El vecino que me miraba desde su ventana cada tarde
Soy Camila y esta es una historia que no le conté a nadie hasta hoy, porque me sigue costando explicarla sin sonrojarme. Tiene que ver con un vecino, una ventana y un verano que se me fue de las manos.
En esa época vivía en un departamento del piso veinte de una torre vieja, con un balcón angosto que daba a la calle. Justo enfrente, separado apenas por la avenida, se levantaba otro edificio de altura parecida, pero con ventanas en lugar de balcones. Mi balcón salía del living, que era mi rincón favorito de la casa por la luz de la tarde y la cantidad de libros que tenía amontonados ahí.
Vivía sola desde hacía un par de años, así que adentro andaba con poca ropa: una remera larga, una tanga de algodón y listo. En el balcón había puesto una mesita con dos sillas y un sillón reclinable acolchado donde leía, tomaba té o, los días calurosos, me acostaba a tomar sol en topless. La ventana que tenía enfrente era la del dormitorio de una señora mayor que casi nunca abría las cortinas. Ni siquiera sabía su nombre. Hasta que un día se mudó.
Durante casi un mes el departamento quedó vacío. Lo supe porque sacaron las cortinas y se veía la habitación pelada, con la pintura del techo descascarada en una esquina. Una tarde vi cómo descargaban un camión de mudanza: una cama matrimonial, un placard armable, cajas y más cajas. La curiosidad me ganó esa semana, y me senté varias veces a leer en el balcón con la esperanza de ver al nuevo inquilino.
Lo crucé un jueves, casi de noche. Tomás abrió la ventana de su habitación, se apoyó en el marco y prendió un cigarrillo. Tendría más o menos mi edad, quizá un par de años más. Pelo oscuro con rulos, una cara común, ni hermoso ni feo, esa clase de cara que mejora cuando sonríe. Llevaba un buzo gris y de fondo se escuchaba bajito una canción de Interpol. Yo estaba con el remerón de siempre y un short, con las piernas cruzadas en el sillón. Nuestras miradas se encontraron sin querer. Me ruboricé y bajé la vista al libro, pero a los pocos segundos volví a mirar. Él seguía con los ojos clavados en mí, fumando despacio. Me sonrió y movió la cabeza a modo de saludo. Yo levanté apenas la mano. Terminó el cigarrillo, entró y dejó la ventana abierta.
Desde el sillón, sin mover demasiado la cabeza, podía ver buena parte de su habitación: la cama, una mesa de luz con libros apilados, un televisor colgado de la pared. Me sorprendió que no cerrara nada. La señora anterior vivía atrincherada detrás de tela; este chico, en cambio, parecía dispuesto a que la calle entrara con él.
Pasaron las semanas y nos acostumbramos a saludarnos a la distancia. Un gesto con la cabeza, una taza levantada a modo de brindis, una sonrisa rápida. Pero yo notaba algo más. Notaba sus ojos sobre mí cuando colgaba la ropa en el tender, cuando me acomodaba para leer, cuando me agachaba a regar el jazmín del macetero. Sentía la mirada incluso cuando él estaba adentro, recostado en la cama. A veces lo oía cantar bajito; tenía una voz grave, agradable, que me daba un cosquilleo raro en la nuca.
Lo curioso fue que la atención, lejos de incomodarme, empezó a gustarme. Aprendí su rutina. Los días que yo salía a tomar sol, él aparecía en la ventana con un cigarrillo. Si yo cambiaba de posición, él se quedaba más tiempo. Empecé, sin pensarlo demasiado, a vestirme un poco más provocadora cuando salía. Me ponía la tanga más fina, me acostaba boca abajo con el moño desabrochado, levantaba apenas las caderas para que el ángulo le quedara a él más interesante. Una noche, en lugar del té, me serví una copa de vino blanco, puse música y me quedé en el balcón hasta tarde, con el sillón reclinado al máximo.
Una vez lo enganché justo cuando salía de bañarse. Tenía una toalla en la cintura y otra en la mano para secarse el pelo. Creo que no me había visto, porque dejó caer la primera y se puso a usarlas las dos en la cabeza. Quedó completamente desnudo frente a la ventana. Tenía bastante vello en el pecho y en las piernas, algo que en general no me llama, pero a él le quedaba bien. Lo miré sin disimulo. Cuando bajó la toalla, sus ojos chocaron con los míos. Me metí adentro de un salto, muerta de vergüenza, y durante varios días no volví al balcón.
***
Volví por aburrimiento, supongo, y por curiosidad. Había comprado un libro subido de tono, una novela que circulaba mucho en redes y que yo nunca leería en condiciones normales. Lo mío siempre fue la filosofía, la teoría política, las novelas clásicas. Pero estaba teniendo tan poco sexo, y tan poco entretenimiento del bueno, que decidí ceder. Esa tarde me preparé como para una cita conmigo misma. Me di un baño largo, me puse un conjunto de encaje rojo y encima una bata negra con transparencias. Encendí un par de velas, serví vino, llevé la botella entera al balcón por las dudas y puse música baja. La tarde estaba tibia, sin viento, y desde la calle subía un olor a jazmín que terminaba de ablandarme.
Llevaba más de dos horas leyendo cuando levanté la vista. Tomás estaba ahí, en su ventana, con un cigarrillo entre los dedos y los ojos puestos en mí. No supe cuánto tiempo llevaba mirándome. La novela me había calentado bastante, lo admito; en más de una escena había deslizado los dedos por el borde del encaje sin darme cuenta. Cuando lo vi, fingí seguir como si nada. Marqué la página, cerré el libro, me serví la tercera copa. La forma en que él sostenía el cigarrillo entre los labios me pareció demasiado sexy, y el vino blanco me terminó de desinhibir.
Me levanté del sillón dándole la espalda. Despacio, me solté el cinturón de la bata y la dejé caer. Le ofrecí primero mi espalda y mi culo cubierto por la tanga roja. Me incliné con calma para apoyar la bata en la silla, dándole un buen rato para mirar. Cuando me di vuelta, vi que ya tenía la mano apoyada en el bulto del pantalón. Nuestras miradas se encontraron. Él levantó una ceja como preguntando; yo me encogí de hombros como respondiendo «¿por qué no?».
Me acomodé otra vez en el sillón con las piernas estiradas, el escote del corpiño resaltado por la luz de las velas. Empecé recorriendo mi pecho con los dedos, despacio, mientras lo veía abrirse el pantalón del otro lado de la avenida. Tenía la pija dura y la sostenía con una mano. Yo bajé mis dedos por el vientre, corrí la tanga hacia un costado y comprobé que ya estaba bastante mojada. Me llevé los dedos a la boca, los chupé sin apartar los ojos de los suyos y volví a tocarme.
Empecé por el clítoris, con movimientos circulares lentos. Abrí más las piernas para que él tuviera mejor vista. Con la otra mano me bajé la copa del corpiño y dejé un pezón al aire, rosado y pequeño, contrastando con el rojo del encaje. Tomás se movía cada vez más rápido. Me metí un dedo, después dos. Cada tanto los sacaba, los lamía y le mostraba la lengua. Él no podía creer lo que estaba viendo. Yo tampoco, en realidad.
Cambié de ritmo varias veces para alargarlo. Cuando lo sentía muy cerca, yo bajaba la velocidad. Cuando lo veía relajarse, volvía a apretar. Era como una conversación, una de las más sinceras que había tenido en años. Lo más intenso no era lo que hacíamos con las manos, sino la forma en que nos mirábamos. No había pestañeo. Cuando finalmente decidí acabar, lo hice con la mirada clavada en él, gimiendo bajito para mí pero con la cara apuntada hacia su ventana. El orgasmo me llegó en olas. Quedé temblando en el sillón con dos dedos adentro y la otra mano apretada en el muslo.
Lo vi agarrar un pañuelo de la mesa de luz y terminar, primero con los ojos cerrados, después abriéndolos para mirar la última imagen mía. Se apoyó en el marco de la ventana, agitado. Después levantó la mano y me saludó, negando con la cabeza, como diciendo «no puedo creer lo que pasó». Yo me acomodé el conjunto, terminé el vino y entré a mi casa con una sonrisa tonta que no me sacó nadie en toda la semana.
***
El intercambio se repitió varias veces más. Una noche estrené un vibrador chico que me había comprado por internet; lo deslicé por los pezones y después por el clítoris mientras él se ocupaba al otro lado de la calle. Después sumé otro juguete, uno con forma de pene, y me sentaba sobre él a cabalgarlo, a veces de frente, a veces de espaldas, eligiendo el ángulo según lo que quisiera mostrarle esa noche. Pensaba en él cada vez que salía al balcón. Él no me fallaba: cinco minutos después de verme acomodarme, ya estaba en la ventana.
Era cuestión de tiempo cruzarnos en algún lado. Pasó en el supermercado chino de la esquina. Yo buscaba suavizante; él estaba dos pasillos más allá, con buzo y jeans. De cerca me pareció más lindo de lo que recordaba; la cara seguía siendo común, pero después de tantas horas de complicidad muda me resultaba imposible verlo con neutralidad. Nos sobresaltamos los dos al reconocernos.
—Eh… hola —me dijo, dudando.
—Hola, vecino —le contesté.
—Creo que nunca nos presentamos. Tomás.
—Camila. Un gusto —le dije estirando la mano.
—Cuánta formalidad para alguien que me regala semejante espectáculo todas las semanas —murmuró, lo suficientemente bajo para que nadie más lo escuchara, mientras me apretaba la mano.
Me reí, nerviosa, sin saber adónde mirar.
—¿Estás ocupado más tarde? Podemos hacer lo de siempre —le pregunté con tono inocente.
—¿Qué te parece si cambiamos un poco las cosas?
—¿Cómo?
—Pensé que esta vez podrías dejarme participar. Creo que ya aprendí bastante con verte.
—Ah, ¿sí? Bueno, si tanto aprendiste, sería justo que tengas la oportunidad de demostrarlo, ¿no?
—Me parece bien. ¿Vengo yo o venís vos?
—Vení a eso de las siete. Pasame tu número.
Intercambiamos teléfonos y le anoté el departamento en un papel. Pagué mi suavizante con el corazón yéndose a otro lado.
***
A las siete y diez sonó el timbre. Yo me había puesto un vestidito gris ajustado, conjunto negro debajo, las piernas depiladas hasta sentir frío. Él apareció con jeans negros, remera blanca y una botella en la mano.
—Perdón la demora, fui a buscar ese vino blanco que te gusta.
Me dio risa que un casi desconocido supiera mi vino favorito, aunque ya estaba claro que de desconocido no tenía mucho. Serví dos copas mientras él recorría el living.
—Es más grande de lo que pensaba. Me gusta.
—¿Querés salir al balcón?
—Ah, el famoso balcón. Sí, muero por verlo desde este lado.
Salimos con las copas. Lo vi mirar todo en detalle, detenerse a observar su propia ventana desde afuera, sonreír. Se sentó en el sillón reclinable y yo me senté a su lado.
—La verdad, Camila, nunca pensé que algo así me podía pasar a mí. Le agradezco al cielo todos los días haber elegido este edificio y no el dos ambientes en Caballito que tenía pileta. Estuve a punto de perderme la experiencia más rara y más linda de los últimos años.
Me reí y le agarré la mano. Nos miramos por primera vez sin avenida en el medio, y me besó. Un beso que ya teníamos guardado hacía meses.
—No te das una idea de cuánto fantaseé con este momento —murmuró sobre mi boca.
—¿Sí? ¿Qué te imaginabas hacerme si me tenías al lado?
Me agarró de la cintura y me sentó arriba suyo. El vestido se me subió hasta dejar la tanga negra a la vista. El beso se puso denso, torpe y ansioso al mismo tiempo. Yo ya sentía su bulto duro contra mi entrepierna.
—¿Te puedo chupar la concha? —preguntó entre besos.
—Me encantaría.
Nos paramos y me acomodé en el sillón con las piernas bien abiertas. Me corrió la tanga y empezó a besarme entre las piernas con cuidado, casi con respeto. Recorrió todo con la lengua mientras me apretaba los muslos con las manos. Yo le tiraba apenas de los rulos para guiarlo. Se notaba que no era muy experimentado, pero estaba imitando los movimientos que me había visto hacer tantas veces. La idea de eso me calentó más que la lengua misma.
Después se sacó los pantalones, se puso un preservativo y se acomodó arriba mío. Yo le guie la pija hasta la entrada y dejé que él marcara el ritmo. Lo agarré del cuello para que se hundiera hasta el fondo, y le gemí en el oído lo bien que se sentía. Era más gruesa de lo que parecía a la distancia, y yo llevaba meses sin coger, así que aproveché cada movimiento. Estuvimos un rato así, él concentrado, yo disfrutando cada embestida.
—Parate —me ordenó.
Me levanté. Con una mano se sostenía la pija; con la otra me dio una nalgada que sonó alta en el silencio del balcón.
—Date vuelta.
Le hice caso. Apoyé los codos en la baranda y abrí las piernas. Él me agarró de la cintura y me penetró desde atrás, despacio al principio y después con fuerza. Yo cedía contra el metal frío. Sus manos me subieron a las tetas, jugaron con los pezones, me tiraron del pelo. Gemía pegado a mi oreja. Estábamos cogiendo en el mismo balcón donde tantas veces me había masturbado pensando en él, y la simetría me parecía perfecta.
Cuando me avisó que iba a acabar, me agaché y apoyé las manos en el piso. Empecé a mover las caderas como bailándole encima. Me pegó otra nalgada, después otra, y se vino con un gruñido bajo, mordiéndose el labio. Yo no dejé que saliera enseguida. Me incorporé apenas, me apoyé otra vez en la baranda y le di unos cuantos saltitos más para alargar la sensación. Cuando lo sentí ablandarse, se retiró y se sacó el preservativo.
Volvimos al sillón. Yo, con el vestido arrugado y sin la tanga; él, con la remera puesta y nada más. Me subió una pierna sobre las suyas y empezó a masturbarme con los dedos, despacio, frotándome el clítoris e imitando los movimientos que me había aprendido de memoria. Acabé otra vez, esta vez con su boca pegada a la mía.
***
Nos quedamos un rato hablando, terminando la botella. Después lo acompañé hasta la puerta del edificio. Me besó en el ascensor. Cuando llegó a su departamento, abrió la ventana, prendió un cigarrillo y me saludó desde el frente.
—La pasé muy bien —dijo, alto, para que lo escuchara cruzando la calle.
—Yo también, mucho —le contesté.
Nos juntamos algunas veces más en mi departamento, pero la verdad es que seguimos prefiriendo lo nuestro, lo de la ventana y el balcón. Unos meses después, Tomás se puso de novia. Me di cuenta porque dejó de salir a fumar cuando yo aparecía y una noche, sin querer, lo vi en la cama con una chica que después se quedó a dormir. Con el tiempo, la chica se quedó casi siempre. Me alegré por él, aunque admito que extrañé el ritual. Al poco tiempo me mudé y perdimos todo contacto, pero durante los meses que duró, la pasé muy, muy bien.
Si alguien me preguntara cuál fue el verano más excitante de mi vida, no dudaría en contestar. Saber que alguien me miraba, que alguien me deseaba sin tocarme, fue una clase de placer que no había imaginado antes.