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Relatos Ardientes

Lo que vi por la ventana del retiro espiritual

Hace unos años me ganaba la vida como guardia de seguridad en una casa de retiro espiritual a las afueras de un pueblito de montaña. Era un edificio antiguo, con techos de teja y un patio interior lleno de jazmines que en verano olían tanto que uno terminaba dolido de cabeza. Allí descansaban sacerdotes mayores y, de tanto en tanto, llegaban grupos de jóvenes que colaboraban en las parroquias para hacer convivencias de tres o cuatro días.

Mi turno empezaba a las nueve de la noche y terminaba a las siete de la mañana. La rutina consistía en caminar por los pasillos cada cierto tiempo, comprobar que las puertas exteriores estuvieran cerradas y vigilar las cámaras del recibidor. Lo demás era mío. Lo demás era silencio.

Esa noche llegué con el ánimo apagado. Hacía calor, los grillos cantaban como si quisieran taladrar las paredes y yo cargaba con un mal humor que no sabía bien de dónde venía. Pasé por la cocina, me serví agua, di la primera vuelta. Todo en orden. Todo previsible. Hasta que, al pasar por el ala de los huéspedes, escuché algo.

Era un ruido bajo, sordo, casi un suspiro. Me detuve.

Las habitaciones de los visitantes daban al pasillo por una puerta y al jardín por una ventana. Esa noche la luna estaba alta y el jardín estaba quieto. Caminé hasta la ventana de la habitación nueve. La cortina interior estaba mal corrida; quedaba una rendija de tres dedos.

Por instinto, miré.

Lo que vi me sacudió.

El padre Salvador, uno de los recién llegados, estaba sentado al borde de la cama, todavía con la sotana puesta pero abierta hasta la cintura. Frente a él, de rodillas en la alfombra, una chica joven —no más de veinte años— le acariciaba los muslos con una lentitud que parecía aprendida. Llevaba una falda de pliegues azul oscuro y una blusa blanca con los primeros botones desabrochados. Tenía el pelo recogido en una cola alta y dos mechones sueltos le caían a los lados de la cara.

Me quedé clavado en el sitio. Sabía que debía retirarme. Sabía que estaba viendo algo que no me correspondía. Pero las piernas no me respondían.

El padre Salvador le pasó una mano por la mejilla y le dijo algo en voz baja. Ella sonrió, una sonrisa de las que se aprenden tarde, no temprano. Le subió la falda con un solo movimiento, sin pudor, y le mostró un muslo blanco con una constelación de pecas. Él se inclinó y le besó justo encima de la rodilla, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Esto no está pasando.

Pero sí estaba pasando. Y a mí, contra toda razón, se me hinchaba el pantalón.

Sentí vergüenza primero. Después dejé de sentirla.

Él la levantó y la sentó en el borde de la cama. Le terminó de desabrochar la blusa con dedos demasiado firmes para ser los de un hombre que reza por costumbre. Bajo la tela no había sostén. Tenía los pechos pequeños, redondos, los pezones casi del mismo tono que la piel. Él los acarició con las dos manos al mismo tiempo y la chica echó la cabeza hacia atrás con un sonido apenas audible, ese sonido sordo que yo había escuchado desde el pasillo y que ahora, pegado al cristal, oía con un detalle que me erizaba la nuca.

No me atreví a respirar. No del todo.

Lo siguiente fue rápido y lento al mismo tiempo. La chica se acostó atravesada en la cama, dejó caer la falda hasta la cintura, y él se acomodó entre sus piernas todavía con la sotana puesta. Le bajó la ropa interior con dos dedos, despacio, como si retirara el velo de un cáliz. Cuando se hundió en ella, ella se mordió la mano para no gritar. Él dejó escapar un gemido grave que no tenía nada de espiritual.

Estuvieron así un tiempo que no supe medir. Pudieron ser diez minutos. Pudieron ser veinte. Yo apretaba la frente contra el cristal y aguantaba la respiración. Sentía mi corazón en las sienes, en los pulsos, en los dedos. Sentía mi sexo durísimo contra la tela del uniforme y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que se me bajara.

Iba a quedarme hasta el final.

Pero entonces oí pasos. Pasos suaves, calculados, en la grava del jardín, detrás de mí.

Me di vuelta tan rápido que casi pierdo el equilibrio.

Una mujer joven —tendría unos veinticinco años— estaba parada a tres pasos de distancia, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular nada. Llevaba una bata fina, color crema, atada flojo a la cintura. Iba descalza. El pelo, largo, suelto, le caía sobre un hombro.

—Te gusta lo que ves —dijo.

No era una pregunta.

Tragué saliva. Intenté armar una excusa.

—Estaba… haciendo la ronda. Escuché un ruido.

—Llevas mirando seis minutos, guardia.

Me miró de arriba abajo, sin prisa. Cuando llegó a la altura de mi cintura, levantó una ceja y la sonrisa se le hizo más ancha.

—Y por lo que veo, te ha gustado bastante.

Quise hablar y no salió nada. Ella se acercó dos pasos más. Le olía el pelo a algo dulce, a vainilla quizá, o a algo que no supe nombrar. Me puso una mano abierta en el pecho, sin presión, como midiendo el latido.

—No soy la primera que mira por esa ventana —dijo en voz muy baja—. El padre Salvador trae visitas en cada retiro. Las chicas no se quejan. Yo tampoco me quejo. Pero alguien tiene que vigilar al vigilante, ¿no te parece?

Esto es una trampa.

Pero si lo era, no me importaba.

Me agarró por el cinturón, sin violencia, y me arrastró hasta el cobertizo de las herramientas, al final del jardín. Cerró la puerta detrás de nosotros con el pie. Adentro había una mesa de trabajo, herramientas colgadas en la pared y un olor a aceite viejo.

Me empujó contra la mesa.

—¿Cómo te llamas, guardia?

—Damián.

—Damián. Bien. —Se desató la bata con un solo gesto. Debajo no llevaba nada. Tenía la piel pálida, los pechos un poco más llenos que los de la chica de la habitación, las caderas anchas y las piernas largas—. Yo soy Carolina. Y ahora vas a hacer lo que te pida, Damián, porque los dos sabemos que esto es lo que querías desde que oíste el primer ruido.

Asentí. No había otra cosa que pudiera hacer.

Me bajó el pantalón de un tirón. Cuando me agarró con la mano, dejé escapar el aire de golpe. Se rio bajo, un sonido en la garganta, y se inclinó. Me tomó en la boca despacio, con una tranquilidad que me pareció obscena por lo serena. No tenía ninguna prisa. Yo tuve que apoyarme con las dos manos en la mesa porque las rodillas se me iban.

Voy a durar tres minutos.

Lo pensé y me obligué a respirar. Inhalé por la nariz. Exhalé por la boca. Conté hasta cinco. Conté hasta diez. Ella me chupaba con una paciencia metódica, mirándome de reojo de vez en cuando para comprobar si seguía vivo.

Cuando sintió que estaba cerca, paró. Se levantó. Me dio media vuelta.

—Quédate quieto, guardia.

Se apoyó en la mesa de espaldas a mí, abrió las piernas y se inclinó hacia delante hasta apoyar los codos. Me miró por encima del hombro con una sonrisa que era más reto que invitación.

—Como el padre, Damián. Tal cual.

La penetré despacio. No por delicadeza, sino porque temí terminarme de un golpe. Ella soltó un suspiro largo, contenido, y empujó el cuerpo hacia atrás para hacerme entrar entero. Sentí el calor, la humedad, lo apretada que estaba. Me agarré a sus caderas y empecé a moverme con un ritmo que ella corregía cada dos embestidas con un movimiento de pelvis impaciente.

—Más fuerte —murmuró—. Más.

Le obedecí. La mesa empezó a crujir contra el suelo. Las herramientas de la pared tintinearon. Carolina apretaba los nudillos contra la madera. De vez en cuando giraba la cabeza y me decía cosas en voz baja, cosas que no eran rezos. Yo sentía la sangre golpeándome las orejas. Sentía la imagen del padre Salvador mezclándose con el cuerpo de Carolina y todo se me volvía un mismo deseo, una misma fiebre.

Acabé en ella con un gemido sordo que intenté ahogar contra su espalda. Sentí cómo me apretaba con los músculos internos como si quisiera quedarse con todo. Cuando me retiré, le bajó un hilo blanco por el muslo. Ella miró por encima del hombro, se rio bajo y se incorporó.

—Mañana a la misma hora —dijo, atándose la bata—. Y traete los ojos bien abiertos, Damián.

Se fue por la puerta del cobertizo como si no hubiera pasado nada.

Yo me quedé apoyado en la mesa, con el pantalón a media pierna y el corazón en la garganta, intentando entender qué clase de casa de retiro era aquella.

***

Volví a la garita, me lavé como pude, me senté. Vi salir la luna por la ventana del recibidor. Vi entrar el primer aire fresco de la madrugada. No dormí.

Al día siguiente, hice la ronda normal. Saludé al padre Salvador con la misma seriedad de siempre. Él me devolvió el saludo sin pestañear. La chica de la noche anterior desayunaba en el comedor con otras dos chicas iguales. Carolina apareció en la galería con un libro en la mano y me lanzó una mirada de medio segundo. Nadie habría notado nada.

Esa noche volví a oír un ruido. Y otra. Y todas las noches del retiro.

A veces era el padre Salvador con la misma chica de la falda azul. A veces con otra. A veces era Carolina la que me esperaba primero, antes de que yo llegara a la ventana, y me arrastraba directo al cobertizo sin dejarme ver nada.

—Hoy te toca a ti primero —me decía, y cerraba la puerta con el pie.

Estuve cuatro noches así. Las cuatro noches del retiro.

Cuando el grupo se fue, la casa volvió al silencio de los sacerdotes mayores y al olor pesado de los jazmines. Yo seguí haciendo la ronda. Yo seguí mirando la ventana de la habitación nueve cada vez que pasaba. La cortina estaba bien cerrada. No volví a oír un ruido.

Pero cuando volvió el siguiente grupo, dos meses después, supe esperar.

Y ella supo encontrarme.

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Comentarios (5)

MiriamPba

Que relato tan bien escrito!! me quede sin palabras de verdad

IvanCordoba

Por favor una segunda parte, justo cuando se puso interesante termino jaja

ElNocturno88

El giro del final no me lo esperaba para nada. Tremendo. Segui escribiendo!

Ale_Mdp

Me recordo a un retiro espiritual que fui hace unos años... hay cosas que pasan ahi que nadie cuenta jajaja, gracias por animarte

NocheAzul77

increible!!!

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