Mi primera vez fue con el novio de mi madre, en el mar
El viaje hasta la costa lo hicimos en un autobús que nos dejó medio dormidos antes de llegar. Era el primer verano que mi madre y yo volvíamos a salir de vacaciones después de aquella separación tan fea de mis padres, hacía ya cuatro años. Yo tenía dieciocho recién cumplidos y, sentada en el asiento de atrás, me dedicaba a mirarlos como quien mira una película que no puede dejar de mirar.
Damián, el novio de mi madre, era la razón por la que ella había vuelto a sonreír. También era la razón por la que yo no podía pensar con claridad desde hacía meses. Le sacaba veinte años. Tenía la espalda ancha, las manos grandes y una sonrisa que se le marcaba en los ojos antes que en la boca. Daba rabia. Daba ganas.
—¿Cuánto falta? —preguntó mi madre, apoyada en su hombro.
—Una hora, capaz menos —respondió él, y le besó la frente.
El bus se iba vaciando en cada parada. Para cuando dejamos atrás el último pueblo antes de la terminal, los pasajeros se contaban con una mano. Yo viajaba sola en la fila de atrás, fingiendo que leía. En realidad los espiaba por encima del libro.
Las caricias empezaron suaves. Una mano de él en su rodilla, después en el muslo, después un poco más arriba. Mi madre se reía bajito y le mordía el cuello. Él le acariciaba la cintura, le bajaba la palma por la cadera hasta colarla bajo el vestido. Yo apretaba los muslos contra el asiento y sentía el calor subiéndome desde el estómago.
No es justo, pensaba. No es justo que ella tenga eso.
Cuanto más vacío el bus, más descarados ellos. Y yo, tirada de costado en mi asiento doble, terminé pasándome la mano por debajo de la falda. Las bragas me ardían. Las tenía empapadas. Me toqué por encima de la tela primero, después colé los dedos por dentro, sintiéndome la entrepierna caliente y resbalosa.
Pensaba en él. Pensaba en su cuerpo encima del mío en vez del de mi madre. Tenía dieciocho años y nunca había estado con nadie. La idea de que mi primera vez fuese con un chico cualquiera de la facultad, torpe y nervioso, me daba pereza. Quería algo que doliera distinto. Quería algo que me marcara.
El bus frenó. Me arreglé la falda como pude y me limpié los dedos contra el forro del asiento.
***
En el hotel hubo un lío con las reservas. De las dos habitaciones que mi madre había apartado, solo nos dieron una. Una doble. Para los tres.
—Pero esto es un escándalo —se quejó ella en recepción, las manos en la cintura.
Damián se reía por lo bajo, divertido con su mal humor. A mí se me cayó el alma a los pies y, al mismo tiempo, se me apretó algo más adentro. Iba a dormir en la misma habitación que ellos. Iba a oírlos. O peor: ellos iban a oírme a mí si no me controlaba.
La primera noche fue una tortura silenciosa. Calor pegajoso, sábanas finas, los tres pretendiendo dormir mientras los tres mentíamos. No me animé a moverme. Ni ellos, supongo, porque al día siguiente nadie tenía cara de haber dormido.
***
La playa nos absorbió toda la mañana. Mi madre, profesional del bronceado, se acostaba bocabajo sobre la toalla y dejaba que Damián le untara la espalda, la cintura, las piernas y un poco más. Cada vez que él le subía las manos hasta la curva de la cola, ella se reía con la boca apretada contra el brazo. Yo nadaba lejos, donde el agua me llegaba al cuello, para no tener que mirarlos.
A media tarde, mi madre decidió bajar al restaurante a reclamar otra vez por las habitaciones. La conocía bien: iba a tardar. Damián se quedó en el cuarto con la computadora en el regazo, tecleando algo del trabajo. Yo subí del mar con el bañador empapado y la decisión tomada.
Entré al cuarto sin saludar. Lo miré una vez de reojo. Después me planté al lado de mi mochila, le di la espalda y empecé a quitarme la pieza de arriba del bikini. Despacio. No tenía nada debajo. Sentí su mirada como un soplo en la nuca.
Me bajé la parte de abajo igual, dándole la espalda, y le mostré la cola un segundo más de lo necesario antes de meterme al baño.
Cuando salí de la ducha, traía la toalla envuelta sin convicción. Caminé hasta la cómoda, saqué la crema humectante y, frente a su cama, dejé caer la toalla al piso sin pudor.
—Me ayudás con la espalda —dije. No era una pregunta.
Damián cerró la laptop muy despacio. La acomodó sobre la mesa de luz. Cuando se levantó, vi el bulto bajo la bermuda y me temblaron las rodillas. Era enorme. Era todo lo que había imaginado.
Sus manos eran tibias y un poco ásperas. Empezó por los hombros, bajó por la espalda, se quedó un segundo demasiado largo en la cintura. Le levanté la cola sin disimular. Me apretó cada nalga, una y otra, con la palma entera, como si estuviera midiéndome.
Me giré. Sus dedos pasaron por mis pechos pequeños, casi pidiendo permiso. Le agarré la muñeca y se la dejé ahí.
—Esto está mal —dijo él, pero la voz le salía rota.
—Ya tengo edad —le contesté—. Si es lo que te preocupa.
Me di vuelta otra vez y me recosté contra el borde de la cama, el culo levantado, las piernas separadas. Escuché el ruido seco de la bermuda al caer. Sentí, primero, el calor de su cuerpo. Después, la cabeza de su verga apoyándose entre los labios mojados, buscando entrada.
No entró.
Empujó suave, después un poco más fuerte. Yo me mordía la mano para no gritar. Era demasiado grande. La punta logró meterse apenas un par de centímetros y el dolor me arrancó las lágrimas.
—Pará. Pará, por favor —susurré.
En ese momento sonó el teléfono. Era mi madre. Damián se apartó como si lo hubieran electrocutado y atendió con voz de oficina. Yo aproveché para meterme corriendo al baño, vestirme, peinarme y bajar al restaurante con la sonrisa más falsa que pude.
***
Esa noche me acosté temprano, dándoles la espalda. Estaba humillada, no sabía bien por qué. Me sentía chiquita, fracasada. Lo había buscado tanto y, cuando lo tuve, no aguanté. Cerré los ojos pensando que lo mejor era que se olvidara todo, que yo me olvidara también.
Me despertó un ruido.
No fue un ruido grande. Fue el roce de las sábanas, una respiración entrecortada, el crujido rítmico del colchón cuando alguien lo monta. Tengo el sueño liviano y entendí enseguida lo que pasaba.
Me giré lentísimo. Mi madre estaba tapada hasta los pechos, los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Damián la cabalgaba con cuidado de no hacer ruido. Iba lento, profundo, conteniendo el peso para no delatar la cama.
Algo me prendió fuego por dentro. Estaba a un metro de ellos, escuchando cómo él se la cogía despacio, casi en cámara lenta. Empecé a tocarme bajo las cobijas, con la mano metida dentro del short del pijama. Estaba mojada de nuevo. Pellizqué los pezones con la otra mano, mordiéndome la lengua para no gemir.
Mi madre se giró de costado, dándole la espalda a él, y a mí. Damián la siguió. Le pasó la pierna por encima y la siguió embistiendo de costado, en silencio.
Fue entonces cuando él abrió los ojos y me vio.
Nos miramos. Yo, con la mano debajo del pijama. Él, hundiéndose en mi madre. No paró. No apartó la vista. Le subió un brillo a los ojos que no había visto antes, ni cuando me metió la punta esa tarde.
Me volví loca. Me bajé las sábanas hasta los pies. Me arranqué la parte de arriba del pijama y dejé que la luz que entraba por la ventana me cayera sobre los pechos. Me empujé el short hasta los tobillos. Le mostré los dedos entrando y saliendo de mí, lustrosos, brillando como si tuvieran barniz.
Me relamí los labios. Me apreté las tetas con la mano libre. Le abrí las piernas todo lo que pude. Que mirara. Que sufriera. Que se viniera mirándome a mí en lugar de a ella.
Mi madre gemía bajito contra la almohada, sin enterarse de nada. Yo me clavaba dos dedos hasta los nudillos. Damián, sin dejar de cogérsela, me sostenía la mirada como si quisiera memorizarme. Vi el momento en que apretó la mandíbula, en que se le tensaron los brazos. Acabó en ella. Yo acabé al mismo tiempo, mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido, con la entrepierna empapada y temblando como si la corriente me atravesara entera.
Nadie dijo una palabra. Él se acostó al lado de mi madre y me siguió mirando hasta que se durmió. Yo tardé más en cerrar los ojos.
***
Último día de vacaciones. Los tres bajamos a la playa de buen humor, como si lo de la noche anterior fuese un secreto compartido y dulce. Mi madre se acostó otra vez a tostarse al sol, con los auriculares puestos. Yo me metí al agua.
Damián apareció a los pocos minutos. Vino caminando hacia mí, el agua llegándole a la cintura, con esa sonrisa que me derretía.
—¿Aprendiste a flotar? —me preguntó.
—Más o menos —dije, riéndome como una tonta.
—Vení. Te enseño.
Se puso detrás. Me rodeó la cintura con un brazo. Con el otro me sostuvo por debajo del estómago, como si me enseñara a hacer la plancha. El agua nos cubría hasta el pecho. Mi madre, de espaldas en la toalla, no podía ver nada.
Sentí la verga, ya dura, restregándose contra mi cola por encima del bañador. La marea nos mecía. Lo único que tenía que hacer era no apartarme.
Le metí la mano por adentro de la bermuda. Lo agarré entero. Era tan grande que no me cerraba la mano. Lo apreté igual. Lo escuché soltar el aire entre los dientes.
Le bajé la bermuda hasta los muslos, bajo el agua. Me trepé. Le rodeé el cuello con los brazos y la cintura con las piernas. La punta de su verga me empujó contra el bañador, queriendo entrar a través de la tela. Damián me corrió el bañador hacia un costado con dos dedos.
Esta vez no iba a frenar.
Me ayudé con la otra mano. Me abrí los labios. Le encajé la punta yo misma, milímetro a milímetro, dejando que las olas me empujaran hacia él y se llevaran un poco del dolor. Conseguí meterme la cabeza entera. Conseguí, después, un par de centímetros más. Apreté los dientes.
Y ahí Damián me agarró por la cintura con las dos manos y empujó.
Me clavó hasta el fondo de una sola estocada. Sentí que algo se rompía adentro. Solté un grito ahogado contra su hombro, mordiéndolo para que mi madre no escuchara. Le golpeé el pecho con el puño cerrado.
—Pará. Por favor. Sacámela —le supliqué con la voz quebrada—. Por favor.
No paró. Me sostenía la cintura con esas manos enormes y, cada vez que yo intentaba zafarme, el movimiento del mar y su fuerza me empalaban otra vez. Iba lento, pero no aflojaba. Me sentía hecha pedazos. Tenía la cara contra su cuello, las lágrimas mezclándose con el agua salada, las uñas clavadas en su espalda.
Después de un rato dejé de pelear. Me relajé. Era más fácil así. Cerré los ojos y me dejé llevar por las olas, sintiendo cómo me iba abriendo de a poco para hacerle lugar a esa verga gigantesca que ya no se iba a ir hasta que él terminara.
Lo abracé. Le respiré en la oreja sin gemir, porque no podía. Sentí los espasmos. Sentí cuando acabó, hundido hasta el fondo, derramando todo lo suyo adentro de mí. Apretó tan fuerte que pensé que me iba a partir la cintura en dos.
Cuando me sacó, despacio, mi madre estaba empezando a levantarse de la toalla, estirándose. Damián se acomodó la bermuda bajo el agua, me dio un beso rapidísimo en la frente y me dejó flotando ahí, con las piernas como gelatina.
Me quedé un segundo más. Quieta. Sintiendo cómo me bajaba por la pierna una mezcla espesa: sus restos, los míos y algo más oscuro. Una nubecita roja se fue diluyendo a mi alrededor en el agua, expandiéndose con cada ola, tiñendo el mar verde de un color que solo yo veía.
Salí caminando con los muslos juntos, ardiéndome todo por dentro. Mi madre me hizo un gesto desde la toalla. Le devolví la sonrisa más serena del mundo.