La dependienta del sex shop me hizo una oferta
Volvía a casa después del trabajo cuando vi el cartel encendido. Un sex shop nuevo en una calle por la que pasaba todos los días sin fijarme demasiado. Aparqué en doble fila, miré el reloj y decidí que diez minutos no le hacían daño a nadie. Hacía meses que no entraba a un sitio así. Quizás más.
El interior olía a látex y a vainilla, una mezcla rara que me pareció estudiada. Había estanterías ordenadas por categorías: vibradores en una pared, cremas y aceites en otra, una sección entera dedicada a la lencería y, al fondo, una zona más oscura con esposas, collares y arneses colgados de ganchos cromados. Pasé un dedo por una correa de cuero y noté el cosquilleo en la nuca.
Lo que de verdad me llamó la atención fue una puerta lateral, sin tirador a la vista, con un letrero discreto que decía «acceso a cabinas». Me quedé mirándola más tiempo del que pretendía.
—¿Eres la chica nueva? —oí detrás de mí.
Me giré demasiado rápido. La dependienta estaba a tres pasos, sonriendo de medio lado. Llevaba un corpiño de tiras de cuero negro que más bien dibujaba sus pechos en lugar de cubrirlos, una falda de látex tan corta que parecía un cinturón ancho, medias de rejilla y unos tacones que la hacían rozar el techo. Pelirroja, con la melena recogida en una coleta alta y unos ojos muy claros que me miraban como si ya supiera todo de mí.
—No, no —contesté—. Venía solo a mirar.
—Qué pena. —Se acercó otro paso—. Te he visto entrar y me he dicho: esa tiene cara de aburrirse en su trabajo de oficina. ¿Acierto?
Solté una risa nerviosa. No me había presentado y ya me había clavado en mi vida entera.
—Algo así.
—Me llamo Romina —dijo, tendiéndome la mano—. Soy la dueña, además de la dependienta. Si quieres, te enseño el sitio antes de que te marches. Hay cosas que no se ven desde aquí.
Le di la mano. La tenía caliente y la apretó un segundo más de lo necesario.
—Camila —respondí.
—Camila. Bonito. Ven, te muestro la trastienda.
Me llevó hacia la puerta de las cabinas como si fuera lo más natural del mundo. Antes de abrirla, se giró y me miró por encima del hombro.
—Por curiosidad, ¿a qué te dedicas?
—Soy administrativa en una clínica.
—Lo sabía. —Se rio con ganas—. Las administrativas son las que más se aburren. Y las que mejor se desahogan cuando se les da la oportunidad.
Empujó la puerta y me dejó pasar primero.
***
El pasillo era estrecho y estaba pintado de granate. A la izquierda, una hilera de puertas numeradas del uno al ocho, todas cerradas. A la derecha, una puerta más ancha sin número.
—Las cabinas son para los clientes —explicó Romina, señalando las numeradas—. Pagan, entran, se sientan. Cada cabina tiene una ventana que da a la sala grande. Cuando meten una moneda, la ventana se ilumina por dentro y, en la sala, una lucecita arriba indica qué cabina está activa. Es así de simple.
—¿Y en la sala grande qué hay?
—Lo que tú quieras que haya. —Abrió la puerta sin número—. Mira.
Era una habitación circular, pequeña, con una cama redonda en el centro cubierta por una colcha roja. Las paredes estaban tapizadas en terciopelo del mismo tono y, a media altura, ocho ventanas rectangulares formaban un anillo alrededor del cuarto. Desde dentro parecían espejos. Desde el otro lado, supuse, eran cristaleras.
—Espejo unidireccional —confirmó ella—. Tú no los ves a ellos. Solo ves si la luz superior está encendida. Y por la cuenta que les trae, encienden todas. Más te miran, más echan, más ganas tú.
—¿Las chicas que trabajan aquí…?
—Vienen cuando quieren. Sin horarios. Cobran la mitad de lo que entra mientras están dentro. Algunas hacen una hora a la semana y se sacan un sueldo. Otras vienen porque les gusta. La mayoría, por las dos cosas.
Caminé hasta el centro de la sala y giré sobre mí misma. Las ventanas me devolvían mi reflejo desde ocho ángulos distintos. Camila por todas partes, con su falda de tubo, su blusa cerrada hasta el cuello y los zapatos planos de oficina. Daba un poco de pena.
—No tengo nada que ponerme —solté, casi sin pensarlo.
Romina sonrió como si hubiera ganado algo.
—Eso tiene fácil arreglo.
***
El vestidor estaba dos puertas más allá, lleno de perchas colgando del techo. Vestidos, monos, conjuntos de lencería, batas transparentes, todo ordenado por color y por talla. Romina pasaba las prendas con dedos rápidos, las descartaba sin mirarme.
—No te voy a poner un disfraz —dijo—. Tienes un cuerpo de los que no necesitan disfraz. Toma.
Me tendió un vestido de gasa negra, transparente, con escote profundo y espalda al aire. Lo acompañó con unas medias de rejilla, un liguero fino y unas sandalias de tacón altísimo.
—¿Y ropa interior?
—No.
Me lo dijo como quien dice la hora.
Me metí en un probador y me cambié con manos torpes. Cuando salí, descalza, con el vestido apenas tapándome las nalgas y los pezones marcándose bajo la gasa, Romina ya se había puesto un vestido casi idéntico al mío pero blanco. El contraste entre los dos colores en aquel espejo lateral me cortó la respiración.
—¿Lo ves? —dijo—. No hace falta más.
Se acercó y, con un solo dedo, recorrió la línea de mi clavícula hasta el nacimiento del pecho. No me besó. No hizo falta. Mis pezones se endurecieron solos.
—Nunca he estado con una mujer —confesé, en voz tan baja que casi me sorprendió haberlo dicho.
—Ya lo sospechaba. —Apartó el dedo y me miró a los ojos—. ¿Quieres que paremos?
—No.
—Bien. Entonces vamos a la sala. Una cosa antes: si en algún momento quieres salir, tocas dos veces el cabecero de la cama y abro la puerta. No hace falta hablar, ni dar explicaciones, ni nada.
Asentí. Me cogió de la mano y me llevó por el pasillo.
***
Entramos en la habitación circular y la puerta se cerró con un clic suave detrás de nosotras. El hilo musical sonaba bajo, algo lento, con un bajo que se sentía más en el pecho que en los oídos.
Romina me llevó al centro y me hizo girar despacio, como si me estuviera enseñando a unos invisibles. Una a una, las luces sobre las ventanas se fueron encendiendo. Una, tres, cinco, todas. Ocho puntos rojos parpadeando alrededor.
—¿Estás bien? —me preguntó al oído.
Tragué saliva.
—Estoy temblando.
—De miedo o de ganas.
—De las dos cosas.
—Perfecto.
Me puso las manos en las caderas y se pegó a mi espalda. Sentí el calor de su cuerpo a través de la gasa, el roce de su vestido contra mi piel, la presión leve de sus pechos contra mis omóplatos. Empezamos a movernos despacio al compás de la música, y mis ojos no sabían a qué ventana mirar.
—No mires los cristales —me susurró—. Mírame a mí. Ellos están para mirarnos, no para que tú los mires.
Giré la cara hacia ella. Y entonces sí, me besó.
Fue un beso distinto a todos los que recordaba. Más suave al principio, sin la prisa que ponen los hombres, sin el roce áspero de la barba ni la lengua entrando antes de tiempo. Me besó con los labios primero, mordiéndome el inferior, tirando muy suave. Cuando abrí la boca, su lengua entró despacio, midiendo, esperando que yo respondiera. Lo hice. Me sorprendió cuánto.
Sus manos bajaron de mis caderas a la curva del culo y subieron por debajo del vestido. Las mías se fueron a su espalda desnuda. Tenía la piel tibia y suave, sin un solo vello, y un pequeño tatuaje justo encima del coxis que yo no había visto antes.
Sin dejar de besarme, me empujó hacia la cama. Caí sentada y ella se arrodilló entre mis piernas, apartando la gasa de mis muslos con las dos manos. Me abrió las rodillas con dulzura y me besó por encima de las medias, justo donde terminaba el liguero, en esa franja de piel que siempre me pareció la más íntima de todas.
—Mírame —me dijo.
La miré. Y entonces me lamió, despacio, todo el largo del sexo. Una sola vez. Para que entendiera lo que venía.
Solté un quejido que jamás me había escuchado. Más grave, más largo, más mío.
***
Lo que vino después no sé cuánto duró. Me lamió con una paciencia que yo no creía posible, separándome con los dedos, deteniéndose cuando notaba que estaba a punto, soplando aire frío sobre la piel mojada solo para volver a empezar. Me hizo subir y bajar tres veces antes de dejar que terminara. Cuando por fin lo hizo, le clavé los dedos en el pelo y arqueé la espalda contra el colchón hasta que me quedé sin voz.
—Tu turno —murmuró, subiendo a la cama.
—No sé hacerlo.
—Haz lo que te gustaría que te hicieran. Es la misma receta.
Me coloqué entre sus muslos y, por un momento, me dio vergüenza. Después, no. La besé en la cara interna del muslo, en la cadera, en el ombligo, bajando otra vez. Cuando la lamí por primera vez, ella suspiró con un sonido tan claro que me dio el mapa entero. Aprendí rápido. Lo que le gustaba, lo que la hacía mover las caderas, lo que la obligaba a coger la sábana con los dedos. Cuando terminó, casi me sentí orgullosa.
Nos quedamos tumbadas un rato, ella boca arriba, yo apoyada en su pecho. Mi pelo se mezclaba con el suyo. En las ventanas seguían encendidas las ocho luces.
—Llevan ahí desde el principio —dijo, divertida—. No se han ido.
—Casi me había olvidado de ellos.
—Eso es lo más bonito que me han dicho hoy.
Cogió un juguete doble de un cajón disimulado en la base de la cama, lo enseñó a las cámaras con una sonrisa de actriz y lo colocó entre las dos. Lo último que recuerdo con claridad es a Romina con la cabeza hacia atrás, una luz roja parpadeando justo encima de su pelo y mi propia voz pidiendo más sin reconocerla del todo.
***
En el vestuario me duché con agua casi fría para volver a tierra. Cuando salí, envuelta en una toalla, Romina estaba esperándome con mi ropa de oficina doblada sobre una silla y un sobre blanco en la mano.
—Lo que has ganado —dijo, dándome el sobre—. La mitad. La otra mitad es lo que te ha tocado disfrutar.
Lo abrí por curiosidad. Eran más billetes de los que esperaba.
—¿Esto es de verdad?
—Las cabinas estuvieron llenas desde que encendiste la primera luz. Tienes algo, Camila. No todo el mundo lo tiene.
Me vestí en silencio. Cuando terminé de abrocharme la blusa hasta el cuello, me sentí casi disfrazada de la mujer que había entrado dos horas antes.
Romina me acompañó hasta la puerta y, en el umbral, me cogió de la nuca y me dio un último beso. Largo, sin prisa, con el sabor a labial recién aplicado.
—Cuando quieras volver, ya sabes dónde estamos —dijo—. No hace falta cita.
—Vuelvo —contesté.
Y no era una promesa hacia ella. Era una promesa hacia mí.
Salí a la calle, metí el sobre en el bolso y arranqué el coche. Antes de incorporarme al tráfico, me miré un segundo en el retrovisor. Tenía los labios hinchados y los ojos brillantes. Por primera vez en mucho tiempo, la mujer que me devolvía la mirada me caía bien.