su marido había dejado en mí, sin dejar de masturbarme. Sentir su boca tibia y el sabor que ella tenía en los labios me terminó de quemar. Cerré los ojos. Me concentré en la imagen de ella montada sobre él de espaldas a mí, en el rebote de sus nalgas, en todo lo que había visto los últimos veinte minutos.
—Dame —me decía—. Ven. Échalo sobre el de él. Quiero los dos mezclados.
Me vine sobre el miembro todavía erecto de Damián. Apenas terminé, ella se inclinó otra vez y empezó a lamerlo a él, sin dejar de mirarme. El último chorro mío le cayó cerca del ojo y ella se rio sin sacar la boca.
Cuando terminó, se sentó en el sofá entre nosotros dos. Nos abrazó a los dos.
—Qué rico saben los dos juntos —dijo, y le dio un beso lento a Damián—. Gracias por este momento, amor. Gracias a los dos.
Nos quedamos un rato en silencio. Yo en el piso, ellos en el sofá, recuperando el aire.
Después ella se puso de pie.
—Me voy a bañar. Entre los dos me dejaron muerta, y eso que solo entró uno. Imagínense el día que me hagan suya los dos al mismo tiempo cómo voy a quedar.
Se rio. Caminó hacia el pasillo desnuda, con esos tacones negros todavía puestos, y se metió en el baño.
Damián y yo nos vestimos sin hablar mucho. Él me palmeó la espalda al despedirme. Le pedí que le diera un beso a Mariela de mi parte. Sabía que el resto de la tarde les pertenecía a ellos dos, y me parecía bien que fuera así.
Bajé las escaleras pensando en una sola cosa: en que ella había ganado todo lo que se había propuesto ganar esa tarde. Y en que, si me volvía a invitar, yo iba a volver. Con todas las reglas que quisiera ponerme.