Mi mejor amiga me regaló a su madre ese verano
Me desperté con los labios de Mariana en mi oreja y el sol portugués colándose por las cortinas. La tormenta del día anterior había desaparecido como si nunca hubiese existido. Lo que sí era real era que estábamos las dos enredadas bajo la sábana, la madre de mi mejor amiga y yo, con las piernas todavía entrelazadas y el aroma de la noche pegado a la piel.
—Qué bonito despertarse con alguien a quien deseas y que sabes que te desea —susurró.
Nos prometimos seguir disfrutando de aquello sin dramas. Mientras hablábamos, su mano me acariciaba el pubis con esa lentitud que tenía para todo. Habría empezado el día con otro orgasmo si no hubiéramos recordado al mismo tiempo a Sofía. La noche del temporal se había marchado y no sabíamos si había vuelto a dormir a casa.
Me puse una camiseta de mi habitación y bajé descalza. La encontramos en la cocina, desayunando con una sonrisa angelical. Las tres nos quedamos calladas, sonriendo como tontas durante un minuto que pareció eterno. Fue Sofía quien rompió el silencio.
—Mamá, ¿en qué cabeza cabe regalarle a tu madre una polla de látex?
A Mariana se le encendieron las mejillas, pero terminó riéndose con nosotras. El regalo de cumpleaños que Sofía le había dejado sobre la cama dos días antes seguía siendo el chiste recurrente de la casa.
Desayunamos las tres y, poco a poco, el rojo de nuestras caras fue desapareciendo. No era una situación fácil. Yo tenía casi veinticinco años y Mariana me doblaba en edad, aunque casi no lo aparentara. Su matrimonio llevaba años existiendo solo sobre el papel: un marido fuera de casa once meses al año, una hija de veintidós que había decidido por ella sin avisar. Para colmo, había sido la propia Sofía quien me había llevado a aquella casa frente al mar, sabiendo perfectamente lo que pasaría.
—Mejor que hagáis vosotras la limpieza —dijo Mariana levantándose—. Tengo media docena de llamadas pendientes, aunque sea sábado.
Me levanté detrás de ella. La camiseta se me subió un instante y dejó el culo al aire. Sofía estiró el brazo y me dio una palmada sonora.
—Eh, no te propases con mi novia —dijo Mariana, sin perder la sonrisa.
Sofía se llevó las manos a la cabeza fingiendo escándalo.
—Mamá, por favor, ya nadie dice novia.
Se abrazaron y Mariana le dio las gracias por el regalo. Las tres sabíamos que no se refería al juguete.
***
Subimos a ordenar la habitación de su madre y, nada más entrar, Sofía gritó hacia el pasillo:
—¡Aquí ha habido batalla, mamá!
Aproveché para preguntarle dónde había dormido de verdad.
—En casa de Joana —respondió encogiéndose de hombros—. Si te soy sincera, estaba más pendiente de lo que pasaba aquí que de cualquier polla.
—Anoche me dijiste que pasarías la noche con dos buenos rabos.
—Quizás ni yo misma me conozco. O quizás estoy descubriendo que hay otras cosas que me llenan más.
No volvió a abrir el tema. Mariana entró a los pocos minutos a recoger papeles y Sofía se puso a vacilarla con el desorden de la cama. Luego desapareció hacia el baño y volvió con el dichoso falo de látex sujeto a un arnés improvisado en su cintura, persiguiéndome por la habitación. Su madre la sujetó por la cintura y le metió un par de palmadas en el culo.
—Estas son las que debía haberte dado de niña. A mediodía tendré noticias importantes que daros, sobre todo a ti, Sofía. Necesito trabajar.
Bajamos al tendedero a poner la colada. Acabamos sentadas en dos sillas viejas de playa, en el rincón del fondo.
—¿Qué querías decir con eso de que tu sexualidad está cambiando? —pregunté.
—Pues que ningún hombre me ha llevado donde tú me llevas.
—No has encontrado al adecuado.
—Quizás sí.
Le acaricié el muslo. Camiseta larga y nada debajo. Mi Sofía nunca había tenido pudor. Volvió a buscar mi boca y me besó con calma, sin prisa, como si tuviéramos toda la vida. Le metí la mano bajo la tela y le agarré un pecho. Su piel olía a algo que mi cerebro había aprendido a traducir como placer.
—¿Sabes que desde que llegué a esta casa siempre me he corrido pensando en vosotras? —le susurré en la oreja.
Empezó a tocarse y me pidió que siguiera hablando. Le conté una de las fantasías que había repetido a solas casi cada noche: a Mariana de pie, con medias negras y zapatos de tacón, y nosotras dos arrodilladas besándole las piernas desde el tobillo hasta el muslo. Le conté que cortábamos las medias con tijeras, que nos turnábamos para comerle el chocho y el culo entre sus piernas abiertas, que parábamos un momento a besarnos a su altura, manchadas las dos. Que después olíamos juntas el tanga usado que yo guardaba.
Sofía me clavó las uñas en el brazo cuando se corrió. Tardó en recuperar la respiración.
—Ya ves cómo nadie me lleva donde tú me llevas —dijo, lamiéndose los dedos—. Tú sí que estás en el paraíso. Su madre y su hija el mismo día.
No contesté. Subí en silencio y encontré a Mariana al teléfono, con un vestido blanco que solo había que levantar. Me arrodillé entre sus piernas sin que cortara la llamada y le besé el coño con cuidado hasta que colgó. Me devolvió el favor a toda velocidad, riéndose por lo bajo, porque aún le quedaban otras dos llamadas pendientes.
A mediodía nos dejó boquiabiertas: había cerrado la venta de todos sus negocios. Las cifras eran de otro planeta. Lo que para mí era una semana de vacaciones era para ella un cambio de vida. El martes viajaríamos las tres a Lisboa y de allí a Madrid para firmar.
***
Esa noche, después de mandar a Sofía al baño del piso inferior, Mariana cerró la puerta de su habitación con un gesto culpable. Llevábamos demasiados días sin separarnos para dormir y aquel umbral pesaba mucho.
—Esto no me gusta —dijo.
—A mí tampoco.
Lo solucionamos a nuestra manera. Sin prisa, sin desespero. Ella tenía décadas de práctica con su propio cuerpo y sabía esperar. Podía acariciarme durante una hora sin permitirme acabar. Mi excitación subía como una marea muy lenta, hasta que reventaba sin aviso.
Pasada la una le pedí que se vistiera. El día anterior había descubierto cuánto me gustaba mirarla desde una butaca, sin tocarla. Elegí el vestido azul y blanco a rayas que llevaba puesto el día que llegué a aquella casa. Le puse un tanga amarillo y le prohibí sujetador.
—¿Por qué tanto este vestido? —preguntó—. Tengo cosas mejores.
—Lo llevabas el día que crucé esa puerta. Casi me caigo por las escaleras al verte subir delante de mí.
Bajé corriendo al tendedero y subí con la empuñadura del mango de una fregona recién enjuagado con agua hirviendo. La cara de Sofía al cruzarse conmigo en la escalera, medio dormida, fue irrepetible. La cara de Mariana cuando entré en la habitación, también.
No dije nada. Me senté en la butaca del rincón y ella entendió que debía arrodillarse frente a mí, a varios metros. Coloqué una almohada en el suelo para que apoyara los brazos y la cabeza, dejando aún más expuesto el culo. Acerqué la empuñadura a su boca. La lamió con paciencia, sabiendo lo que venía. Volví a la butaca, le levanté el vestido con el mismo mango y le dejé el tanga amarillo a la vista. Estaba ya húmedo. Aparté la tela con el extremo del mango y le froté el coño con una lentitud que la hacía gemir entre dientes.
Se bajó el tanga hasta las rodillas sin que se lo pidiera. Le metí la empuñadura poco a poco, viendo cómo su culo se balanceaba al ritmo que yo marcaba desde la butaca. Cuando se llevó los dedos al clítoris la paré.
—Aquí mando yo.
La follé desde aquella distancia hasta que casi gritó. Después la traje a la cama y le confesé el juego que se me había ocurrido en el avión, días atrás: masturbarnos al mismo tiempo mientras nos contábamos experiencias o fantasías. Si una de las dos se corría, la otra dejaba de hablar.
Mariana eligió empezar contando algo real. Una visita reciente de una vecina embarazada que se había quedado a solas con ella en la terraza y se había desabrochado un body verde para probarse una crema antiestrías. Le habían bastado las pajas de aquella tarde.
—Es poca cosa —dijo, casi disculpándose.
—Te toca a ti escuchar.
Le conté mi primera vez con su hija sin nombrarla. Tardó dos minutos en descubrirme. Me apretó la mano y me pidió que siguiera. Le conté las tijeras, el vibrador y el bate de béisbol que pudo habernos llevado a urgencias. Mariana respiraba cada vez más profundo, magreando su coño con paciencia.
—Háblame de Sofía y de ti —dije.
Bajó una marcha. La mano siguió allí, pero la voz se hizo confesión.
Me contó que aquella Navidad habían dormido juntas. Sofía solía dormir encima de ella, no a su lado. Se durmieron tarde, hablando de mujeres. De madrugada, Mariana despertó con la lengua de su hija entrándole hasta la garganta. Le había durado el beso uno o dos minutos, mientras una mano le sostenía la nuca y la otra le recorría los pechos sin tregua. No supo si Sofía dormía o no. Cuando consiguió que se apartara, tuvo que levantarse al baño y masturbarse hasta poder dormir.
Me corrí escuchándola. Ella terminó conmigo encima, agotada, repitiendo que nunca había vivido nada así.
***
El viaje a Madrid fue breve y rentable para Mariana. La vi convertirse en otra mujer: pelo recogido, falda entallada por debajo de la rodilla, blusa blanca, una agresividad de ejecutiva que me intimidó. Sofía me lo dijo en el desayuno del hotel sin que se lo preguntara.
—Es como un disfraz. Tranquila.
La firma fue rápida. Esa tarde, mientras Mariana y Sofía salieron a comprar algo durante un par de horas, recordé que al día siguiente cumplía veinticinco años. Me había olvidado por completo. Para Sofía, claro, era imposible olvidarlo.
Volamos de regreso al día siguiente con calma. Llegamos a la casa frente al mar a media tarde y, durante el paseo por la playa, Mariana me explicó cómo había planeado nuestra vida del año siguiente: compraría a mis padres la buhardilla en la que Sofía y yo vivíamos en Valencia, alegando motivos fiscales que mi padre no podría rechazar. Así viviríamos las tres sin que ningún familiar pudiera meterse.
—Si dos quieren estar juntas, no hay quien lo pare —me dijo esa noche, en la cama.
***
El día de mi cumpleaños amaneció nublado y luego cambió de humor cada hora, como si Portugal también quisiera que fuera distinto. Sofía me llevó por la mañana a pasear por la playa. Allí, sin previo aviso, me hizo la confidencia que más miedo me daba escuchar.
—Aquellos días antes de venir aquí, sabiendo que tú y mi madre os ibais a gustar, dudaba si quería que os conocierais o guardarte solo para mí.
No supe qué responder. Habíamos dormido juntas decenas de veces en Valencia, y yo me había prohibido siempre enamorarme de ella, quererla solo como hermana, separar el sexo del afecto. Su frase me dejó desarmada.
Por la noche, Mariana había encargado un catering exagerado: cigalas, percebes, almejas, dos botellas de vino blanco. Me hicieron ponerme guapa. Yo elegí un vestido blanco con flores naranjas, escote por detrás, mi tanga favorito y la convicción inocente de que la noche acabaría con Mariana comiéndome el chocho hasta el desmayo. Me equivocaba.
Después de la tarta, Sofía me mandó a la habitación con la orden de esperar cinco minutos. Al bajar encontré un disco antiguo de música electrónica que llevaba años buscando, la carátula vacía, y la melodía sonando desde el sótano. Descendí despacio. Al fondo, junto a la piscina, vi por primera vez abierta la puerta que durante todo el verano había sido un misterio. Era una pequeña sala de cine improvisada con butacas de terciopelo rojo, un proyector encendido a modo de foco azul y una pantalla con cortinas a juego.
Me senté al fondo. De entre las cortinas salieron Sofía y Mariana, vestidas con un body negro de nailon completo, desde el cuello hasta los tobillos, ceñido a la piel, transparente sin ser obsceno. Mariana, que había estudiado ballet de niña, intentó dirigir una coreografía mientras Sofía aguantaba la risa entre dientes. Yo, en mi butaca, habría empapado el terciopelo si llevara algo menos de tela encima.
Mariana acabó dándole un beso a su hija en los labios, cerrando el número. Vinieron a cubrirme de besos y me pusieron en el cuello un collar de veinticinco diamantes. Uno por año cumplido. Subimos a celebrarlo con cava sobre la cama de Mariana.
***
Bebimos demasiado. Sofía fingió quedarse dormida sobre la cama matrimonial para no irse a su habitación. Mariana no se atrevió a echarla. La luna entraba por la ventana abierta y, poco a poco, los contornos de aquellos tres cuerpos se vieron con la nitidez de un cuadro.
Sofía apoyó la cabeza en mi hombro y subió una pierna sobre las mías. Yo, boca arriba, le pasé el dedo por la vulva a su madre y, sin pensarlo, me lo llevé a la boca asegurándome de que el aroma llegara a la nariz de Sofía. Un gemido mínimo me confirmó que el olor había hecho su trabajo.
A partir de ahí no hubo marcha atrás. Sofía me besó largo, sin prisa, mientras Mariana, a mi lado, ponía su palma sobre la mía para decirme sin palabras que no la rechazara. Le llené la boca a Sofía con la saliva de su madre, una y otra vez. Mariana se dejaba hacer, magreándose ella misma los pechos, con los ojos cerrados.
Cuando Sofía bajó por mi espalda y empezó a besarme el culo, levanté una pierna para que llegara mejor. Me hizo correrme abriendo a Mariana las nalgas con una mano y comiendo lo que salía de mí con la lengua. Su madre me besaba la frente. Fue el orgasmo más morboso de mi vida.
Después, con la cara empapada de mí, Sofía subió hacia la boca de Mariana. Yo desvié su trayectoria con la mano: era a su madre a quien tenía que besar, no a mí. No esquivó. Se besaron muy despacio sobre mi pecho, con la piel de gallina las dos. Yo, debajo, escuchaba el sonido de sus salivas hasta que tuve que pedirles que pararan: no aguantaba más las ganas de mear.
Fuimos las tres juntas al baño. Mariana se sentó en la taza primero. Me coloqué a horcajadas sobre sus muslos, mirándola, y oriné sobre su pubis. Suspiró agradeciendo aquella locura. Sofía ocupó luego mi sitio y repitió la escena, sentada en el trono de su madre, mientras Mariana le agarraba las nalgas para que no se escapara.
Volvimos a la cama de madrugada. Sofía sacó del cajón el dichoso arnés que le había regalado a su madre. Nos folló a las dos por turnos, primero a Mariana, despacio, y luego a mí, a una velocidad de máquina. Me corrí sin que se diera cuenta. Tuve que suplicarle que parara.
Amanecimos abrazadas las tres, con frases nuevas en la boca: «esto no puede volver a pasar», «el alcohol nos volvió locas», «si hay infierno ardemos en el seguro». Resistimos hasta media tarde. Entonces Sofía se sentó en la terraza, frente a nosotras, y empezó a masturbarse en silencio, sin pudor, mirándonos a las dos.
Y ardimos antes incluso de llegar al infierno. Aquel verano lo follamos todo: cada habitación, cada esquina, el tendedero, el cine del sótano, la cocina convertida en cuartel general. El sentimiento de culpa se disolvió entre orgasmos. Cuando llegó septiembre supimos que no habría otro verano igual, aunque nos mintiéramos diciendo que lo intentaríamos.
Qué suerte haber querido y podido vivir de un modo tan poco convencional.